lunes, 9 de marzo de 2009

3. LA REINA DE LOS MARES

Fui yo quien animó a mi mejor amigo para hacer el curso de buceo. Él siente aversión al mar, sin embargo yo he sido siempre una apasionada. Lo convencí diciéndole que iba a ver un montón de chicos guapos y él, que es gay, se animó en seguida.

Como se necesita un compañero para bucear, me fui a la escuela de buceo y lo apunté. No podía creer que por fin iba a hacer algo que había esperado toda mi vida. Cuando llegó el día se nos presentó el instructor Soy Javier Izquierdo, y yo quedé enamorada de él. Mi amigo, que me conoce muy bien, me dio una patada por debajo de la mesa y me dijo por señas que me limpiara la baba. Luego me escribió en un papel “tía, es feo, gordo y calvo, no creo que…” Pero me gustó, no sé muy bien por qué. El profesor, que no era tonto, debió notarlo y cada vez que decía algo gracioso, cosa que hacía constantemente, me miraba de reojo sólo para ver si yo lo observaba. Vaya, pensé, además es vanidoso. Aún así seguía gustándome.Pasamos ese fin de semana practicando en la piscina con el resto de nuestros compañeros, todos varones. Cuando le pregunté al instructor cuántas mujeres hacían este deporte, me dijo que muy pocas. Bien, así que estaré rodeada de hombres musculosos y guapos; ¡no veía el momento de empezar! En la piscina parecía muy fácil: ejercicios de compensar, no tengo aire – dame aire y el instructor que nos hacía la vida imposible de vez en cuando llenándonos la máscara de agua, sobre todo la tomó conmigo, Eres la única mujer del grupo y esto lo hago por tu bien. Seguro, pensaba yo, como el magreo que me has dado antes de entrar en la piscina asegurándote que tenía todo el equipo bien ajustado.Es sábado por la mañana y estamos en el centro de buceo por fin, con el mar de fondo, preparando el equipo. El primer problema se me planteó esta mañana: me había bajado la regla. Bien, ¿y ahora qué? Nadie me contó si puedo bucear con el período, no viene en el manual de PADI. ¿Y si atraigo a algún bicho indeseable?, ¿podré colocarme un tampón tranquilamente? ¿Cómo voy a preguntar al instructor algo así? Estas cosas, pienso, sólo pueden ocurrirme a mí. Mi compañero me dice que no cree que ocurra nada malo. ¡Eso espero! El segundo problema es que intento coger la botella de 15 litros y no puedo con el peso. Menos mal que estoy rodeada de hombres y es mi compañero quien me ayuda a ponerla en el suelo. Vale, hay que colocar el jacket, la primera etapa, comprobar que hay presión, que se infla el chaleco… ¡joder, qué lío! No recuerdo nada, pero ahí está mi instructor, que me guiña un ojo y me ayuda a poner cada cosa en su sitio. Reina, me dice, te voy a suspender si no aprendes a usar tu equipo correctamente. Vale, ya tengo el jacket pegado a la botella, ahora tengo que ponerme el neopreno. Hoy va a lucir un sol resplandeciente, me voy a morir de calor con el dichoso traje, así que dejo los guantes y el gorro en el centro. Le digo a mi compañero que vuelva a ayudarme para colocar el traje en su lugar correspondiente, creo que no me va a subir de la rodilla. Cargamos los plomos y las botellas en la furgoneta y nos acercamos al mar. ¡Uff, ya estoy cansada y no hemos empezado! Una vez en el barco, hago un rápido repaso a los demás: ¿dónde están los tíos buenos? En el dvd del curso PADI aparecen unos hombres y mujeres de cuerpo perfecto, pero estoy empezando a ver que la realidad es más dura que la ficción. Somos todos principiantes, ninguno baja de los 80 kilos y no tienen un pelo de tontos, bueno, ni de listos. En fin, luego observaré a los profesionales, a ver si están mejor. Llegamos al punto de inmersión, según el curso PADI, ésta es la que nunca olvidaremos. Yo, desde luego, no. Empezamos a tirarnos al mar de uno en uno. Cuando me llega el momento, estoy muy nerviosa, pero me lanzo. ¡El agua está de puta madre!, le digo a mi amigo, lo siguiente que recuerdo es como un calambrazo en la mano y dar un grito. Mi compañero se acerca y me pregunta qué me pasa. Algo me ha picado, le digo. Desde el barco veo que el instructor y el patrón están muertos de risa. ¿Qué hablamos de molestar a los peces? Deja a las medusas en paz, Reina. Así que es una medusa lo que me ha picado. Me pongo la máscara para poder ver al bicho y cuando meto la cabeza descubro que estoy rodeada de medusas diminutas. Debe haber como diez de estos animalejos rondándome, lo curioso es que sólo están a mi lado, los demás están flotando como si nada. Me estoy poniendo malísima, le digo al instructor. Venga ya, que es un bichito de nada. Pero cuando miro la mano, está empezando a hincharse y la veo muy roja. Afortunadamente no tengo mucho tiempo para pensar en esto porque acaban de tirarme el chaleco con la botella y tengo que adivinar cómo diablos me lo voy a poner. Cuando ya lo he conseguido, aparece el instructor y tira de las cinchas para ajustarme el jacket. Me aprieta un poco y casi no puedo moverme, pero tendré que acostumbrarme. La mano me está matando, pero él no hace demasiado caso. Por señas me indica que me ajuste la máscara, me coloque el regulador y desinfle el jacket para empezar a sumergirme. Me duelen las manos de todo lo que aprieto el cabo, como si mi vida dependiera de ello. El profesor va bajando conmigo y me pregunta con la mano si está todo ok. Yo muevo la cabeza afirmativamente, pero él insiste con la mano. ¡Que sí, tío pesado! De repente me acuerdo que tengo que contestar con gestos y le sonrío. Él mueve la cabeza con gesto negativo, de resignación. Ya estamos en el fondo, vamos a seguir con los ejercicios de la piscina. Como lo hemos hecho bastante bien, nos indica que nos queda tiempo para dar un paseo. Mi amigo va en todo momento pendiente de mi, preguntando si está todo ok, yo le contestó también. No estamos a mucha profundidad, pero hay tantos peces y es tan bello, que olvido lo de mi mano, a pesar de que me duele mucho. Todo parece ir bien, voy mirando el aire que queda, a mi compañero, seguimos al instructor que se pone a jugar con un pulpo y de repente me paro a observar algo en las rocas, es como una concha con una boca enorme rodeada de pelos. Mi compañero me hace un gesto con el dedo, diciendo que no, pero no le hago caso y lo toco con la tira que cuelga del jacket, no soy tan estúpida como para tocarlo con la mano. De repente la boca se cierra y la tira queda enganchada. Veo cómo los demás continúan su camino, pero yo no puedo seguir. De nuevo el instructor tiene que venir en mi ayuda y con su cuchillo corta la tira hasta que me suelto del todo. Me hace un gesto bastante enfadado y me dice que me pegue a mi compañero y lleve los brazos al pecho, para que no pueda tocar nada. Mi compañero me hace una seña a mis piernas y descubro que tengo dos peces nadando entre mis piernas, son bastante grandes y aunque me muevo constantemente, no se separan de mí. El instructor viene a verme y sonríe, yo no entiendo por qué pero en el bar me contará que cuando una mujer bucea con el período atrae a los meros que se pegan a ella y no se separan, por lo que no es difícil averiguar cuándo tienes la regla o no. Cuando me lo contó debo confesar que me sonrojé. Uno de los del grupo hace el gesto de media botella, con lo que volvemos al cabo y nos cogemos a él. Tenemos que esperar tres minutos a los cinco metros durante la ascensión, eso si lo recuerdo. Como ninguno de nosotros lleva ordenador el instructor será el que nos mida el tiempo. No sé por qué, pero, a pesar de estar agarrada al cabo, empiezo a subir sin hacer la parada de descompresión. Mi amigo intenta cogerme, pero no puede, así que subo a la superficie la primera. Creo que me va a caer una charla importante cuando suba al barco. Espero hasta que aparecen los demás. Mantened el regulador en la boca y la máscara puesta, grita el profesor. Pero ya es demasiado tarde, tenemos puesto el jacket porque no sabemos cómo quitárnoslo, que si no…Una vez en el barco nos espera un repaso del instructor. Cuando hemos tomado aire empieza a hablarnos uno a uno y nos va diciendo qué es lo que hemos hecho mal y qué tenemos que mejorar. Pero cuando llega mi turno, se sienta a mi lado y me dice No sé por dónde empezar contigo, Reina. Pero no lo he hecho tan mal, ¿no? Al menos estoy aquí arriba, le digo. Si, la primera y sin esperar a tu compañero, contesta, que por cierto casi se queda sin aire y tú tenías que darle el tuyo. No sé ni cómo cuidar de mi misma, como para hacerlo de mi compañero, pienso. Además, continúa, no se tocan los bichos, sobre todo sin guantes, tu compañero cuida de ti y tú de tu compañero… Sigue hablando, pero me vuelvo de espaldas y vomito por la borda. Cuando he terminado y miro al frente compruebo que no soy la única: los demás están como yo. ¡Menos mal!, pienso. ¿Qué me decías?, le pregunto. No puedo contigo, me dice, no puedo. Es que me duele mucho la mano, le contesto a modo de excusa. A ver la picadura, que te pongo “afterbite”. Ya me podías haber puesto “beforebite”, pienso. Echamos un vistazo a la mano y veo que está tan hinchada que no la puedo cerrar. ¿Eres alérgica a las medusas?, pregunta. No tengo ni idea ya que es la primera vez que me pica una. Es que nunca he visto una reacción así por una medusa. Habla con el patrón del barco y deciden que lo mejor es ir a urgencias. La segunda inmersión la harán con el otro instructor, ya que él vendrá conmigo al médico. La mano parece cada vez más hinchada y yo cada vez más mareada. Me pusieron una inyección de cortisona y me recomendaron que no me volviera a picar otra en el mismo año porque podía ser más peligroso. Acabo de descubrir otra cosa más a la que soy alérgica. Ahora ya no siento dolor en la mano, bueno, ni dolor ni nada en absoluto, es como si no existiera mi mano. Volvemos al centro de buceo y empezamos a quitarnos el equipo y mojarlo en agua dulce. Como no está mi compañero y tengo la mano dormida, será el instructor el que me ayude con todo. Al terminar nos sentamos a tomar una cerveza, nos miramos el uno al otro y nos echamos a reír. En toda mi vida, me dice, y he dado muchos cursos, jamás le han ocurrido tantas cosas juntas a la misma persona, que sucedan a todo el grupo es normal, pero concentrado en una sola, es la primera vez que lo veo. ¿Eres así en todo? Yo asiento con la cabeza. Empezamos a charlar sobre su experiencia en el buceo, me pide que le cuente si me ha gustado, aunque él cree que no voy a volver al mar. No te preocupes, le digo, esto me gusta y voy a repetir, además, pienso, tengo que amortizar el dinero que he pagado. Me alegro, dice, porque así volveré a verte en otras ocasiones. No sé si se está quedando conmigo o no, pero dejo que tontee, me gusta la manera en que lo hace y me gusta él, por lo tanto seguimos con la bebida y hablando de cosas sin importancia. Cuando llega el barco con los demás ya vamos por la tercera cerveza. Mi amigo viene corriendo a ver cómo estoy. La mano va un poco mejor, la hinchazón ha bajado pero continúa muy roja. Se da cuenta de que he bebido un poco. Me mira, mira al instructor y me dice No tienes remedio, tía, mientras me da golpecitos en la espalda. Mañana tengo que hacer tres inmersiones seguidas si quiero obtener mi título PADI OPEN WATER. Javier me ha dicho que en la tercera será mi compañero, ya que nos sumergiremos solamente los dos. ¡Qué emocionante! Solos bajo el mar... Suena bien. La práctica del buceo es muy dura. Cuando terminas de bucear estás muy cansada, porque aunque parezca que no te mueves, haces mucho deporte. Por lo tanto no entendía por qué los buceadores están tan gordos (por cierto, me fijé en los profesionales y están igual), pero después del primer día lo vi todo claro: de nada sirve que hagas mucho deporte si después te tomas todas las cervezas de las que seas capaz o te comes esas paellas como las que probamos nosotros. Cuando llegamos al hotel la idea era ducharse y salir a cenar, pero no pudimos; nos tumbamos en la cama y nos quedamos dormidos.Comienza el domingo y repetimos la operación del día anterior. Hago las dos inmersiones con mi compañero que ya ha obtenido el título, pero a mi me queda una por hacer. Hoy el día ha ido mejor, la mano está fastidiada, ahora la mancha es de color marrón oscuro, pero me molesta menos. He cogido los guantes y me prometo a mi misma que jamás los olvidaré. Ahora los utilizo incluso en verano. Por fin llega mi última inmersión. En el agua Javier se acerca y me dice Esta mañana has estado fantástica, lo has hecho muy bien, así que vamos a intentar hacer algo diferente esta vez. Bueno, por fin unas palabras de aliento, no está mal. Empezamos a descender, yo sujeta al cabo y él frente a mi, sin manos (¡qué envidia poder controlar de esa manera!) Una vez en el fondo me hace la vida imposible una vez más: vuelve a inundarme la máscara con agua. Solucionado el problema, empezamos el paseo. Él lleva una linterna y me va señalando todo lo que puede ser más curioso. En un momento del paseo siento que algo me toca la mano, porque aunque él me dijo que mantuviera las manos pegadas al pecho, por supuesto que no le he hecho ni caso y mis mano van sueltas. En seguida compruebo que es él, que ha tomado mi mano y me guía de esa manera, los dos en las profundidades cogidos de la mano. ¡Qué romántico! Pero me doy cuenta de que me ha cogido la mano para que vaya controlando mi flotabilidad, es que me voy al fondo constantemente. Tengo que quitarme de la cabeza a este hombre, que debe pensar que soy idiota o algo así. Continuamos con el buceo y me va señalando un montón de peces y plantas que no conozco y que me explicará luego más tarde en el barco. Empiezo a entender que este deporte se convierta en verdadera obsesión para los que lo practican, en un modo de vida. Entiendo la emoción que ponía el instructor en clase cuando nos describía lo que se siente cuando estás a unos metros de profundidad (durante las clases de teoría pensaba que exageraba) ¡Todo es tan diferente aquí abajo! Cuando logras respirar con normalidad, olvidas toda la carga que llevas encima y empiezas a disfrutar con el paisaje, se convierte en un mundo nuevo por descubrir. Miro mi manómetro, le hago la señal de media botella y damos la vuelta. Cuando llegamos a la superficie, el profesor se acerca a mi ¿Qué tal? pregunta, yo me retiro la máscara, me quito el regulador y con lágrimas en los ojos le abrazo. Ha sido la experiencia más alucinante de mi vida, le digo, gracias Javier. A él esta situación le deja sin palabras, me lo dice más tarde, y no puede por más que echarse a reír. Subimos al barco, mi amigo no deja de mirarme y sonreír. Estás como una cabra, me dice. Mientras tomamos la penúltima cerveza en la terraza del centro de buceo, Javier se acerca a mi y me pregunta si puede llamarme algún día (tiene mi número en la ficha, claro) Normalmente, me dice, no ligo con mis alumnas, básicamente porque no me dejan, pero tú eres diferente a todas las que he conocido. No me lo creo, pero no tengo nada que perder, así que quedamos en llamarnos y antes de despedirnos mete la mano al bolsillo y saca dos conchas. Te dije que las cogieras tú del fondo, dice, pero como vas a tu aire y no te enteras de nada, las cogí yo. Un recuerdo de tu primer fin de semana, Reina. Acaba de coronarme con el nombre con el que actualmente me conocen por los centros de buceo, con un cierto recochineo, me parece a mi: “La Reina de los Mares”.
Basado en una historia real.

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2. EL INSTRUCTOR

Nunca pensé que volvería a bucear después de aquello, pero cuando entré por la puerta de la tienda y lo vi sentado en su ordenador, tecleando como siempre solía hacer, supongo que planeando un viaje, o mirando accesorios de buceo, supe que no me iba a quedar otro remedio que aceptar la primera oferta que me planteara.

A él era muy difícil decirle que no, era el comercial más pesado que había conocido en mi vida. Por ese motivo había tardado tanto en volver a la tienda. Me había mandado más de un e-mail por semana los primeros seis meses, algunos con ofertas de salidas a bucear y otros más personales, interesándose por mi salud; luego empecé a recibir uno cada mes, durante el año y medio siguiente, además de las llamadas perdidas al móvil. Sólo contesté a dos: en las Navidades. En la última me dijo que sabía que yo no tardaría en aparecer por la tienda y volver a bucear y que él me esperaría.
Así pues, en marzo por mi cumpleaños, me armé de valor, cogí el coche y me fui a verle. No sabía el turno que tendría ese día, pero siempre solía estar en la tienda, ya fuera por la mañana, como por la tarde. Supongo que un piso vacío no es atractivo para una persona tan activa como él. No me acerqué a su mesa directamente, sino que me entretuve un rato con lo que tenían expuesto detrás del cristal de una de las mesas de la tienda y le miraba por el rabillo del ojo de vez en cuando para ver qué hacía. Pero en una ocasión que me despisté, se acercó por detrás preguntando si podía ayudarme. Claro, pensé yo, ha visto a una mujer y se ha levantado de un salto. Le volvían loco unas faldas. Me volví sobresaltada y se me quedó mirando como si nada.

- ¿Te dije o no te dije que volveríamos a encontrarnos?
Y me plantó dos besos como si nos hubiéramos visto la semana pasada. Yo, que creí que se abalanzaría sobre mis brazos, o que me miraría como si hubiera visto a un fantasma, me quedé sin saber muy bien qué decir.
Había pasado todo el fin de semana ensayando un discurso sobre lo mucho que lo sentía por no haber contestado a sus cartas, por haber colgado el teléfono en todas las ocasiones que lo había hecho… en fin, que sentía mucho el haber sido tan desagradecida; pero en lugar de eso, allí estaba yo de pie, mirándole como una tonta. Había engordado, pero no me extrañó: con lo que le gustaba comer… Yo, en cambio, había adelgazado mucho, todo el mundo me lo había dicho, pero él, después de dos años sin verme, no me dijo nada.
Simplemente me llevó a su mesa y me propuso dos alternativas de viajes para las siguientes semanas. También me preguntó si necesitaba algo, Después de tanto tiempo sin bucear sería conveniente que revisaras tu traje, tu regulador… vamos, todo el equipo, ya sabes que deberías tenerlo en buenas condiciones para sumergirte en el mar.
Yo no podía creerlo. ¿Eso era todo? ¿Nada de cómo estás, qué es de tu vida? Por un momento me enfadé, y se me debió notar en la cara, porque enseguida me pasó una nota donde decía que en diez minutos nos tomaríamos una cerveza en el bar de la esquina. Bien, algo es algo, pensé y le seguí la corriente, como una clienta más.
Después de reservar el fin de semana en Murcia, o mejor dicho, de que él me lo reservara, me despedí y salí directa al bar. Llegó dos minutos más tarde que yo y me dio un abrazo como hacía mucho tiempo que nadie me lo daba. Seguido de un ¿cómo estás? ¿Todo bien? Le pregunté de cuánto tiempo disponíamos y me dijo que ya no volvería a la tienda hasta al día siguiente a las 10.30 de la mañana. Tenemos todo lo que queda de tarde y toda la noche para nosotros, Reina. Odiaba ese apelativo, que se supone cariñoso, pero que yo siempre lo había considerado muy cursi, aunque en su boca sonaba de manera completamente diferente.
Me gustaba, realmente me gustaba y comprendí lo mucho que lo había echado de menos.
Y en un momento volvieron a mi memoria todos los buenos recuerdos que guardaba de las inmersiones que había realizado, tanto con él como sin él. Es increíble cómo este deporte te cambia la vida de un modo tan radical.
No lo pude evitar y me eché a sus brazos llorando desconsoladamente, y así estuvimos unos cinco minutos: él acariciándome el pelo y meciéndome en sus brazos y yo sin decir palabra, mojándole la camiseta de buceo en Sharm-el-Sheik con mis lágrimas. Cuando ya me calmé, mientras me tomaba la cerveza, comencé a contarle mi vida desde la última vez que nos habíamos visto. Había estado de baja cuatro meses en el trabajo por depresión, tiempo que aproveché para organizar mi casa. Me sobraban cosas: toda la ropa que yo ya no iba a utilizar, la maquinilla de afeitar, arreglar los papeles de la casa, del coche, del seguro, del testamento… Mi marido me había dejado todo atado y bien atado, con lo que no tardé en ponerme al día. El resto de la baja la había pasado visitando al psicólogo dos veces por semana, hasta que decidí que no quería verlo más y me incorporé al trabajo. Parecía que llevaba una vida normal, pero los fines de semana me quedaba en casa sin salir ni siquiera a visitar a mis hermanos. Cuando me llamaban mis amigos, les decía que había quedado con los compañeros del trabajo y viceversa.
Aquella tarde era la primera que había cogido el coche para ir a un sitio que no era ni el trabajo ni el hiper.
Y eso era todo. ¿Cómo estás tú? ¿No me ves más delgada? No me has dicho nada.
Y entonces me contó. Nunca he dejado de verte. Averigüé tu dirección el día del entierro y te he visitado casi todas las semanas. Aparcaba el coche en tu puerta y esperaba que entraras. También lo hice algún fin de semana y te veía volver cargada con las bolsas de la compra. En más de una ocasión estuve tentado de acercarme y ayudarte, pero no lo hice. Por eso no te he dicho nada sobre tu tipo o tu corte de pelo. Te veía tan a menudo, que cuando entraste por la puerta enseguida te reconocí. No podía creer lo que estaba oyendo, cuando iba a preguntarle por qué, me puso su dedo en los labios y me contestó: Sólo estaba esperando el momento en que tú te decidieras a dar el primer paso. ¿Recuerdas que te dije que entendía por lo que estabas pasando? Nunca me creíste, pero sabía que volverías a mí, no sabía cuándo, pero estaba convencido. Lo de visitarte en silencio era para comprobar que estabas bien, no quería que te ocurriera nada. El mes pasado me preocupé por tu estado físico, te ví muy delgada, pero hoy estás aún más, ¿seguro que estás bien?
Así que empezamos a hablar de mi salud. Que no se preocupara, que estaba bien, que era el gimnasio… había dicho tantas veces lo mismo durante los dos últimos meses, que ya empezaba a agotarme. Terminamos cenando en un restaurante cercano. Durante la cena me pregunté cómo no había hecho esto antes.
Él era el único que hacía que me sintiera bien, ni psicólogos, ni amigos; sólo él. Un completo desconocido (apenas cinco inmersiones juntos), del que no sabía más que estaba divorciado y con un hijo, del cual nunca hablaba, pero no se por qué desde la primera palabra que pronunció en clase, no lograba quitármelo de la cabeza. Yo, tan felizmente casada, haciendo el curso y las inmersiones con mi marido, y él como acompañante; yo que jamás había pensado en otro hombre, tuve que enamorarme, o mejor dicho, encapricharme de él, seis años mayor que yo, sin pelo y tirando más bien a gordo. No me extraña que mi psicólogo pensara que no tenía remedio. Él era el único hombre por el cual había suspirado después de mi marido.
Y cuando ese fatídico fin de semana se me declaró, le eché la culpa al alcohol, aunque luego me juró que ese sentimiento era verdadero.
Habíamos bebido tanto todos, que nunca supe cómo nos atrevimos a sumergirnos el día siguiente. Supongo que por eso sucedió el accidente. Teníamos las inmersiones suficientes como para controlar la situación, pero en este deporte nunca se controla lo suficiente, nunca sabes qué te vas a encontrar bajo el agua o cómo va a responder tu cuerpo.
Para cuando me volví hacia mi marido la mirada la tenía ya ausente, y al subirle a la superficie ya no respiraba. Lo intentamos todo, desde el boca a boca al masaje cardíaco, pero nada dio resultado, ya entró cadáver al hospital. Un fallo cardíaco, nos dijeron. Pasamos toda la noche allí y él no se separó de mí ni un solo momento. Estuvo a mi lado hasta el día del entierro, cuando me arroparon mis hermanos y desapareció de mi vida, o sería mejor decir que desaparecí yo de la suya, porque como se ha visto anteriormente, él nunca se fue del todo. Yo no quise volver a verlo porque pensé que todo me recordaría a mi marido: el buceo, el momento en el que falleció…
No había ido al mar por temor a volver a recordar, ya tenía bastante con mi casa y las fotos, como para atormentarme más. Pero allí estaba, delante de un hombre que jamás me había abandonado, que parecía estar esperándome y que me conocía más de lo que yo imaginaba. Estuvimos en el restaurante hasta que cerraron y, como ninguno de los dos queríamos irnos, acabamos en su casa, bebiendo vino y charlando hasta las cinco de la mañana que caímos muertos de sueño. Cuando desperté me fui corriendo sin despedirme de él, que dormía en el otro sofá. Llegué tarde a la oficina, inevitablemente, y eché la culpa al tráfico, como de costumbre. Ese día estuve canturreando en todo momento y bostezando, pero de nada me sirvieron las ampollas que normalmente hacen milagros, porque después de comer no podía ni abrir los ojos.
Habíamos quedado en vernos el viernes para salir juntos hacia Murcia. Íbamos a hacer la misma inmersión para alejar todos mis miedos. Yo no iba muy convencida, pero con tal de pasar todo un fin de semana con él, estaba dispuesta a cualquier cosa.Tras una semana que parecía no acabar nunca, por fin llegó el tan ansiado viernes. Él vino hasta mi casa y cargamos los bultos en su coche. Durante el camino retomamos la conversación que habíamos dejado pendiente la noche del martes. Ya en la puerta del hotel me comentó que tendríamos que compartir habitación, porque había hecho la reserva muy tarde y era lo único que quedaba. Será mentiroso, pensé, porque yo ya sabía que el hotel estaba vacío en esa época del año. Pero no me molestó, al contrario, me agradó pensar que dormiríamos juntos por segunda vez esa semana. Al menos la habitación tenía dos camas independientes, no se había atrevido a reservar cama doble. Después de cenar nos fuimos a dormir y, sorprendentemente, no hablamos mucho ya que yo estaba aterrada ante la idea de volver a bucear y él se durmió enseguida.El sábado por la mañana madrugamos para desayunar y salir hacia el centro de buceo. Ninguno de los dos habló en todo el trayecto. Yo tenía mucho miedo pero intenté mantener el tipo, muy seria, recordando cómo había que ponerse el traje, ajustar la botella, el regulador, comprobar la presión… y subir al barco. Ese día éramos ocho los buceadores. Llegados a un cierto punto, el barco paró, nos dieron el briefing de la inmersión y fueron tirándose al agua uno a uno, hasta que llegó mi turno. Él me ayudó con la botella y caí al mar por primera vez en dos años. Ponte el regulador en la boca, me recordó. Así lo hice y comencé en la superficie a respirar el aire áspero y seco de la botella. Sentí un momento de pánico al comprobar que se me resecaba la boca y cuando él se tiró al agua y se acercó a mi, me quité el regulador y le dije que no podría sumergirme, no recordaba cómo se hacía, que me iba a ahogar. Pero él no se rió en ningún momento. Es más, se enfadó, me colocó el regulador en la boca, me llevó hasta el cabo del barco y muy serio me dijo Déjate de gilipolleces y empieza a bajar, recuerda ir compensado los oídos con la nariz y si tienes problemas me avisas, pero no pienses que te vas a perder esta inmersión, ni que me la voy a perder yo. Nunca le había visto tan enfadado, así que obedecí y comencé a bajar por el cabo, muy despacio, como siempre había hecho. Ahora comenzaba a recordar cómo se hacía. Volví a sentir la presión en los oídos y de nuevo la garganta reseca por culpa del aire que estaba respirando. Él estaba en todo momento conmigo. Se movía como pez en el agua, por lo que aunque yo no lo veía porque estaba muy ocupada preocupándome del equipo y de poder respirar, sabía que estaba a mi lado. Y empecé a sentirme segura. Miraba el ordenador que me indicaba la profundidad: 12, 16, 24 metros…. Aquel día la visibilidad era excelente, no como la última vez. El agua era cristalina, había gran variedad de peces y él, como siempre lo había hecho, iba indicándome qué es lo que tenía que mirar. Nos parábamos a menudo y cogía una concha, o un pulpo y jugaba con él. Fue maravilloso, como si nada hubiera sucedido, de repente nada existía más que él y yo en las profundidades del mar y algún que otro pez que pasaba por allí. No quería que aquel momento terminara nunca. Pero era consciente que debajo del mar pierdes la noción del tiempo y pasa más deprisa que en ningún sitio, así que cuando me dijo que mirara cuánto aire tenía y el manómetro me indicó que ya estaba por la mitad de la botella, maldije aquel aparato, porque significaba que debíamos dar la vuelta y volver hacia el barco. Antes de subir, le dije que paráramos y, como pude, le abracé. No había hecho esto nunca antes, ni siquiera sabía si se podría hacer o no. Como respuesta él se quitó su regulador, después el mío y me besó en la boca. Debo reconocer que fue el beso más emocionante que me habían dado jamás, por muchos motivos: porque fue debajo del agua, porque hacía mucho tiempo que nadie me besaba y, sobre todo, porque realmente lo necesitaba, necesitaba sentirme querida, sentirme deseada. Yo no lo supe hasta aquel día, pero era sencillamente eso lo que había estado esperando todo este tiempo, nada de médicos, ni pastillas; sólo amor. Y durante dos años lo había tenido en la puerta de mi casa (nunca mejor dicho) y no me había dado ni cuenta. Cómo se podía ser tan tonta, cómo tan ciega y no ver nada. Pero ahora que lo había encontrado, me dije que no lo dejaría escapar. Mi tiempo era demasiado precioso como para desperdiciarlo, me juré a mi misma aquel día bajo el mar que en ese momento empezaba una etapa. Había acabado trágicamente una vida pasada, llena de alegrías y pocas tristezas, en la que fui muy feliz y de la que guardaría los mejores momentos, y ahora mismo estaba empezando una nueva, no sabía si iba a ser a su lado o no, pero de lo que si estaba segura es la que ahora empezaba la iba a aprovechar al máximo. La vida es algo muy frágil y hay que vivirla intensamente. Todos estos pensamientos me vinieron en tres minutos, los que se necesitan en la parada de descompresión, y en los que él no apartaba su mirada de la mía. Su regulador era más pequeño que el mío y podía ver una sonrisa dibujada en sus labios. Cuando por fin nos encontramos en la superficie, ya no sonreía y me ayudó a subir al barco, donde nos encontramos con el resto del grupo. Nadie había visto nada y supongo que, aunque sospecharan que algo había entre nosotros dos, no se atrevieron a decir nada. Una vez arriba empezamos a comentar la inmersión y lo que nos había parecido a cada uno. Yo lo miraba como una colegiala, con una sonrisa estúpida en la cara. Es que es mi primera vez tras dos años de parón y con el agua tan clara ha sido muy emocionante, contesté yo intentando justificar mi mirada. Ya, claro, eso dicen todas, me respondió el patrón del barco, muy amigo suyo, por cierto.Ya en el centro de buceo y después de la rutina de quitarnos el traje, mojar todos los instrumentos en agua dulce y ducharnos, nos sentamos en la terraza a tomar una cerveza, momento éste que es uno más de dicha rutina. Fue él quien empezó a hablar, No me avergüenzo de estar contigo ni mucho menos, pero soy incapaz de demostrar mis sentimientos en público, especialmente cuando estoy enamorado porque me siento como un estúpido, pero en privado soy muy romántico. No dijimos nada más porque después apareció el grupo de buceadores y se unieron a nosotros. De vez en cuando nos cruzábamos unas miradas y alguna sonrisa, pero nada más. Por la tarde algunos hicieron una inmersión más y él se apuntó, pero yo me quedé para poder pasear por la orilla y mirar al horizonte. Siempre me ha gustado mirar al mar, sin ver nada, sólo el infinito y oír cómo mecen las olas. Aproveché para despedirme de mi marido aquella tarde. Hasta entonces todavía seguía pensando que podía aparecer por la puerta en cualquier momento, era por eso que aún mantenía algunas de sus cosas intactas. La mesa del ordenador, por ejemplo, estaba como la había dejado antes de marcharse para siempre. Pero esa tarde, sentada en una roca, intenté explicarle todo lo que había sentido por la mañana bajo el agua, aunque fue difícil. ¿Cómo se despide una de su otra mitad? ¿Es eso posible? Yo había tardado dos años en hacerlo y todavía me parecía increíble. Pero lo tenía que conseguir, así que empecé diciéndole lo mismo que había pensado bajo el agua por la mañana, que jamás olvidaría mi vida a su lado, que guardaría los momentos más especiales en mi pensamiento para siempre. El mar se había llevado lo que más había querido, pero ahora me ofrecía una segunda oportunidad. Aún hoy no se si fui o no muy convincente, pero hice lo que pude durante las tres horas que estuve allí. Supongo que lo importante en esos momentos era que me convenciera a mi misma de estar haciendo lo correcto, pero para eso sólo tenía que volver a recordar los momentos que había vivido esa misma mañana en el mar. Lo siguiente que hice, y lo más duro, fue quitarme la alianza del dedo y guardarla en un bolsillo. Pensé en tirarla al mar y que quedara en el fondo, pero por aquella zona hay muchos buceadores que podrían cogerlo y, para que lo tuviera un extraño, prefería guardármelo yo. Desde que practico el submarinismo lo de tirar cosas al fondo del mar para que permanezcan allí, como una idea romántica, es algo que no he vuelto a hacer. Tuve la sensación de tener desnudo el dedo, de que me faltaba algo durante toda la tarde, pero tendría que acostumbrarme por mucho que me costara. Por supuesto, cuando él me vio se percató de que me faltaba el anillo (¿había algo de lo que no se diera cuenta?), me apretó con fuerza la mano y me susurró al oído Eres muy valiente, estoy orgulloso de ti. Yo le contesté con una sonrisa, pero con los ojos aún un poco llorosos. Aquella noche me preparó una cena sorpresa en la habitación del hotel, con velas y rosas. Yo no podía creerlo, así que era verdad: era un romántico empedernido. Tras la primera inmersión que hicimos juntos en el mar, en una barbacoa tuvimos los típicos juegos de grupo y alguien se dedicó a preguntar a cada uno de nosotros cómo nos gustaría que nos conquistaran y yo respondí que de la forma tradicional: cena con velas y flores a la luz de la luna. Y así fue como me conquistó por segunda vez, lo que yo no sabía todavía es que quedara una tercera aún por llegar. Tardamos mucho en cenar, él porque hablaba bastante y yo porque tenía miedo de ir a la cama. Ninguno de los dos queríamos forzar la situación, pero ambos sabíamos que este momento tenía que llegar tarde o temprano. Por lo que empezamos como suelen comenzar estas cosas, con los labios pegados y besándonos hasta llegar a la cama, donde nos desnudamos mutuamente sin parar de besarnos. Yo era consciente de mis necesidades: desde lo de mi marido no había estado con hombre alguno, pero lo que no sabía es que él llevaba aún más tiempo que yo sin hacer el amor. Aunque yo deseaba que esto ocurriera, no pude continuar y le pedí perdón. Creí que se enfadaría, pero fue todo lo contrario. Me dijo que entendía que necesitaba tiempo y que él sabría esperar, lo había hecho durante dos años y podría esperar algo más. Me puse la camiseta y me tumbé mirando hacia la pared, comenzando a llorar de nuevo.Al día siguiente aún nos quedaban dos inmersiones más por realizar. Antes de que pudiera darme cuenta, ya estábamos en el agua de nuevo. Comenzamos a bajar, lentamente, y en un momento ya estábamos de rodillas en el fondo. Esta vez íbamos en grupo y nos meteríamos dentro de una cueva. Yo me guiaba por la linterna de él y procuraba no perderle de vista. Delante de nosotros avanzaban las dos parejas de buceadores que iban con nosotros. La cueva era lo bastante grande para que pudiéramos entrar los seis y además tenía una especie de cúpula por lo que podías quitarte el regulador y respirar aire puro. Justo en la mitad de la boca de entrada señaló algo con el dedo. Un pez, pensé, pero no, era una concha espectacular, casi de mentira de tan perfecta que era. Hizo señas para que la cogiera con mis manos, pero le indiqué que no, siempre he preferido dejar el fondo tal y como me lo he encontrado. Pero ante su insistencia, decidí cogerla. Miré sus manos y me decían que lo abriera, volví a negar con la cabeza, pero él me lo repetía una y otra vez. Lo abrí y entonces vi la cosa más romántica que nadie había hecho por mí: dentro había un anillo con un diamante incrustado. De la sorpresa, se me cayó el regulador y durante unos momentos tragué agua salada hasta que él me colocó de nuevo el aparato en la boca y continuamos hacia la cueva. Subimos a la superficie e inmediatamente me abalancé sobre él para comérmelo a besos. Los otros cuatro compañeros que descansaban sobre una roca comenzaron a aplaudir y a silbar con todas sus fuerzas, mientras nosotros flotábamos en el agua unidos en un abrazo. ¿No te daba vergüenza demostrar tus sentimientos en público?, le dije, Acabas de tirar tu imagen de macho ibérico y ligón por los suelos. No me contestó. Cuando nos acercamos a las rocas con los demás pude admirar la belleza de la cueva, se estaba bien allí. Los otros cuatro buceadores nos dieron la enhorabuena y nos dijeron que nos dejaban solos unos minutos para que pudiéramos hablar. Se sumergieron y cuando empezamos a ver sus burbujas subir a la superficie, me preguntó ¿Si o no? Puedes tomarte el tiempo que necesites, tampoco es necesario que me contestes ni negativa ni positivamente, con que aceptes el anillo y estés a mi lado, todo irá bien. Como no paraba de hablar le besé y le dije que aceptaba el anillo pero era un poco pronto para pensar en tener una relación más seria. Por ahora podríamos continuar así un tiempo, pero pensar en el futuro me daba miedo. Vale, me dijo, pero no me hagas devolver el anillo que me ha costado mucho ir a comprarlo y convencer a estos para que lo guardaran en la concha, la colocaran aquí… Volvía a hablar sin parar. Así que cuando está nervioso, habla más de lo que acostumbra, pensé. Creo que ya va siendo hora de que volvamos, ¿no crees? Nos metimos nuevamente en el agua y, antes de subir al barco, nos entretuvimos de nuevo con los peces. En esa zona del Mediterráneo se pueden ver congrios, nudibranquios, estrellas de mar y, uno de los peces que más gusta a los buceadores, la morena. Aquel día vimos al menos tres, creo que diferentes, pero no podría confirmarlo. Para mi es el pez más feo del mar, pero su visión es espectacular. En las inmersiones posteriores decidí comprar una cámara de fotos y los días en los que la visión es buena, bajo con ella al fondo y tomo unas instantáneas espectaculares, pero también las hay donde aparecemos alguno de los dos y, claro, la foto se estropea…Por la tarde teníamos que regresar a Madrid. Ese es generalmente el trago más amargo, pero, inevitablemente, hay que volver a la cruda realidad de la rutina diaria: la casa, el trabajo, los atascos… en fin, que hasta el mes siguiente no volveríamos a vivir algo así. Como digo, la despedida del mar, de los compañeros, del centro de buceo es lo peor del viaje, así que durante el mismo paramos en un restaurante de carretera a comer y de esta manera alargarlo lo más posible. Una vez en Madrid, le pregunté si quería subir a casa. Como vi que dudaba me apresuré a decirle que así me ayudaría a colgar el traje para que se secara bien, Es que pesa mucho, le expliqué. De acuerdo, pero me voy rápido que tengo que secar el mío también. Nos quedamos hasta la una de la madrugada bebiendo vino. Mañana no me voy a poder levantar, le dije. Pues no te levantes, no vayas a trabajar. Ya me gustaría, ya. Nos despedimos y quedamos en vernos entre semana.Me quedé una hora más en la cama pensando en lo que había sucedido el fin de semana, con el olor del neopreno impregnando toda la casa y mirando el anillo que llevaba en mi dedo.
El que me había quitado en el mar lo tenía metido en su caja original, la misma que había comprado hacía ahora seis años. De repente me surgieron las dudas: esto que iba a hacer ¿era lo correcto? ¿Y si me equivocaba con él? Apenas lo conocía, unas cuantas conversaciones anteriores sin importancia, pero en realidad no sabía nada de su vida, ni si tenía hermanos, no habíamos hablado de su hijo, ni de su ex… Mucho me temía que el lunes se me iba a hacer muy largo, por lo que me forcé a dormir.A la hora de comer del día siguiente se presentó en mi oficina a buscarme. Comprobó que llevaba el anillo y me dijo:
- He tenido una idea esta noche: vayamos a vivir a Murcia, dejemos esta vida de Madrid tan aburrida, empecemos desde cero. Trabajaremos en un centro de buceo, primero tienes que hacer el curso de instructor, claro está.
Yo sabía que ésa era su ilusión desde hacía unos años: dejar la ciudad y trabajar en la Costa, dedicarse a este deporte que puede llegar a convertirse en obsesión. Siempre me ha costado tomar decisiones arriesgadas en mi vida; he preferido recapacitar sobre las situaciones que he vivido, pero aquel día, delante de un hombre tan convencido como él, le dije que si, que dejaría todo para seguirle hasta el fin del mundo; que es lo que he deseado desde aquel día que crucé el umbral de la puerta y fui a verle a la tienda; que por eso entré; que estoy convencida, ahora lo se, de haber hecho el curso de buceo para pasar el resto de mi vida con él.


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1. EL AÑO QUE DECIDI BUCEAR (VIVIR DE NUEVO)

Cuando aquel año decidí morirme y la gente que me conocía estaban ya rebuscando en los armarios la ropa de luto, apareció mi amigo Juan y con su socarronería me preguntó que a que estaba esperando para preparar el equipo de buceo y largarme con la gente para Tarifa y volver a sumergirme en sus fondos.

Por muchos días no había sonreído, era mas vegetal que persona, mas una piedra de la orilla que es arrastrada por las olas, ahora en la arena al sol, ahora arrastrándome por la capa de conchas muertas que formaban parte de ese primer paso en el azul.
Y por primera vez en muchos meses tenía un motivo para salir de allí y recuperar las ganas de vivir. Volver a la mar y sumergirme en ella, sentirme seguro en el único lugar donde podía ser yo y que hacía que se me escapase una sonrisa.
Lo que no habían conseguido los fármacos, las interminables charlas con el médico, las noches de estar enganchado al teléfono hablando con la familia, lo había logrado una sola frase: volver a sumergirme.
A Tarifa la suelo llamar el lugar donde sopla el viento, cuando alguien me pregunta a donde voy siempre contesto que voy a “Donde sopla el viento”, a sumergirme en sus aguas siempre movidas y frías, a donde confluyen y se pelean el Atlántico y el Mediterráneo, a ese lugar donde bajo sus aguas todo parece haberse detenido muchos años atrás.
Bucear es volar, volar entre las aguas, por encima de los fondos de rocas o de arena, por encima de las praderas de Posidonia o de un bosque de laminarias, perderme entre las cuadernas herrubronsas de un vapor, recorrer los pasillos reventado de un manto amarillo, verde, gris, rojo, azul.

Cuando aquella semana salí del hospital estaba ya Juan esperándome para recogerme en mi casa, años después supe que mi familia le había encomendado encarecidamente que cuidase de mí esos días y que al menor atisbo de tristeza de vuelta para la ciudad. Y lo que ocurrió ese fin de semana es que volvía descubrir la mar, mi mar.
Cuando buceo preparo siempre el equipo con calma, repasando cada parte de el, comprobando que todo funciona, algunas veces desespero a los míos cuando tardo tanto tiempo en prepararlo.
Desde mitad de semana que se que voy a ir a bucear siento mariposas en el estómago, siento la excitación del momento, me llevo el resto de semana mirando el tiempo en la televisión o por Internet, buscando un atisbo de temporal que pueda echar por tierra los planes del fin de semana, aquel primer fin de semana después de tanto tiempo en la sala de un hospital sin mas mar que una foto que tenía en el móvil por fin iba a reencontrarme de nuevo con ella.
Engrasar la cremallera del semi estanco, probar los reguladores, hinchar el chaleco y comprobar que las tiras de las aletas y la máscara aún aguantan alguna inmersión mas, pelearme con la bolsa procurando que todo entre en ella y ponerle baterías nuevas a la linterna y luego cargar todo en la furgoneta del club y poner rumbo a la costa, a mi amada costa.
Detesto los veranos llenos de gente, las playas a reventar, las prisas siempre en el centro de buceo, el no encontrar un lugar donde aparcar en el puerto. Prefiero ese tiempo en el que el aire sopla mas fuerte, en el que la mar hace borreguitos, en el que el aire trae la espuma con olor a sal, a algas, a mar, en el que las olas golpean con fuerza el espigón del puerto.
Salir de la ciudad, cruzar el puente sobre el río y poner rumbo a Cádiz, a Granada, a Almería, a Murcia o a cualquier otro lugar que me aleje de las prisas, de los semáforos, de los pitidos de los claxon de los coches, salir de la rutina cotidiana y volver a mi sitio en el mundo, a ese lugar que me hace sentir bien, cómodo conmigo mismo, en paz con lo que me rodea.

Siempre el mismo ritual, la misma frase en las llamadas a la gente que nos reunimos para bucear: este fin de semana a meterse en el agua. Los días, hasta que marchamos, se hacen eternos y el viernes por la mañana solo hago que mirar el reloj para buscar la hora de salida, las manecillas van lentas, incluso diría que el reloj se ríe de mi de vez en cuando, cuando no lo miro, decide detenerse un poco y hacerme mas larga la espera.
Parar en la misma venta para desayunar o tomar un bocado que nos haga aguantar hasta llegar a la costa, el camarero que ya nos conoce nos da el parte del tiempo y siempre nos pide una fotografía del fondo para colgar en la pared de una venta llena de carteles taurinos y fotografías dedicadas de toreros. Y siempre olvidamos la promesa de traerle una, quizás en nuestro interior queremos sentirnos diferentes, sabernos diferentes y pensamos que la mar, una fotografía de la mar no cuadraría demasiado con tanto ambiente taurino o quizás somos egoístas y no queremos que otros descubran que debajo del agua hay todo un mundo inmenso que les aguarda.
Guardamos para nosotros nuestras sensaciones, nuestras impresiones, a veces pienso que somos como una hermandad, como una de esas extrañas reuniones, intentamos convencer a propios y extraños que se sumerjan, que vean con sus propios ojos lo que se esconde bajo la lámina de agua.
Vivir, es todo lo que pretendía y pretendo, es todo lo que querían y quieren los demás, simplemente vivir, sentirse vivo, sentir ese hormigueo que sube por las piernas y se aloja en el estómago cuando al enfilar la recta que nos saca del interior y nos conduce a la Isla bordeando la mar.
Cuando pasamos esa recta inmensa y dejamos atrás los campos, a veces verdes y frondosos, a veces amarillos y achicharrados por el sol y contemplamos la mar en el borde de la carretera por entre los pinos nos comportamos como niños que salen al patio de recreo de la escuela. El interior de la furgoneta se alborota y todos aplastamos nuestras narices en los cristales de las ventanas contemplando un Océano que cambia de color constantemente.
He visto el Océano azul intenso, verde, negro incluso cuando el cielo amenaza borrasca, he visto el Sol ocultarse tras el horizonte, allá donde la mar y el cielo se confunden y como cuando era un niño me preguntaba que habría detrás del Sol, que lugares se esconderían tras el horizonte, como serian sus gentes.
Cuando era un niño, sigo siendo un niño, pero un niño grande, e íbamos a veranear a la costa, siempre llevaba en mi equipaje unas gafas de bucear de esas redondas con el tubo acoplado a la mascara, era un tubo de aquellos con una bola en la punta que impedía que uno tragase mas agua de la necesaria y luego lo pagase en forma de retortijones de tripa.
Cuando enfilábamos la carretera que nos llevaba al pueblo donde veraneábamos y ya llevábamos sus buenas tres horas de viaje, mi hermano y yo andábamos a la greña, deseosos de salir de entre aquellas cuatro chapas y correr descalzos y desnudos por la arena de la playa, sentir la humedad de la arena de la playa y la brisa de la mar.
Pues cuando ya estábamos en ese plan al que todo niño tiene derecho cuando ya no aguanta mas horas encerrado, mi madre siempre nos hacía el mismo juego: ver quien era el primero que divisaba el faro que alumbraba a los barcos señalándoles la proximidad de los escollos de la costa. Entonces, mi hermano y yo nos calmábamos y dejábamos de pelearnos por ese trozo de asiento libre y olvidábamos que una raya imaginaria dividía su espacio del mío y nos aprestábamos a mirar por la ventanilla de la derecha buscando los destellos del gran faro, y así recorríamos los últimos kilómetros que nos llevaban a ese lugar donde la mar escondía barcos hundidos llenos de tesoros.
Esa misma sensación es la que conservo hoy en día cuando me aproximo a la costa, a la isla, la de pegar la nariz al cristal intentando buscar los destellos del faro que anuncian que la isla está ya a pocos kilómetros.
Y siempre desear llegar a la costa, a ver la mar, a ponerme aquellas aletas Nemrod gastadas, mis gafas de buceo y mi tubo para luego correr a los escollos de la costa Atlántica y sumergirme entre ellos para contemplar entre bocanada y bocanada las bogas navegar en grupos o el pulpo asomar sus sifones por entre las grietas de la roca que lo cobija.
Soy mas de Atlántico que del Mediterráneo, Mare Nostrum tal y como me enseñaron en la escuela, me gusta mas la frialdad de sus aguas cuando ya equipado me dejo caer de espaldas y siento esa sensación que recorre mi espalda, ese frío acerado que despeja y despierta mis sentidos y me hace sentir que estoy vivo, sus corrientes que me llevan y me empujan cuando buceo.
¿Os habéis fijado que en todos los puertos hay un bar que se llama El Ancla o el Besugo o la Isla, que tienen su estatua a los hombres de la mar, que su puerto está lleno de una flotilla de barcos blancos y azules, que tienen una lonja, unas casamatas para que los pescadores arreglen las artes de pesca o que cuando haga temporal se resguarden en ellas esperando que el tiempo les conceda unas horas para salir a buscar el sustento diario?
El olor, siento las cosas por el olor, y los puertos huelen diferente, es una mezcla de salitre, de pescado, de hielo, de algas puestas al sol en las redes, de barcos de gasoil, de tabaco negro de pescador, de esa brisa que lo inunda todo y trae desde el otro lado del estrecho olores de otras gentes, de otras tierras.
Todos los puertos pesqueros, no se porqué razón los puertos deportivos (con sus veleros bien arreglados, sus barcos a motor lustrosos), no me gustan, prefiero los puertos pesqueros, con su pequeño astillero donde reparan los barcos, su marina seca, sus pantalanes de hormigón, sus redes tapadas por lonas y sus suelos llenos de sedales y anzuelos, los carros donde transportan el pescado recién capturado o sus perros vagabundos que te olisquean cuando bajas del coche, son mas auténticos, tienen mas sabor a mar, mas sabor a mi niñez. El café sabe diferente e incluso los vasos son diferentes, esos vasos pequeños y cónicos lavados una y mil veces, donde el tipo que está detrás de la barra es el dueño del bar, un jubilado de la mar que cuenta una y mil historias que amenizan los momentos antes de entrar o después de salir de la inmersión.
Dicen que en la guerra cualquier agujero es trinchera, un poco como los centros de buceo, cualquier lugar se convierte en centro de buceo, un maremagnun de trajes acartonados que se mantienen de pie solos, un lío de latiguillos y de reguladores a medio estropear o medio arreglar dependiendo de las ganas del dueño del centro. Con un poco de suerte se puede ver desde aquellos Nemrod con bigotera, las harmónicas que les llamamos aquí, hasta un bitraquea que el dueño se empeña en decirte que aún funciona y que tienes que probarlo, y tu miras aquellos dos tubos nervados y piensas que ni loco te vas a meter en el agua con aquel trasto viejo y marcado el latón por el efecto del salitre.
A veces, de entre los chalecos que un día fueron azules o verdes y negro y que con el paso del tiempo se han vuelto celestes y negros con incrustaciones blancas de sal, uno se asombra al ver un collarín o una simple botella cogida con la espaldera y recuerda los episodios de Cousteau que amenizaban las tardes de los domingos cuando niño y uno se pregunta ¿Cómo era posible bucear sin un sistema de inflado que empuje el chaleco o sin las válvulas de purgas para vaciarlo, los tiempos heroicos del buceo eran aquellos.
La semana, siendo niño, transcurría en una ciudad apartada de la costa y mi único contacto con la mar eran los reportajes de Cousteau que programaban en la televisión, descubrir que había otros lugares sumergidos bajo la mar, soñar con embarcar en el Calypso y bucear en medio de las focas o los delfines, y sin embargo tenerme que contentar solo con mis viejas gafas y soñar con el próximo verano en la costa para volver a ver a esa fauna oculta que tanto me atraía.

Siempre, desde pequeño, soñé con bucear, con ir más allá de donde el aire de mis pulmones me permitían, con estar mas tiempo, un rato mas mamá, solo un poco mas en el agua y salgo ya. Y salir con la piel arrugada, con la sensación de haber hecho algo que otros no hacían, de ver cosas que otros no veían, salir con la espalda tostada por el sol, la piel brillante y con escamas de sal, deseando que amaneciera el nuevo día para recorrer otro trozo de la costa apenas a un par de metros bajo el agua y por breves instantes.
Recuerdo a un amigo de mi padre que hacia submarinismo allá por los 70, su equipo y como yo lo miraba con reverencia, como pasaba mis pequeñas manos por la botella, como tocaba el tirador de la reserva, como me imaginaba dentro de aquel traje de neopreno.
Aquella fue la primera vez que tuve un regulador en la boca, como sentí el sabor a goma, a aire seco y frío, aquel equipo apoyado en la columna de una nave donde el amigo de mi padre tenía su neumática y sus artilugios de buceo, como cada vez que iba a aquel lugar me apartaba de la vista de todos para colocarme el regulador y respirar y soñar que era yo el que se sumergía, el que encontraba tesoros ocultos bajo las aguas, el que nadaba al lado de los peces y hacía carreras con ellos
Quizás cuando la siguiente generación, cuando nuestros hijos o sobrinos o nietos, se sientan atraídos por la llamada de la mar y vean las fotos de nuestros equipos, pensaran que estábamos locos al bucear con elementos tan precarios, quizás para entonces se bucee con la misma ropa que uno usa en la calle, o alguien haya inventado un respirador que extraiga el aire del agua y que sea tan diminuto que vaya acoplado en la nariz.
Me pregunto, si al ritmo que llevamos, la siguiente generación, conocerán la mar tal y como la conocemos hoy en día, o la mar simplemente será el vertedero donde depositamos nuestros desechos urbanos.
En invierno, cuando uno va abrigado con su polar, sus pantalones gruesos y las botas de montaña, la bruma se deja caer en la costa y la isla no es mas que un algo fantasmagórico que se deja adivinar por entre la densa bruma, cuando uno escucha las sirenas de los barcos indicando que entran o salen del puerto, los nuevos preguntan si vamos a bucear y por toda respuesta nos ven quitarnos la ropa de calle y empezar a equiparnos con los semi estancos, y asombrados escuchan como los jaleamos diciéndoles que el reparo no nos va a esperar y que hay que darse un poco de prisa.
La diferencia entre la gente que lleva tiempo buceando y los nuevos se ve en esos instantes de preparación del equipo, mientras los mas veteranos se toman las cosas con calma pero revisando cada parte del equipo, los novatos se empeñan en colocar el estribo justo al lado contrario de la grifería, entre risas cómplices le preguntas si lo tienen clareo y les dices que abra la botella para comprobar la presión de la botella y asustados dan un paso atrás cuando el aire sale a borbotones de la grifería.
Despacio les vuelves a enseñar como se monta todo, a ajustar las cinchas del chaleco, a abrir la grifería y sentir el “plop” que hace el aire al entrar en los latiguillos y darles presión, a comprobar el sabor del aire y para mi, en ese momento, volver a aquella nave, a aquella bibotella y a aquel Nemrod que me hizo desear usarlo, sentir tal como entonces el sabor seco y frío de la primera bocanada de aire a través del regulador y saber que en breves momentos la embarcación me transportaría a bucear a mi mar, a la mar.
Sentarme en la proa de la embarcación mirando el avance de la neumática, saltar con las olas que se cruzan, mojarme con la espuma que salpica dentro, volver la cara atrás y ver a mis amigos y sonreírles con cara cómplice mientras repaso los lugares de la inmersión y compruebo las corrientes para dejarme llevar por ellas al volver.
No uso trajes secos, tengo la sensación que si no me mojo no he buceado, que bucear es mojarse, es sentir ese frío sano, es envolverme luego en la toalla, es abrigarme con el jersey y los pantalones, es caer de espaldas y sentir la mar, sentir como me llena, como contrae mi cuerpo con un espasmo.
Bucear es meter la cara cuando aún floto en superficie y ver lo que me aguarda allá abajo, mas que verlo, intuirlo y sacar la cara con una sonrisa de oreja a oreja y decir: vámonos abajo, desinflar el chaleco y dar un golpe de riñón y de repente abrir manos y pies y dejarme caer como si estuviese volando, sentirme tridimensional, sentirme ligero, ver en el profundímetro pasar los metros: -5, -10, -15, -20… estabilizarme y dar aletas y volar, volar por el fondo, sobre el fondo.
Descubrir un gobio que te mira con esos ojillos que parecen tener pestañas, como se asoma un poco para verte mejor, contemplar los restos de aquel barco, sus calderas llenas de vida, sus chapas retorcidas por efecto del naufragio, de las rocas, de los años.
Recorrer sin prisas, voltearme y mirar arriba y contemplar como los rayos de luz se quiebran al atravesar el espejo de agua, como el sol brilla arriba dándole a todo un carácter irreal, meter la cabeza en un agujero y contemplar las paredes tapizadas, esa estrella que parece marrón recupera el intenso color rojo sangre al ser alumbrada.
Una explosión de vida, una orgía de colores, un lugar donde el tiempo transcurre despacio, donde mi mente se aleja de mis preocupaciones, donde impera el silencio y la calma, donde la realidad se confunde con mis sueños de niño, donde la vida empieza y no acaba nunca, donde no existen primeros ni segundos, donde no hay carreras ni prisas, donde el estrés queda abandonado en la orilla, donde mis ganas de estar vivo, de sentirme vivo, se elevan hasta el infinito.
Para luego contemplar el manómetro y hacerme volver a una realidad que sigue en la superficie y no querer subir, ascender lentamente por el cabo de fondeo mientras miro abajo esperando que esa imagen del fondo que se aleja quede en mi retina, en mi memoria, se grabe a sol y agua para soportar el resto de una semana de trabajo y preocupaciones mientras espero la llegada del próximo fin de semana.
Es el agua de la vida, de mi vida, mezclado con la brisa, con la sal, con las imágenes, mientras emprendemos el retorno al puerto y yo, de nuevo en la proa, contemplo como la mar se aleja y los barcos se ven en el puerto y Mario me dice aquello de: ¿te acuerdas cuando estabas en el hospital?, mientras yo lo miro con mis ojos verdes mar y le digo que si, que me acuerdo del día que apareció por la habitación y me llevó de nuevo a la mar, a lo profundo, a donde sopla el viento y doy gracias a ese mar por hacer que aquel año decidiera no morirme.
Entre mi ciudad y mi costa, allá donde la gran duna avanza al mar, donde los pinos crecen cerca de la línea de la costa, donde el mar toma mil formas y colores, donde la isla se hace grande y me hace sentir pequeño, donde el fondo me aguarda una vez mas.
Tarifa, la Isla, 20 de Diciembre de un año cualquiera.

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domingo, 8 de marzo de 2009

BASES DEL CONCURSO

2ª Edición Concurso de Relatos 2011/ 2012
BASES DEL CONCURSO



1) FECHAS Y COMUNICACION


- El plazo de admisión de originales será el EL 31 DE DICIEMBRE DE 2011
La lista de ganadores se notificará en un plazo máximo de 3 meses después de la finalización del plazo

- La fecha, modo y lugar de entrega de premios se realizará en el marco de la feria de buceo Dive Travel Show de 2012, dependiendo de las fechas y lugar de realización del mismo, lo que se comunicará publicamente en este blog, mailings y a todos los participantes





2) NORMAS DE PARTICIPACIÓN


- Podrán participar en el concurso todos aquellos autores que presenten sus obras en español.


- Los trabajos presentados deberán ser relatos originales en toda su extensión. No se admitirán copias de otros autores, ni en parte ni en su totalidad, y de haber algún indicio de copia o plagio, el relato quedará automáticamente fuera de concurso.

- Se presentarán de forma anónima, sin firma ni señal alguna que identifique al autor y/o su procedencia. Unicamente el título del relato será el que vincule con la Plica donde irán los datos del autor.

- En caso que hubiera 2 o más títulos iguales, la organización los identificarán por la numeración asignada según el orden de llegada.

- La extensión mínima del relato será de TRES (3) folios y la máxima de diez folios (10), mecanografiados a espacio 1’5 por una sola cara y en formato normalizado, fuente Times New Roman 12, Arial 10 o Verdana 10, con un máximo de 30 líneas por folio y 70 pulsaciones por línea.

- El tema central del relato será “BUCEO Y MUNDO SUBMARINO”, y dentro de este, temática y el estilo, de libre elección por el autor.

- No se publicarán ni entrarán a concurso cualquier relato en el que se intuya o quede evidente un maltrato a los animales, fondos marinos o cualquier elemento natural relacionado con la práctica de esta afición.

- No hay límite de obras por autor para presentar al concurso







3) FORMATO DE LOS RELATOS


La presentación de originales al concurso será en formato electrónico, en 2 ARCHIVOS INDEPENDIENTES EN WORD POR CADA RELATO, según las siguientes indicaciones:

Archivo 1: RELATO

Un sólo documento en word con la obra escrita, siendo el nombre del documento el título del relato.
Importante: en este archivo NO PUEDE FIGURAR EN NINGUN LUGAR el autor del relato ni nada que pueda identificarlo. UNICAMENTE EL RELATO.

Archivo 2: PLICA (datos del autor)

Un documento Word diferente cuyo nombre será el nombre del relato presentado y la palabra plica (“TITULO DEL RELATO - PLICA”), y en cuyo contenido figuren los datos completos del autor:

- Nombre y apellidos
- D
irección postal
- Teléfono
- Correo electrónico
- Fecha y lugar de nacimiento
- DNI





4) FORMA DE ENVÍO PARA PARTICIPACIÓN

Envío por mail o correo electrónico:
Ambos archivos se enviarán por mail tal como indicamos a continuación:

Habrá de hacerse en 2 mails diferentes y siempre adjuntando el documeto word al mensaje (NUNCA pegado en el cuerpo del mensaje).

- Mail nº 1 con el word que contiene el relato, a: relatos(arroba)relatosdebuceo.es

Indicar en el asunto del mensaje: “concurso relatos buceo”, y adjuntar el relato que se presenta a concurso en formato Word

- Mail nº 2 con el word que contiene la plica, a: plica(arroba)relatosdebuceo.es

Indicar en el asunto del mensaje “concurso relatos de buceo”, y en adjunto el documento word, de nombre “titulo relato - plica”, con los datos del autor.

Cuando un mismo autor presente varias obras distintas, deberá seguir el mismo procedimiento para cada una de ellas.

La confirmación de participación se hará mediante un correo electrónico que la organización enviará en el mismo mail recibido como respuesta y confirmación de la recepción. Si no llegara este correo, volver a enviadlo.





5) PREMIOS Y JURADO

- El concurso está dotado con 3 premios de los que se informará en los diferentes medios de información del Concurso.

- Podrán aumentarse los premios o accésits según criterios que el jurado determine a nivel general o por categorías.

- Los premios serán confirmados posteriormente según la participación de los patrocinadores y colaborados.

- Un jurado, designado al efecto, valorará los trabajos presentados y emitirá su fallo con anterioridad a la fecha de entrega de premios, para poder avisar a los premiados.

- Este jurado estará compuesto por personas relacionadas con el mundo del buceo y otras ajenas a él, con la finalidad de valorar aspectos específicos del buceo así como la calidad literaria, en vistas a promover el conocimiento del buceo a través una lectura atractiva de esta afición y su fallo será inapelable en todos los casos.

- El Jurado podrá declarar desierto uno o varios de los premios con que está dotado el concurso, así como resolver aquellas situaciones no contempladas en las presentes Bases, o dudas que se planteen sobre su interpretación.

- El fallo del Jurado se hará público a través de los medios de comunicación disponibles y además se notificará personalmente a los autores de los relatos ganadores.







6) PUBLICACIÓN Y PARTICIPACIÓN

- El presente concurso será promocionado por diferentes medios para llegar a la mayor difusión posible (webs, mailing, foros, blogs, revistas, ferias, centros de buceo, tiendas de deporte y submarinismo, centros de ocio, agencias de viaje, empresas de tiempo libre, escuelas de buceo, universidades… etc)

- La actualización de información, premios, participantes, colaboradores, patrocinadores, noticias… etc. relativas al dicho concurso, estarán públicamente abiertos en un blog/web habilitado en exclusiva para este tema.

- Todos los relatos participantes se colgarán ANONIMAMENTE en dicho blog, donde los visitantes podrán valorar dichos relatos.

- Igualmente podrán colgarse en otras webs o medios escritos que se consideren oportunos y que se informarán debidamente en el citado blog/web.

- Los participantes, al enviar sus relatos, aceptan estas condiciones y aprueban que sus escritos queden publicados en los medios indicados en estas bases.

- Tipinat Viajes SL, como empresa organizadora del concurso, estará facultada para editar un libro con una selección de los mejores trabajos presentados al concurso, ganadores o no.

- La participación en el concurso implica la aceptación de que los trabajos seleccionados por el Jurado puedan ser incluidos en la mencionada edición. En este caso, los autores premiados y/o seleccionados recibirán cuatro (2) ejemplares de la edición realizada.

- Una vez comunicado a los ganadores el fallo del jurado, estos comunicarán a la organización si pueden ir a recoger personalmente en cualquiera de los lugares y fechas indicados o si delegan en alguna persona. En caso de no poder asistir ni delegar, deberán indicar una dirección para hacer llegar los premios, a portes debidos. Si alguno de los ganadores no respondiese a las comunicaciones de la organización hechas personalmente por mail y teléfono - dejando mensaje grabado en caso de no haber respuesta-, en el plazo de un mes desde la primera comunicación, caducará a todos los efectos.

LA PARTICIPACIÓN EN ESTE CONCURSO, IMPLICA LA TOTAL ACEPTACIÓN DE ESTAS BASES.







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PRESENTACIÓN DEL CONCURSO

II CONCURSO DE RELATOS DE BUCEO Y MUNDO SUBMARINO

Porque no sólo de burbujas vive el buceador, y todo lo que tiene relación con el mundo submarino nos engancha, os ofrecemos un motivo para extender nuestra afición al mundo de las letras.

Desempolvad las plumas, los recuerdos, las historias……
Sacad lustre a las ideas y dejad que fluya la vena de escritor que todos llevamos dentro.
¿Quién no tiene algo que contar?
Este es el momento de dejarlo por escrito.Historias, anécdotas, vivencias, experiencias, encuentros, descripciones, viajes… todo lo que tenga que ver con el buceo y el mundo submarino.
Realidad o ficción, en prosa o en verso…
En clave de humor, con rigurosidad técnica, formal o desenfadado…
Cualquier cosa que os haya ocurrido o donde la imaginación quiera llevaros…
Todo es susceptible de convertirse en relato, y basta con seguir las bases, para entrar a formar parte del concurso.



Esta es la pretensión:
Cubrir un hueco en la bibliografía del submarinismo.

Que al lado de los libros técnicos, de formación, las guías de inmersiones, los relatos históricos o descubrimientos, haya un sitio para NUESTRAS historias, lo que conocemos y vivimos los buceadores “de a pie” y que ocupe un lugar privilegiado en nuestra estantería de buceo.
Tan sencillo como hacer más llevadero el tiempo fuera del agua con lecturas que nos trasladen a nuestro elemento favorito.
Y aún más, hacer partícipes a otros de nuestra pasión compartida a través de una lectura amena, divertida, y desde luego creativa.

¿Te apetece ser protagonista?

Pues... ¡¡Animo, suerte… y a escribir!!

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domingo, 1 de febrero de 2009

COLABORADORES Y PATROCINADORES.

ORGANIZADORES DEL CONCURSO DE RELATOS DE BUCEO

Viajarsolo.com

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