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viernes 31 de diciembre de 2010

VOTACIÓN POPULAR.

Porque vuestra opinión es importante y creemos además que es muy positivo daros voz, a partir de hoy podéis valorar con un sistema gráfico de "estrellas".

El sistema permite votar una vez a cada uno de los post. Está situado en la parte inferior de cada entrada y es tan sencillo como colocar el ratón y pulsar sobre el valor deseado. Podéis valorar cada uno de los relatos.

Veréis que en la barra derecha del blog hemos colocado igualmente un apartado llamado "Votación popular" en el cual saldrán destacados los relatos que hayáis valorado más positivamente.

Os animamos a que continuéis utilizando el botón que os permite compartir vuestros relatos favoritos con vuestros grupos sociales situado en la parte inferior de las entradas.

También disfrutamos con vuestros comentarios en el ChatBox situado a la derecha, no dudéis en expresar vuestras constructivas opiniones acerca de los relatos y el concurso en general.

Pasan del centenar los
relatos concursantes y más de 30 colaboradores y patrocinadores que aportan los interesantes premios.
A todos ellos y a los miles de lectores del blog aprovechamos para desearos ¡Felices Fiestas y un año lleno de buenas inmersiones!.


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martes 5 de enero de 2010

FIN DEL PLAZO DE RECEPCIÓN DE RELATOS Y UN GRAN EXITO DE CONVOCATORIA

Tal como estaba estipulado en las bases del I Concurso de Relatos de Buceo, la fecha límite de recepción de Relatos, el 31 de Diciembre de 2009, ha llegado, y con ella el fin del plazo para el envío de los escritos participantes.


¡UN ROTUNDO EXITO!

Hasta ayer a última hora, último día del 2009, estuvieron llegando relatos participantes. Un total de 131 relatos enviados, lo que supone un gran éxito de participación, que ha superado bastante las expectativas de los organizadores y patrocinadores.

Desde este momento, comenzando el nuevo año 2010, gracias a todos los participantes que habéis enviado vuestros relatos para hacer de este Primer Concurso, un medio tan vivo, activo y sobre todo internacional. La procedencia de los escritos es muy amplia (Mexico, Argentina, Perú, Venezuela, Francia...) y los puntos del planeta desde donde se ha ido siguiendo esta web y su contenido tocan todos los continentes.

De manera muy especial, agradecer a los Patrocinadores de esta primera edición la confianza depositada, puesto que sin saber cual podía ser el alcance de dicha convocatoria, no han dudado en apoyar y ofrecer con toda generosidad una enorme cantidad de premios de gran calidad.

Todos los que formamos el equipo de ViajarSolo.com y BuceoyViajes.com, promotores y organizadores de este concurso, sabíamos que este tipo de inciativas faltaban en el entorno del buceo, y que podría tener un potencial interesante...
Ha sido puro convencimiento y pasión lo que nos ha llevado a apostar por ello, con insistencia y reiteración -como dijimos en la presentación, ha sido el tercer intento, y por suerte, el definitivo!- hasta ver como se ha convertido en una realidad con una participación tan buena.

Esto es lo más gratificante, y esperamos que se trate solo de un primer "despertar" a una futura y amplia "literatura de buceo", tan escasa en estos momentos. Es nuestra motivación, poner el granito de arena necesario para que deje de ser así... El medio en que se desenvuelve nuestra afición y todo lo que comporta, es inspiración más que suficiente, para transformarse en un excelente medio de lectura y escritura que acerque nuestra pasión no sólo a los que participamos de ella, si no a cualquiera que nunca haya sumergido su cuerpo bajo el agua...

!!MUCHAS GRACIAS A TOD@S!!



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131. RESPIRACIÓN

Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
La respiración debe ser lenta, muy lenta; y profunda, muy profunda. Hay que ser consciente de cada bocanada de aire y sentir cómo se llenan los pulmones.
Estoy totalmente relajado, ingrávido y feliz. Cuando buceo, destierro todas las preocupaciones de mi mente: sólo existen mis compañeros, el agua y yo. O bueno, quizá debería decir que ese "yo" es, en realidad, mi respiración.
Este es mi decimonoveno viaje de buceo con Luis, Marta y María. Ellos hicieron el curso del nivel avanzado conmigo, y ahora somos inseparables.
En este momento, surcamos las cálidas aguas de Lanzarote, disfrutando de los maravillosos fondos. Estamos a una profundidad de 21 metros.

Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Marta se ha girado para señalarme un precioso pez naranja. Sonrío y le hago el gesto internacional de "ok". Pero, una vez desaparecido el pez, la miro a ella. Es mi novia desde hace casi tres años, y quiero casarme con ella.
Se detiene un momento a esperarme y me toma la mano. No hay nada tan hermoso como compartir una inmersión con tu pareja. Hace que la experiencia sea aún más especial.
Delante de nosotros, a escasos metros, puedo ver a Luis y a María. Son hermanos. Él es biólogo; y ella, educadora social. Ambos conocen el lenguaje de signos, lo que les permite mantener interesantes conversaciones sobre la fauna y la flora marinas sin preocuparse por las limitaciones comunicativas que suponen los gestos básicos que se aprenden en los cursos de buceo.

Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Finalmente, empezamos la ascensión. Como todo lo demás en submarinismo, debe ser lenta y controlada.
Llegamos a la superficie y, como siempre me ocurre, al quitarme el regulador de la boca me resulta difícil y extraño volver a respirar por la nariz.
Nos quedamos a comer en un bar junto a la costa porque el ejercicio nos ha abierto el apetito. Aprovechamos para comentar en voz alta detalles de algunas especies de peces, algo en lo que Luis (el biólogo) es un auténtico experto. La sobremesa se alarga hasta que tenemos fuerzas suficientes para coger las bicicletas y volver pedaleando hasta el hotel.
Llegamos allí justo a tiempo para ver una preciosa puesta de sol, y justo después nos vamos a cenar y a dormir.
Marta se tumba a mi lado en la cama y me abraza: está totalmente agotada y se le cierran los ojos.
–Buenas noches.
–Buenas noches, Marta. Te quiero.
–Te quiero.
La abrazo y la observo mientras duerme, aunque cada vez me cuesta más mantener los ojos abiertos. Han sido cuatro días de buceo: los tres primeros, con inmersiones por la mañana y por la tarde; menos mal que hoy sólo hemos ocupado la mitad del día.
Mañana por la tarde sale nuestro avión de vuelta a Madrid. Al pensarlo, no puedo evitar que se me escapen unas lágrimas. Lo paso muy mal cuando me alejo del mar, de la playa y del buceo. Y no quiero volver a mi estresante y rutinario trabajo de oficina.
¡No! Debo desterrar los pensamientos negativos de mi cabeza. Decido centrarme en mis planes para el futuro próximo. Dentro de tres meses, en octubre, vamos a ir los cuatro una semana a Bahamas.
Bahamas...
Bahamas...
Con ese dulce pensamiento, y con una respiración profunda y relajada (a pesar de no tener el regulador), me duermo y caigo en un profundo sueño.

Marta me despierta zarandeándome suavemente. Está sentada en la cama y ha traído bandeja con el desayuno.
–¿Qué hora es?
–Son las once y media, cariño. Bajé a desayunar a las nueve y traje algo de comida para ti, porque supuse que no te levantarías antes de que cerraran el comedor.
–¡Podías haberme despertado! –digo fingiendo enfado, y acaricio su mano.
–Anda, incorpórate, no vaya a ser que lo derrames todo.
Obedezco y me incorporo, pero aparto la bandeja y miro a Marta a los ojos.
–¿Qué pasa, no vas a desayunar?
–Es que lo que has traído no me gusta. Prefiero desayunar otra cosa...
La beso, la abrazo y la tumbo en la cama. Las caricias y el placer son nuestro verdadero desayuno... Comienza la despedida de este viaje de ensueño.

Tres días antes de que despegue nuestro avión con destino a Bahamas, me siento con ganas de subirme por las paredes.
Voy de un lado a otro de la habitación, haciendo un repaso mental de todos los detalles del viaje. No quiero que nada salga mal.
Me obligo a respirar con tranquilidad e intento convencerme de que todo va a salir bien, pero no puedo evitar estar nervioso. En mis manos baila el anillo de compromiso que, si todo sale bien, llevará Marta en su dedo dentro de pocos días.

Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Comienza la primera inmersión de nuestro vigésimo viaje de buceo. El agua es totalmente cristalina y la visibilidad es inmejorable. Pero aunque intento relajarme, tiemblo como un flan.
Luis y María, cómplices imprescindibles en esta pequeña aventura, me sonríen y me dedican con frecuencia el gesto de "ok". Ellos no lo saben, pero no consiguen que me sienta mejor. Y Marta me nota inquieto.
Por fin llegamos a una profundidad de 22 metros, y hacemos una parada para inspeccionar los alrededores con la mirada.

Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Ha llegado el momento.
Le indico a Marta que se ponga cómoda y controle que su flotabilidad sea neutra.
María comprueba que su cámara de vídeo sigue grabando y me hace una señal.
Luis saca sus láminas de especies, entre las que aparece una con una foto en la que salimos Marta y yo abrazados, en una de las inmersiones que hicimos en Mallorca hace dos años.
Marta muestra sorpresa y curiosidad.
Me acerco a ella...

Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Saco el anillo y se lo coloco en su mano izquierda. Cuando miro sus ojos, em doy cuenta de que no hace falta decir nada. Ningún gesto es necesario.
Marta comienza a llorar y asiente con la cabeza. Mi corazón se sobresalta y no puedo evitar abrazarla.
Nos quitamos los reguladores y, por primera vez desde que empecé a bucear, no me siento extraño sin aire. Nos besamos durante unos instantes y luego los reguladores vuelven a nuestros labios...

María vuelve a hacerme un gesto para indicarme que lo está grabando todo. Mi sonrisa se ensancha aún más: no podía haber un recuerdo mejor de mi pedida de mano...
¡Me caso, me caso, me caso!

Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.
Aspirar... Espirar.

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130. EN EL FONDO DEL MAR

Ana contemplaba con admiración a los nadadores. Le habría gustado nadar como ellos, sin miedo, con velocidad, sin cansancio y sin calambres en los pies. El mar la aterraba y la atraía al mismo tiempo. Su abuela le había contado cientos de historias de barcos naufragados, de delfines salvadores de hombres, de pulpos gigantescos que arrastran los barcos hasta el fondo del mar, de cadáveres de monstruos escupidos sobre la arena, de antiguas columnas sumergidas de una antiquísima civilización y de barcos hundidos con sus tesoros.
Una barca se balanceaba muy cerca de la orilla y su baile era una invitación a la aventura, una insinuación para subir y navegar por esos mares de Dios, pero se le adelantó el dueño, un pescador descalzo con los pantalones arremangados hasta la rodilla. El hombre, en un difícil equilibrio, intentaba hacer arrancar el motor fueraborda y éste se hacía el remolón con gruñidos furiosos. No lo pensó. Sin que el pescador se percatara de ello, la niña se agarró a la cuerda pendiente de la popa, la oportuna cuerda que estaba esperándola y que decía agárrame. Por fin la barca arrancó dando resoplidos, a dúo con las palabrotas del pescador y con Ana detrás, bien sujeta a la soga ¡Fantástico! ¡Esto es nadar! Y qué fácil, qué suave, sin esfuerzo, vaya, como un pez.

En el fondo del mar
matarilerilerile,
en el fondo del mar
matarilerilerán.

Ana cantaba alegremente, pues como iba agarrada a la cuerda no tenía que hacer esfuerzo alguno para nadar y ni siquiera el pescador se dio cuenta
de que llevaba una rémora. Volvió la cabeza para decir “¡Papá, mamá, abuela, mirad qué bien lo hago!”. Lo que vio la dejó paralizada: la arena era sólo una línea ocre en la lejanía y los bañistas sólo eran puntitos multicolores sobre ella. Nadó, sí, nadó como un pez…de plomo, con el susto soltó la cuerda, se hundió en la profundidad azul del mar y el agua intentaba entrar en su nariz para ahogarla. La superficie del agua iba quedando arriba, más arriba, más arriba, mientras se iban formando círculos concéntricos sobre los que brillaba la luz ya mortecina del Sol y sus pies buscaban el fondo que nunca llegaba.
No podía comprender por qué no se había ahogado aún, qué fuerza le hacía mantener la boca cerrada, no respirar, agarrarse a la vida, pero al mismo tiempo el pánico cedía y daba paso a una extraña ensoñación. Allí había belleza, colores, burbujas bailarinas moviéndose al compás de la música, peces de colores observándola con atención, algas semejantes a flecos de mantones de Manila, odaliscas, murmullos y roces sobre su piel. Ana se dejó ir en aquella lasitud placentera. Ah, esto debe de ser la muerte. Pues no es tan mala como dicen, pero me da pena de papá y mamá, y de la abuela, y de mis hermanos. Van a llorar por mí y sufrirán mucho. No, no debo morir, tengo que luchar, vivir, nadar hasta la orilla.
Un golpe terrible. Oscuridad. Silencio. Primero fue un débil sonido creciendo en intensidad, después dolor en el pecho, la cara, las rodillas, toses espasmódicas y por último el calor del Sol en su espalda. Sensaciones concretas. Gritos de voces conocidas. El calor del sol en su espalda.
Una ola caritativa la había arrastrado sobre los guijarros y los restos de caracoles y cristalillos de la arena, le había arrancado el bikini, le había despellejado el cuerpo para luego dejarla en la arena como una barquita varada.
Maltrecha, pero viva.

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viernes 1 de enero de 2010

129. PERLA PERDIDA

- Íbamos en un bote a motor, ella y yo -le estaba contando al doctor. Estábamos en un bar de Aguas Verdes, plagado de pescadores. Yo había tomado un poco de más, no tenía idea de quién era el doctor y estaba desahogando penas.
- La había conocido esa misma semana, una chica de por acá. No me acuerdo bien el nombre, algo como Mariana o Marina... Pero ninguno de esos dos. Cuál puede ser?
El doctor pasó.

- Pero me acuerdo muy bien de su cara. Tenía pelo castaño con tintes rubios, y dos ojazos verdes que eran dos faros, doctor, perdóneme la poesía. Y cuerpo de nadadora.
(pero mientras tanto pensaba que no tenía un recuerdo visual de su cuerpo, sino únicamente la idea lejana de cómo era)
- Se había mudado a una casita que estaba al lado de la ruta, por allá, cuesta arriba. Era humilde pero tenía vista al mar. Nos habíamos metido por atrás de aquel peñasco de allá- lo señalé, pero sólo se veía en mi memoria- en un bote a motor. Ella me había prestado un equipo de buceo, y estábamos en esa zona porque tenía la idea de que ahí podían encontrarse perlas de valor. Pero era un secreto, no se lo tenía que decir a nadie. En realidad yo estaba aprendiendo a bucear en esos mismos días, en un curso que se dictaba de mañana Pero la había convencido de que era un buceador experimentado, y había improvisado un par de anécdotas que nunca ocurrieron. Soy bueno para ese tipo de cosas.
- Me acuerdo que antes de sumergirme me preguntó si estaba seguro de no sé qué cosa que no escuché bien. Yo asentí y me mostré seguro. Cuando me tiré, me arrastró una corriente algo violenta que me dejó a unos diez metros y tuve que manotear las antiparras, que estaban partiendo en otra dirección. Después me di vuelta para saludarla y seguí nadando, alejándome un poco como para pretender que todo había sido intencional. Y entonces me fui hasta el fondo. No era muy profundo, unos pocos metros. Nadé a ras del suelo hasta que algún brillo me llamó la atención y llegué a ver una curva a través de la arena. Manoteé la valva de lo que parecía ser una ostra. Estaba vacía. Pero al costado estaba la otra mitad, y parecía que resplandecía. Cuando la levanté, encontré una perla, doctor, como usted nunca vio. Era de grande como una pelota de ping pong, perfectamente redonda. Y tenía como una cierta fosforescencia verdosa. Como si en el centro tuviera algo que emitiera brillo. Usted sabrá. El momento en que la vi fue mágico, sentí como si el mundo se parara y solamente existiera yo y la joya luminosa. Y lo siguiente que pensé fue que iba a compartir esta emoción con ella, éste era nuestro hallazgo para compartir. Juntos.

El doctor inexplicablemente levantó su vaso, así que brindé con él.

- Sí, doctor- le dije –pero espere, hay más.

- Había decidido no salir a flote, sino sacar solamente la mano, con la increíble joya bien visible, para sorprenderla, e ir acercándosela. Que la fuera viendo venir de a poco y aumentando su sorpresa. Yo era joven, doctor, hacía cosas sin sentido. Saqué la perla al aire, y empecé a patalear hacia el bote, sin saber si ella estaba ya mirando para este lado, pero tratando de espiarla a través del agua. Rápidamente se me cansó el brazo izquierdo de tanto bracear solo. Así que decidí darme vuelta, como haciendo la plancha, sin bajar el brazo. Inmediatamente mi cabeza colisionó catastróficamente contra una roca de la que no tenía ningún registro. Fue un golpe duro, perdí la noción un momento y la perla se me fue. Pero después de frotarme un chichón naciente y recuperar la compostura, caí en la desesperación de haber perdido quizás el objeto más valioso que hubiera tenido en mi mano. Y para peor, probablemente mientras ella me estaba viendo. Pero la perla estaba ahí, sobre el mar, curiosamente flotando. No se había hundido.

Hice una pausa dramática y tragué un poco de whisky. El doctor debió pensar que había terminado y se apoyó para levantarse, así que lo agarré de la manga y me apresuré en continuar.
- Manoteé la perla, pero mi mano la soltó por reflejo cuando sentí un pinchazo y entonces la mano entera parecía estar en llamas bajo el agua. Y ahí la vi, un aguaviva que quedó a la vista, levantada por la marea. Era completamente blanca, parecía el animal más puro de la naturaleza, pero al mismo tiempo me producía un pánico algo primitivo. Era una especie rara de ver en nuestras costas, como usted seguramente sabrá, doctor. La ola me la tiró en la cara y me volví loco. Empecé a patalear y moverme desesperadamente mientras sentía millones de agujas pinchándome en diferentes partes del cuerpo. Me desmayé, y lo último que llegué a ver, o por ahí lo imaginé, fue una última imagen del aguaviva alejándose, con la perla bellísima arriba de su copa, como si se la llevara. Como si me la robara.

- Me desperté, en algún momento, en mi habitación, y lo primero que comprobé es que estaba vivo. Y esto implicaba sí o sí que ella me había salvado, y había tenido que ser un rescate de lo más heroico. Arrojándose al agua y arrastrándome de vuelta, quizá dándome respiración boca a boca. Cómo me perdí eso! Pero en fin, como se imaginará, me ardía todo el cuerpo. Estaba cubierto de gasas y tenía una venda en la cabeza. Pero el mayor dolor, la peor picadura la tuve en la pierna derecha. Y ahora le voy a mostrar que todavía tengo la marca. Y a veces duele cuando la toco. Y además de todo esto tenía que soportar la terrible vergüenza de la increíble estupidez que había hecho. Tratando de impresionarla casi morí ahogado y ella debió rescatarme de forma milagrosa. Y perdí la perla, cosa que estoy seguro de que ella vio. Habíamos quedado en ir a una fiesta esa noche, pero yo no estaba en condiciones ni de moverme. Ella no vino a verme. Ni ese día, ni el siguiente, ni el resto de la semana. Después tuve que tomarme el bus a casa, y nunca la volví a ver. Declaré esas vacaciones un fracaso.
- Y no pasa mucho tiempo sin que maldiga esa aguaviva. Sobre todo en ciertas noches en que me despierto, con dolor en la pierna y el recuerdo bien presente.
-Ahora decidí pasar un par de días acá, quería pescar, y como mi señora no estaba interesada, nos peleamos y me vine solo. Pero esto es lo interesante: ayer, mientras estaba pescando, la vi. A unos cinco metros, estoy seguro de que era el aguaviva que me atacó años atrás. Y se dirigía hacia atrás del mismo peñasco por el que pasamos entonces. El mismo lugar. Doctor, usted tiene que ayudarme. Yo sé que conoce algún capitán de algún barco de la zona. Si encuentro esa aguaviva, puede conducirme a la joya que perdí, puedo recuperarla. Es una idea loca, doctor, pero creo que tiene algo de sentido. Y usted puede estudiar esa aguaviva cuando la atrapemos. Es una especie única, completamente exótica.

Permanecí en silencio, con la cabeza intencionalmente apuntada hacia un capitán que estaba en la barra, al que el doctor había saludado antes.
El doctor finalmente se levantó. Y se volvió a sentar, para levantarse nuevamente. Se fue caminando erráticamente hasta el capitán. Le puso una mano en el hombro, y pareció que estaban hablando. Yo miraba atentamente al capitán, y de repente éste me apuntó la vista y levantó su porrón de cerveza en ademán.
Las condiciones estaban dispuestas.

A la mañana siguiente, todos nos encontramos en torno al barco pesquero en el que íbamos a navegar. La tripulación iba a estar conformada por:

- El capitán: un hombre de incontables anécdotas, pero mayormente callado. Solitario, algo excéntrico y secretamente enamorado del mar como cualquier buen capitán. Y con un instinto sobrenatural.
- El doctor: un experto biólogo marino, conocedor de todas las especies y sus categorías. Un hombre de ciencia, que podía explicarlo todo haciendo uso de sus conocimientos, y predecir unas cuantas cosas.
- Nolan: un muchacho que asistía al capitán en varias tareas. Si no había escuchado mal, provenía de Groenlandia. Y se rumoreaba que era un gran arponero. Probablemente podía ayudarnos a reducir y capturar al aguaviva o cualquier otra monstruosidad que se nos atravesara.
Y yo, que no quisiera presumir, pero me convertí, con el tiempo, en un buceador que puede moverse en el agua como si hubiera nacido en ella.

Todo esto tenía para mí un cierto tinte a aventura como las que mi tío solía contar o leerme cuando era niño, y eso me entusiasmaba. Por otra parte, sabía que los demás estaban interesados en el dinero que podrían sacar de tan fantástica joya. Pero la verdad es que yo tenía otros planes. Mi idea era que recuperar la perla me iba a dar una excusa para ir a visitarla. Una iniciativa y un tema de conversación, y además creía que de pronto todo aquel incidente pasado nos iba a resultar cómico. Y no trágico, que es la forma en que lo recuerdo. Además de resarcirme también debo admitir que tenía cierto sentimiento de venganza hacia el aguaviva.
Así que subimos a bordo y soltamos el barco, que respondía al nombre de ‘El holandés errante’. Lo ocurrido a continuación va a ser mejor que lo cuente en base a lo anotado en la bitácora de viaje que escribí.

Jueves 16 de agosto, 10 horas
El doctor, un gran previsor, pronostica lo que podría ser un día de intenso calor. Esto produce alguna preocupación. Por ahora el clima es ideal.

Jueves 16 de agosto, 10:50
El joven Nolan es el primero en abandonar la travesía. Argumentando que está aburrido y quiere volver, el capitán le da permiso. Seguramente por su seguridad.
Jueves 16 de agosto, 11:30
Ninguna novedad particular. El mismo tiempo. El mar está calmo y el barco avanza de continuo. El capitán timonea con una botella de coñac al costado y de vez en cuando se manda un trago. En un momento lo vi en proa, alejado de todos, con la vista perdida en el mar. Aquel hombre solitario seguramente tenía mil anécdotas pero jamás contaría ninguna. Quién pudiera saber qué cruzaba su mente, qué recuerdos lo atormentaban y qué era realmente preciado para él. De pronto se sujetó de un candelero y vomitó por la borda. Parte del vómito cayo sobre sus pies, y en un momento pegó una resbalada tal que creí que iba a seguir la misma suerte de su devolución gástrica, y tuve el instinto de correr a sujetarlo. Pero vino caminando normalmente y se metió en la cabina, habiendo perdido su gorra y pipa en el incidente. Tomó el timón, e inexplicablemente se cayó contra una pared, sobre la que estuvo dormitando unos pocos minutos. De alguna forma yo estaba confirmado todo lo que siempre había oído sobre la excentricidad de los capitanes de mar.

Jueves 16 de agosto, 12:20
El calor es abrasador y todos están apantallándose con los elementos más aplanados que encuentran a bordo. El doctor, saca un agua mineral y unos sandwichitos de miga que compró antes de venir y los reparte. Sentado con él en la cubierta, sostuvimos recientemente un interesante intercambio de conocimientos sobre los delfines, ya que me parecía haber visto uno a la distancia. El doctor confesó que no sabía nada de delfines, pero me dijo que un paciente suyo había tenido un sueño extraño, en el que volvía a Mar del Plata, donde había pasado su adolescencia, y recorría lugares familiares. Entraba a un acuario donde recordaba que había un hermoso delfín, y lo veía en su compartimiento, pero al darse vuelta descubría que era un amenazador tiburón. Después cruzaba la calle para ir a la casa de una chica que había sido su amiga. Pero en vez de ella, en su casa encontraba una ballena gigante, y después descubría que el tiburón venía nadando por el aire atrás de él, intentando comérselo. Y entonces se daba a correr, huyendo de Mar del Plata.
Después de escuchar tal cosa, supuse que lo mejor que podía hacer era reírme.
Poco después el doctor decidió también que iba a desertar. Intenté hacerlo entrar en razón, pero me dijo que estaba por empezar el partido de la selección, y que había aceptado venir la noche anterior porque estaba borracho. Tuve que comprender que la cobardía se había apoderado de él. Pero de todos modos ya había cumplido su parte de la comisión, y quizás no era necesario de ahí en más. El capitán acercó el barco a un muelle que había a unos cinco metros y el doctor pegó un saltito y se fue caminando. Se llevó la sección de clasificados para apantallarse por el camino.
Sólo quedábamos el capitán y yo.

Jueves 16 de agosto, 12:50
Estuvimos un rato largo anclados en el lugar de destino, sin ningún tipo de pista de qué hacer a continuación. Yo estaba vestido de buzo. El capitán de repente vino gritando algo, pero no llegué a comprender. Caí en cuenta de que hasta entonces nunca lo había escuchado hablar, y que quizás era brasilero o hablaba en algún otro idioma, porque no entendía una palabra de lo que decía. Pero señalaba un punto del mar. Eso sólo podía significar una cosa: había hecho contacto visual con el aguaviva, que era de un aspecto completamente inconfundible. Me apresuré a traer un catalejo. Me paré en la proa y estiré el instrumento, pero la lente salió despedida y cayó al agua. Y al bajar la vista, ahí mismo la vi. Era el aguaviva blanca, no había error posible.
Dejé la bitácora, me puse las patas de rana, antiparras y tanque y saludé al capitán. Quizás no volveríamos a vernos. Estaba moviendo un televisor chiquito donde intentaba sintonizar el partido. Y me sumergí.
Hacía tiempo ya que no buceaba. Había olvidado lo acuoso y verde de la experiencia.
La gravedad dejó de tener efecto y empecé a moverme tridimensionalmente a voluntad, yendo hacia las profundidades. El aguaviva había tenido tiempo de desaparecer, así que tenía que explorar la zona.

Pero tengo que advertir al lector, que a veces el ambiente subacuático puede jugar malas pasadas a los sentidos, y uno ve ciertas figuras a la distancia que no resultan ser lo que parecen. Y aún desconfío de algunas cosas que vi.
Algo me rozó la cabeza, y pasó con tal velocidad que sus ondas me siguieron golpeando por algunos minutos. Pero no llegué a ver qué era, y en realidad estaba un poco confundido con respecto a qué dirección había seguido. El mar puede ser un lugar misterioso.

Al costado de un peñasco que tenía a la vista, vi un hermoso arrecife de coral rosa. Parecía entero como una gran planta hecha únicamente de flores de algodón. Se me hizo tan sensual al tacto que no pude evitar acercarme. Pero cuando mi mano estaba aproximándose, una de sus ramas desplegó espinas de un color rojo intenso. Así que la alejé cobardemente, y vi como volvía a su forma original. Si uno ponía atención, podía escuchar pequeñas vocecitas agudas. Como miles de ellas, discutiendo. Pero al acercarse mucho, se silenciaban completamente.
Tuve que dejar de estudiar el peculiar coral cuando vi un tiburón viniendo en mi dirección y se me erizaron todos los pelos del cuerpo. Me puse nervioso y por un momento me quedé paralizado, pero sentía como si diferentes miembros de mi cuerpo se movieran para huir en diferentes direcciones.

Mientras permanecía congelado por el terror, como en una pesadilla, el alivio fue llegando progresivamente a medida que se acercaba: el tiburón era más bien pequeño y me había engañado algún efecto óptico de magnificación acuática, o bien no estaba muy acostumbrado a mirar abajo del mar. O serían las antiparras. Resultó ser tan chico como mi mano, y de hecho venía con toda la intención de mordisquearme un dedo. Lo agarré con esa misma mano, y no pude evitar reírme de su minúscula ferocidad. Pero la verdad es que no sabía que hacer con él, mientras lo veía tirar mordiscos. Traté de quebrarlo apretando fuerte, pero no hubo caso. Así que lo guardé en un bolsillo.

Pero una amenaza mucho más real me esperaba más abajo. Mientras nadaba, sentí que algo me tocaba el hombro. Pensé que era el tubo, así que lo corrí. Volví a sentir el contacto, y giré la cabeza para ver un tentáculo de alguna monstruosidad moluscosa de la que tuve que alejarme un poco(desesperadamente) para poder comprender su forma. Era un calamar gigante, que tenía, por alguna razón, un pico debajo de su único ojo. Y de hecho se lo escuchaba cacarear, lo que me produjo extrañamiento y horror. No podría decir de qué color era porque cambiaba todo el tiempo. Lo único que me había dado un poco de tiempo para reaccionar es que un grupo de salmones estaba justo atravesando nuestro espacio. Eran cinco, y cada uno de ellos fue alcanzado por un tentáculo y devorado.
Hubo una explosión de color, el agua se nubló de tinta roja. Mientras me alcanzaba la nube, seguía avanzando en la dirección en la que iba originalmente, pero completamente desorientado. Un tentáculo se me pegó a la cabeza mientras miraba hacia atrás y me envolvió. Estaba delante de mí. Y ahora me arrastraba hacia su monstruosa cabeza, en la que de pronto llegué a ver una boca dentada abierta entre los tentáculos, que se abría y cerraba siniestramente, como anticipando la masticación de mi pobre cuerpo. Nadar o esforzarme por salir parecía ser inútil. Y entonces vi algo recto en ese cuerpo de curvas zigzagueantes, algo cuyo brillo reflejó luz dichosamente hacia mis ojos. Un hacha clavada en lo alto de un tentáculo. Por lo visto alguien había intentado luchar contra el monstruoso cíclope valiéndose de esa arma y probablemente había sido devorado. La manoteé y la hice mía con el más fuerte tirón que haya pegado. Y en vez de resistirme, nadé en la dirección en la que me llevaba el tentáculo, pasé de largo la boca y me dirigí hacia el ojo, que partí con un hachazo devastador. Y de él comenzó a emerger líquido de todos los colores, el agua se opacó más y ya no podía ver nada. Con el siguiente hachazo corté el tentáculo y pude al menos nadar libremente, aunque mi lucha con el tentáculo continuó un rato más y tomó varios cortes. Cuando miré hacia atrás, había un espectáculo de colores, procedente del calamar, con figuras que se agrandaban y achicaban. Había círculos, espirales y todo parecía tener una cierta simetría. Pero no quería quedarme mirando mucho aquello, así que huí.

Mientras seguía descendiendo, encontré un pez linterna. Lo tomé porque mi visibilidad no era muy buena y me venía como anillo al dedo. Pero no sabía cómo prenderlo o activarlo, probé haciendo presión en diferentes puntos y no pasó nada. Finalmente, cuán sabia es la naturaleza, cuando descendí algunos metros más y la oscuridad se volvió más densa, el pez se prendió automáticamente, con un aura verdosa que me trajo tranquilidad. Y noté que estaba frente a un mástil enorme.

Había una gran embarcación escondida atrás de una formación rocosa. Quién sabe de qué siglo. Estaba decorada por corales bailarines, pero era verdaderamente sombría y daba escalofríos. Sin embargo, no pude contener mi ansia explorador, y además tenía el presentimiento de que ése era el camino a seguir.
Mientras nadaba hacia él noté el fondo un poco más abajo, cubierto por brillantes estrellas de mar amarillas.
Encontré una puerta entre dos escaleras en lo que parecía ser el castillo de popa. Estaba trabada y la abrí de una patada. Adentro encontré un amplio ambiente de pura oscuridad.
Lo primero que llegué a iluminar fue una mesa, que arriba tenía un plato con un langostino rojo servido. Pero ni bien me vio, se fue nadando y desapareció.
Pero lo que vi o me pareció ver a continuación no necesitaba ser iluminado. En el centro del cuarto parecía haber dos figuras, como espectrales. Una pareja de un pirata y una sirena parecían estar bailando vals, levemente iluminados por alguna luz inexistente. Era un efecto óptico extraño, parecía que mientras me acercaba seguían manteniéndose a la misma distancia. Y de repente ya no los vi. Y no puedo asegurar que los haya visto realmente en primera instancia, pero mi corazón palpitaba.

Atravesando una puerta entreabierta me encontré en la cabina de mando. El timón estaba ahí, y el capitán con él, manejando. Era otra aparición espeluznante, pero por alguna razón me causaba gracia. Era imposible no reírse viendo al hombre, timoneando tan apasionadamente una embarcación encallada en el fondo del mar, y con un enorme peñasco por delante que parecía haber destruido parte de la proa.
- Tenga cuidado capitán-le grité- me parece que hay alguna formación montañosa en su trayectoria. No vaya a ser que ocurra una tragedia!
El hombre, o su fantasma, seguía girando el timón ridículamente. Era evidente que no me escuchaba y no tenía noción de dónde estaba.
De pronto giró. Tenía un corte muy fino que no parecía haber cicatrizado, dividiéndole la frente. Habló y su voz parecía salir de todas partes:
- Usted cree que sabe dónde está? En realidad no tiene ni idea. En este momento está tirado en el suelo, retorciéndose por la resaca de su noche de borrachera. Y se quedó sin tiempo para hacer todas las cosas que cree que está haciendo.
No tenía idea de qué hablaba. Pero le pegó violentamente al timón, que quedó girando a gran velocidad. Y de repente sentí como una fuerza que me empujaba bruscamente y salí expulsado por la ventana.

La suerte me llevó al tesoro. En frente mío había un brillante cofre, abierto, sobre la arena. Estaba lleno de riqueza reluciente de todos los colores. Alguien había tratado de huir probablemente con el botín del naufragio, pero había desistido o fracasado en el camino. Entre mis manos se escurrían monedas de oro, perlas plateadas y amarillas, aguamarinas azules y una gran concha de plata. Pero algo resplandecía en el fondo, y revolviendo llegué finalmente a dar con mi objetivo gloriosamente: la perla perdida del título, ahora había sido encontrada y estaba en mi mano de nuevo. Y esto me trajo de repente multitud de recuerdos. De ella.
Pero debo decir que no era exactamente tan grande y tan luminosa como la recordaba. O quizás había desmejorado? Como fuera, estaba seguro de que era la misma.
Y levantando arena se presentó mi némesis, el aguaviva blanca. Ahora pensaba que quizás había usado ese cofre oculto para guardar sus riquezas. Y entonces venía ahora a defender lo suyo.
Recordando nuestro anterior enfrentamiento, sabía que no tenía una buena oportunidad cuerpo a cuerpo, así que como primer medida retrocedí cobardemente. Como había visto el esqueleto de un pez espada colgado de una pared en el barco. Me metí nuevamente por la ventana y lo tomé para usarlo como arma. El capitán seguía timoneando.
Para cuando salí, el aguaviva parecía estar huyendo con mi perla nuevamente. La luz la delataba. Me propulsé hacia ella usando como apoyo la pared tras de mí.
Parecía ir hacia la superficie, hasta que logré acercarme a un metro y se detuvo. Se volvió y me embistió, probablemente con la intención de picarme. Yo esgrimí un espadazo tratando de ensartarla, pero se desplazó muy rápidamente hacia mi costado.

Parecía haber movimiento a mi alrededor, pero no podía prestar atención, tan concentrado como estaba en una pelea por mi vida. Mi rival trató de acercarse y tuve que usar el pez como escudo para evitar que conquistara mi torso. Pero con un solo toque sobre mi mano desnuda, sentí el dolor y dejé ir la espada. Mi mano se agitaba sola, sin saber qué hacer.

Una corriente bastante fuerte pareció llevarse súbitamente al aguaviva, que salió disparada. Y otra me llevó en dirección opuesta, para mi mayor sorpresa.
Había un vació de aire adelante, y empecé a notar entonces que probablemente estaba atrapado en algún tipo de remolino.

Pero pude ver la perla, entre mis piernas, en un instante. Venía atrás mío, así que me di vuelta y traté de alcanzarla. Pero no llegaba, y no tenía forma de desplazarme. No mucho después la perdí de vista, desafortunadamente. Veía pasar muchos objetos que el remolino había succionado. Un salvavidas que vi pasar y tampoco pude alcanzar. Ignoro de qué barco. Una pipa. Corales varios. Algún molusco deforme. Huevas negras. Un par de cubiertos. Una pipa. Y lo que parecía ser una lata de espinacas.
Confusión.
Algo me golpeó en la cabeza y todo se tornó como un poco más difuso. Creí ver una última triste imagen del aguaviva huyendo con la perla verde. O eso me pareció. Entonces se apagaron las luces y se corrió el telón.
Me desperté, tirado en el suelo y apoyado contra la pared, en el bar. Mi baba estaba a un milímetro de tocar mi chomba. Algún empleado estaba pasando un trapo y de vez en cuando me tocaba con el secador de piso.
Probablemente todo había sido una especie de sueño. Pero sin embargo, ahí a mi costado, estaba el mini-tiburón que antes había guardado en mi bolsillo. Y con esta imagen quisiera terminar mi relato, dejando al lector sus propias conclusiones.
Un niño que andaba por ahí, probablemente el hijo del capitán (que yacía inconsciente sobre la barra) se acercó al tiburón y le dio cuerda. Y éste comenzó a mover sus fauces mecánicamente, con un rugido algo chillón.

Unos días después, ya estábamos volviendo a casa. Marta estaba dormida a mi costado y yo conducía. Aprovechando que no estaba despierta había hecho un desvío por Aguas Verdes. Había tomado una calle que subía por el monte. Y sabía que al bajar iba a pasar por donde recordaba que quedaba la casa de ella.
Después de algunas curvas bajé un poco la velocidad y vi la casa, adelante. Miré atentamente, había una figura, tendiendo ropa. Una figura femenina. Tenía un pañuelo en la cabeza. Justo cuando la sobrepasaba, se volvió, pude ver su cara. Tenía ojos verdes, iguales a los de la chica que recordaba. Noté que había un niño a su lado, y estaba embarazada. Pero no era ella. Era otra persona.
Y tan de pronto había quedado detrás. Solamente visible a través del retrovisor.







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128. UN MAR DE SORPRESAS

Me encontraba en casa, terminado de abrir los ojos recién despertado, un día normal de primavera. Los rayos del sol entraban por la ventana, calentando y llenando de claridad la habitación. Buen presagio del día que empezaba, cosa que me llenaba de ánimos y ganas de saltar de la cama. Eolo se había calmado después de soplar como pocos los últimos días, una mañana soleada ofrecía buenas expectativas. No eran inusuales los temporales de poniente por estas fechas, aunque no con la violencia e intensidad de días atrás.

Como un autómata, después de salir del baño, me preparaba el desayuno, fantaseaba con la inmersión que iba ha hacer. Sentado, mientras me tomaba mi tazón de leche caliente con cacao, miraba por la ventana de la cocina, desde la cual veía la costa y las islas de poniente, no muy lejanas. Se apreciaban las olas y como estas batían contra las islas, salpicándolas de blanco. Una detrás de otra, sincronizadas, sin pausas. No eran las condiciones perfectas para bucear, pues no tenía ninguna gana de salir con la barca a ese sin fin de montaña rusa. Todavía recordaba la ultima vez que al terminar de bucear no muy lejos de allí, se había levantado mal tiempo, con olas como hoy, dando saltos durante todo el camino de vuelta, tardé el triple de tiempo de lo normal en llegar a la playa, cansado como si hubiera corrido una carrera de obstáculos. Este último pensamiento terminó por decidirme. – Hoy iría a Cala Rotja, que esta resguardada de la mala mar y puedo dejar el coche cerca de las piedras por donde entrar cómodamente al agua-- pensé yo. Conocía muy bien esa playa, había buceado cientos de veces. Era una zona de arena con posidonia y alguna piedra aislada. A partir de los treinta metros de profundidad, en un claro de arena se alzaba una piedra desde el fondo hasta la superficie del agua, con paredes verticales, que conocíamos como el “bajo de dentro” en la que se podía ver algún mero, morenas, sargos, cabrachos, doncellas, castañuelas… una pequeña, pero variada fauna típica, revoloteando y dándole vueltas. Más de una vez hasta barracudas había visto patrullando y controlando esos pececillos pequeños que corrían a refugiarse entre las posidonias o entre los muchos agujeros que ofrecía la roca, nada más verlas. Unido a la claridad del agua, hacia de esta inmersión un lugar tranquilo, que solía utilizar para llevar a mis amigos “novatos” y también muy a menudo cuando tenía que probar algo de mi equipo para asegurarme que funcionaba correctamente.
No tardé nada en cargar en el coche con todo el material y llegar al lado de la playa. Una hora después me encontraba equipado y preparado para saltar al agua. Una vez en el liquido preciado, última revisión y ya estaba buceando.
Quería probar el regulador que había modificado, mi inseparable Apex tx-100, siempre se comportaba, hasta en las condiciones mas exigentes, pero pensaba que todavía se le podían sacar mejores prestaciones y le había aumentado la presión de trabajo un poco más, hasta las 12 atmósferas. Así que me dedicaría a probarlo y verificar que la modificación funcionaba bien, disfrutando de una tranquila inmersión.
Desde la superficie hasta los 10 metros, el fondo era un continuo mar de dunas pequeñas, como a escala, y a partir de ahí empezaban las plantas de posidonia, con sus raíces tupidas que las anclan al fondo, comiéndole poco a poco terreno a la arena. Sus ramas o hojas llenas de pececillos, nudibranquios y algún que otro cangrejo con un casi perfecto camuflaje, se difuminaban con el azul intenso del agua. A partir de ahí, el fondo iba ganando profundidad hasta llegar a los treinta metros, en una pendiente continua pero suave, alternando algún claro de arena con la posidonia, hasta solo quedar arena en los cuarenta metros, estabilizándose en esa profundidad en toda la pequeña bahía que forma la resguardada cala.
Llevaba media hora buceando. En el fondo se apreciaban los estragos que había hecho el temporal en las zonas más expuestas, la arena estaba removida, algas y posidonia arrancadas flotaban sobre la arena, al compás de las olas. Había probado el regulador y estaba satisfecho. Funcionaba bien, no había fugas, tenia suficiente caudal para el jacket y las dos segundas etapas funcionando a la vez, hasta notaba más aire cuando aceleraba mi respiración. Miré el manómetro, ya solo me quedaban 80 Bares, suficientes para volver. Estaba flotando a pocos metros del fondo y del bajo, miraba una morena que igual que una serpiente se deslizaba entre las piedras, entrando por un agujero y saliendo por otro, camino del siguiente escondrijo en busca de su ansiada comida. Un extraño ruido capto mi atención junto a un rápido pero profundo escalofrío, no sabía de donde venía, pero este se repetía. Extrañado ya que no veía nada por más que mirara en todas las direcciones. Me pareció ver una sombra, si, detrás del bajo debía haber algo, se veía, donde acababa la pared de piedra y empezaba la arena del fondo, a cierta distancia y oculto por este, una gran nube de arena, igual que la que producen las turbulencias del aletazo de un buceador. ¡Qué extraño! ¿Qué pez podría hacer eso? Y el extraño ruido continuaba. De golpe, disparada hacia la superficie, una mancha gris, apenas a diez o quince metros de mí, a una velocidad increíble, en un acto reflejo me paré en seco, mientras me recorría un nuevo estremecimiento, como un calambrazo. Parecían torpedos, saliendo del fondo, decenas de veloces sombras seguían a la primera, paralizado por la sorpresa, seguía los movimientos alocados, desesperados diría yo, hasta que desaparecieron, en dirección a la superficie, tan rápido como habían aparecido. Me di cuenta, después de descartar el alubión de ideas que intentaban explicar lo que acababa de suceder, que lo que veía, ¡eran delfínes! Unos pacíficos y simpáticos ¡delfines!. Me tranquilice al comprender que no pasaba nada, solo una pandilla de veloces delfines. En el agua donde habían estado, flotaban pequeñas partículas que brillaban. Al acercarme más, vi que eran escamas de peces que reflejaban la luz del sol que llegaba hasta el fondo. ¡Menudo festín se debían estar dando!. Seguramente los delfines al verme, mas asustados que yo, habían salido disparados, desapareciendo hacia la superficie, huyendo de un “pez” muy raro y torpe, expulsando burbujas, que al ascender hacían un ruido ensordecedor. Tampoco se oían los ruidos que me habían llamado la atención, seguramente producidos por sus sonares naturales que utilizan para detectar y aturdir a sus presas. Al mirar el manómetro solo me quedaban 70 Bares. Empezaba a nadar para volver a la playa cuando de nuevo, sin previo aviso, una vez más, una extraña sensación, recorría mi cuerpo, esta vez no parecía ocurrir nada fuera de lo normal, no oía ruido alguno, ni veía nada extraño… Me quedé nuevamente parado a media agua, mirando de reojo al bajo y lo que se extendía detrás de él, todo uniforme, arena sin ningún relieve ni mancha de diferente color que delatara algo que no fuera arena. Hasta que llegué a la superficie, perdiendo de vista el fondo.
Que inmersión mas extraña, iba pensando mientras regresaba a la orilla. Después de salir del agua y colocar todos los ”trastos” de buceo me tumbé en las rocas, al sol de primavera que tanto se agradece después de los fríos y oscuros inviernos, pensando en la comida que me esperaba al regresar.
Una semana más tarde. Llegaba a casa con la compra del supermercado. Tenía invitados a cenar, y me tocaba cocinar a mí. Para el menú lo tenía todo comprado y listo, no me llevaría mucho tiempo prepararla, una hora a lo sumo. Ahora solo me quedaba conseguir algo fundamental para hacer un magnífico mero al horno ¡el mero! Era pronto, y hasta las nueve de la noche no empezarían a venir los invitados, eso me daban seis horas para ir a pescar, ducharme y preparar la cena.
Recogí mis trastos de pesca y me fui en moto hasta la playa. Después de ponerme el traje con agua y jabón en la orilla acabe de equiparme dentro del agua. La pesca en apnea es más cómoda que el buceo ya que no llevas tanto peso, ni botella, ni jacket. Llevaba hora y media nadando y lo único que había visto era un erizo negro y pequeño. Decidí cambiar de zona, buscar un poco mas de profundidad por donde esta el bajo de “dentro” que suele haber algún mero, pensé. Al llegar y hacer las primeras bajadas mirando todos los agujeros que conocía, no se veía ni un pez, día raro, de esos que parece que el mar no tiene casi vida. Bueno, si no encuentro ningún agujero con pescado, probaremos a cambiar de técnica. Empecé a hacer esperas a unos 25m de fondo, escondiendo todo mi cuerpo entre la posidonia, asomando solo la cabeza y teniendo el fusil apoyado en una piedra listo para disparar al pez que mostrase curiosidad por mí entrando en el campo de tiro. No aparecía ninguna presa, seguía sin tener suerte. El tiempo iba pasando, y empezaba a pensar que tendría que volver al supermercado a comprar el pescado, cuando estando a media apnea, por un lateral de mi campo de visión apareció un bonito dentón, al principio se mantuvo fuera del campo de tiro, pero poco a poco, fue nadando hacia mí, vencido seguramente por la curiosidad. Estaba apuntándole, sin moverme un milímetro, sin pestañear si quiera, ya sin casi aire, al límite de la apnea, un metro más, medio metro, y como si hubiera sido a mí al que dispararan, me entró un escalofrio, de punta a punta del cuerpo. Me quede paralizado, con los pelos de punta, viendo como el dentón seguía nadando cada vez más lejos de mí, hasta desaparecer en el azul. En superficie, casi asfixiado, no me explicaba lo que había pasado. Volví a bajar, una vez en el fondo sentía una extraña sensación, como de malestar, estaba intranquilo. Una nueva bajada, seguía estando incómodo, mi ritmo cardiaco se aceleraba en exceso, las apneas se acortaban por el frio que empezaba a sentir también. La ultima bajada, cerca del bajo de “dentro”, miraba debajo de una piedra apoyada en otra, cuando vi de refilón algo que llamo mi atención, separado una veintena de metros, en la arena y casi en el limite de la visibilidad, algo mas oscuro que la arena, algo borroso, y alrededor pequeños brillos, intermitentes, alternativos. Primero en un extremo y luego en otro, por mas que intentara centrar la vista, no lograba verlo claro. Una sensación de agobio me inundaba, el aire se iba consumiendo y las ganas por respirar iban creciendo. Empecé a subir sin despegar la vista de la mancha oscura. Seguía sin ver nada y, a medida que iba ascendiendo desaparecía. En superficie respiraba intentando relajar mi ritmo cardiaco, empezaba a tener frío de verdad, casi a tiritar. Y como si no fuera poco, se había hecho tarde y no llevaba pescado para la cena, sin pensar siquiera en lo que había visto. Con esos pensamientos me dirigí nadando a buen ritmo a la playa. Al llegar y cambiarme, me marché con la moto refunfuñando yo solo y pensando en el viaje que me quedaba todavía hasta el supermercado a comprar un pescado que había sido incapaz de capturar, habiéndolo tenido tan cerca.
Esa misma noche, en la cama, después de que se hubieran marchado los hambrientos invitados no podía dejar de pensar en lo que había pasado con el dentón, esas extrañas sensaciones y ver una mancha oscura, borrosa, con unos brillos no menos extraños en la arena, donde solo debería haber arena. Algo no me cuadraba. No me había pasado otras veces, o si. Me acorde de la inmersión de la pasada semana, también en Cala Rotja, y cerca del bajo. También esas raras percepciones. Y lo de los delfines, ¿casualidad?. Más bien extraña causalidad. Tantos delfines en esa zona. La verdad es que no había visto nunca un solo delfín cerca, sin pensar en la decena que había esa mañana, y con ese comportamiento tan atípico. Pero lo que mas me intrigaba, era lo que había visto o, pensaba haber visto en la arena. Sin conseguir llegar a ninguna explicación, pensé que lo mejor seria volver por la mañana con las botellas y explorar con calma la zona. Con esa idea me fui quedando dormido.
Por la mañana me despertó una intensa claridad. Al mirar el reloj, me di cuenta que eran mas de las doce del mediodía. Se me habían pegado las sabanas. Cosa habitual después de la copiosa cena, con sus postres y sus chupitos hasta altas horas de la noche. De un salto me incorporé, como un muelle y, después de desayunar y meter en el coche todo el equipo de buceo me dirigí a la playa.
Al llegar, con ganas de aclarar mis dudas, me equipe y sin perder un segundo, fui entrando en las tranquilas y claras aguas. En superficie nadaba en dirección al bajo, que me servia de referencia para no perder tiempo en rodeos por el fondo. Mientras bajaba por la pared rocosa del bajo, vertical, como si estuviera cortada a cuchillo. Descendía hasta los treinta metros, donde empezaba la arena. Me decía a mi mismo que me relajara. Estaba ansioso, torpe. A medida que ganaba profundidad y como si la presión del agua me sirviese de bálsamo, mi respiración se relajaba y me iba sosegando más y más. Al llegar al fondo comprobé que todo funcionaba bien y estaba en su sitio. Mirando para orientarme me percaté que algo inusual sucedía. No se veía ningún pez, ¡que raro!. En dirección a la arena no se veía nada. Con el bajo a mi espalda calculé que tendría que ir nadando hacia el norte unos cincuenta metros para llegar donde creí ver el día anterior la mancha borrosa con los brillos. Estaba a veinticinco metros de profundidad y empecé a nadar en la dirección calculada. No veía nada anormal, solo arena y agua, ni un pececillo. Tampoco oía nada inusual. Empezaba a sentir en el estómago como si me diera vueltas. Concentrado en la inmersión y en lo que tenía delante seguía nadando. La respiración cada vez se me hacia más audible, más intensa. Arena y más arena. Cuando de súbito, un fugaz brillo capto mi atención, y luego otro, y otro. Veo claramente la arena, ya no es uniforme, el rizado de dunas pequeñas típico, ha desaparecido y, estas son más grandes. Pienso que también a esta profundidad los últimos temporales han removido la arena. Y sobre esta, en el limite de la visibilidad, un intermitente reflejo plateado. A su derecha otro. A medida que avanzo, aparecen más y más brillos. Desde aquí percibo que tienen tamaños diferentes, son alargados, de formas rectangulares, sin cantos ni bordes, unas grandes y otros pequeños. ¿Qué será?. Sigo nadando. Ahora ya los tengo en todo mi campo de visión. De golpe me detengo, veo lo que es, pero no puedo creerlo, me niego a aceptarlo. Cientos, quizás más. Inertes sobre la arena se encuentran peces de todos los tipos. Silvias, sargos, raones, doradas, rayas boca arriba…. ¿Qué habrá pasado aquí?. Todos muertos, sin movimiento, tendidos en la arena. Sigo nadando, mirando detenidamente el fondo, como si de un cementerio se tratase, intentando buscar una explicación. Paso por encima de un gran mero, con la boca abierta, y al lado otro más pequeño junto con un par de corvinas. Ahora ya me rodean, mire donde mire, hasta el límite de visibilidad, todo son peces muertos. Increíble, todavía no me lo creo. Cansado ya de tan triste visión, mientras me daba la vuelta, regreso a la playa, a mi izquierda veo un montón de arena más alto, sobresaliendo del fondo. Extrañado y movido por la curiosidad, me voy acercando a la vez que asciendo sobre el fondo para conseguir ver lo que es, con mejor perspectiva. La respiración se me vuelve a disparar, a medida que me acerco la imagen se va haciendo mas clara. Las piezas van encajando en el puzzle. Ahora ya no tengo dudas. Ya no me parece tan raro el comportamiento de los delfines. Ni las escamas en suspensión que dejaron estos al huir. Tampoco mis extrañas sensaciones, como si un sexto sentido me quisiera avisar. Ni la falta de vida por los alrededores. Dentro del agujero, en la arena, a treinta y cinco metros de profundidad, desenterrado seguramente por algún temporal. Como si de la columna vertebral de una persona se tratase, sobresaliendo de la arena del fondo, terminando en el oscuro agujero, destapado por casualidad. ¿Tendría algo que ver la reciente urbanización que habían construido al lado de la playa, en su lado leste?. Vomitando por su agujero negro, como si fuera una cascada sin fin, transportado por la leve corriente, viajaba su asesino silencioso. Esa era la causa de la matanza en esta bella Cala Mediterránea. Como huracán que arrasa y luego desaparece, dejando en su camino solo destrucción.

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127. GALAPAGOS

No recuerdo cuando soñé con ir a Galápagos, no se cuando fue la primera vez, quizás como dice la canción “Recuerdo que hace tiempo, creo que antes de nacer…”
Todo empezó hace casi un año, con la frustración de un viaje a Isla de Coco que no pude hacer por problemas de fechas. “Ahora no me iré – me dije – pero cuando lo haga lo voy a hacer bien, ¡me voy a Galápagos!”

Debido a unas bajas, quedaban cuatro plazas para Septiembre, ahora faltaba buscar compañeros de viaje, pero por una u otra razón, nadie se apuntó. Puse un post en el foro por si alguien se animaba y nada. Pasaban los días, las plazas estaban disponibles para todo el mundo, iba a perder la oportunidad, siempre había viajado con amigos y no concebía ir solo. Pero tras una conversación con mi Mari que fue la que me animó a cumplir mi sueño, despejó mis dudas y porque no decirlo, también mis miedos, unos días antes de Reyes de este año, formalicé mi reserva.

A ella le dedico este relato, sin ella no lo hubiera cumplido.

03/09/09

Tras pasar una noche en el Hilton de Guayaquil, impresionante el hotel por cierto, salgo para el aeropuerto para volar a Galápagos, entre los nervios y el maldito cambio horario llevo despierto ya,desde las 6 de la mañana.

Tras un vuelo de hora y media llegamos a San Cristóbal, capital del archipiélago, allí nos esperan los que van a ser nuestros guías la próxima semana, Giancarlo y Rubén y conozco a mis compañeros de crucero, parecemos la ONU, 4 americanos, un inglés pareja de una holandesa, un sueco pareja de una inglesa, un japonés (que sería mi compañero de camarote) y los cinco españolitos, dos catalanes César y Toni (buena gente son del Español, no del Barca), un vasco Juan Carlos (también muy buena gente), un madrileño Ángel (éste de bueno no tenía nada) y servidor, un murcianico (el peor de todos).

El trayecto del aeropuerto al puerto, es de apenas cinco minutos, allí ya vemos leones marinos en el mismo puerto justo al lado de donde embarcamos, tan cerca que podemos hasta olerlos.

Pequeña presentación en el barco, preparamos los equipos y tras comer, partimos a Isla Lobos, a hacer un chequeo para ver el lastre que necesitamos. Y poco más se pudo hacer, por que no había nada que ver, de no ser por un par de leones marinos jugando, la inmersión hubiera sido bastante frustrante. El chequeo del lastre fue desastroso, primero cometo el error de pensar que el menor peso del botella de aluminio se compensa con la menor salinidad del agua, me tiro el agua y floto como una boya, luego le unes que las pesas que decían que pesan 2 Kg, no pesan 2 Kg, bueno al final acabé por el fondo cogiendo rocas, que como eran volcánicas y porosas no pesaban nada, tuve que acabar cogiendo una enorme para no irme como un globo, empezaron las risas.

04/09/09

Nos proponemos realizar la primera inmersión seria, y ya se nota en el briefing. Lo primero que se explica son las normas en caso de que alguien se quede solo arrastrado por la corriente, para arriba y a sacar una bandera despegable (no se utiliza boya), y en caso de no ser visto, a todos nos han puesto una baliza en el chaleco, para localizarnos vía satélite con un alcance de 9 Km.

Realizamos dos inmersiones en SEYMUR NORTE, el agua fría sobre 18º C, visibilidad sobre 20 m, corriente moderada, nada del otro mundo para quién le han salido los dientes buceando en Cabo Palos. Nada más caer al agua empieza el espectáculo, una cueva con tiburones puntas blancas y antes de darme cuenta, una sombra por encima nuestro, una manta de más de 4 metros, al fondo una tortuga y no llevo ni 5 minutos de inmersión. Dejándonos llevar por la corriente seguimos la inmersión, los puntas blancas están por todos lados, en cuevas descansando o nadando a media agua, más tortugas, bancos enormes de peces cirujano, el jardín de las anguilas, bueno impresionante

Al llegar a una especie de saliente la corriente arrecia, me acuerdo de la chulería de pensar, “tampoco es para tanto” al empezar la inmersión. El brazo del flash se dobla, me tengo que enganchar con un cabo de corriente y sujetar la cámara con las dos manos, aún así me cuesta. En estas condiciones imaginaros las fotos, la mayoría de recuerdo.

Al final nos quedamos solos mi compadre Angel y yo, él va con vídeo y yo con fotos, nos llevaremos bien, nos perdemos con la misma facilidad.

Repetimos una segunda en el mismo sitio, la corriente es aún más fuerte, al final de la inmersión en un segundo que me entretengo con unas fotos a unos tamboriles pasa todo el mundo arrastrado por la corriente, yo pienso que todavía no han llegado y me quedo esperando, tras un rato sólo decido subir y tengo el dudoso honor de ser el primero en estrenar la bandera.

Por la tarde realizamos una visita terrestre a Seymur Norte, a ver fragatas, piqueros patas azules, que estaban anidando, iguanas tanto marinas como terrestres y como no leones marinos. Como destacar, la ausencia de miedo de los animales hacía el ser humano, los podíamos haber tocado si hubiéramos querido. Giancarlo, el guía nos habla sobre la fauna y la vegetación de la isla. Tengo ocasión de comprobar como pega el sol en el Ecuador, aunque me he embadurnado de crema, acabo como un bote de Coca-Cola.

Tras esta excursión, partimos hacia uno de los dos grandes objetivos de este viaje, nos esperan 14 horas de navegación que se hicieron eternas, no por las condiciones de la mar, que fueron muy buenas, sino por las ganas de llegar a unos de los mejores sitios de buceo del mundo, la isla de WOLF.

05/09/09

A las 6 de la mañana ya estaba arriba, en el solarium, viendo como nos acercábamos a WOLF, es impresionante en medio de la nada la gran roca, alguien del foro (no recuerdo quién) dijo que le había impresionado las paredes verticales hundiéndose en el mar, y no puedo estar más de acuerdo, 300 m me dijeron, sino más, de pared de roca totalmente vertical.

En el briefing, se nos explica como va a consistir la inmersión, bajar rápido evitando que nos arrastre la corriente, sujetarnos como podamos y ver el espectáculo que vamos a tener delante. Nada más sumergirnos, me doy cuenta de que la temperatura del agua ha subido a unos 25ºC, la visibilidad regular, unos 15 m, y es curioso no es que tenga el agua partículas en suspensión, es como si hubiera niebla. También veo la total ausencia de corriente. Esto último me mosquea un poco, ausencia de corriente significa ausencia de vida y así es, no pillamos WOLF en pleno apogeo, aun así el espectáculo es grandioso.

Tiburones martillos por todas partes, en pareja, solos, en pequeños grupos, son tímidos y no se acercan mucho, algunas veces dan giros bruscos como asustados. En un momento de claridad se ve un grupo de unos 40, con sólo 15 m. de visibilidad, lo que tiene que haber en ese azul. Aparecen las omnipresentes tortugas, rayas águilas, bancos de cirujanos, morenas dentro de cuevas y aún más fuera de ellas. Las condiciones para las fotos son malas, si pongo el flash salen sucias y si lo quito oscuras, en fin hago lo que puedo. En la parada de seguridad, pasan rápidos unos delfines, que luego pudimos ver en el barco, saltando sin parar, por todas partes, sería una manada de más de un centenar de ejemplares.

Hacemos dos inmersiones por la mañana, pero por la tarde cambia la cosa y aparece la corriente, llevadera, y con ella el incremento de vida. Sobre todo en la última inmersión del día, ya atardeciendo, vemos un espectáculo aún mayor que el de esta mañana. Los martillos se les ve más activos, se acercan más, las rayas águilas vienen en grupo de 8 o 10 y aparecen los tiburones galapeños, mucho más confiados que los martillos. Con su ojo color bronce, nos observan al pasar a apenas 2 m de distancia, alguno incluso menos. Hay hembras enormes de 3 m. Tras permanecer unos minutos en un sitio, nos dejamos arrastrar por la corriente hacia otro lugar. No sabes donde mirar, donde no lo hagas, seguro que te pierdes algo. Esa imagen de un galapeño, saliendo de esa especie de niebla que había y pasando a escasos 2 m de mí, es una imagen que nunca podré olvidar. También se ven puntas blancas oceánicos.

Durante la parada de seguridad veo a los martillos pasar por debajo de mí, salgo del agua sabiendo que acabo de realizar la mejor inmersión de mi vida.

Después de haber estado buceando rodeado de tiburones sin ningún tipo de temor, una vez en la zodiac al ver las aletas cortando la superficie del agua, es curioso la sensación de desasosiego que produce.

Hacemos noche en WOLF, y muy temprano saldremos hacia el segundo gran objetivo de este viaje, el ARCO DE DARWIN.

06/09/09 – 07/09/09

Si impresiona WOLF, aún lo hace más la isla de DARWIN y su majestuoso arco, aún más en medio de la nada. Tranquiliza ver el mar, prácticamente como una balsa de aceite, estamos teniendo mucha suerte en este aspecto.

En el briefing, se nos explica lo que vamos a hacer, caer a unas especie de terrazas, mirad al azul y buscar nuestro gran objetivo en DARWIN, el tiburón ballena. Los guías sólo utilizarán la maraca, para avisar que han visto uno, por ninguna otra razón. Cuando se vea uno, se sale al azul, se nada un poco con él y se vuelve a la roca a ver si se ven más. Recomendaciones al bucear con ellos, cuidado de no ponerse delante, no tocarlo, y mucho ojo con la profundidad, en el azul y sin referencia te pueden hacer subir o bajar sin darte cuenta, y doy fe de ello.

Caemos a una de estas terrazas a unos 25 m y nada más aterrizar ya vemos el primero, está casi en superficie y es “pequeño”, unos 6 m., volvemos a la roca, no merece la pena. Pasan los minutos mirando al azul, se hacen eternos, me entretengo con alguna foto, un banco de caránjidos ENORME, y siguen pasando los minutos.

Cuando llevamos ya casi media hora la desesperación ha podido conmigo, ya estoy pensando en la siguiente inmersión, “quedan cinco todavía” me digo, sigo mirando el azul, me duelen los ojos de tanto esforzarme, al final la vista me enfoca, no al azul, si no a las partículas que flotan en él. Doy la inmersión por perdida.

Cuando menos me lo esperaba, suena una maraca, no me lo puedo creer, miro a mi izquierda y veo a Rubén, uno de los guías, saliendo hacia el azul, con una mano hace sonar ese aparato que produce un ruido que aborrezco pero que ahora sonaba a música celestial, con la otra señala delante de él. Salgo dando aletas y miro donde señala, pero no veo nada, vuelvo a mirarlo y le veo insistiendo en la misma dirección, sigo sin ver nada pero le sigo ciegamente.

De repente y justo allí donde Rubén me señalaba, aparece, al principio el azul un poco más oscuro, luego ya se dibuja la silueta que poco apoco se va definiendo, se le empiezan a ver sus característicos puntos blancos, hasta que se define por completo y aparece delante mía, el animal más impresionante que he visto en mi vida. No sabría decir lo que medía, 15 m, que se yo, me los imaginaba delgados, estilizados, de eso nada es ancho, muy ancho. La emoción me puede, pongo la cámara en modo P (semiautomático), no me pienso perder este momento abriendo o cerrando diafragma, y empiezo a dar aletas como si me fuera la vida en ello. Me pongo a la altura de su cabeza, me siento insignificante al lado suyo, aunque parece que no se mueve va a una buena velocidad, al no mover la cabeza ni el tronco y propulsarse sólo con la cola, da impresión de lentitud, pero de eso nada.

Con el rabillo del ojo veo que la gente empieza a volverse a la pared, decido seguir, no he venido a batir el record de avistamientos de ballenas, pienso aguantar este momento todo lo que mis piernas puedan. Me quedo sólo con él pero me empieza a echar adelante, su cuerpo es enorme, su aleta caudal tiene que tener 2 m o más, sigo dando aletas pero ya tengo las piernas como si estuviera subiendo el Tourmalet, hace tiempo que hiperventilo, me ha bajado a 29 m desde unos 15, aguanto un poco más, sigue bajando y a 32 m ya no puedo más, lo veo irse, se marcha, se pierde en al azul con la misma majestuosidad con la que vino.

Inicio el ascenso, mi preocupación es ahora recuperar el ritmo de respiración, no lo consigo hasta los 5 m donde hago la parada de seguridad, y allí solo, en el azul, en la inmensidad del Pacífico me doy cuenta del momento que acabo de vivir, se me cierra la garganta, se me humedecen los ojos, tanto tiempo soñando este momento y al fin.....

En esa inmersión se vieron 5, “Están aquí” me dijo Giancarlo “y los vamos a seguir viendo” y así fue, hasta un total de 22 avistamientos, récord de la temporada. Yo seguí con mi táctica aguantar lo máximo posible, y viví más momentos como el que os he relatado. A veces en el azul y sin referencias aparecían por donde menos te los imaginabas, en una ocasión uno que apareció por detrás casi me pasa por encima. El último que vi fue una pasada, cuando se retiró todo el mundo yo estaba encima de él, creo que no me veía y pensó que ya estaba solo, entonces bajó la velocidad y pude nadar con él, me acerqué mucho noté como cuanto más cerca estaba más fácil era seguirlo, lo tenía al lado, justo al alcance de la mano, si estiraba el brazo lo podía tocar y perdonarme los más puristas, no lo pude evitar, alargué el brazo y puse la mano sobre él, su piel era suave como el terciopelo, fue un instante, pero fue la mayor experiencia que he tenido nunca buceando, algo mío se quedó con él para siempre. Nunca había visto un animal tan impresionante.

En la última inmersión en DARWIN se vieron incluso orcas en superficie, hubiera sido ya demasiado verlas bajo el agua.

De vuelta para el centro del archipiélago, paramos en WOLF otra vez, haciendo otra inmersión memorable en el Derrumbe, definitivamente había realizado las mejores inmersiones de mi vida.

08/09/09

Volvemos al centro del archipiélago, vamos a hacer dos inmersiones en COUSIN’S ROCK (la Roca del Primo, vamos). Aquí cambiamos totalmente el chip, el objetivo son caballitos de mar, peces rana y vida más pequeña. La temperatura del aire ha vuelto ha bajar, y la del agua ni os cuento, 16ºC.

Las inmersiones son sencillas, sin corriente, localizamos los caballitos, los guías, Giancarlo y Rubén, nos localizan los peces ranas uno de ellos blanco, según parece muy raro de ver, y como siempre más tortugas, los leones marinos que hacen que las paradas de seguridad se pasen en un suspiro. Siempre hay alguna sorpresa, dos mantas aparecen, de las que yo vi sólo una, una escuela de rayas doradas y en la última localicé un caballito de mar embarazado, una buena noticia.

Por la tarde hicimos una excursión terrestre a la isla de San Bartolomé donde se puede apreciar claramente el origen volcánico de las islas, subimos a lo alto donde hay una vista increíble, observamos que estamos en una isla independiente de la más grande (Santiago), desde abajo parecía sólo una.

A continuación volvemos al barco y nos disponemos a hacer snorkel con pingüinos, no tuvimos mucha suerte y los pocos que había al ver a unos tíos con traje y gafas en el agua salieron de ella sin darnos oportunidad y los vimos fuera, no obstante por estas fotos sobre todo por la del león marino, creo que mereció la pena.

09/09/09

El último día lo empezamos con una excursión a la isla de SOUTH PLAZAS, seguía siendo impresionante la falta de miedo de los animales al ser humano. Una cría de lobo marino se nos acercó como un perrito, dejándose acariciar y también pudimo ver a una iguana híbrida, cruce de una marina con una terrestre, aunque los hábitos alimenticios ha heredado los de esta última. Como todos los híbridos son estériles.

Y llegamos a la última inmersión del viaje, inmersión que el trancazo que arrastraba del día anterior me pedía el cuerpo que no la hiciera, pero ¡que coño! ¡era la última! Alguno también se lo pensó, pero ya sabéis como son las cosas, “no hay huev….! y todo el mundo de cabeza, y la verdad es que nos podíamos haber quedado en el barco, porque no fue nada del otro mundo, un martillo y una tortuga a la vez nos vinieron a despedir en nuestra última inmersión, poco más destacable.

Después de comer nos acercamos a Puerto Ayora, donde visitamos la Estación Científica de Chales Darwin, donde se intenta con gran éxito la recuperación de las diversas especies de tortugas terrestres de Galápagos. De la especie de la isla de La Española de la que sólo quedaban 14 ejemplares ya se han reintroducido más de dos mil. No se dejó ver George, el último ejemplar de la tortuga de la isla Pinta, con noticias esperanzadoras, ya que hace pocos meses se habían descubierto en la isla Isabela, tortugas con un ADN casi idéntico. Seguramente llegaron allí desde la isla de la Pinta debido al naufragio de un barco que las transportaba y dan un rayo de esperanza para la conservación de esta especie.

Luego un paseito por el pueblo, compras, alguna cervecita, y tras pasar otra vez por el barco, vuelta a tierra para la última cena con alguna copilla después.

Y de vuelta a casa con un montón de fotos, unas regulares, otras directamente malas y mil experiencias que contar hasta aburrir. Ahora sólo me queda seguir soñando, seguir soñando que estoy buceando en Galápagos, la diferencia es que ahora al despertar sonreiré, porque sabré que mi sueño, lo he hecho realidad.

Agradecimientos:

A Bill Gates por poner corrector ortográfico en el Word, si se ha escapado alguna falta las culpas a él.

A la cerveza Fuster y al vino chileno.

A Giancarlo y Rubén por ser una guías inmejorables y profesionales, a Carlos el mejor camarero y a toda la tripulación del Agresor I, de las mejores que he tenido.

A mis cuatro compañeros de viaje por las risas, a ver donde preparamos el próximo. En especial a Ángel por grabar “mi momento”, como dice el tío Rosendo “Prometo estarte agradecido”.

A Scarlett Johansson, esto son cosas nuestras.

A todos los que os habéis tragado el ladrillo. Y también a los que no y sólo habéis visto las fotos.

Y por último y no por eso menos importante sino todo lo contrario, muy especialmente a mi Mari.

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jueves 31 de diciembre de 2009

126. A 30 METROS

30 metros. ¡30 metros! ¿Cómo había dejado que mi compañero me convenciera de hacer el curso avanzado? 18 metros de profundidad bastaban y sobraban para realizar las inmersiones que tenía en mente. Bueno, a decir verdad La Torre siempre me había causado curiosidad, y se encuentra a 33 metros.

Narcosis, descompresión… las palabras de advertencia que había leído en el libro de texto la noche anterior eran lo único que pasaban por mi cabeza. Un sinfin de cosas podían ir mal allí abajo. ¿Y si me perdía del resto?,¿O si se me acababa el oxígeno sin que me diera cuenta? ¡No tendría tiempo de hacer la parada de emergencia! ¿Y si me arrancaban la máscara de una patada? Aunque ya había tenido que quitarme la máscara varias veces bajo el agua y volvérmela a colocar las perspectivas de tener que hacerlo a 30 metros de profundidad me aterrorizaban, siempre lo había hecho relativamente cerca de la superficie.


El barco se detiene indicando que hemos llegado a la Isla de los Puercos. Mi compañero Jaime comienza a colocarse el equipo rápidamente, sus ojos brillan de excitación. A mi me tiemblan las piernas.

Después de que nuestro instructor, Sergio, nos hiciera una breve descripción del terreno y lo que haríamos en la inmersión estábamos listos. Una idea se cruzó por mi cabeza:¿Y si me quedaba en el barco y no hacía la inmersión?
Imposible, deseché la idea rápidamente. Si no hacía la inmersión todo lo que había logrado y vivido en los últimos días se perdería. Además, no podía fallarle a mi compañero.
3,2,1 cierro los ojos y me dejo caer de espaldas por la borda. El agua empapa en unos segundos mi traje y siento el shock del cambio de temperatura. Emerjo del agua. ¿Ok? me pregunta Sergio por señas. Ok le contesto, y se sumerge.

Los tres concordamos y comenzamos a desinflar nuestros chalecos al mismo tiempo. Aunque el agua está a veintidós grados, advierto que mi mano tiembla mientras se sumerge. Dejo que mi cuerpo descienda lentamente mientras disfruto del paisaje. Al principio, como todas las veces anteriores, se me hace difícil respirar de esta forma tan antinatural, pero pronto me acostumbro y el miedo y la ansiedad se disipan. Observo los colores del paraje que se acerca poco a poco a través de la nitidez del agua y percibo que un banco de peces pasa bajo mis pies. Llego al fondo y miro la aguja de profundidad, ocho metros. Faltan veintidós. El miedo me invade otra vez, no consigo imaginar el descender casi tres veces más la misma distancia.

La visibilidad en la inmersión es bastante buena, unos diez metros. Seguimos a Sergio quien bucea cerca del suelo que va en declive. Vuelvo a mirar la aguja, diez metros. Es entonces cuando lo veo, un caballo de mar enorme, de unos diez centímetros. Nos acercamos pero se aleja asustado. Más adelante veo otro, y otro, vemos cangrejos, pulpos, estrellas, cada uno tan espectacular como el anterior. Pasados unos minutos Sergio se detiene y nos pide que nos arrodillemos en el suelo. Los tres flotamos extrañamente en el agua. Sergio saca una tablita y un rotulador negro. El día anterior en clase, nos había comentado que para asegurarse de que no sufríamos de narcosis nos haría escribir nuestros nombres en la dicha tablita una vez que llegásemos a 30 metros. Observo con sorpresa el indicador de profundidad que ya marca 30.8 metros.

Involuntariamente le doy dos ligeros golpes, pienso que debe de estar roto ya que es imposible de que ya estemos a treinta metros. Lo que me habían parecido escasos minutos habían sido en realidad unos quince minutos, exactamente la mitad de nuestra inmersión. Había estado tan absorta con el paisaje que no me había percatado. Miro hacia la superficie y por primera vez me doy cuenta de lo lejos que está. Escribo mi nombre con orgullo en la tablita, se que no será mi última inmersión de 30 metros.

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125. EL HELICÓPTERO

Se dice que hará unos treinta años, cierto empresario multimillonario, dueño de una gran cadena hotelera, se hallaba de vacaciones con su esposa en esta isla cuando recibió una llamada urgente en la que se le comunicaba que debía de volver urgentemente a la ciudad.

Una impresionante tormenta azotaba la isla esa noche, pero aún en contra de las indicaciones de su piloto, el empresario y su joven esposa decidieron despegar en su helicóptero particular rumbo a Río de Janeiro. El helicóptero nunca llegó a su destino. La guardia costera en seguida inició una búsqueda y rescataron al piloto y a la esposa del empresario que se encontraban nadando cerca de la costa contra el mar agitado. Se habían separado del empresario después de que el helicóptero se precipitara contra el agua. El cuerpo del empresario nunca se encontró. Unas tres semanas después la joven esposa, ahora millonaria, contrajo matrimonio con el piloto y nunca se pudo probar que la muerte del empresario fuera intencional. Fred, nuestro guía, concluye su relato y nos echa a cada uno una mirada macabra intentando dar más emoción a su relato.


Unos minutos después la lancha se detiene, hemos llegado a nuestra inmersión. Sergio nos explica que la inmersión tiene unos doce metros de profundidad, la flora y fauna es similar a la que hemos visto en la anterior inmersión, es decir, bastante abundante y exótica y que la gran particularidad de esta inmersión es que los restos del helicóptero en el que presuntamente murió el empresario multimillonario de su historia se encuentran allí. Han nombrado la inmersión El Helicoptero, un nombre bastante apropiado pienso yo.

Descendemos lentamente y, directamente a mi derecha, a unos veinte metros de distancia, distingo el enorme helicóptero que se alza impresionante y soberbio. Lo primero que me llama la atención es el completo silencio y carencia de movimiento que reina en el lugar. “Parece una tumba” me digo para mis adentros y me estremezco al pensarlo. Doy un giro de trescientos sesenta grados para mirar a mí alrededor. Por alguna razón desde que he descendido siento que alguien me observa, pero todos los ojos están concentrados en el helicóptero a nuestra frente. El grupo, sigue a Fred que se aproxima hasta el helicóptero. Está completamente corroído por el óxido pero conserva la forma básicamente intacta. Parte de una de las hélices se encuentra a unos metros de distancia en el suelo.

Como acordado en el barco, Fred se separa de nosotros con el grupo ya que tienen que hacer exámenes para su curso de open water y mi compañero de buceo, Jaime y yo salimos a explorar los alrededores.

La visibilidad es mala, de unos 4 metros. Me parece ver un pulpo y siguiendo un impulso sigo la figura, pero resulta ser solo un alga. Hecho un vistazo a mi alrededor en busca de Jaime pero no lo encuentro. La visibilidad se vuelve cada vez peor, ahora casi no consigo ver a un metro de distancia. Miro alrededor pero no consigo divisar a Jaime aunque debe de estar cerca. Diviso una figura frente mí, y decido seguir hacia delante hasta que me topo con el helicóptero. Alguien tiene que estar cerca de él me digo a mi misma. De pronto advierto que hay alguien dentro del helicóptero, un buceador, aunque no consigo distinguir cuál de ellos, su máscara es completamente opaca y el traje de buceador negro le oculta completamente. El buceador me hace señas exasperadas para que abra la puerta del helicóptero. Con horror me doy cuenta de que se ha quedado encerrado y no consigue salir. Intento abrir la puerta pero está atrancada, tiro y tiro pero solo se abre unos dos centímetros.

- ¿Cómo habrá podido quedarse encerrado allí? - Me pregunto.
De repente recuerdo la hélice que se encontraba cerca del helicóptero. La levanto del suelo con dificultad e intento hacer palanca para abrir la puerta. El buceador golpea la puerta desesperadamente hasta que entre ambos conseguimos abrirla lo suficiente para que pueda pasar. El misterioso buceador se desliza por la rendija de la puerta. Ante mi sorpresa, una vez libre pasa atropelladamente frente a mí y comienza a nadar alocadamente alejándose rápidamente del helicóptero. Intento seguirlo pero es mucho más veloz que yo y me extraña que en vez de nadar hacia la superficie lo haga en dirección hacia la costa. Es ahí cuando me percato de que no lleva tanque de oxígeno.
Alguien me toca el brazo y me doy vuelta rápidamente sobresaltada pensando que es el misterioso buceador, pero es Jaime que finalmente me ha encontrado. Miro con estupor a mi alrededor y advierto que la visibilidad a mejorado notablemente. A lo lejos diviso el ancla del barco.

Una vez en él le cuento a Jaime lo ocurrido. Les preguntamos a todos en el barco si han visto al misterioso buceador pero nadie ha visto nada y Fred encuentra inexplicable que no tuviese un tanque de oxígeno. Creo que todos piensan que me lo he inventado.

Unos días después la guardia costera encuentra el cuerpo de un hombre en la playa que vestía un traje de buceo negro. Lo identifican como el empresario desaparecido hace treinta años. Esperamos con anhelo que se publique el resultado de la autopsia.

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124. TRAS LA HUELLA DE ATLANTIS

“En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa que gobernaba sobre ella y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme.” Platón en su obra Timeo
“Tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera […] se hundió toda a la vez bajo la tierra, y la isla de Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar”. Platón en su obra Timeo
“El hombre que la soñó la hizo desaparecer”. Aristóteles

Misterio entre los misterios, enigma ancestral, durante cientos de años Atlantis, ha sido objeto de búsqueda desde el Renacimiento. Desde místicos, ocultistas, historiadores, ingenieros hasta marinos se han interesado en el continente perdido. Lo cierto es que aunque abundan cientos de leyendas y habladurías acerca de esta isla, pocas son las indicaciones geográficas que hacen factible su búsqueda. Existe una gran diversidad en cuanto a las teorías sobre su supuesta localización: Peter James la sitúa en Anatolia; Robert Graves en la antigua Cartago, actual Túnez; Charles Hapgood, por el contrario, la ubica en la Antártida; mientras que Augustus Le Plongeon, en cambio, la relaciona con las culturas maya y azteca. Basta con ver la cantidad de teorías existentes, y cuánto difieren unas de otras, para comprender la controversia que han causado.

El 20 de febrero de 2009 salió a la luz el verdadero paradero de Atlantis. El periódico inglés The Sun publicó en portada, el hallazgo ingeniero aeronáutico Bernie Bamford. Usando un satélite buscador muy famoso en la red, cuyo nombre no cabe citar aquí, encontró la ciudad perdida a unos 965 kilómetros al oeste de las Islas Canarias, en el océano Atlántico. La noticia se hizo eco en los medios, generando una gran polémica. Al fin, casi 2500 años en que Platón citó por primera vez esta metrópolis en su obra Timeo, ha sido hallada. La imagen, mostraba unas líneas rectas formando rectángulos entre las cuales se apreciaban puntos. Claramente, esas formas eran producto de la mano del hombre. Sin embargo, la empresa responsable del satélite, declaró que dichas líneas eran trazas de embarcaciones que, mediante sónar, se dedicaban a recopilar datos batimétricos. La noticia quedó desmentida y todo el mundo la olvidó; bueno, a decir verdad, todo el mundo no.

El marinero gallego Miguel Saldaña se encontraba en su barco mercante en la costa oeste de África cuando la noticia llegó a sus oídos. Queriendo sacar un dinero extra, pues debido a la crisis se encontraba mal económicamente, puso rumbo al norte, para fotografiar la zona del hallazgo. El viaje le llevó casi un día completo, pero estaba seguro de que merecería la pena. Según había calculado, midiendo la latitud y la longitud, se encontraba justo encima de Atlantis, mas allí no había indicio de vida. No estaba dispuesto a haber realizado el viaje en vano, no señor. Así que tras colocarse el traje estanco, los zapatos de suela de plomo, el snórkel, comprobar el oxígeno… se aventuró, en solitario, a explorar el fondo submarino.

Se zambulló a las gélidas aguas atlánticas tras comprobar que todo estaba en orden, comenzó a descender. Según iba bajando, pudo distinguir cada vez mejor… ¡Una gran cúpula de cristal! De pronto, una inesperada ráfaga de misiles se abalanzó contra el submarinista, que nada pudo hacer para defenderse.

Abrió los ojos muy lentamente. Todo le daba vueltas y no recordaba qué había sucedido. Miguel Saldaña estaba totalmente desconcertado. Luces blanquecinas lo cegaban, a la vez que alguien hablaba de forma ininteligible. Se incorporó en la cama en la que se encontraba y pudo enfocar a un extraño ser humanoide.

–Hola. Soy Kailash, bienvenido a Atlantis – su voz sonaba algo extraña.
–Hola, ¿qué ha pasado? ¿Dónde estoy? – respondió Miguel, que parecía no haber escuchado a Kailash.
–Hola Miguel. Te repito que estás en Atlantis, sobreviviste al ataque de misiles, y antes que dejarte morir en el fondo del océano, te recogimos.
– ¡¿Cómo?! ¿Atlantis? Debo estar soñando, esto no puede estar pasando.
–Sí, eres el segundo homo sapiens sapiens que logra traspasar los muros de la ciudad.
– Esto es increíble ¿Y quién fue el primero, si puede saberse? –preguntó fascinado Miguel.
–Se llamaba Platón. Era un gran hombre. Nuestra percepción de la raza humana cambió a partir de él, su sed de conocimiento era increíble y le enseñamos mucho.
– ¿Platón? ¿No estarás hablando del famoso Platón? ¿Del mismísimo filósofo griego?
– ¿Griego? Sí, me suena –respondió Kailash algo dubitativo.
– ¡Ay madre! ¡Esto es increíble! ¿Y qué hizo exactamente Platón aquí? – Miguel iba despertando a medida que Kailash lo sorprendía más y más.
–Hicimos un pacto, nosotros le enseñamos matemáticas y filosofía y él nos confirió el gran pilar que ha permitido que Atlantis no sucumbiera ante el desastre –pronunció Kailash dándole un énfasis apocalíptico.
– ¿Qué pilar? ¿Qué os confirió? –Miguel comenzaba a despertar una curiosidad inmensa.
–Mira, nosotros vivimos aquí en la clandestinidad desde hace millones de años. Pero según tu raza, el homo sapiens sapiens fue evolucionando, nuestra posición corría peligro de ser descubierta. La juventud se revelaba y exigía salir al mundo exterior, Atlantis corría un grave peligro. Entonces llegó Platón, él nos otorgó la clave, la gran obra escrita que nos salvó, La República. En él nos dio las pautas de cómo dirigir la ciudad, nos explicó cuál era la mejor forma de gobernar un estado. Por tanto, haciéndole caso, el gobernador de Atlantis otorgó a cada ciudadano el derecho a opinar, actuar, discernir, discutir y preguntar libremente, siempre y cuando todo el mundo respetase la condición de no salir al exterior. Nos dio muchas más explicaciones.
– ¡Guau! O sea que Platón escribía la famosa “República” dirigiéndose a vosotros. Es increíble. Pero hay algo que no acabo de entender, ¿por qué no podéis salir al exterior? ¿Cuál es ese peligro?
–Lo cierto es que es muy largo de explicar. Nuestra civilización existe desde hace millones de años, llegando a convivir con los dinosaurios. Por lo general, todos nosotros fuimos grandes matemáticos y astrólogos, construíamos observatorios astrológicos gigantes y nos fascinaba el universo. De hecho, Platón me confesó que muchos observatorios sobrevivían hoy día, me habló especialmente del Stonehenge y de algún otro. Bueno el caso es que algunos de nuestra especie se echaron a la mala vida. Rehusaron estudiar, no seguían ningún tipo de valor moral y pasaban el día copulando. Convivimos así unos cuantos miles de años, pero estos indeseables fueron sobrepasándonos en número. Se reían de nosotros por estudiar y nos excluían socialmente. La solución fue escondernos a cientos de metros de profundidad en Atlantis, ya que en caso de no haberlo hecho, hubiéramos sucumbido ante tus ancestros.
-¿Mis ancestros? –Miguel no daba crédito a lo que oía.
–Sí, desgraciadamente aquellas gentes fundaron una nueva especie o raza, el homo Sapiens Sapiens. Por eso la sabiduría de Platón nos sorprendió tanto.
–O sea que es por eso por lo que permanecéis aquí escondidos.
–En efecto –Kailash quedó satisfecho ante la buena comprensión de Miguel.
–Pues tengo una noticia que daros. Habéis sido localizados y la noticia se ha extendido entre la raza humana.
–¿Cómo? No es posible –Kailash no daba crédito.
–Sí, ha sido con un potente satélite.
El extraño humanoide se levantó y rápidamente llamó por un extraño aparato telefónico para comunicar la noticia. Minutos después suspiró y dio gracias.
–Me han comunicado que han camuflado Atlantis con el gran artilugio preparado para estas ocasiones. No hay peligro.
Ambos personajes estuvieron conversando durante un rato manteniendo una animada charla en la que intercambiaban impresiones de ambos “universos paralelos”.
–Y dime Miguel, ¿siempre acostumbráis a vestir así de raro? –preguntó Kailash señalando su traje.
Miguel rió un rato ante la pregunta de Kailash:
–Oh, no. Se trata de un traje especializado para bucear. Normalmente llevamos otro tipo de atuendo.
–¿Bucear?¿De qué hablas?
–No me digas que nunca has buceado.
Miguel le contó mil maravillas acerca de bucear junto a todo tipo de seres submarinos.
–Es lo mejor, uno desconecta del estrés y la malacostumbrada sociedad y disfruta de la compañía de mil y un preciosos peces. Es lo mejor, el sosiego y la paz son inalcanzables en tierra, tienes que probarlo.
–Es una lástima, como ya te he dicho, no nos está permitido salir de Atlantis.
–Oh, es cierto, no me acordaba. Bueno, no te preocupes, supongo que vivir aquí puede compararse con bucear. Además, aquí tenéis la ventaja de que no tenéis que andar pendientes de la bombona de oxígeno –quiso hacer un chiste.
Tras pronunciar estas palabras, a Miguel se le vino el mundo encima. ¡No se había acordado de consultar la bombona en todo este tiempo! Miró el marcador y se encontraba al límite, lo justo para volver a la superficie.
–Lo siento Kailash, debo partir o quedaré aquí enterrado de por vida.
Kailash entendió perfectamente la situación de su amigo, pero le recordó los inconvenientes de Atlantis:
–Como ya te he dicho, no creo que te permitan salir de aquí.
–Pero si yo no soy ciudadano de aquí. No me queda apenas oxígeno, tengo que escapar.

Miguel se apresuró a toda máquina al techo de la cúpula y golpeando la cristalina cúpula con la semivacía bombona de oxígeno, logró hacer un agujero del tamaño suficiente como para escapar. A continuación soltó el poco oxígeno que le quedaba y ascendió a toda máquina. Pudo ver como desde abajo disparaban a matar, no podían permitir que ningún ciudadano de Atlantis huyese.

De repente despertó, se encontraba en la superficie. Sus camaradas del barco lo socorrían preocupados. “Con cuidado, que no se hiperventile” pudo oír Miguel.

–Tranquilos chicos, si he sobrevivido a una ataque de Atlantis sobreviviré a esto. Además allí sabrán construir observatorios astrológicos pero no pueden bucear. Jajaja no saben lo que se pierden.
La falta de oxígeno debe haberle afectado al cerebro” pudo oír Miguel, pero tras la incesante fatiga se durmió. Mas en sueños se despidió de Kailash como es debido, buceando entre delfines y pececillos.


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123. UNA INMERSIÓN DE INICIACIÓN

Amanece en Puerto Mogán, al sur de Gran Canaria.
Acabamos de sacar el título inicial Open Water, de la escuela PADI de buceo. Hoy realizaremos nuestra primera inmersión con un grupo de buceadores más experimentados. Después de ejercicios en piscina, teoría en el bar de la misma por la tarde, algo de estudio, examen médico y técnico, por fin somos buceadores.

Tengo la misma sensación abdominal de nervios anterior a un examen; aún la conservo y padezco antes de cada inmersión.
Paseo por el buffet de desayuno del hotel sin mucha apetencia ante la impaciencia de sumergirnos una vez más.
Nos llevan a ver un pecio, un barco hundido, que hoy día sirve de arrecife artificial en el que conviven corales y varias especies de peces, crustáceos... , no se encuentra a mucha profundidad, pero algo más de lo que hemos bajado hasta ahora.


Tras picotear algo y encomendarme a todos los santos para que hiciera buena mar, nos dirigimos al centro de buceo. Mi cabeza repasa mentalmente la extraordinaria y calmada sensación de bucear, todo tranquilidad, entremezclándola con mi primer contacto con el mar ”había mar de fondo, la corriente levanta la arena del suelo marino, mis lentillas en el hotel, ¡¿por si acaso?!, no se veía nada a más de 4 ó 5 metros francamente, toda una experiencia. Tuvimos que realizar un ejercicio para simular que habíamos agotado el aire haciendo la señal correspondiente al compañero y él nos facilitaria su regulador de emergencia. Suelto mi regulador, le trasmito la señal a mi compañera quien parece no enterarse de nada y se queda mirando al instructor como preguntando ¿acaso me toca a mí hacer algo? literalmente, me lanzo a su pecho para coger el regulador de emergencia, es fácil de localizar porque es amarillo al efecto, y con los nervios de pensar "no me da aire", se me olvida purgarlo, (lleva un sistema de vaciado a presión que se me olvida presionar), aspiro, bocanada de mar, trago, purgo y pienso, "o lo que sigue es aire, o yo tragarme el mar completo, no puedo"; mi monitor se da cuenta, pero me deja para ver cómo reacciono, lo hago bien. Si estamos en tierra la mato”.
Hoy tampoco las llevo, las lentillas, pero bien aprendido “purgar, antes que aspirar”.
Nos realizan un pequeño “briefing”, donde se resume el recorrido de la inmersión, qué veremos y los animales que podremos encontrar por ser habituales en la zona. El desarrollo de nuestra actividad no debería afectar al medio, no tocar, otra lección aprendida, tras otra inmersión. Ese día vi algo rojizo que me llamaba la atención en el fondo, y allí voy, a tocar, recuerdo una foto de algo así como un gusano, sí gusano de fuego, que nos enseñaron como “peligroso”, un animal vistoso y venenoso, solté aquello enseguida y salí inmediatamente hacia otro lado simulando que nada hubiera pasado al ver a mi compañero entretenido tras una sepia. Al finalizar la inmersión mi instructor me preguntó que qué tal lo había pasado jugando con una pata de cangrejo.

Cogemos el equipo, la botella llena pesa lo suyo, y yo más bien poco. Durante la realización del curso en el camino del centro de buceo a la pasarela del hotel de acceso directo al mar, a unos 20m., pude caer de bruces en más de una ocasión. Me costaba levantar los pies del suelo, subí uno escasamente, y doblándose la parte delantera de la chancleta hacia el talón, pisé sobre ella…, gracias a mi compañero, pendiente, que me agarró cuando tenía ya cerca el suelo. Y es que en esto siempre hay que llevar y tener un buen compañero, el mío siempre bucea unos metros por encima para tener mayor control visual, yo más cerca del fondo, si es posible, me da más sensación de seguridad.

Vamos con el equipo caminando hasta la zona del puerto, muy cerca del centro de buceo. Subimos todos a la lancha neumática que hay esperándonos, equipada con soportes y enganches para el adecuado transporte del material. El patrón y el resto de compañeros parecen muy simpáticos. En el grupo viene también un alemán con su mujer, ella no puede bajar por un problema temporal de oídos y se conforma con realizar snorkel en la zona; nos envidia, me siento bien, aunque tensa, chapurreo en inglés para olvidar los nervios y repaso la rutina aún no adquirida, cerrar la botella, durante el trayecto, accidentalmente podría pulsarse el regulador, perdiéndose el aire y dando por finalizada la inmersión sin comenzar, colocar bien el pelo para que no moleste en la cara, y otras rutinas genéricas y personales. Enfundados en nuestros neoprenos partimos rumbo a la zona de inmersión, mi compañero suele marearse, así que en cuanto estamos en la zona se tira por la borda ya que si no hay mucho oleaje se siente mejor dentro del agua. Nos montamos el equipo, afortunadamente esta vez bajaremos por un cabo que va de la embarcación al fondo, el neopreno tiende a flotar y me cuesta más sumergirme sin una guía de referencia, cuando lo practicamos durante el curso mis compañeros abajo y yo cual cucaracha panza arriba intentando que me pesara más el culo o tener más plomos, o más paciencia, madre de muchas ciencias. Bajan primero el grupo de experimentados y luego nuestro instructor con mi pareja, otra chica y yo. Comienza nuestro descenso, vamos bajando por el cabo compensando los oídos para habituarlos a la presión ejercida por el agua, voy bien, vamos bien, nos miramos y hacemos la seña de todo OK, mi compañero me guiña el ojo. En el hermoso silencio del mundo submarino se acompasan los sonidos de nuestras burbujas con ritmo de una respiración normal y tranquila. Queremos que la experiencia sea buena y duradera, y eso depende en parte de nuestro propio autocontrol respiratorio. Se distinguen sonidos propios del océano, lleno de vida, similar al sonido de una aspirina de efervescencia ralentizada, tan agradable, respirar, tranquilidad. Antes nos han advertido de que si oímos motores tengamos cuidado, existe un submarino para que los turistas vean el fondo, el barco, y a nosotros, como una atracción más, ¡pero si cualquier animal acuático se desenvuelve mejor…!
De repente la otra chica, rota su muñeca de derecha a izquierda con la mano extendida y la palma hacia abajo en señal de problema, se señala el entrecejo, el instructor no entiende lo que le quiere trasmitir, la sube unos metros y nos indica si nosotros estamos bien, que esperemos. Entre ellos se hacen señas, yo espero algo ansiosa por no poder ayudar y por no saber si se acabó la inmersión por ese día. Resulta que se le olvidó descompensar las gafas y si no soplas por la nariz para igualar presiones, el aire de la gafa se comprime y succiona la cara, normal que le hiciera daño, mi instructor le separa la gafa de la cara, se la llena de agua, ella la vacía soplando por la nariz, volvemos a estar todos OK. Hemos perdido algo de tiempo, no veremos más que una parte del barco, se encuentra fragmentado en dos y una parte dista de la otra.

Por fin, nos movemos, el grupo avanzadilla se encuentra situado frente a la popa del barco, nunca olvidaré la imagen de los cuatro buceadores, como suspendidos, en vertical, todos trasmiten felicidad, reconozco al alemán por su neopreno azul chillón y su capucha, haciendo una fotos, durante el trayecto en barca me agobiaba un poco ser tanta gente, pero abajo se ve que sitio hay para todos, en el inmenso azul. Uno de los guías tiene un pulpo pequeño en sus manos, me acerco a verlo, al intentar escabullirse buscando la oscuridad se le mete entre el chaleco, mi instructor le ayuda a sacárselo, sacar el pulpo y volver a ponérselo, parecemos espectadores viendo un espectáculo. Nuestro guía nos señala que lo acompañemos, encuentra un cangrejo araña que vive en el barco y lo deposita sobre mi mano extendida, al ir a dejarlo en su casa le pellizca con una pequeña tenaza un dedo, si es que no hay que tocar... Seguimos rodeando el barco por la parte opuesta al otro grupo y me señalan algo amarillo digo esto que es, unos corales, ¿gorgonias? me aproximo y se mueven, y se mueven justo como el banco de peces de la película de Disney “Buscando a Nemo”, creo recordar que nos dijeron que eran roncadores, porque al sacarles del agua realizan un sonido similar al ronquido. Juego con ellos, o ellos conmigo, me río porque para mi era una planta y son muchos peces moviéndose con una armonía de conjunto envidiable, intento sin éxito separarlos pasando a través de ellos.
Cojo confianza e intento bucear panza arriba, he visto a los expertos moverse y desenvolverse realmente bien y allá que voy, aleteo un poco, me desplazo, me siento feliz haciendo burbujas y viendo como suben a la superficie. Desde luego lo mío es la cucaracha, unas veces porque no bajo, otras porque lo hago demasiado, mi botella pega contra el suelo asustándome un poco pero a la señal de mi instructor únicamente puedo decir que estoy OK y reírme, realmente estoy disfrutando.

Como aún no controlamos completamente la flotabilidad y voy con bastante peso y bastante cerca del suelo mi instructor pone un poco de aire en mi chaleco, otras veces ya lo había hecho, pero esta vez tengo la mala fortuna de que es demasiado y asciendo, cuando intento sacarlo ya es demasiado tarde, de la horizontal he pasado a la vertical, no debo aletear sino quiero subir, me quedo inmóvil, con cara de pánico y hago un gesto de hasta luego, sigo asciendo, me agarran por los tobillos y me bajan señalándome que vuelva a compensar, susto.
Para distraer nuestra atención nos movemos otra vez hacia una parte del barco por la que nuestro guía se mete. Busco a mi pareja y no le veo, como suele estar a otro nivel más arriba aparte de mirar a ambos lados, miro en todas las direcciones y dimensiones, reconozco el final de sus aletas por el hueco dónde había pasado el instructor, pensaba "por favor, que acabo de tener un susto, y que me da miedo meterme ahí dentro, ¡no quiero!", pero, o pasaba, o, aparentemente, me quedaba sola. Le echo valor, junto los brazos al cuerpo para no tocar nada y paso rápido, era como un pasillo metálico con salida al otro lado y allí estaban esperándome, ¡que alivio!.

Tras todas estas peripecias hemos consumido la mayor parte del aire, tenemos que volver. Para finalizar, me marcan un mero, al parecer enorme, bajo el barco, que no logro ver y desisto en el empeño. Nos queda poco aire, nos agarramos al cabo y subimos lentamente. Durante la parada de seguridad, pienso que es todo por hoy y siento nostalgia. Volvemos comentando la inmersión y al parecer todos hemos disfrutado de ella, nos sentimos satisfechos, nuestra compañera con los ojos morados como si le hubieran dado un par de puñetazos pero con la lección, compensar las gafas, aprendida.

Regreso al hotel pensando, definitivamente, que ha merecido la pena, toda una experiencia. Paseo por el buffet de almuerzo con impaciencia por hincar el diente sobre la mezcla de alimentos que voy recopilando en mi plato. Mientras pienso en que el miedo sólo te limita, qué importante es no perder el respeto por un deporte de riesgo y en las satisfacciones que produce.

A día de hoy en mi cuaderno de inmersiones figuran unas cuantas más, he disfrutado buceando con tiburones, tortugas, peces loro de diferentes tamaños y colores, peces ángel, mantas raya, he visto peces flauta, corales de mil formas y colores, langostas, sepias, estrellas de mar y he aprendido acerca de comportamientos animales, aplicables incluso a nosotros mismos. Bajo el mar existe un mundo maravilloso y la actividad de conocerlo permite aprender a conocerse y controlarse.. La consigna “Stop, Think and Act” (Para, Piensa y Actúa), la aplico a mi vida y si por un momento siento ansiedad, pienso en el mar y me relajo para poder disfrutar.

Anochece en Tetuán un barrio de Madrid.

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122. UN MAL COMIENZO.

Estoy sentada en la terraza del restaurante… en la caleta de L’Escala.
Son solo las 9 y pico de la tarde pero ya se ha hecho de noche, se nota que ya es 13 de septiembre, domingo trece para ser exactos. El último día que abre el restaurante, parece el último día del verano, y allí estoy yo, saboreando una cena exótica con piña y escuchando el maravilloso sonido de las olas…
Hay una pareja joven en la mesa de al lado y un señor delante de mí hablando con el móvil, una pareja de ancianos y una cuadrilla de chicos y chicas adolescentes dentro del restaurante.

Recuerdo lo que me dijo Victoria: “Igual es que en realidad no quieres bucear” cuando la llamé en el último momento, para preguntarle si había gafas graduadas en el centro de buceo, no se me había ocurrido hasta entonces… me parecían tantas las dificultades en un principio, que esa se me pasó por completo, de hecho di por sentado que no habría problemas con esto.
Tuve un accidente de tráfico muy grave a los dieciocho años en el que estuve a punto de morir, por un traumatismo craneoencefálico. A mis 38 años tengo una discapacidad reconocida del 33%, pero mis limitaciones reales son mucho mayores, desde entonces es como si tuviese un cuerpo de más de setenta y una mente que ha ido evolucionando pero que al principio no tenía más de cinco o seis años (ahora ya debo de andar por los veintitantos).

Victoria, que me ayudaba a preparar el curso de buceo hasta entonces, había sido muy comprensiva y muy simpática conmigo, por lo que me sorprendió que le diese tan poca importancia a mi problema de visión. Seguramente desconocía que con 6 y 7 dioptrías de miopía es cierto el dicho “no veo más allá de mis narices” aunque en un sentido real.
Victoria dijo que sólo estaba poniendo una excusa para echarme atrás, pero después de estar preparando el viaje con ella desde julio,me parecía que la que se estaba echando atrás no era yo sino ella.

Ya son las once de la noche, si me descuido me van a cerrar el hostal, así que me dispongo a regresar, no sin antes pedir la cuenta y leer el cartelito pegado a la vidriera: “Diumenge 13 de Septembre, tanquem per fi de temporada. Gràcies”, siento nostalgia y es sólo el primer día….
Quizá ayude el hecho de que el hostal está amueblado más o menos como debía estar hace cuarenta años, es auténtico, pero se ve que tampoco han hecho muchas reformas en la fontanería…el desagüe del baño no traga bien y la ducha es una alcachofa estilo Psicosis.

Al día siguiente pasan a recogerme con una furgoneta para ir al centro de buceo que está en el pueblo nuevo… yo todavía no me lo conozco, no había estado nunca.
No me da tiempo de desayunar porque hemos quedado a las 8 y los desayunos empiezan a las nueve. Luego la dueña del hostal, Mercé, me dijo que si se lo hubiese dicho antes me lo habría preparado porque ella se levanta a las siete y media… es un sol de mujer, el trato en el hostal es muy familiar y me siento como si estuviese en casa de mi tía Mercé.
Entro con la mochila en la furgoneta, para empezar Ramón, el instructor, al que no conozco de nada me echa la bronca porque llevaba un rato esperando… después se disculpa porque cambió la hora para quedar también con dos franceses que quieren hacer un bautizo y no me avisó…
Ya no soy la única aprendiza, los franceses han quedado con él en el centro de buceo. Llegamos y el instructor me pone un video mientras él está preparando las botellas, también me da un libro que casi no tengo tiempo de abrir. A continuación me da un traje de neopreno, está nuevo pero es una talla o dos menor que la mía y no tengo forma de ponérmelo. Se lo digo y unos segundos más tarde vuelve con otro que huele a perro está mordido y tiene hasta pelos cortos pegados… pero me está bien… me lo coloco encima de mi bañador nuevo, hago de tripas corazón al calzarme las botas sin calcetines y monto de nuevo en la furgoneta con mi mochila, el instructor y los dos franceses que han cargado detrás las botellas y las aletas.

Llegamos a unos apartamentos y nos bajamos de la “furgo”, al borde de la piscina, nos ponemos las botellas y las aletas… ¡y al agua!, ¡No es cuestión de tenerle ahora miedo al frío! es una sensación rara la de meterse vestido al agua y sentir el frío sin mojarse mas que las manos y la cara… Empezamos a practicar los ejercicios que nos enseña Ramón, no es difícil desplazarse por el agua, pero sí controlar los movimientos, me cuesta ir a donde quiero… por eso me entra la risa varias veces y tengo problemas con el respirador… Ramón se cabrea como un mono sin darle más motivos (después he llegado a la conclusión de que debía pensar que me reía de él y de los gestos tan exagerados que tiene que hacer para explicarnos las cosas debajo del agua…)

Después de una media hora ya estamos “listos” –por cierto las gafas graduadas son imprescindibles para cualquier miope, sin ellas no habría podido seguir las explicaciones del instructor, que eran por señas debajo del agua- En mi caso también eran por señas en la superficie, ya que Ramón hablaba en francés primero pues la mayoría del grupo (dos de tres) hablaba francés y luego hacía un escueto resumen en castellano para mi.
¡Vamos al mar! ¡Ya estamos preparados!

Los apartamentos están cerca de una calita, desde la piscina al mar sólo hay 200 metros, después de atravesar el jardín (“siguiendo los senderos de hormigón para no encontrarnos con sorpresas”) Atravesamos también una playa pedregosa (llena de pedruscos para más inri).
Nos quitamos las aletas, pero llevamos las botellas a la espalda y los chalecos chorreando agua por los cuatro costados. A mi me parecen 200.000 metros no 200, aunque al final consigo llegar, mis gafas se quedaron en la furgoneta pero me coloco las de buceo, que están graduadas, aunque estemos en tierra firme.
Ya en el mar… ¡Qué maravilla! Y a la vez que decepción, el día está gris y el agua parece del mismo color…. Ya son las nueve y media pero el sol sigue sin aparecer. Después de avanzar como puedo por el agua hasta la boya y comprobar que solo es una cadena colgada del techo de luz que es la superficie, lo máximo que alcanzo a ver son unas plantas acuáticas llenas de algas microscópicas que se parecen a la borra de debajo de la cama y un pequeño pez plateado del tamaño de una sardina. Como no hay nada más que descubrir la decepción va en aumento y el cansancio también, no veo la hora de que termine esta broma de mal gusto. Lo peor es el dolor de oídos, tengo miedo de que me estalle un tímpano (aunque ahora sé que eso no pasa a seis metros de profundidad, entonces no lo sabía ni tampoco que solo había seis metros).
Pero siempre se puede estar peor… las fuerzas terminan por abandonarme no logro seguir al instructor y empiezo a flotar, Ramón, que parece estar todo el rato renegando en vez de enseñando, se da cuenta y me dice que me agarre a él…, y yo encantada de la vida le hago caso y empiezo a disfrutar de la inmersión dejándome dirigir como superman por el brazo pero en este caso el brazo va agarrado a Ramón.

Al salir del agua no siento las piernas y la botella me pesa como si llevase plomo, por la “playa” de vuelta a la furgoneta estoy a punto de caerme hacia atrás cuando tropiezo con una piedra. Gracias a mis compañeros, los franceses, no lo hice.
A la vuelta limpiamos los trajes en la trastienda, con unas mangueras en un contenedor gigante que parece lleno del agua sucia de una obra.
De regreso en el hostal me trago la comida y me tumbo encima de la cama, no tengo fuerzas ni para desvestirme… intento dormir un poco a ver si se me pasa el dolor de oídos como decía Ramón que ocurriría.
Esa misma tarde teníamos hora con el médico que iba a firmar el informe de apta, después de más clases, pero no tengo ánimo para dar otra clase y sin ducharme ni nada me dirijo al centro de salud más cercano, “preguntando se va a Roma”… Mercé, la señora del hostal, me indicó, pero tuve que preguntar varias veces a la gente (ya que la mitad hablaban francés) para no perderme entre callejuelas y llegar cuanto antes al centro de salud que está también en el pueblo nuevo… No sé cómo en mi estado de agotamiento total llegué tan rápido, mi ángel de la guarda debió de hacer un montón de horas extra ese día
Llegando al ambulatorio el clima ha mejorado mucho y estoy a punto de volver, pero los oídos me siguen doliendo y ya he tomado una decisión… Llamo al centro de buceo y les digo que no voy a ir esa tarde que estoy en urgencias a ver que les pasa a mis oídos.
Allí hablan castellano aunque muchos carteles están sólo en catalán, tengo la misma sensación que cuando fui a Munich a vivir en la casa de un párroco de las afueras, todo me es familiar
pero a la vez extraño, parece que estoy en el extranjero pero sin sentirme extranjera, en una realidad paralela, como si aún no hubiese salido del agua.
El problema saltaba a la vista, la enfermera me lo vio nada más mirarme con el endoscopio, es un tapón de cera en el oído derecho, me da unas gotas para ablandarlo y me dice que vuelva a los cuatro días… Creo que le voy a hacer caso… así conoceré el pueblo antes de empezar con la clases de buceo y no dependeré de Ramón para que me lleve y me traiga, me alquilaré una bicicleta… hay un local donde alquilan bicis cerca del hostal, cuando vuelva me pasaré por allí.
Poco antes de llegar al centro de salud me llama Ramón para decirme que me irá a buscar cuando termine la clase…

Cuenta mucho la voluntad pero también el empeño… había estado preparando el viaje desde la segunda semana de agosto para hacerlo en la segunda semana también pero de septiembre y en Menorca.
Cuando surgió el problema de las gafas de buceo graduadas, inexistentes, me pareció extraño porque hoy en día la mitad de la población lleva gafas, increíble pero cierto, no solo no las fabricaban en Zaragoza, sino que no había forma de conseguirlas a través de una óptica, me las consiguieron en el centro de buceo que me recomendó Fofi, el amigo de mi hermana.
El verdadero problema era el tiempo, había que encargar las gafas con antelación y tardaban aproximadamente un mes en hacerlas y en llegar y siendo verano la cosa se complicaba… pero Eva supo desde el principio dónde podía conseguirme gafas graduadas con cristales ya fabricados graduados en una escala de media en media dioptría.
Debí de estar mucho tiempo esperando a que me viera la enfermera porque cosa curiosa, a la salida Ramón me estaba esperando, no me extrañé… otra vez tenía haciendo horas extra a mi ángel de la guarda…
Me llevó en coche al hostal, pero antes nos paramos a tomar algo en una terracita del pueblo viejo en la playa de L’Escala, porque quería hablar conmigo...Aproveché mi oportunidad para hablar con él y preguntarle como lo ve, si merece la pena que me quede cuatro días más hasta que me quiten el tapón del oído para volver a intentarlo… -“no es cuestión de forzar la máquina, sino puede que no quieras volver a bucear nunca más…”
Me dice que aún así no soy tan mala buceadora para ser mi primer contacto con el mundo del buceo, pero que necesito estar más en forma y hacer unos cuantos bautizos desde el barco… O incluso empezar a practicar yo por mi cuenta haciendo snorkel, como había hecho Fofi, el amigo de mi hermana que me recomendó el centro de buceo de L’Escala…

Cuando llego al hostal tengo la idea de leer hasta quedarme dormida, pero en vez de eso me ducho y bajo a cenar… Ha empezado a diluviar, me siento en una de las mesas que están al lado de la ventana, solo se ve una furgoneta blanca aparcada al otro lado de la callejuela bajo la luz fosforescente de la única farola… El sonido de la lluvia sobre el asfalto me envuelve.
Llega Mercé con la carta y me devuelve a la realidad. Le cuento a grandes rasgos lo que me pasa y me deja su ordenador para buscar el viaje de vuelta por Internet… no hay autobús desde Barcelona a Zaragoza para mañana, el día 15… en medio del regreso vacacional… así que tengo que buscar un tren… sólo quedan billetes para el Ave… además tengo que llegar a la estación de trenes con el maletón, lo que implica coger un taxi desde la estación de autobuses a la de trenes o arriesgarme a coger el metro y a llegar tarde y tener que hacer noche en la estación… y ya se me acabó el cupo de riesgos por estas “vacaciones” mi ángel de la guarda debe de estar “estresadico”…
Como hay bastantes billetes sin vender en el Ave y aún no sé a que hora podré coger el autobús de L’Escala a Barcelona, no hay tren y no se puede reservar billete de autobús a menos de 24 horas de la hora de salida, me voy a mi habitación con el teléfono, el horario de autobuses y el de RENFE.
Reviso el maletón, como no sabía qué necesitaba me he traído de todo, hasta el equipo de bici para practicar y no dejar que mi rodilla empiece a fallarme, allí tampoco hay nada que me ayude a quedarme. Esta vez si que logro empezar a leer el libro que traje “La carta esférica” de Arturo Pérez-Reverte… pero la lectura me dura poco, caigo dormida como una ceporra a la tercera página… El sonido de la lluvia sigue repiqueteando en la terracilla contra la minimesa y las dos sillas de plástico blanco que la ocupan por completo.

Entonces pienso que perder el tiempo y el dinero no es lo peor que me podría haber pasado… cruzo los dedos porque aún no ha acabado el viaje y sigo con mi dolor de oídos, sin cobertura para el móvil… bajo un cielo desatado que parece haberse enfadado conmigo por llegar tarde…me siento sola, pero estoy conmigo misma y duermo tranquila porque ya he planeado lo que voy a hacer mañana:
1º- Hacer el equipaje
2º- Desayunar y llamar a RENFE desde el hostal y reservar billete de vuelta
3º- Ir a la oficina de turismo y comprar el billete de autobús a Barcelona (si no está abierta esperaré en la pastelería cafetería que hay al lado, he visto que preparan zumos de naranja
naturales y té negro de diferentes sabores)
4º- Llamar a Eva, la jefa de Ramón, para preguntarle lo que le debo, ir a la caja y sacar el dinero y dejárselo a Mercé.
5º- Dejar la maleta en la cafetería del Hostal e irme a coger el tren de paseo a Ampurias, hay uno a las diez y otro a las once de la mañana... comer allí.
6º- Volver a por la maleta al hostal media hora antes de coger el autobús, está a escasos trescientos metros de donde para y la maleta tiene ruedas.
7º- Coger el autobús
8º- Pillar un taxi a la estación de RENFE en Barcelona.
9º- Subir en el Ave hacia Zaragoza
10º- Agarrar un taxi para casa ¡por fin!

Las cosas no siempre salen como se planean aunque en esta ocasión salió incluso mejor de lo que espera:
Saqué el billete de autobús y me tomé un zumo de naranja natural y un té negro esperando a que viniera el trencito turístico.
Fui hasta Ampurias y luego volví andando y sacando fotografías hasta la caleta del pueblo. Hice una comida ligera en la terraza de un restaurante que tenía toldo, el cielo seguía encapotado… conocí a un hombre muy interesante que tenía la fisonomía de un chico joven y delgado pero llevaba una barba blanca y su mujer parecía su madre.
El viaje en autobús lo hice en primera línea de asientos, el paisaje era precioso, me encontré de nuevo a la misma chica con la que había hablado a la ida, iba a coger otro autobús para Zaragoza, pero yo ya tenía sacado el billete del Ave. Llegué pronto así que pude adelantar una hora la salida y en la estación de trenes solo esperé unos veinte minutos….

El viaje no estuvo mal, fue una experiencia más, en verano aún, y junto al mar… pero yo iba a hacer un curso de buceo en condiciones para aprender despacio, con preparación, poco a poco…. Soy consciente de mis limitaciones físicas pero no me acobardo fácilmente…. y lo que me encontré fue un bautizo, exactamente lo contrario de lo que había estado planeando todo el verano… La verdad es que un bautizo así no se lo recomiendo a nadie que no haya hecho buceo ni snorkel en su vida y que no tenga una excelente forma física…

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miércoles 30 de diciembre de 2009

121. VOLVER A NACER EN EL FONDO DEL MAR

Nací en el seno de una familia humilde muy precipitadamente y con mucho amor pero con muchísimas carencias, sin ilusiones, ni futuro de estudios. Mi meta (la de mis padres) era ponerme a trabajar lo más pronto posible para ayudar en la casa.
A mis maravillosos catorce años fue cuando tuve la gran suerte de conocer a mi primer y único gran amor, él y solo él me ayudo a seguir adelante. A los diecisiete años me case embarazada con el que hoy es mi marido, hace ya 21 años y a los seis meses de embarazo perdí a mi niña (Como les digo mi vida siempre fue muy precipitada).Me fui a vivir a otro pueblo, con otra gente sin conocer a nadie y sin ninguna ayuda ni apoyo de nadie. A los siete años fruto de un gran amor nació una hija maravillosa llamada Carolina lo malo era que llegaba en el peor momento de nuestras vidas ya que montamos un negocio y nos arruinamos por completo. Pero ella nos dio fuerza y con el amor de los tres seguimos adelante.
Carolina me recordó un poco mi infancia y no me gusto nada, pensé que tenía que superarme día a día por mí, por ella, por todos y no iba a conformarme con poca cosa porque yo quería lo máximo para mí y mi familia. Tuve la suerte de entrar a trabajar en una gran empresa, los fines de semana trabajaba de camarera y por las noches estudiaba para sacarme el E.G.B. nada fácil pero ahí estaba el, mi gran amor, el amor de mi vida que siempre estaba allí para ayudarme y apoyarme en todo. A los seis años entre en otra empresa muy importante, fija con un buen salario. Al final conseguí mi estabilidad profesional y personal ya que con el trabajo de los dos conseguimos nuestro gran sueño, una casa propia, una estabilidad económica y muchísima felicidad.

Pero un día conocimos a un chico que le encantaba el mundo del submarinismo y así fue cuando mi gran amor se adentro en el. Comenzó poco a poco y después de unos años ya era Divemaster. Yo por mi parte no lo entendía pero no decía nada, era bonito que al menos tuviera una ilusión, una afición, incluso le llegué a tener una pequeña envidia sana. El problema fue que comenzó con el grupo de amigos a irse los sábados, después ya eran sábados y domingos……y de aquí se pasó a los viajes con el grupo de amigos. A mí la verdad no me importaba nada, nunca me habían dejado sola y la verdad me gustó ya que me dedicaba a mi hija y a mi casa y, ¿porque no? también tiempo libre para mí. El problema era que yo no tenía ninguna afición personal y con el paso del tiempo llego mi gran temor que siempre ha rondado por mi cabeza ¡¡ LA RUTINA!!.

Pero como siempre, llegó mi tabla de salvación, mi gran amiga Carmen me dijo que en el mes de marzo se iban una semana de crucero por el Mediterráneo con un grupo de once chicas y me pregunto si quería ir con ellas, me lo pensé lo hable con mi marido y me animo a unirme al grupo, les dije que sí. Nunca en mi vida había salido de viaje a ningún sitio y la verdad es que me daba pavor pero me fui con ellas. Un día por la mañana estando en el crucero me sentía sola y vi una ventana impresionante en donde se visionaba perfectamente el gran océano azul me senté en una comodísima butaca frente a él y me di cuenta que era lo más bonito y al mismo tiempo misterioso que nunca había visto en mi vida, yo no quería perderme ese mundo tan maravilloso que tantas y tantas veces me explicaba mi marido, así fue cuando me decidí que ese año yo también bucearía.

También descubrí que la vida no solo era familia y trabajo si no que yo quería tener ilusiones y al mismo tiempo las quería compartir con mi marido. Cuando llegue del viaje muchas cosas cambiaron, y llego el momento una noche le dije que quería hablar con él, era el mes de junio hacía calor estaba temblorosa ya que siempre me decía que le encantaría que fuera su pareja bajo el agua, pero no sabía si le gustaría la idea, ya que yo para nadar era muy torpe y patosa, nos sentamos en nuestra terraza y le explique todas mis inquietudes y dije que me gustaría experimentar con el todas esas sensaciones que tantas y tantas veces me explicaba a la llegada de cada inmersión que realizaba, y me dijo que si!!!!!.

Era un sábado por la mañana yo estaba sentada en la terraza de mi casa cuando veo a mi marido llegar con un equipo de buceo y me dijo que era para mí!!!! Me volvía loca, la emoción me envolvía todo mi cuerpo ¡y tan solo era para realizar mi primer bautismo! Primero me explico muy tranquilamente y con mucho amor la parte técnica del buceo. Me puse el equipo con la ayuda de mi marido y me ayudo a bajar con muchísima delicadeza por las escaleras de la piscina y poco a poco empezamos a sumergirnos me enseño a controlar la flotabilidad a quitarme el agua de la mascara, etc. Y cuando salimos me dio un beso y me pregunto si estaba bien, ¿bien? Estaba pletórica pero yo quería algo mas necesitaba entrar otra vez y al día siguiente lo repetimos y me dijo que el fin de semana siguiente me enseñaría una calita preciosa que está a media hora de casa. Esa semana estuvo explicándome toda la parte técnica y practica del buceo viendo videos y leyendo libros de buceo. La noche del viernes al sábado no pude dormir con el temor de fracasar ya que no quería decepcionar a mi amor ni a mí misma.

Y al final llego el gran día era sábado por la mañana con un sol radiante y sin nada de viento, con el estomago en un puño cargamos los equipos en el coche y nos fuimos a la aventura ¡¡¡¡a mi gran aventura por primera vez en mi vida me sentía especial!!! Llegamos a una calita preciosa con muchísimos árboles centenarios y descargamos los equipos. Mientras tanto mi amor me enseñaba como montar el equipo yo no podía creérmelo estaba a punto de cumplir mi sueño tenía el corazón en un puño y nos adentramos al mar me puse las aletas nadamos un poquito hacia el fondo y cuando paramos me pregunto si estaba bien, me miro a los ojos y dijo…cariño no tengas miedo y confía en mi me cogió de la mano y empezamos la inmersión.
¡¡Dios mío¡¡¡ ¡¡qué bonito!!! ¡¡que paz!!! El silencio era impresionante sólo interrumpido por el sonido de mi corazón que al principio latía muy rápido pero poco a poco se fue tranquilizando. Comenzamos a bucear cuando ya pude controlar la flotabilidad empecé a disfrutar, nunca en mi vida podía imaginarme que el fondo del mar fuera tan bonito. La visibilidad era perfecta yo iba al lado de mi marido cuando vimos unas rocas en forma de puente y me hizo pasar por debajo y ¡¡¡allí estaba!!! Un lenguadito con unos ojitos saltones mirándome que parecía que me daba la bienvenida, al minuto nos encontramos con un banco impresionante de peces que ni sabia el nombre pero me daba igual mi marido me dijo que no me moviera y ellos al principio muy tímidamente se acercaron a mí y me rodearon hasta el punto de curiosidad por parte de ellos rozarme las manos y cuerpo. Yo no podía ni creérmelo enseguida pensé en mi madre mi amiga Carmen mi hermana mis compañeros del trabajo ¿Cómo se puede ser feliz sin conocer este momento mágico? Es un mundo donde solo existes tú y el fondo marino. Allí rodeada de toda esa inmensidad de pequeños peces de diversos colores y con el gran amor de mi vida me di cuenta que VOLVI A NACER EN EL FONDO DEL MAR. Nos adentramos hacia las rocas y allí escondidos estaban los erizos de mar con colores diferentes marrones, lila, negros. Joan cogió un erizo le clavo el cuchillo y llegaron los peces de todos los lados, pequeños, grandes no importaba su tamaño eran de colores azules naranja y rojos era como estar dentro de un acuario artificial, al mismo tiempo era como si las ortigas de mar bailaran al mismo son con todos ellos, continuamos y vimos un grupito de castañuelas y allí descansando tranquilamente en una roca una escórpora roja preciosa, más abajo el rey!! la elegancia de un mero mediano que me miraba, dios que impresionante!!!! Y al lado en la cuna de una roca un gran descubrimiento una liebre de mar!! No podía ser era preciosa!! Pero entonces mi marido me dijo que teníamos que salir, como siempre lo bueno termina y mi primera inmersión termino a los 52 minutos cuando salimos nos dimos un beso y allí nos prometimos ser pareja de buceo para siempre.


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120. SIN PODER PENSAR

Estaba seguro de que aquél sería un día precioso, tenía que serlo. El amanecer en el Mar Rojo tiene la capacidad de atraerme como un imán. Cada mañana, antes de la llamada general, subía a la cubierta superior del Pearl con un café muy caliente, para contemplar el espectáculo del sol y el viento... “¡Qué maravillosa oficina tengo!”.

El nuevo grupo llegó ayer. Algunos belgas, españoles, portugueses, y británicos. Hemos navegado toda la noche y hoy empezamos las inmersiones en las Brothers. Todos los que han buceado aquí saben de la maravilla de los corales, lo apasionante de la vida marina, la magnífica sensación de libertad y, especialmente, recordarán lo salvaje, lo extremadamente salvaje de las corrientes. El Mar Rojo es, en sí mismo, un larguísimo canal de agua abierto por sus dos extremos. Y las islas Brothers están en medio de ese canal, expuestas a la furia del mar, a la fuerza de sus corrientes.

Para cuando todos están levantados ya me ha dado tiempo de tomarme al menos dos cafés. Ahora el brieffing. Alí, el instructor jefe, cuenta la inmersión, lo de siempre, con la misma broma de siempre:
- Recordad: máxima profundidad 40 metros, tiempo máximo 60 minutos, no 40 minutos a 60 metros, ¿vale?.

El Akhawein, conocidas por islas Brothers, son dos islas que quedan casi en el centro del Mar Rojo, a la altura de El Quseir, a unas 70 millas marinas al sudeste de Hurghada. Big Brother tiene unos 500 metros de largo y un faro construído por los ingleses hace más de un siglo, fácilmente visible. Small Brother, un islote de unos 50 m de largo, queda a unos 800 metros al sur de Big Brother. Los barcos de buceo fondean al sur de la isla, al abrigo del viento y las fuertes corrientes. El modo operativo es sencillo: con las barcas auxiliares los buceadores saltan al agua en el extremo norte de la isla. Hacen una entrada negativa para evitar que la corriente les desvíe y, por la mañana, se bucea en la cara este, arrecife en el hombro derecho, y por la tarde buceo la cara oeste, arrecife en el hombro izquierdo. Al llegar al extremo sur de la isla las auxiliares les recogen o, si no hay excesiva corriente, nadan hacia el barco.

La primera inmersión de la mañana, que se inicia sobre las 7, suele ser la mejor para ver pelágicos. La idea es alejarse del arrecife al inicio de la inmersión, aprovechando la fuerza de la corriente en la punta del islote, de forma que, sin perder de vista la sombra del arrecife, nos adentramos en el azul, profundos, sobre los 35-40 metros. Esperando, y tras no más de 3-5 minutos, siempre pueden verse tiburones. Prácticamente siempre.
Bueno, en realidad son ellos los que suben a verte a ti.
Esta ha sido siempre mi inmersión preferida, es el mejor momento del día para bucear, se inicia la actividad de los depredadores, y te despiertas entre bestias majestuosas, a 40 metros, en medio del azul...

Perfecto, es un día perfecto. El viento es fuerte hoy. Bueno, y cuándo no. La tripulación ha echado ya a popa la botella de seguridad. Parece que la corriente hoy es especialmente fuerte, "¡Hace un ángulo de casi 45º con la superficie! Tengo que decírselo a Alí.”

Mientras todos preparan sus equipos, discuto con mi jefe la inmersión, serán 11 buceadores en mi grupo. Le comento la fuerza de la corriente a popa. Alí es quien organiza todo lo referente al buceo y a los clientes. Es, además, el hijo del dueño del Pearl.
- No pasa nada, lo has hecho antes. Puedes hacerlo. Además, no hay más opciones, te toca el grupo grande

Sin comentarios.

Todo parecía rutinario. Todo parecía perfecto. “Otro día en el paraíso”.

Lo de siempre, equipos preparados, saltamos a la Zodiac, remontamos las olas hasta la punta norte del islote, salto al agua, señal de OK, todos conmigo, inicio la inmersión... Hasta aquí todo fue rutinario.
Iniciamos el descenso hasta 35 metros, y nos separamos del arrecife unos 30 metros, siempre manteniéndolo a la vista. Aparecen varias sombras en el azul, estoy casi seguro de que eran grises y martillos. Cómo me gusta mirarlos, son tan gráciles, tan majestuosos. Se mueven y, al nadar, parecen estar diciéndote algo así como "Mírame, soy perfecto"


Algo se mueve debajo, será a unos 55-60 metros. La visibilidad es fabulosa, pero no puedo distinguir con seguridad si es un tiburón martillo. Vuelvo a contar al grupo, señal de OK. Control visual del arrecife. Busco el arrecife. No llevábamos ni diez minutos de inmersión cuando me di cuenta de que el arrecife no estaba.

El procedimiento de emergencia es claro. Piensa. Estás en el azul. La corriente ha podido desviarte. Sube. Reoriéntate con la brújula. Sigue subiendo. Estábamos a 8 metros, y el arrecife no estaba donde lo dejé, no al oeste. Decido subir a la superficie. “Debería estar ahí. No es posible que la corriente sea tan intensa”. Todo el grupo me seguía.

Cuando llegué a la superficie el ordenador marcaba 14 minutos de inmersión, y el Pearl estaba a unos 300 metros de nosotros... La popa del Pearl. ¡La popa!.

Volví a bajar, dejando en superficie mi boya de seguridad, e hice la señal de abortar la inmersión y ascenso a todo el grupo.

Me sorprendía la fuerza inusitada de aquella corriente. Pero aún me sorprendía más que no oía ningún motor. “¿Y las Zodiac?. Deberían estar siguiendo las burbujas del grupo. No puedo oír sus motores”. Hice mi parada de seguridad y volví a la superficie. El resto del grupo seguía sumergido. El Pearl estaba ya a unos 500 metros de nosotros.
Y seguía alejándose.
Decido dejar al grupo unos minutos más debajo. “En realidad será mejor evitar el pánico. Para cuando quieran darse cuenta, estarán aquí las Zodiac... ”.

Supe más tarde que, en la segunda Zodiac, un buceador se hirió en la nariz al saltar y decidió no bajar, con lo que la primera Zodiac, la nuestra, tuvo que volver al barco para recoger al tercer grupo. Para cuando todos los buceadores del tercer grupo estaban sumergidos, ambas barcas comenzaron a buscar burbujas. Pero para entonces nosotros ya estábamos a más de 500 metros de la popa del Pearl.

Nuestro grupo estaba formado por doce buceadores, dos eran mujeres; cinco británicos, dos belgas y cuatro portugueses. Entre ellos sólo uno era instructor, uno de los británicos.

Pasaban menos de 30 minutos desde que se inició la inmersión, y ya estábamos todos en la superficie. Llegamos a hinchar ocho boyas de seguridad. Para entonces el Pearl estaba a más de 1.000 metros, y se inició una discusión sobre qué hacer.
Yo supe enseguida que, a esa distancia y en esa posición, al suroeste de la isla y del barco, y con el sol de frente, el Pearl no sólo no nos podría ver, ni siquiera iba a poder buscarnos.
Alguien sugirió nadar hacia el barco.
- ¿Cómo?, ¿estáis locos?, no se puede nadar contra esta corriente, las olas y el viento de cara. Simplemente, no se puede.

No podía esperar tranquilidad, pero podía intentar aparentarla, inspirarla.
No, no es que pudiera, es que debía.

- Nos llevaría más de una hora nadar hacia el barco, nos agotaríamos. Además, dividiríamos el grupo. Y es básico mantener el grupo unido, física y mentalmente.
A los 45 minutos del inicio de la inmersión, ya no podíamos ver el Pearl, ni siquiera el faro de Big Brother.

"No puede ser. No puede ser". Empecé a darme cuenta de la situación real. Y fue uno de los momentos más duros. Nos mirábamos, intentábamos flotar separados, ahora pienso que para evitar poder hablarnos, poder decirnos, unos a otros, que “esa” era la realidad.

Estábamos perdidos.
Estábamos perdiéndonos, millas y millas al sur y al oeste de ningún lado, y a gran velocidad.
Y sabíamos que, cada minuto, cada segundo que aquella corriente y aquel viento nos arrastraban a quién sabe dónde, perdíamos una esperanza de volver al barco, a la vida real. Pero es que “eso” era la vida real.

“¡¡No puede ser!!”. Recuerdo que aquél fue unos de mis momentos de ira. “¡¡Dónde diablos están las Zodiac. ¿¿Porqué no nos ha visto los vigías de la cubierta superior??. ¡¡Son dos, tiene que haber dos personas en la cubierta del Pearl!!. Y dos barcas. Los motores, no he oído motores en todo este tiempo. ¡¡¿Pero donde diablos están?!!”.

Supe, también algunos días después, que uno de los vigías de guardia en la cubierta abandonó su puesto y se volvió a la cama. Realmente es cierto que los accidentes no ocurren sólo por un único fallo en la seguridad.

Inicié un rápido proceso mental. Por alguna extraña razón mi mente trabaja mejor, mucho mejor, cuando estoy bajo presión. Y ésta, que duda cabe, era una de esas situaciones. Lentamente, fui reagrupando a todos. Uno a uno, les indiqué que tirasen los plomos, conservando los cinturones. Intentaba mantener el contacto, y las mentes claras, alerta, pero también quería evitar reacciones de angustia, agresividad o miedo.

Habían pasado tres largas horas cuando vimos la primera Zodiac que nos buscaba. Pasó a más de 500 metros al norte y al este de nuestra posición. Eran las 10 de la mañana. Y no podían ver un enorme grupo de doce buceadores con sus globos de superficie hinchados.

Es increíble como funciona la mente humana. Las siguientes horas pasaron como minutos. Flotábamos separados, pero cercanos. En silencio. Es como si fuésemos máquinas y alguien nos hubiera puesto en “Modo supervivencia”. Quiero decir que no pensábamos en nada. Mentalmente semi-inconscientes, tratando de no gastar neuronas, sabiendo que había que ahorrar esa energía, que éstas horas podrían ser sólo un comienzo.

Tampoco nos decíamos nada. “¿Por qué?. ¿Cuál es la razón por la que doce seres humanos perdidos, a la deriva en alta mar, a mitad de camino de ningún lado y sin medio alguno de supervivencia, no hablan entre ellos?.” ¡He pensado tantas veces en aquellas horas!. Aquellas largas horas de inercia mental, de apatía emocional. No quisimos enfrentar la realidad, que era la muerte. No quisimos saberlo. No lo aceptábamos.

Es difícil entenderlo sin haberlo vivido. Es incluso difícil para mí el explicarlo, el explicármelo incluso ahora.

Estábamos flotando en el Mar Rojo, agosto, mediodía. El agua del mar está a unos 28º C a esas latitudes. El sol nos quemaba las cabezas. El sol nos estaba abrasando la piel. Pero el mar empezaba a estar frío. Si, es que son casi diez grados menos que nuestro cuerpo.
Los chalecos de buceo, en superficie, rozan constantemente algunas zonas del cuerpo, especialmente en el cuello. El oleaje puede empeorar mucho la situación, salpicando en los ojos y en la boca, llenando de agua salada la piel ya quemada por el sol o rozada por el equipo, y haciendo el dolor aún más insoportable.
No podíamos quitarnos las máscaras porque el agua del mar salpicaba tanto que los ojos nos dolían. Han pasado varios años y aún pueden verse en mi cara las cicatrices de las quemaduras que la silicona nos produjo, al fundirse en la piel.

No sé porqué no puedo recordar más que algunas fases aisladas de tiempo, lapsos de minutos, imágenes sueltas. Y los momentos clave, como cuando, hacia el mediodía, empezaron a levantarse olas de hasta 2 metros de altura. Dos miembros del grupo comenzaron a vomitar. Aquello desencadenó una de las primeras situaciones de estrés entre nosotros. A esas alturas, todos sabíamos que los líquidos del cuerpo eran preciosos.

Sobre las 3 y las 4 de la tarde se inició una gran excitación. Apareció un barco de buceo a unas dos millas de nosotros. Aquello no sólo significaba que nos estaban buscando, que era evidente. Significaba que iban en la dirección correcta, y que, además, la búsqueda estaba siendo coordinada. Todos reunimos fuerzas, y el grupo pareció despertar. Poco después vimos por primera vez el avión de rescate.
Pero ni el barco ni el avión nos vieron, nadie nos vio. Todos se quedaban al este de nuestra posición. No podían vernos. “Sí, nos buscan, pero en la zona equivocada. Esta corriente está haciendo un arco que se abre hacia el oeste, y cuanto más tiempo pasa y más lejos nos arrastra, más nos desvía de la zona teórica en la que nos están buscando. MIERDA”. Que yo me diera cuenta de aquello no fue lo peor. Lo peor fue que los demás también lo hicieron. Y se inició el inevitable enfrentamiento. Parte del grupo quería que nadásemos hacia el este, para que los equipos de búsqueda dieran con nosotros. Los demás pensaban, conmigo, que tarde o temprano, la zona de búsqueda se ampliaría. La discusión fue intensa.

Por fin, uno de los británicos sugirió nadar hacia un barco mercante de miles de toneladas que pasaba cerca. Entonces fui consciente de que la situación podría escapárseme de las manos en segundos. Supe que debía mantener la calma entre todos, y en mi mente. Y había que mantener a un líder.
- No digas barbaridades. No puedes nadar hasta allí. Y, aún suponiendo que lo consiguieras, no te verían. Hemos dicho que no vamos a separarnos.

Pero no conseguí evitarlo, y cuatro de ellos nadaron hacia el mercante. Llegaron a separarse unos 800 metros. El mercante, claro, no les vio. Y afortunadamente, tampoco los arrolló. Volvieron.
Ahora el oleaje empezaba a bajar, se acercaba el ocaso. Eran sobre las cuatro de la tarde.

Poco más tarde, de nuevo el avión de rescate. Volvía la agitación. Esos momentos eran realmente terribles. Fueron los peores. Todos queríamos saltar, gritábamos, llorábamos, nos agitábamos. La tensión acumulada, el dolor, el frío, todo parecía desaparecer en esos segundos de alegría, de entusiasmo por la inminencia del rescate. Todo el grupo levantó aletas, boyas, linternas... el avión pasó esta vez tan cerca que pudimos ver la cara del piloto... pero él no pudo vernos a nosotros. Giró hacia el norte y volvió a alejarse, esta vez para no volver. Serían las cinco de la tarde. Quedaban apenas dos horas de luz.

Y de todos los malos momentos que puedo recordar, aquel fue sin duda el peor. Toda nuestra esperanza, todo el esfuerzo, el cansancio, la indignación, el dolor, la ira... todo saltó por los aires. El silencio fue lo único que nos quedó.

“No van a encontrarnos nunca.”

Nos quedamos flotando en silencio. Mas tarde nos dimos cuenta de que el grupo se había disgregado y volvimos a reunirnos. Después de aquella excitación, la calma, y probablemente también el cansancio, empezaron a hacernos mella.
Inicié los planes para enfrentar la noche. Dos personas del grupo tenían ya los síntomas iniciales de una hipotermia y, en pocos minutos, la puesta de sol agravaría la situación. Decidí que debíamos atarnos entre nosotros, con cuerdas y cinturones. Asigné un número a cada persona del grupo con el fin de que se repitieran en alta voz cada cierto tiempo y así saber que seguían despiertos, o evitar que alguien se durmiera sin que los demás nos diéramos cuenta.
Durante la puesta de sol pudimos ver un horizonte montañoso, lo que nos hizo pensar que si durante la noche nadábamos hacia el oeste, podríamos acercarnos algo más a la costa. Aún a sabiendas de que eso nos alejaría aún más de la zona de búsqueda, los barcos de recreo podrían vernos más fácilmente por la mañana. “Además, nadar nos mantendrá calientes durante la noche.”

La puesta de sol terminó. Y fue preciosa, un espectáculo. Nadábamos sobre nuestras espaldas, orientándonos con las brújulas y con las estrellas. Alguien empezó a cantar. Eran las ocho y media de la noche. En un momento determinado tuvimos que detenernos para liberar una botella de emergencia que impedía bastante la progresión del grupo. Aprovechamos para descansar. Fue entonces cuando vimos unas luces muy lejanas, que parecían dos barcos. Se dirigían al sur, muy muy lejos de nosotros.
Uno de los focos tenía una gran potencia, así que intenté atraer la atención de aquellos barcos con él. Durante quince minutos, todos hacíamos señas con nuestras luces. Supimos más tarde que, cuando aquellos barcos nos vieron, pensaron que sería un barco de pescadores, por la gran distancia que había entre las luces, pero, como el radar no les dio ninguna señal, decidieron “ir a ver”….

Se inició entonces una larga discusión, intensa. Discutimos mucho más en aquellos minutos que en todo el día: “No orientéis las linternas arriba, no a las boyas, no así sino así, reservemos la batería de al menos una de ellas...”. Intentábamos no ilusionarnos con un rescate, ¡antes estuvimos tan cerca!, pero no pudimos evitarlo.
Estábamos en plena agonía. Alguien dijo que los barcos se acercaban, que podía ver las luces verde y roja de la borda. Y eso es algo que sólo ves cuando un barco se dirige directamente a ti.

Aún les llevó 50 minutos más llegar hasta nosotros. Calculo que habían recorrido unos 10 Km. Empezaron a encender y apagar sus luces para hacernos ver que venían en nuestra busca. A unos 30 metros de distancia enviaron la primera Zodiac, que nos recogió del mar y nos dejó en el Storm, donde su tripulación nos dio una increíble bienvenida.

Nos encontraron 13 horas y media después y a 42 Km al suroeste del punto de inmersión de las islas Brothers.

Ninguno de nosotros pensó en cómo pasar toda una noche en el mar.

Ninguno de nosotros creyó sobrevivir a la hipotermia y al sueño.

Nadie quiso siquiera imaginar en pasar otro día como aquel, flotando a la deriva en el Mar Rojo.

Sin poder pensar.


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(Basado en un hecho real)

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119. LA PRIMERA MAÑANA DEL MUNDO

Hay un momento del día en el que todo lo que imaginemos es posible. Por un extraño encantamiento el tiempo se vuelve espacio para alojar a los sueños que quieren ver la luz y darles cobijo más allá de nuestra mente. Ese lugar donde se forjan los sueños existe y se encuentra en el límite entre la noche y la alborada, sus fronteras son imprecisas, tanto como los primeros destellos de la mañana pero mucho menos que las mil quimeras que cobran vida en él.

Historias de un buzo

Poseídos por el ansia de hallar ese rincón mágico salimos una madrugada siguiendo un sendero de estrellas y dispuestos a abandonarnos al abrazo de la marea, tal vez lo que buscábamos no era otra cosa que el origen de un sueño, ese que se desvanece antes de llegar a ser y que se pierde para siempre en la tiniebla sin que logremos retenerlo en nuestras manos. Quien sabe si las olas esconden tan sutil tesoro y si, al entregarnos a su vaivén nos concederían el don de descubrirlo.
La Luna cual Diana cazadora de sombras lucía casi plena sobre el mar trazando un derrotero inmenso que se perdía más allá del horizonte, su mantilla de plata dejaba entrever unos ojos morunos de mirada embaucadora que invitaban a la complicidad con la noche. Siguiendo su estela llegamos hasta una orilla donde nos dispondríamos a quebrantar los confines de la aurora. En pocos minutos ya estábamos preparados, un movimiento bastó para deslizarnos bajo las aguas y fundirnos con el misterio de la oscuridad.

A la luz de nuestros focos iban saliendo a escena todos los personajes, algunos de ellos, trasnochadores invictos, otros aún sumidos en el sosiego de su descanso como si por encima del velo de agua el tiempo no existiera para ellos. En cada roca dormitaba algún cabracho mimetizándose con las rugosidades de su lecho pétreo, las fulas apenas asomaban la boca desde su refugio, como queriendo atraer a un beso imaginario; la viejas, recostadas sobre la arena y con sus colores desvaídos cobraban el aspecto inquietante de figuras de cera, completamente inmóviles pero con los ojos abiertos, parecía que desde su letargo controlasen cada uno de nuestros movimientos. Alguna sepia ingrávida se dejaba mecer a media agua ondeando su manto de gasa. Mientras tanto, unos metros más adelante, una silueta fugaz cortó la oscuridad, era un jurel que no entendía de horarios y vagaba como lobo solitario en la noche. Sobre el fondo, una figura sinuosa cruzó ante el haz de nuestras luces, un congrio de arena que irrumpió en el lugar haciendo gala de una elegancia altiva con la arrogancia de quien se sabe bello e inusual, su contoneo cadencioso nos evoco por un momento imágenes de danzarinas orientales perfumadas de jazmín y sal.
Sobre un saliente un pequeño chucho dormía con la serenidad de un niño, su cuerpecito menudo se movía al ritmo de su respiración transmitiéndonos la ternura de los sueños infantiles, al contemplarlo una sonrisa se dibujo en nuestro rostro, toda la dulzura del océano había tomado forma en aquel ángel de paz.
Y en medio de ese sosiego absoluto, poniendo el
Contrapunto a la quietud que nos rodeaba, la ciudad que no descansa y sus habitantes que, en una actividad frenética se encargan de dar vida al arrecife cuando todo parece rendirse al abandono. En cada recoveco cientos de gambitas escalaban la roca, bajaban, se deslizaban por la arena e iban desapareciendo tras el relieve en perfecta formación, las centellas de sus ojos se desgranaban por la arquitectura caprichosa de la pared, insinuando el alma de fuego que una vez esculpió aquel paisaje. En el seno de la noche la lava retorna a la vida y refulge en la mirada de las criaturas del mar. En un intento de dirigir aquel movimiento perpetuo, los cangrejos araña alzaban sus patas delanteras marcando el compás con la corriente, un grupo de cuatro de ellos custodiaban la entrada de una grieta balanceándose al unísono; una minúscula gambita de lunares se unió al jaleo agitando alegremente sus antenas; mientras, en su cueva, una cigala asomaba las pinzas presta a abalanzarse sobre el último bocado de la jornada; un pulpo reptaba sobre su terreno de caza alargando sus tentáculos en un gesto que desafiaba al hambre. Y desde sus balcones de roca las gambas jorobadas contemplaban con actitud impasible el espectáculo que les brindaban los noctámbulos empedernidos.

Al percibir una tenue luz que despuntaba, dejamos a nuestras espaldas a los habitantes del veril y su entusiasta faena, apagamos los focos y buscamos una roca plana en la que asentarnos, un altar sobre el que la Diosa del Alba, tras el sacrificio de la noche pudiera depositar su ofrenda luminosa ante nosotros, humildes mortales en busca de un milagro. Y el milagro se hizo, y la luz nació. Poco a poco el negro fue tomando tonos de añil y malva, azulón tornando a turquesa, matices blanquecinos donde no había otro color que el de la nada, ensamblando la vidriera de aquel templo sumergido. En un arrebato final la claridad rompió bajo las aguas erigiéndose en dueña y señora del lugar, coronando de esplendor la entraña del océano.
A la llamada de la aurora iban acudiendo tímidamente lasCriaturas diurnas, deslizándose desde unas sombras que poco a poco se diluían en el agua. Sus perfiles se dibujaban en el azul cada vez con más nitidez y, en el tiempo que dura un bostezo toda la vida brotó a nuestro alrededor: bancos de sargos prestos a comenzar su ronda matutina, el fulgor del amanecer arrancaba chispitas de platino a su librea recién abrillantada. Al igual que estos, las bogas abandonaron su tono gris y lucieron mil reflejos metálicos con los que cortar el agua a su paso vertiginoso. Las viejas liberadas ya de su inercia revoloteaban entre las rocas con renovado brío en su atuendo, parecía que una bandada de aves exóticas hubiera invadido el lugar para salpicar de carmesí el lienzo de la marea. Mientras, pequeñas cuadrillas de barracudas iban a la caza de su desayuno sobrevolando un arenal cuajado de anguilas jardineras cuyo balanceo cadencioso se perdía en ese punto del infinito donde no alcanza la vista.
Súbitamente nos sentimos invadidos por una inquietud extraña, como si el halo de un espectro rondara tras de nosotros. No tardamos mucho en descubrir que ese espectro era tan real como corpulento, su tamaño se equiparaba sobradamente con el nuestro; se trataba de un imponente chucho negro que nos agasajaba con su danza seductora. Su manto ondulante recreaba juegos de luz con el fulgor incipiente, nos envolvía en un embrujo del que no queríamos librarnos, aquel animal rotundo quebrantaba toda lógica posible al transformar su contundente figura en la esencia sutil de la armonía. Cuando se alejaba su baile se fue con él, que no su magia, ella perdura en cada movimiento del agua y, si alguna vez sentimos de nuevo una presencia espectral, quizá se trate de esa magia que regresa a nosotros para hacernos bailar a la deriva.

Aún embargados por la maravilla del encuentro proseguimos nuestro rumbo al filo de la mañana descubriendo la metamorfosis asombrosa que había sufrido el espacio que nos alojaba. La fauna nocturna había desaparecido en el vacío, el mismo del que surgieron de repente todos los pobladores que ahora nos acompañaban; las fulas ya no buscaban besos entres sueños sino que fuera de sus guaridas moteaban el paisaje; pejeverdes, herreras, medregales afanados en sus respectivas tareas; los peces trompeta exhibían solemnes su elegancia de día de fiesta. Y de la oscuridad que reinaba momentos antes solo quedaba un trazo en la memoria. La luz había vencido a la tiniebla y de la noche extinguida había engendrado al día.

Amparados por el veril emprendimos nuestro regreso a la orilla que había servido de punto de partida de nuestro viaje a través del alba. Pero el amanecer aún nos tenía reservado un último regalo, el espectáculo más bello, la escena más sublime que puedan captar unos ojos. Diluyéndose en el velo de la superficie un torrente de partículas doradas centelleaba por encima de nuestras cabezas. El sol recién nacido había derramado su esplendor sobre las aguas quebrándose en destellos de fuego y ámbar, profanando las profundidades con el galanteo de un amante lujurioso. Toda la superficie estaba cubierta por esa pátina, tan delicada que se resquebrajaba en cada rizo de las olas. Y entre los recovecos de cristal que se abrían en ella haces luminosos de un dorado purísimo caían a plomo cortando el azul. El oro milenario que una vez forjara el alma del astro rey se había devanado en las manos de una sirena con vocación de Penélope que, sabiamente iba hilando los rayos que sustentan la bóveda celeste. Y en ese laberinto de púrpura las hadas de la luz jugaban a perderse para luego aparecer extendiendo sus vestiduras de tul y recibir así a la mañana. Era un homenaje a la vida que renacía victoriosa bendiciendo a todos los seres de la creación desde el fondo del mar al infinito. Y nosotros estábamos siendo partícipes de esas bendiciones inmersos en aquel alud incandescente.

En la primera mañana del Mundo todo tuvo que ser de esa manera, las tinieblas se esfumaron en el vacío y tímidamente la claridad fue tomando posesión de sus dominios, las criaturas de la noche cedieron el magma de su mirada a la fragua donde se moldearían los perfiles de la Tierra, miles de seres huidos de las sombras colmaron de vida el seno del océano y una amalgama de contraluces puso marco al altar de sal y roca donde una diosa triunfante proclamó su consagración. En la primera mañana el sol ocupó las aguas sin pedir permiso y unas manos de sirena entretejieron con hilos de oro el nido donde nacen las quimeras, las hadas danzarinas desgranaron en el azul las centellas robadas a un cardumen y su risa puso música a la aurora madre de los elementos.
Un brazo de luz nos rodeó para depositarnos suavemente sobre la arena. El día había despuntado por completo y en nuestras caras se dibujaba la sonrisa de quienes habían logrado su cometido, no hacían falta palabras para adivinarnos el pensamiento, habíamos acudido a aquel rincón del tiempo para encontrar la cuna de los sueños y conseguimos tocarlos, retenerlos y nacer con ellos mecidos por el alba. A partir de ahora ya sabremos donde hallarlos, allí aguardan pacientes a que los descubramos y les hagamos existir. Quizá los sueños, como el mundo tuvieron también su primera mañana, por eso al rayar el sol vuelven a la vida guiados por la esperanza de resurgir y, ataviados de azul y oro celebrar por fin la vida en todos los hijos de un océano vibrante.

A veces por las noches vuelvo a sentir esa presencia espectral, inquietante a mis espaldas, como si un ser inmenso desde las profundidades nos envolviera en su manto ondulante para llevarnos con él y arrastrarnos a su baile de marea. Tal vez sea el momento de tomar el sendero de plata que conduce hasta una orilla, de abandonarnos a las olas y buscar, bajo el mar guardián de los tesoros el punto impreciso entre el letargo y la vigilia en el que todos los sueños son posibles. Y allí, donde tiempo y espacio se confunden se harán entonces realidad, y nos acompañarán eternamente cada vez que la mañana nos sorprenda despertando entre dos aguas.


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118. POR QUÉ BUCEO SI SOY DE SECANO

Llevo muchos años soñando con algo, bucear, es un sueño de esos que cuando eres niño y crees que nunca se podrá conseguir. Pero hace un mes mi sueño se hizo realidad.
Viajamos a Centro América, a un resort de los de TI, súper chulo con su piscinita, playita, etc. Con una playita de arena blanca y aguas turquesas. Los típicos de la zona.


El primer día empecé a ver las escuelas de buceo de la playa donde yo me encontraba y después de pasear media mañana. Encontré mi escuela, en la playa del hotel que era en el único lugar donde no pregunté. Hable con el relaciones y él me la ofreció.
Al día siguiente empecé mi OWD, mi primera inmersión en piscina fue un poco agobiante, pero eran los nervios de haber conseguido mi sueño de tantos años. Realice mi curso y en el trascurso de éste, lo más esperado mi primera inmersión en mar. Yo creía que estaba soñando. Una chica como yo de interior y a mi edad como podía imaginar que algún día llegaría ese momento, aunque lo deseara con todas mis ganas.
Nada, subimos a la motora y en menos de 10 min ya estaba dentro del agua con mi jacket hinchado y recibiendo las instrucciones de Ricardo. Miramos la hora, 9:45AM, un punto de referencia, un gran hinchable de colores, sacamos el snorkel y colocamos el regulador, ay dios, qué nervios me temblaba hasta la nariz, jeje.


Por fin después de los minutos previos, deshinchamos el jacket y bajamos, eso fue increíble en menos de tres metros estaba rodeados de unos peces grises con una franja amarilla, muy curiosos, la verdad es que yo he recorrido unos pocos acuarios y nunca tuve el placer de conocerlos. Pero seguimos bajando, que hay más, a parte de un poco de mar de fondo, lo suficiente como para que fuera divertido. Realizamos los ejercicios y aprovechamos a bucear un poco porque aun teniamos aire.
Después de unas pocas patadas mi primera presentación una mantita pequeña, preciosa por cierto, aunque esquiva claro.
Se nos estaba terminando el aire, por lo que para arriba.
Esto no es todo después de obtener mi carnet de OWD. Mi primera inmersión como OWD, un barco destrozado. Mi primera entrada al mar desde barco un gran paso y para el agua ya es casi normal realizar los 5 puntos, tiempo, ubicación, snorkel, regulador y Jacket.
Según bajamos se empieza a ver parte del barco, multitud de peces de colores, parece mentira que algo que el hombre dejo allí cree tanta vida y te das cuenta que si no tenemos cuidado con ello podríamos quedarnos sin nada.
Buceo cerca de Leo, me han dicho que le gusta descubrir animales escondidos y eso para mí es interesantísimo, pues nada, junto a él toda la inmersión. Me encantaba girarme y mirar al resto del grupo puede que todos sintiéramos lo mismo, la libertad a tu alrededor en esos momentos es como la que puede tener un pájaro volando o uno de aquellos peces que nos acojina en su gran hogar. Me sentía una privilegiada. Pero bueno no me voy a poner blandengue.
Seguimos mirando un pececito pequeñito en una oquedad, la gran hélice del barco llena de algas, corales, pececitos, no se puede que nunca… imaginara algo así.
Mi botella por mi poca experiencia se está acabando y tengo que salir un rato antes que el resto porque si no me quedo sin aire. Me despido de ese hermoso lugar y rezo porque puede volver en breve.


Esta es mi última inmersión, ya he llegado a España y busco un lugar cercano a mi cuidad que se pueda bucear. Pero nada todo está muy lejos y el mar Atlántico no se lo recomienda mucho por mi falta de experiencia. Espero que este invierno pueda ir a uno de esos lugares a los que todos queremos ir alguna vez en nuestra vida, el Mar Rojo. Para por fin conocer a Nemo.



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117. LA ÚLTIMA INMERSIÓN

Ahora los rayos del sol se filtraban como haces de cuarzo, infinitos, entre miles de pequeños espejos desordenados, conformando una superficie plástica y maleable de luz y reflejos. Su movimiento hipnótico, la antigua sensación de ingravidez y mi ligereza hasta entonces desconocida me transportó a un sueño nuevo. Llevaba cerca de treinta años buceando, había enseñado a bucear y a amar al mar a cientos de personas, a mis hijos y a mi amada esposa, a muchos amigos y en ese día, en esa mañana, sentía la misma sensación nerviosa del primer día.

Mirando a la superficie, dando la espalda al fondo, veía las burbujas como viajaban rompiendo en explosiones de destellos hacía su mundo. Como esferas plateadas, como gotas de mercurio, con sus formas caprichosas moldeadas por el mar, se alejaban vigorosas contrariando desafiantes a la natural ley de la gravedad. Yo desde mi mundo, viajaba hacia la profundidad en busca de la fusión en alma y cuerpo con mi elemento, con mi amante la mar.


Hace treinta años que una mujer, desconocida e imprevisible, me embrujó y me robó el alma y la razón, la mar. Diez años después, otra mujer, diosa de la sensibilidad y del amor en estado puro, me enamoró y me robó el corazón y el destino, Claudia. Estos dos amores han esculpido la felicidad en mi vida. Un día, con el embrujo de uno y con la fuerza del amor del otro se hizo realidad mi sueño, y desde entonces habito en él. Vivir junto al mar.

Debajo de mi veía las figuras del resto del grupo descendiendo lentamente, dejando tras de sí una estela de perlas huecas, blandas, como residuos de la adaptación del cuerpo de aire al de agua, sintiendo la presión, el sabor salado que alerta los sentidos y nos transporta al mundo buscado.

Habíamos fondeado en mi punto de inmersión, en mi lugar sagrado. Lo llamábamos “El fin del mundo”. Así lo bautizo Claudia el día que lo encontramos. Al salir de aquella inmersión, única e irrepetible, dijo: -“Si el mundo debe tener un final, y dar por acabado las bellezas que nos ofrece, debe ser este.”
El descenso comenzaba sobre un pequeño bajo colonizado por algas de colores vivos, esponjas y explanadas de poseidonia que se agitaba con el movimiento del mar como campos de trigo por el viento. Entre ellas bancos de salpas fosforescentes jugaban en grupo iluminadas por sol. Resbalando por la ladera del lado este de arena y bloques de roca impregnadas de estrella rojas, de erizados puntos negros puntiagudos, de arboles otoñales de coral rojo poblados de castañuelas, de julias, de peces verdes que hacían del fondo una paleta de cientos de colores en movimiento, se llegaba una pared de suave pendiente sobre la que nacía un saliente en forma de cráter. En su interior el paisaje se transfiguraba en bloques rasgados de roca caliza, en surcos arrancados al fondo del mar por los que se navegaba por el tiempo como son las arrugas en el rostro de nuestros mayores, en una imagen lunar de columnas huecas, de chimeneas como esponjas gigantes. Y al llegar a aquel lugar, como siempre, recordaba lo que un día le dije a Claudia y que a ella le enfurecía amorosamente:”-El día que muera quiero que traigas mi cenizas aquí, quiero pasar la eternidad aquí.”
Mientras recordaba, advertí que el grupo al que perseguía era más numeroso de lo que habitualmente solíamos bajar. Se pararon sobre este punto y Roberto, el fiel amigo por el que se entrega la vida, con ayuda de mis hijos, introducían en uno de los huecos un cofre de madera. Pero no era un cofre cualquiera, era el cofre donde yo guardaba mi colección de pequeños objetos rescatados del mar, como epilogo a una vida de inmersiones. No entendía que hacían y me acerque hacia ellos en busca de una explicación. En ese momento, una pareja me distrajo la atención al pasar a pocos metros, iban de la mano, haciendo apnea, algo que a esa profundidad no era muy normal, pero nadie les hizo caso. Con un compás parsimonioso, como quien pasea por el parque sin intención de gastar el tiempo, dejando pasar el momento sin esperar al siguiente. Me saludaron. Les contesté con un ok y se perdieron hacia el suroeste.

Al retornar mi mirada hacia la escena anterior ya no estaba el grupo. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo, como si de repente sintiera la temperatura del agua, como cuando se inunda el traje al saltar del barco. Desplazando el calor acumulado, mojando e invadiendo el espacio, vistiéndote de mar.
Ahora el racimo de burbujas viajaban hacia el oeste. Miré mi ordenador, en busca de tiempo y deco, pero otro hecho desconcertante me confundía. La pantalla no marcaba nada. Estaba apagado. Y ¿cómo podía ser, si se activaba automáticamente al contacto con el agua? Estará sin batería. Pero en mi vida me ha pasado, siempre compruebo la batería. Bueno, es una maquina y se estropean. A fin de cuentas esta inmersión la conozco de memoria.
Me dirigí hacia el grupo. Ahora sobrevolaban la historia pasando sobre la cubierta de Amazonia, una goleta de primeros de siglo que reposaba sobre el arenal acostada sobre su banda de babor. Los palos erguidos como esperando volver a ser vestidos con sus jarcias. Sus cubiertas intactas, sus bodegas abiertas como quien abre el corazón a su amigo confidente. Se podía oír la campana repicar clamando la salvación, las voces de sus tripulantes gritando en la tormenta que los derrotó en un golpe de mar.

Desde allí y llevando los reflejos de sol a la izquierda, navegando dirección sur se llega a un cortado cuyos límites no se ven. Te dejas caer, flotando en un aire pesado que te sostiene amable. Miras al infinito y un universo azul se extiende ante ti sin final, sin márgenes. Vas volando suave, descenso retenido en el tiempo hasta llegar a un entrante en el muro donde de un fogonazo se cubre la pared de un manto violeta, extensión de terciopelo vivo que te arropa. Las gorgonias, como si de una alfombra de bienvenida al final de este mundo se tratase, te enfocan hacia el punto de partida. Dejando la pared y navegando con el sol de frente llegas al pequeño bajo y sobre él, sujetos en el cabo de fondeo nos despedimos de nuestro momento, como parte del acto final de la danza tribal que todos celebrábamos al acabar el ritual que nos despide del mundo salado para convertirnos de nuevo en seres de aire.

Al salir a la superficie, a pocos metros de ellos, levante los brazos sobre mi cabeza indicando que todo estaba bien, pero nadie me contestó. Sabían que yo con eso no jugaba. El mar, siempre amado, nunca perdona los descuidos y la seguridad para mí era algo fundamental. Nunca había tenido un accidente y ese exceso de confianza y falta de atención me molestaba.
Me fui acercando al barco con intenciones de reprimenda, pero a pesar de mi enfado sentí una sensación ambigua de alegría y satisfacción muy extraña. Mientras esperábamos en la popa del barco para subir, ironicé con comentarios sobre el asunto pero nadie los atendió. Me hacían el vacio. Pensé que me estaban gastando una broma y así la seguí. Subieron todos al barco. Yo seguía esperando a que me ayudasen a subir, pero nadie aparecía por la borda. La broma ya no tenía gracia y de un esbozo de sonrisa pasé a la seriedad y de ésta al enojo. Quise gritar pero no pude. El extraño sentimiento de felicidad y de paz impedía mi enfado, lo bloqueaba. Y así del enojo volví a la sonrisa bobalicona.
El motor del barco rugió.

Vi asomarse a Claudia, mi mujer. Me percaté de que no llevaba puesto el neopreno sino mi abrigo marinero de paño azul, con el que me tachaba de pordiosero siempre que lo usaba e insistía en tirar constantemente y a lo que yo me negaba con testarudez. “-Este abrigo conoce más puertos de mar que yo” -la contestaba, siempre perseverante en la defensa de mi fiel y cálido amigo. Alrededor de su cuello llevaba anudada la bufanda de rayas blancas y negras. La que le regalé el día en que nos conocimos y desde entonces quedo sentenciado nuestro futuro a vivir juntos. Únicamente se la ponía cuando yo no estaba.
Miró al mar. No a mí. Con una mirada perdida, desenfocada, infinita. Como si quisiera ver al mar entero en un solo parpadeo, como si con ella le quisiera robar el alma. Sus lagrimas recorrieron su rostro, cayendo, en busca de los millones de gotas saladas sobre las que se mantenía en pie, para mezclase en el último acto de amor, en un último orgasmos robado por la tristeza.
Y el barco se alejó.
Quise gritar y de nuevo no pude. Quise agitarme irritado para llamar su atención, en un arrebato de rabia. Pero mi cuerpo no reaccionó. De nuevo el extraño sentimiento me bloqueó y a esa paz se le sumó la añoranza y el desasosiego y quedé en silencio, confuso.

Volví a sumergirme inconscientemente, sintiendo una ligereza anormal, una calma angustiosa que hizo desaparecer el tiempo, como quien no espera el momento siguiente y en ese momento comprendí que aquella era mi última inmersión.
Y entonces sentí mezclarme con el mar.
Por fin mi sangre era salada, mi alma marina.

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116. LOOKING FOR PARADISE

Realmente no debes ir tan lejos para encontrar el paraíso, no está en una isla desierta, no se encuentra en una montaña perdida ,no está en la abundancia del dinero, en poseer…en tener….está ahí justo a tu lado…en el mar.

Si eres buceador me entenderás, es la sensación de paz, de libertad que se siente ahí abajo. El silencio de tus burbujas, el sonido de tu respirar, eres tú, tu compañero o tu grupo y el mar…Es perdida de noción del tiempo ,ausencia del todo, sentirte pequeño ante la inmensidad del océano, sentirte uno más en el habita marino, es el creer que vuelas, sólo despiertas al mirar tu manómetro y comprobar que te queda poco aire para seguir sintiendo ,para seguir feliz, para creer en un mundo totalmente diferente, para volver a nacer…
Cada vez que me sumerjo esa sensación vuelve a invadir mi alma y vuelvo a sentirme libre, en paz, tranquilo y vuelvo a creer que existe el paraíso ,aquí junto a mí.
Por eso os invitaría a compartir mi lugar secreto para que se entendiese la necesidad de proteger lo que amamos, de cuidar cada palmo de vida que subyace allá donde vamos, por donde buceemos…para que el resto del mundo pueda encontrar también ese paraíso.

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115. TERRITORIO LONGIMANUS

Cuando un miedo es irracional la única solución para combatirlo es enfrentarse a él y nosotros hemos decidido superar el miedo más profundo que conoce la humanidad, el temor a ser devorado. Esta es nuestra experiencia….

LOS PREPARATIVOS
Junio de 2009. Mientras organizábamos nuestro viaje al Mar Rojo, una triste noticia saltó a los medios de comunicación: una buceadora francesa había sido atacada por un tiburón Longimanus y había fallecido debido a las fatales heridas recibidas. Después de lo sucedido nos cuestionamos de manera razonable la seguridad de sumergirnos con ellos, no en vano el principal objetivo de nuestro viaje era filmar a estos carcarinidos. Así que con el fin de resolver nuestras dudas contactamos con nuestro amigo Sesbastien Salingue, autor del libro “100 belles plongées en mer Rouge”, al que habíamos conocido en anteriores cruceros realizados en esta zona del planeta. Nos respondió con información sobre el accidente y nos comentó que se había producido mientras los submarinistas hacían snorkel en el arrecife de St. Johns, en ruta sur, y junto al email nos adjuntaba una foto del accidente donde se podía ver a una buceadora inconsciente mientras la trasladaban al barco. En su pierna derecha se encontraba una gran herida con forma de semicírculo que identificaba al causante del ataque.
Sabíamos que estos escualos eran los causantes de numerosos ataques a los supervivientes de tragedias aéreas y marítimas, en especial durante la segunda guerra mundial, pero no teníamos constancia de ataques mortales a buceadores. Aún así, estábamos dispuestos a continuar con nuestro viaje y resolver algunas de las dudas que nos asaltaban, que se podían resumir básicamente en una pregunta que rondaba por nuestras cabezas: ¿Estaremos en peligro cuando intentemos filmar a los tiburones?

DOS MESES MÁS TARDE…
Sebantien nos recoge en Hurgadha para comenzar nuestro viaje. Después de embarcar ponemos rumbo a los cercanos arrecifes de Gotta Abu Ramada, aquí haremos nuestras inmersiones de adaptación antes de sumergirnos en las profundas y turbulentas aguas de las islas que vamos a visitar. La primera inmersión de un viaje de buceo es un momento especial en el que compruebas si se va a hacer realidad todo aquello que has estado esperando durante meses, y nada más sumergirnos, vemos un jardín de coral repleto de pequeños peces de colores, así es el Mar Rojo.
Esa misma tarde soltamos amarras rumbo al sur, a unas nueve horas de navegación se encuentran los arrecifes de las míticas islas El-Akhawein. El mar está bastante en calma y decidimos dormir en la cubierta del barco. Lentamente el sueño nos envuelve mientras pensamos qué nos esperará cuando lleguemos a nuestro destino.
Nuestra búsqueda da comienzo en el Aida II, barco de transporte militar egipcio que se hundió en 1957, en la mayor de las islas hermanos. Nada más sumergirnos vemos unas impresionantes paredes verticales repletas de coral, no hay corriente y los tonos azules predominan sobre cualquier otro color del arrecife, desde los más claros de las aguas menos profundas, a los añiles de las zonas abisales que nos rodean. Como si de pequeñas plumas se tratase, suavemente caemos hacia las profundidades, hasta que por fin vemos la estructura del pecio suspendida en una pared totalmente vertical. Agarrados a la barandilla de popa y mirando hacia un fondo que nunca llega, parece que el barco nos quisiera arrastrar al abismo tras de sí. Nuestra espera es infructuosa, estamos en un mundo que tiene sus propias leyes y hoy los grandes tiburones no vienen a nuestro encuentro, aunque no todo está perdido, por suerte acuden a la cita dos amigables peces que lucen una gran joroba en su frente, son Napoleones. Después de jugar un rato junto a ellos, lanzamos nuestras boyas para marcar la posición y esperamos que vengan a recogernos.
Nuestra próxima oportunidad la tenemos una milla más al sur en la zona norte de Small Brothers. Pero encontrar escualos no es una tarea fácil y en muchos lugares del mundo se les atrae con carnaza o pescado, lo que altera su comportamiento y los vuelve más peligrosos y agresivos. En Egipto está prohibido utilizar estos métodos, así que nuestras posibilidades pasan por estar en el momento adecuado en el sitio correcto, y esta isla es un imán para los pelágicos que se acercan a sus aislados arrecifes para alimentarse y desparasitarse. Algo que en el caso de los grandes grupos de tiburones martillo lleva ocurriendo desde tiempos inmemoriales.
Nada más sumergirnos Sebastien hace un seña para alejarnos de la pared, el reclamo es una botella de plástico a medio llenar que mueve con insistencia hasta que por fin se acercan dos tiburones grises. No son muy grandes y están bastante lejos, en unos segundos desaparecen dejando paso a varias sombras que se desplazan hacia nosotros... Su extraña cabeza les diferencia de cualquier otro selaceo, mitad pez, mitad ser mitológico. Se acercan lentamente, subiendo de las profundidades en grandes círculos concéntricos.
No están aquí por casualidad, estos escualos son capaces de percibir la presencia humana mucho antes de que nosotros podamos verlos. Si su morfología es extraña, sus sentidos son de ciencia ficción: es capaz de percibir una sola gota de sangre entre veinticinco millones de gotas de agua marina, el oído interno percibe ultrasonidos a una distancia de más de dos kilómetros, las líneas laterales de su cuerpo detectan los cambios de presión que se producen en su entorno, sus ojos son diez veces más sensibles que los nuestros y se encuentran en ambos extremos de su cabeza, ampliando su visión periférica. Por si fuera poco, son capaces de detectar el más mínimo campo eléctrico producido por los seres vivos, así que de nada les sirve a sus víctimas esconderse bajo la arena. Lógicamente, con todo este arsenal a su disposición, saben perfectamente que estamos aquí, en medio del océano, una presa muy fácil para un superdepredador... El encuentro se produce sin mostrar hostilidad, pasan entre nosotros y se cruzan las miradas de dos mundos distintos, sólo quieren comprobar qué seres extraños invaden sus dominios. Una vez en el barco conversamos con Sebastien sobre el fantástico encuentro que hemos vivido y le preguntamos si nunca han sufrido ningún percance en una situación similar. Su respuesta es muy clara, cientos de inmersiones y ni un sólo accidente. Nuestra estancia en las Islas Brothers ha llegado a su fin y no hemos conseguido avistar a los impetuosos Longimanus, empezamos a dudar de nuestra suerte.
Amanecemos a 161 kilómetros de las Islas Brothers, amarrados en el extremo sur de Abu Kizan, en el mismo centro del Mar Rojo. Este inmenso arrecife de origen coralino fue bautizado por los británicos como Daedalus Reef y aquí construyeron un gran faro y dos pasarelas que van a morir donde las claras aguas de la laguna se mezclan con el azul profundo del mar.
Acabamos de llegar y alguien grita: ¡Longimanus! Corremos hacia la cubierta y nos acercamos a las bandas del barco, es un jaquetón oceánico que se mueve muy cerca de la superficie. Ahora tenemos la seguridad de que nuestros tiburones están aquí.
Subimos a nuestras pequeñas embarcaciones para dirigirnos donde las fuertes corrientes se encuentran con el arrecife, sin lugar a dudas el sitio más propicio para ver tiburones. Una vez en el agua, la visibilidad no parece tener límites, somos pequeños seres que vuelan sobre gigantescos acantilados cubiertos de coral. Al fondo vemos dos grandes columnas formadas por peces unicornio que, como si de una parada militar se tratase, permanecen en perfecta formación ordenados según su tonalidad. Creo que es uno de los sitios más bellos que he visto en mi vida.
Sin saber por qué, nos giramos, y justo detrás de nosotros tenemos a un gran tiburón que se acerca de manera sigilosa, es un majestuoso Longimanus. Una vez descubierto, pasa de forma tranquila y lenta, nada sin esfuerzo y se aleja dirección a la superficie. El encuentro ha sido tan imprevisto que no hemos podido grabar la escena y con la adrenalina todavía por las nubes, en mi interior se a agolpan varias preguntas… ¿Qué extraño instinto nos ha permitido detectar al tiburón en el último momento? y lo que todavía me intranquiliza más: ¿Qué habría ocurrido si no le llegamos a ver? En todo caso nuestro amigo no vuelve hacer acto de presencia, tendremos que resolver estos enigmas en otra ocasión.
Al anochecer visitamos el faro de Abu Kizan. Hay poca luz y las angostas escaleras parecen sacadas del escenario de una película de terror en blanco y negro. Setenta metros más arriba se encuentra la plataforma principal, lo que estamos viendo podría dejar sin aliento al más exigente de los viajeros, la gran forma ovalada del arrecife se encuentra rodeada por un mar infinito que, en algún punto del horizonte, se funde con un cielo lleno de estrellas. Es tarde y, cuando regresamos, las azules aguas se han convertido en una superficie oscura e impenetrable donde destacan las blancas aletas que merodean junto al barco...

EL INCIDENTE.
Se acaba el crucero y todavía no hemos conseguido grabar a ningún jaquetón oceánico. Es el momento de probar suerte debajo de nuestro de barco, sin ninguna duda hay algo en él que está atrayendo a los tiburones. Así que después de pedir el oportuno permiso a los responsables del crucero, planificamos la inmersión de forma sencilla: nos sumergiremos a cinco metros de profundidad y navegaremos haciendo pequeños círculos, tenemos algo más de una hora para que los tiburones hagan acto de presencia.
Como siempre, la visibilidad es buena y como si de un pequeño bote se tratase vemos claramente todo el casco del barco. Lo que no vemos es el fondo, sólo Dios sabe a qué profundidad se encontrará. Hay una ligera corriente y los primeros minutos los dedicamos a nadar para no perder nuestras referencias. No ocurre nada más, y empezamos a dudar de la estrategia. Por sorpresa, vemos a Sebastien acercar la mano a su frente simulando la aleta de un tiburón y señalando hacia la superficie. Está muy lejos, pero vemos claramente cómo se desplaza entre el arrecife y el barco, hasta que súbitamente fija su atención en el grupo y se dirige directamente hacia nosotros.
Su robusto cuerpo tiene un color pardo que destaca contra el blanco de su vientre, se aproxima planeando sobre sus grandes aletas, no viene solo, le acompaña un nutrido grupo de peces piloto que parecen guiar al gran tiburón. Miro a través del visor de la cámara y pienso con inquietud cuando decidirá dar media vuelta. Con mis brazos extendidos interpongo la cámara entre él y yo, hasta que finalmente golpea el frontal con un movimiento brusco de su cabeza, se gira y se aleja moviendo con fuerza su aleta caudal. A los pocos segundos vuelve, está claro que se siente atraído por ese extraño artefacto que genera un débil campo magnético y tiene dos largos brazos que emiten luz. Estoy muy nervioso, pero no tengo miedo... hasta que un escalofrió recorre mi espalda, creo que ya son tres los tiburones que tengo a mi alrededor.
Siempre había leído que para garantizar la seguridad es necesario mantener el contacto visual con los tiburones. En medio del azul, y sin nada que cubra mi espalda, no puedo cumplir esa premisa, así que la mejor decisión es dar por finalizada la inmersión. Y es, en ese justo momento, cuando me doy cuenta de que el barco sólo es una sombra que intuyo a lo lejos. Una gran sensación de ansiedad me invade y me gustaría salir del agua a cualquier precio, pero ya es demasiado tarde, la corriente me arrastra sin piedad.
Intento controlar mi mente, pero no se me ocurre nada que logre tranquilizarme, los tiburones me están acechando y varían rápidamente su ángulo de aproximación. Hago un intento por pensar, debo tomar alguna decisión, no hacer nada es cada vez más peligroso. Sólo tengo una cosa clara, en la superficie soy todavía más vulnerable, así que subir y esperar a que vengan a recogerme queda descartado. Me imagino que me estarán buscando, ahora lo más importante es señalar mi posición y la cámara se ha convertido en un estorbo. La suelto y veo cómo se hunde en la profundidad mientras un tiburón se acerca por un última vez para golpearla. Por fin tengo mis manos libres y puedo utilizar la boya de señalización, no aparto la vista de los tiburones e intento buscarla tanteando en el lateral de mi chaleco... ¡Maldita sea! No soy capaz de encontrarla. Algo se ha enganchado entre mis dedos, creo que es el mosquetón y no consigo soltarlo. Van pasando los segundos y cada vez me encuentro más angustiado, sólo veo azul a mí alrededor. Noto un “clic”, la presilla metálica se ha separado de mi chaleco. Cojo el latiguillo de la traquea de inflado y la introduzco en la boquilla, es mi salvación, un gran globo amarillo sale disparado hacia la superficie, confió en que alguien venga en mi ayuda. Es imposible... ¡no puede ser! La boya se escapa de mi cuerpo y vuela sola hasta la superficie. He debido soltar el cierre por error, estoy perdido...
Los Longimanus se muestran agresivos y confiados, y yo empiezo a perder todo control. Debo subir a pedir ayuda, es mi única opción, ya no aguanto más. Agito mis piernas y brazos con todas mis fuerzas, solo quiero huir y salir de aquí. Mi cabeza rompe la superficie del agua con violencia y nada más salir buscó algún punto de referencia. Mis pupilas se dilatan y mi corazón se para, estoy sólo entre las grandes olas de alta mar, lo único que veo es un pequeño faro a lo lejos.
Sobresaltado, oigo una voz que me habla justo tras de mi. Respiro agitadamente y las lágrimas recorren mis mejillas, estoy en un lugar que no consigo reconocer, hasta que por fin veo la cara de mi compañero:
- Tranquilo, tranquilo. No pasa nada, sólo ha sido una pesadilla…

EL ÚLTIMO DÍA
Amanece en Elphinstone Reef, es nuestro último día en el Mar Rojo. El aire fresco acaricia mi cara. Respiro lentamente, no me apetece hablar, sólo respiro profundamente mientras me pongo mi equipo. Hoy la cámara se quedará en el barco, quiero disfrutar de mi última inmersión.
Los rayos del sol acarician mi espalda mientras el agua mece mi cuerpo, inclino la cabeza y debajo de la superficie veo miles de anthias rojas entre bellas flores de coral. Mis músculos van perdiendo tensión, no me muevo, sólo quiero flotar y sentir el mar. Una vez más parece que estoy dentro de una gran pecera. Vacío el aire del chaleco, ha llegado el momento de despedirme de uno de los mares más bellos del mundo...
Por la noche llega la hora de separarnos. Debemos de conducir toda la noche para coger nuestro vuelo de regreso. Sebastien nos comenta que tiene un regalo para nosotros, en sus manos lleva su libro y una caja de acuarelas. Se sienta y mientras se despide, dibuja un bello tiburón de aletas redondeadas, “Para mis amigos españoles desde territorio Longimanus. Con cariño, Sebastien Salingue ”.

FIN

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114. "EL CAPITAN"

Arrancó los motores y, presa de una ira brutal, no esperó a que estuvieran calientes, los puso en marcha, muy bruscamente, al máximo, todo avante. El barco se incrustó, literalmente se subió en el arrecife. Los corales y la fuerza del impacto hicieron un enorme boquete en la proa, por debajo de la línea de flotación. Aún le dio un par de acelerones más a los enormes motores. Los daños en el casco se multiplicaron. Empezó a hacer agua y rápidamente, escoró. El mar, las olas y el viento hicieron el resto. Dio el tiempo justo para sacar a los clientes y a la tripulación. En cuestión de minutos el Pearl se fue al fondo.

Mi padre fue un hombre justo, sabio, generoso. Mi padre trabajó toda su vida, toda, en la mar. Hasta que tú le despediste, injustamente. Y murió, en pocos meses, murió de pena. Murió porque no podía estar separado del mar. Porque vivía por y para él. Su vida no tenía ya sentido, la tristeza le inundó y le hundió. Se ahogó en su añoranza, y se apagó, triste, solo, alejado injustamente de su mar. Lo menos que pudiste hacer es estar presente en su funeral. Te sirvió dignamente, te dedicó su vida y su sabiduría a cambio de poco. Y tú le pagaste enviándole a casa de una forma indigna, sólo porque tenías que tapar tus errores. Tus lamentables errores. Tu triste realidad. Porque temías que todos supieran que aquel accidente fue culpa tuya. Así que borraste las pruebas, ¿no?. Y eso envolvió a mi padre. Pues este noble barco no merece que tú seas su dueño. Si el capitán Akram no puede llevarlo, nadie lo hará. Se va al fondo, contigo y con tu verdad.

Aquellos chicos sufrieron una pesadilla. Una terrible experiencia que les marcó de por vida, que les enseñó que el mar no se muere, que en el mar se desaparece. Perdidos, a la deriva, flotando en medio de tanta inmensidad, horas, todo aquel día.
Despediste a Adam, el marinero, por ocultar que te fuiste a dormir, y le dejaste solo en el puesto de vigía. Retrasaste deliberadamente la búsqueda con medios alternativos por ahorrarte el dinero de un rescate. No tenías las barcas auxiliares funcionando, y no quisiste pedir ayuda sólo para evitar que los demás barcos supieran que habías perdido un grupo de buceadores. Impediste, a sabiendas de que estabas cometiendo un inmenso error, que mi padre levantara los fondeos y sacara al Pearl para salir a buscar a tu empleado y tus clientes perdidos. Perdiste los primeros momentos de búsqueda, las primeras horas, las más preciosas.
Todo por dinero, por orgullo, por ignorancia.

Pues tienes que saber que todos conocemos la historia, que no te ha servido de nada intentar ocultarla.

Sólo tenías que mostrarle respeto en su funeral. Mi padre lo mereció.

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