lunes, 28 de diciembre de 2009

108. PLACENTA SALADA.

Primero fue la llamada, se tiró un montón de tiempo al teléfono. La llamaban otra vez del trabajo, del Instituto Meteorológico. Cuando terminó se paseaba por la casa como un zombi de las películas con la mirada sin fijarse en nada, amasando nerviosa aquel colgante con forma de tortuga que se había convertido en su amuleto. Luego se puso a mascullar cosas que no se le entendían y se enganchó al ordenador. Estuvo toda la mañana, para que luego me eche a mí la bulla cuando estoy más de hora y media jugando con el Spectrum. Me pilló en el trastero poniendo los reflectores a la bici. Anda, ayúdame. Tenemos que encontrar la caja del equipo viejo.
Yo lo había visto alguna vez por allí, cuando era más pequeño jugaba con él. Me ponía aquel regulador enorme en la boca, me calzaba las aletas ya cuarteadas de regaliz añoso y andaba por la casa como un pingüino desmañado. Mi madre decía que alguna vez podría bucear con ella. Pero luego llegó lo del asma. Cuando me daba fuerte, me quedaba como cuando te dan un balonazo fuerte en la tripa y no puedes ni respirar. Mamá decía que lo de los médicos avanza muy rápido y que tarde o temprano inventarían algo. Después de un buen rato rebuscando, lo encontramos detrás del proyector de diapositivas y las cajas de los fascículos. Estaba todo polvoriento, mamá rebuscó en la bolsa y sacó el manómetro. Había sal incrustada en los bordes, el profundímetro se había quedado paralizado en veinticuatro metros durante quince años.
-Desde que estaba embarazada de ti. Tuve que estar sin remojarme durante un tiempo y cuando lo retomé me compré el nuevo.
-¿Y ahora para qué lo quieres?
-Tú vas a usar el mío nuevo y yo voy con el antiguo. Hoy vas a bucear por primera vez.
-Venga, mamá, no me vaciles. ¡Si estás siempre con que no tengo los años y con la monserga de si me da uno de los ataques!

Todavía no hemos conseguido categorizar los restos encontrados. Un falso saco ventral externo, extremidades inferiores palmeadas, algo que se asemeja a un ojo único y las dos formas antropomórficas unidas. Lo que al principio podría parecer una caja más de sedimentos del sector 17 ha revolucionado a todo el departamento. La excavación estratigráfica que en una primera prospección parecía irrelevante, se ha convertido en un hallazgo desconcertante. Nunca pensé que llevando sólo dos años en la excavación fuera a cambiarme tanto la vida. A pesar de todo mi cabeza está en otras cosas, la orquídea que dejó parece como si se estuviese secando, yo nunca he entendido de plantas. Le echo las bolitas de gel pero nada.

-Es una excepción. ¿Sabes lo que es una excepción? Pues algo que se hace una vez y ya está. Le dio la bolsa del equipo ligero que el pequeño acomodaba con dificultad en la parte trasera del coche.
Sara dio un golpe al portón y pasó al coche. Desde su asiento se contorsionó nerviosa hasta la guantera, rebuscó entre los papeles y los casetes y encontró uno de los inhaladores. Samuel ya se estaba abrochando el cinturón, Sara le pasó el tubo.
- Mamá, pero si hace ya un montón que no lo necesito.
- No empecemos con tonterías. No tengo tiempo para discusiones. ¡Lo llevas y punto, no hay más que hablar! Y arrancó con un acelerón.

Las hojas están de un verde más claruzco como desdibujado. Además ahora pululan mosquitos que salen de la raíz. No sé, en fin. Hoy hemos hecho el análisis de los restos anexos, no parecen un ajuar funerario por que algunos encontrados de la misma especie no presentan estos aparejos. Más parecen propios de algún tipo de actividad. El análisis neutrónico no ha sido capaz de determinar el momento exacto, he adjuntado el informe palinológico y el proceso tafonómico de los huesos, aunque todo parece indicar que la fecha en la que se fosilizaron fue en el momento del Cambio. Si le llevara la planta a lo mejor ella podría recuperarla, me da tanta pena. Pero, como aquello acabó como acabó. Vuelvo a lo mío, es necesario hacer un pulverizado de pruebas para la datación exacta.

Los latigazos húmedos bamboleaban a los dos buceadores. Sara alargó el inhalador a Samuel que adivinó su mano entre el batir de las olas y aspiró un par de veces. Sorbió con un extraño sabor a sal y menta. Rodeó al pequeño liberándole del pulpo de latiguillos que le enmarañaban. Tenía la respiración acelerada y un silbido agudo que el agua no dejaba oír. Sara miró de nuevo su reloj y le rozó la cabeza. La capucha de neopreno amortiguó la caricia.
-Vamos, si me has visto hacerlo un montón de veces.
-Ya, pero si no me sale lo de las gafas, me van a picar los ojos.
Sara intentó esbozar una sonrisa nerviosa que apenas se adivinaba entre la capucha y las gafas. Samuel notaba el bamboleo de las olas en su estómago. Tranquilo, dijo ella, mientras empezaba a vaciar los chalecos. El ascensor hacia el fondo abandonaba el vaivén racheado de la superficie. Ahora todo se ralentizaba.

Un pequeño tubo en forma de cilindro. No sabemos si pudiera ser de este yacimiento o fruto de un arrastre de zonas próximas. Los análisis demuestran que algunas de las características de los sujetos, que al principio pensábamos que eran propios de su fisiología, no son más que aparejos que llevaban puestos y que fruto de la sedimentación se han adherido a los restos óseos, el departamento de Evolución y Génica así nos lo ha confirmado. Tendremos que seguir analizando los usos que daban a este instrumental. Sólo tres batas en el perchero, echo de menos una bata más y la invitación a la máquina de hidrofilizados.

Todo quedó en silencio. Tan sólo el parpadeo sonoro de las burbujas y el chisporroteo suave del fondo en un vaivén. Sara se puso de frente a Samuel y cada poquito le marcaba que compensara. Todo iba bien. La señal de los dedos unidos formando una o y el abanico de los dedos restantes como pregunta y la idéntica respuesta se convirtió en el pausado diálogo de los dos. Las bocanadas frenéticas de Samuel se fueron pausando conforme la ingravidez ralentizaba sus movimientos. Sara cogió a Samuel de la mano y le tranquilizó señalándole un banco de castañuelas, entre las rocas un pulpo escabulléndose, las bocas de las morenas bravuconas que surgían entre los pliegues de las paredes. Sara apenas miraba su ordenador, el tic constante era para consultar su reloj.

Ha llegado el informe complementario de la unidad de Antropología. Al parecer algunos ancestros se sumergían en las cuencas para compartir el hábitat con los seres acuáticos, iba más allá de lograr algún fin específico de esta actividad como la captura de animales para su alimentación. Éste puede ser el motivo por el que encontramos los restos en el sector 17, aunque todavía queda por reconocer el fin de artefactos como la pequeña figurilla en forma de animal acuático prendida al cuello de uno de ellos. Todavía no conocemos el motivo por el que estaban unidos, como abrazados. Desconocemos muchos de los elementos que acompañan a este hallazgo. Y quizá sigamos desconociéndolo por mucho tiempo. Hoy he decidido llevarle la orquídea, seguro que de nuevo podría volver a florecer. Cuando salí del laboratorio, algo cayó del cielo. Sentí una sensación extraña. Era una gota de agua. Según las noticias, el clima está cambiando y quién sabe si las cuencas volverán algún día a cubrirse.

Pocas personas lo sabían. Los trabajadores del Instituto Meteorológico extendieron la noticia aquella misma mañana entre sus conocidos como una serpiente de dominó que iba golpeteando a cada ficha. Sara vio que su octopus empezaba a perder aire, revisó los manómetros. Ella, cincuenta bares; Samuel, diez. Siguió descendiendo sin preocuparse. Sara decidió que lo mejor sería pasar los últimos minutos, en los que todo se iba a acabar, de aquella manera: la primera vez que Samuel experimentara el respirar bajo el agua. Cuando el reloj marcó la hora, Sara cogió a Samuel que se entretenía con el baile ceremonioso de unas medusas. Le cobijó contra su pecho, arrullándole en aquella placenta salada.

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107. DE POR QUÉ LAS PERLAS SE PUEDEN CULTIVAR.

“Sigue la estela del pez de colores y disfruta del camino”.
Antiguo proverbio de los pescadores de perlas de Tahití.

Lucía se demoró un poco en salir vestida de neopreno. De pronto, se sintió sin fuerzas. Tras dejarlo con Toni estaba exhausta. Luchar para recuperarle había resultado además de muy duro, inútil. Se encontraba en el Estrecho de Tirán, en la Península del Sinaí, en pleno Mar Rojo. Su amiga le había convencido para que fueran: “En la inmensidad del mar te volverás a encontrar”—sentenció. Era su primera inmersión, pero no estaba nerviosa, estaba apática. No se reconocía. Ella que tenía siempre los sentidos a flor de piel, su interior en los últimos meses dormía. Sin embargo, cuando miró por la ventana y se encontró con un azul tan intenso, tuvo que parpadear para no quedar cegada.
Una vez en la cubierta se colocaron el equipo y poco a poco se zambulleron en las espectaculares aguas del arrecife de Thomas Reef. El mar tan celeste se oscureció en la bajada hasta convertirse en azul eléctrico. La visión era asombrosa y espectacular. La sensación de bienestar se acrecentó cuando una tortuga paseó junta a ella nadando naturalmente, segura de sí misma y majestuosa. Notó cómo flotaba en el fondo. En su mente sólo había sitio para aquella escena tan especial que hizo que sus ojos se humedecieran cuando de la nada un grupo de peces de azul eléctrico la atraparon entre ellos. Se sintió tan arropada que las lágrimas terminaron por aflorar. De las cosas más increíbles que había vivido en su vida no estaban pasando en la superficie sino varios metros bajo el agua.
Su monitor le hizo señas para comprobar que estaba bien. La sonrisa que desprendía su mirada le contestó. Era tan asombroso que algo en ella cambió. Buscó a su amiga y con gestos expresó su felicidad. Habría un antes y un después de aquella inmersión. Se sintió bendecida por una sensación de paz que había sido descrita más de una vez por su amiga. Volvería a repetirlo. Una raya punteada pasó a su lado y experimentó un sentimiento de libertad que no había notado nunca.
Cuando subieron a la superficie estaban emocionados. Comentaban la suerte que habían tenido de disfrutar de peces y tortugas. Lucía participaba de aquéllo: describía las tonalidades tan sorprendentes con que se había encontrado en el fondo y se sentía viva otra vez.
Desde la embarcación admiraron el carguero panameño que encalló en los ochenta y disfrutaron de los colores que gobernaban el arrecife de Gordon Reef al que llegaban: desde el azul marino hasta el casi blanco pasando por un turquesa profundo. La naturaleza parecía llamarla.
Un chico del grupo de buceo se acercó a Lucía sonriendo y la ofreció un refresco.
- Es alucinante, ¿eh?
- Es genial, sí -sonrió ella.
- ¿Algún problema del que huir de tierra firme? -espetó sin perder el tono simpático que le rodeaba.
- Pues sí. De uno noventa y ojos verdes -dijo por primera vez sonriendo hablando de él.

- Entonces hay que remojarse para que encoja - y el comentario hizo que rieran al unísono.
Mientras se desplazaban hacia Jackson Reef degustaron unos platos preparados con arroz muy condimentado. Las corrientes parecían más vivas que antes. El monitor avisó sobre el peligro de los corales de fuego y la posible presencia de los tiburones martillo.
El oleaje se hacía cada vez más fuerte pero se prepararon adecuadamente y realizaron la inmersión. El fuerte viento empezó a arrastrar a Lucía. Su amiga logró subir a cubierta, pero ella pagó su inexperiencia y auque lo intentaba no lo conseguía.
Tacho, el chico con el que conversó, la sostuvo con energía evitando que la corriente se la llevara. Enseguida el monitor le ayudó y el pequeño rescate se realizó con éxito. El compañerismo y el buen hacer del grupo evitó un mal mayor.
Volvieron a la zona de aguas más tranquilas. Fueron subiendo a la parte más alta del barco y se dieron un chapuzón mientras los menos atrevidos bailaban ritmos árabes a golpe de cadera.
A la vuelta los delfines juguetones les saludaban. Los ojos de Lucía se quedaron tan abiertos al mundo como solían estar. Sólo necesitó bucear un poco y “cultivarse”.

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domingo, 27 de diciembre de 2009

106. EL DÍA DEL TIBURÓN

17 grados de temperatura, diciembre, el mar está en calma.
Hacía ya 3 meses que no apuntaba en mi divelog nuevas experiencias y estoy con muchas ganas de contar mi dia de mar. Hoy fuí con 3 compañeros de aventuras que han visto conmigo muchos pecios, el mas impresionante el thistlergorm el cual conocia por los documentales pero cuando lo ví con mis propios ojos me quedé estupefacto de la impresión que da ver el carguero con todos los objetos que llevaba, las motos, fusiles, coches y hasta una locomotora.
Pero en el rojo no es solo eso lo que me fascinó, su fondos de corales y su diversidad de peces lo convierte en un paraíso para los buceadores, por no hablar de la temperatura tan agradable del agua que hace que no quieras salir nunca.
Hoy al rojo no va a poder ser pero para agosto no me lo pienso, hoy nos hemos reunido para ir a a Lloret, que quiero probar la nueva cámara de vídeo y tengo muchas ganas de grabar. Las mujeres hoy no se han querido bañar que dicen que el agua esta fria para ellas, siempre tienen alguna excusa... pero tienen ganas de hacer la coña y nos han hecho vestir con el traje de papa noel por encima del traje de buceo, nos hemos hecho fotos en poses divertidas y para el agua nos hemos ido entre risas de ellas por detrás.
No me he puesto el traje seco porque es incomodo para llevar la camara de video pero mucho frio no he pasado.
Los compañeros no si era por el traje rojo pero se han acercado a un banco de peces que no se han movido del sitio, han estado junto a ellos y me ha quedado el video genial porque estaban para morirse de risa mirando los dos simetricamente puestos uno delante del otro y los peces sin inmutarse.
No ha faltado de nada debajo del agua nos hemos llevado hasta el cava, nos quitabamos el regulador y a chupar de la botella y es que para nosotros ir a bucear es como para otros ir al bar, una reunión de amigos y que no falte de nada.
Pero el momentazo del día ha sido cuando nos hemos topado con un tiburón, esto si que no me lo esperaba, después de mas de 100 inmersiones en Cataluña por fin un ejemplar, avisé a mis compañeros y vinieron ipso facto para contemplar el bello ejemplar de unos 40 centímetros que tenia delante. Parecía de la misma escuela del ejemplar de la película de Spilbert porque se dejó filmar estupendamente y hasta los compañeros se pusieron al lado para que los grabara, así ya tienen anécdota para contar a sus futuros nietos.



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105. RIVALES

Nunca supieron con certeza cuál de los dos la descubrió antes. El buceador inglés afirmaba que había sido él, pero el submarinista portugués aseguraba que él la había encontrado primero. Pero los dos estaban de acuerdo en que era bellísima.
La estatua de mármol, aposentada en aquella zona arenosa entre rocas, como en un fastuoso templo, en una penumbra irisada, representaba, sin duda, una deidad antigua, seguramente a la Venus romana.
La diosa del amor mostraba en sus labios una sonrisa incitante, casi lasciva. Con los párpados ligeramente abatidos, parecía ofrecer una promesa de placer irresistiblemente atrayente. La mano izquierda se posaba en uno de sus pechos, de forma delicada, haciendo que lo que quedaba visible resaltara aún más su perfección redondeada y turgente. La mano derecha se detenía sobre su pubis con una pose imposible de definir que podía ser interpretada como pudor o como provocación, según quién la contemplaba y el ángulo de visión desde el que lo hiciera.
El buceador inglés la encontraba extremadamente pudorosa, mientras que el portugués la veía como una volcánica demostración de consumado erotismo.
Sin embargo, tal contradicción convergía en un mismo efecto: ambos se sentían extrañamente excitados por aquella belleza femenina y marmórea, que se hallaba en una cota de profundidad de 25 metros, en los fondos de aguas transparentes de la bahía de Mazarrón, en el llamado Bajo de Emilio.
En las horas nocturnas, el efecto que se producía junto a la Venus era mágico, sobre todo si no había luna. El plancton en suspensión brillaba con fosforescencia amarilla de luciérnaga submarina, meciéndose como en un vals acuático suavísimo alrededor de la estatua. Entonces la silueta femenina se mostraba como una aparición.
Algunas veces ocurría que un banco de bogas, agrupadas en cardumen, nadaba alrededor de la diosa buscando refugio, perseguidas por algunos dentones hambrientos que a su vez buscaban presas. El movimiento del agua revelaba remolinos y estelas de fosforescencia milagrosa. En momentos así la Venus del mar parecía cobrar vida y movimiento.
Por eso, los dos submarinistas buscaban esa hora oscura de noche sin luna para visitarla y adorarla. En aquel mundo de silencio, sólo roto por el burbujeo del aire de las botellas que ascendía con leve rumor, las tinieblas cobraban color, gracias a la luz de las linternas que hacían brillar el rosado caparazón de las gambas y los camarones, de ojos brillantes
Nunca supo ningún buceador de la zona cuál de esos dos extranjeros había visto primero esa estatua, tan conocida por los buzos de la zona. Tampoco supo ninguno cuál de los dos perdió antes la razón embrujado por su belleza de mármol. Y menos aún, cuál de los dos atacó primero. Pero sí que habían luchado con saña suicida ahí, a 25 metros de profundidad, disputándose el imposible amor de aquella estatua de diosa romana.
Los dos cadáveres aparecieron flotando entre dos aguas con los latiguillos de los reguladores cortados, los neoprenos rajados a punta de cuchillo y los cuerpos ensangrentados. A su alrededor, los peces mordisqueaban sus rostros descubiertos.

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104. DIVINIDADES DE MAR

El grupo de unos 30 individuos se aproximó a la gran silueta que se deslizaba sobre la superficie. Era un extraño ser que superaba el tamaño del mayor de ellos. Debía tratarse de un animal hembra porque de repente salió de él un ser mucho más pequeño. Seguramente acababa de parirlo.

Una de las hembras de calderón común, que también había parido aquella mañana, se le acercó seguida por su cría, que al ser recién nacida permanecía a flote junto a su enorme madre. No tenía el mismo aspecto que su pequeño, aunque, no sabía por qué, le pareció la criatura más hermosa que hubiese visto jamás. Sus aletas estaban mucho más desarrolladas que las de los pequeños de su manada y se movía con flexibilidad como si fuesen tentáculos de pulpo o de calamar, aunque con una gracia muy superior. Su piel era preciosa, negra con unas listas laterales de unos colores tan brillantes como los de un pez payaso, una anémona o una estrella de mar. La cara mostraba unos enormes ojos planos y brillantes.
Su bebé se acercó al extraño recién nacido, que también parecía contento de tenerlo cerca. La hembra de calderón emitió un sonido de aviso para su pequeño. Debía tener cuidado. El extraño ser no parecía peligroso, además su tamaño era muy inferior al de cualquiera de los calderones, pero nunca se sabía. Podía ocurrir que atacara, pese a su escasa envergadura, con algún veneno, como las medusas, o con una descarga eléctrica, como las rayas.
El mar era tan grande, pero tan conocido para aquella manada de cetáceos que la aparición del ser y de su cría, les resultaba a todos de lo más excitante. El grupo al completo se aproximó con curiosidad. Sin poder contener su excitación, tanto los machos como las hembras iniciaron una serie de chillidos, sumergiéndose y emergiendo repetidamente alrededor del gran ser. Los jóvenes, los más nerviosos, mostraban su contento con saltos en el aire y zambullidas sonoras que levantaban enormes círculos de espuma marina.
-¡Rosa, no te alejes del barco! –gritó el patrón desde cubierta.
-¡Son magníficos! –exclamó a modo de respuesta la bióloga.
-¡Sí, pero ten cuidado con ese macho!
En efecto, un gran ejemplar de macho de calderón se había acercado tanto que rozó con la cola el casco de la embarcación que se meció como por efecto de una ola de mar de fondo.
Los pasajeros de la goleta no salían de su asombro y asistían con una mezcla de entusiasmo y temor a la escena.
Cuando habían avistado el grupo de calderones, se había desatado una actividad festiva a bordo.
-¿Os traigo al mejor sitio o no? –preguntó sonriente el patrón.
-Desde luego.
-¡No se puede dudar!
Si se trataba de avistar cetáceos, no podía haber sido más oportuno el encuentro.
-¡Madre mía! –exclamó Rosa sin dejar de observar el panorama tras los gemelos- He empezado a contar y he perdido la cuenta al llegar a treinta.
-Es que, como no paran de moverse, es difícil contar con exactitud, pero desde luego es un grupo numeroso.
-¿Te has fijado? Llevan crías.
-Y muchos jóvenes.
-¡Se acercan! –gritó uno de los turistas.
Todos prepararon sus cámaras digitales y sus tomavistas.
-Ellos sienten tanta curiosidad por nosotros como nosotros por ellos –aseguró el patrón.
-Me pregunto qué creerán que es un barco como éste –dijo uno de los pasajeros.
-No sé, tal vez una especie de divinidad de los mares –apuntó otro.
-Seguramente es así –afirmó el capitán.
Mientras, en el agua, los calderones continuaban nadando alrededor del barco y de la bióloga vestida con neopreno, subyugados por la apariencia de aquellos seres desconocidos que creían divinidades del mar.

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103. UN ESCÉPTICO EN DARWIN

Hacia tiempo que oía hablar de las expectativas que despierta la isla de Darwin. Es en realidad, un maldito islote de piedra volcánica en medio del Pacífico, muy alejado de cualquier otro punto que suscite el menor interés. El viaje fue largo, hicieron falta muchas horas de navegación. La travesía me dejó agotado. “A Darwin no se va, se llega” les decía de manera insistente a mis compañeros cuando aún ni si quiera se veía la silueta de la roca. “El viaje vale la pena solo para venir aquí”, me decían. Siempre me ha dado miedo entusiasmarme demasiado si hay la posibilidad de fracasar. Así que esta vez, todos los comentarios que me parecían excesivamente optimistas, decidí ponerlos secretamente en reserva.

Darwin se hizo rogar, pero por fin llegamos. Ahora tendría que ver si todas esas expectativas se cumplían o tendrían que dejar paso a los consuelos fundados en la poca visibilidad, las corrientes, la temperatura del agua.... o vete tú a saber que otro argumento de urgencia. Pero no. Fue coser y cantar. Seis, siete, ocho.... diez! No hubo acuerdo sobre la cantidad de esos seres extraordinarios que habíamos encontrado. Un compañero me explicaba que ya había visto algún ejemplar aislado antes, muy lejos de aquí. Ahora bien, no le había impresionado tanto como en esta ocasión, en la maldita isla de Darwin. Para mí y para otros, ésta había sido la primera vez.
Ciertamente, son seres fuera de lo normal. Movimientos sinuosos, de reacción rápida, pero incapaces de evitar algún pequeño encontronazo cuando las corrientes y las trayectorias nos llevaban hacia la colisión. Lo vi en un par de compañeros que, por suerte, no se hicieron daño. No me hizo ninguna gracia. Lamentaría mucho haber venido hasta aquí para acabar con lesionados. Todos me parecieron más o menos iguales. Podían ser más grandes o más pequeños, pero extremadamente iguales. La forma de las aletas, los diferentes tonos y manchas de la piel son, al menos, pequeños detalles que los diferencian unos de otros, y a su vez, permiten que se reconozcan entre ellos. De paso, también son útiles para que los reconozcamos nosotros. De hecho, fueron estos detalles los que permitieron disipar las dudas sobre si todos los ejemplares eran diferentes o era el mismo que giraba una y otra vez. Una cosa me cautivó: sus ojos. Claramente desproporcionados respecto a las dimensiones de su cuerpo, pero de una gran brillantez. Cuanto más cerca los tenia, más brillaban, y justo en ese momento, más se aceleraban los movimientos de sus aletas, también desproporcionadas.
Los compañeros estaban exultantes. Gritos de alegría desmesurada, gesticulación hiperexpresiva y adjetivos superlativos se enfrentaban a mi escepticismo más sólido. Realmente había valido la pena? Su medio cada vez está más degradado, tienen problemas de subsistencia y el futuro que les espera no les es muy favorable. Y nosotros hemos de estar aquí molestándolos? Incluso he tenido la sensación que eran ellos los que me miraban a mí, interrogándome. Si puedo, la próxima vez los evitaré. No me han parecido demasiado interesantes.
Lo que no he conseguido averiguar es para qué demonios les sirve esa columna de burbujas que cíclicamente sale de su cabeza hacia la superfície. ¡Para que luego digan que los tiburones ballena somos raros!

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miércoles, 23 de diciembre de 2009

102. OLOR, SABOR Y COLOR DE RECUERDOS INOLVIDABLES.

El coadjutor de la parroquia de los Santos Mártires, iba todos los domingos a decir misa a una aldea situada a varios kilómetros de Málaga; esta aldea marinera se llama Benajarafe; el sólo nombre de la aldea sabe a dátiles y huele a camello.

Las juventudes de algunas parroquias de Málaga íbamos allí de vez en cuando a representar obritas de teatro, y a bailar bailes regionales, y así recaudar fondos para construir una iglesia, pues en esta aldea no había.

En una cuadra con forma de patio, con un fuerte olor a pienso, vacas y zotal, que era, permítanme la metáfora, “tela marinera para los sentidos”, se improvisaba el escenario. Aquella tarde, antes de empezar el festival, en una mesa con un bonito paño blanco, bordado con motivos litúrgicos y vegetales, que colocaba una vecina, se celebró como siempre la misa en la playa.

Encima de la mesa encendieron dos velas. Una a cada lado, cuyas llama debido a la brisa destelleaban un color rojo azulado. A mano izquierda la Biblia, y en el centro el cáliz y la patena, dónde se simboliza o transfigura el pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor.

Allí nos juntamos los que habíamos ido de Málaga y los vecinos de todos los cortijos de alrededor. Mientras se hacían los preparativos, las gaviotas volaban y graznaban alborotadas, seguro que inquietas de ver a tanta gente. No muy lejos había una barca (como aquella de Manuel Benítez Carrasco, de la que decía que con sólo nombrarla olía a marismo la boca y sabía a sal la palabra. Un grupo de submarinistas buceaban bajo ésta, contemplando maravillado las plantas y los peces multicolores que habitan en el arrecife y la formación “marcial” con la que se desplazan las langostas, y las figuras geométricas que dibujan en el agua los bancos de peces cuando van de un lado para otro.

Antes del comienzo de la misa, los buceadores salieron del mar, y dejando el equipo de submarinismo junto a unas rocas cercanas, se unieron a nosotros.

En mitad de la liturgia, que en aquella época se decía en latín, cuando el sacerdote levantó la Sagrada Forma y dijo:

ECCE AGNUS DEI QUI TOLLIT PECCATA MUNDI
(Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo)

Se hizo un silencio impresionante. Las olas del mar que al romper en la orilla chocando contra la arena, daban reiterativos golpes y las revoltosas gaviotas enmudecieron de pronto, los rayos del sol que ya estaban casi escondidos detrás de la cima de los montes, iluminaron la escena con un resplandor inusual. Se intensificó el aroma de los jazmines, de la albahaca y del azahar, que es la flor de los naranjos que embellece el paseo. Todos estos fenómenos de la naturaleza aparentemente irreales, junto con el inconfundible azul del cielo de Málaga impregnado de perfumes orientales, como dijo el poeta, y su original olor a marismo, creó una simbiosis que parecía que se iba a abrir el cielo y la potente y majestuosa voz de Dios iba a sonar diciendo:

“Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mi complacencia”.

Años después, al pasar por la carretera, pude ver con emoción en la antigua aldea de Benajarafe, la altiva torre de una iglesia de estilo mudéjar, o de ladrillos cara vista, como le llaman ahora.

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domingo, 20 de diciembre de 2009

101. ¡¡¡EL DÍA MÁS FANTÁSTICO!!!

El 10 de julio de 2.008 viví una experiencia inolvidable y creo que fue ¡¡el día más feliz y apasionante de mi vida!!. Se cumplió algo con lo que había soñado cantidad de veces: ¡¡Tuvimos un encuentro con delfines!!. ¡¡Fue sensacional!!.
Estábamos en el Mar Rojo. Era la quinta vez que íbamos, mi marido Julián y yo, pero ésta tenía de especial que venían mi sobrina Berta y su marido José Luis, (enganchados al buceo “gracias a nosotros”, igual que mi otra sobrina Nazaret y Rubén, que acaban de empezar). Hacíamos un crucero en el “Carlton Queen” por la zona Norte, en Sharm El Sheikh y como en otras ocasiones pudimos gozar de las maravillas que ofrece este fascinante Mar, pero lo que narro a continuación no lo había visto jamás.
La aparición se produjo inesperadamente: Primera inmersión del día, 8 de la mañana, Estrecho de Gubal e íbamos al Ulises, un pecio pequeño con mucha vida en sus alrededores.
En esta ocasión no saltamos del barco, nos llevaron en zodiac y durante el trayecto, de pronto, vimos delfines saltando en superficie. Nos escoltaron unos minutos. ¿Quizá como presagio de que querrían estar con nosotros...?. No pudimos hacer mucho más que mirar, gritar y silbarles, con el fin de llamar su atención, al ir totalmente equipados, sentados uno junto a otro, botella a la espalda, etc. etc., pero la adrenalina se nos disparó a todos y la excitación fue total...
En mi interior surgió, con una gran fuerza indescriptible, el pensamiento y el deseo ardiente de que nos seguirían en las profundidades y así me lo repetía constantemente, como si de esta forma fuera a lograrlo...
Llegamos al punto de destino y una vez que nos sumergimos, enseguida, vino un solo ejemplar que dio unas vueltas y se alejó y ya la euforia se apoderó de nosotros…
Había bastante corriente y nos extrañó que iniciáramos el recorrido en contra, (luego nos explicaría el Divemaster que lo hizo porque de esta forma, las burbujas llamarían más su atención). Costaba mucho esfuerzo avanzar, hasta que nos dijo que diéramos la vuelta y surtió su efecto: ¡¡Se aproximaba un grupo de unos 15 o 16 individuos que revolotearon y serpentearon entre nosotros!!. ¡Increíble!. Estaba exultante, les llamaba, les chillaba, gesticulaba..., (aunque parezca mentira, estuve afónica durante unas horas). ¡¡Fabuloso!!. Nos miraban, los veíamos, subían, bajaban, danzando y realizando un sinfín de cabriolas. Eran ellos los que hacían con nosotros lo que querían... Julián intentaba filmarles, (estrenábamos cámara de video en este viaje), aunque con mucha dificultad debido a tanto movimiento, pero aún así, tenemos un buen recuerdo en el que además se oyen..., como si nos hablaran... Yo estoy convencida de que me oían y me contestaban...
Continuamos e inmediatamente vimos el Ulises y antes de llegar a él, contemplábamos un bello pez Piedra al que Julián grababa y oyó que volvían, (yo no me di cuenta, pero en el vídeo se aprecian perfectamente los sonidos que emiten). Se giró rápidamente y pudo captarlos. Otra vez esa inmensa alegría..., mi entusiasmo era tremendo... Nos deleitaron de nuevo con sus acrobacias y se fueron…
Había mucha corriente y antes de organizar la entrada al pecio nos indicaron que nos detuviéramos, de forma que nos tuvimos que agarrar, algunos ya en la propia estructura del barco, otros, como nosotros, a 3 o 4 metros en un arrecife precioso repleto de peces Sargento, de los que Julián consiguió una estupenda filmación y ensimismados en nuestro hallazgo, no nos dimos cuenta de que se presentaron 2 de los delfines, penetraron en una gran cavidad del Ulises y estuvieron jugueteando con el Divemaster. Nos contaron que fue muy bonito.
Resultó una vivencia única e incomparable y cuando lo rememoro, me invade tal placer…, cierro los ojos y consigo reconstruir aquellas prodigiosas escenas.
Pero lo excepcional de la jornada no acabó aquí. Todavía nos esperaba otra gran sorpresa...
Por la tarde, después de la tercera inmersión –fue el único día que decidí no hacer la nocturna- tras ducharme, me vestí definitivamente para acabar el día. Cogí mi cámara de fotos (siempre la llevaba conmigo) y me senté relajadamente..., cuando de pronto, oí: “¡¡Delfines!!, ¡¡delfines!!”. Intenté divisarlos, pero ante semejante alborozo en cubierta bajé disparada y ya estaba lista la zodiac para salir, todos llevaban traje de baño, no me lo pensé, subí, con gafas (soy miope), cámara y vestida..., e iniciamos el recorrido para llegar hasta ellos, ¡¡fue alucinante!!, allí estaban, haciendo todo tipo de piruetas y jugando y yo creo que pidiéndonos que les acompañáramos… Tengo la total convicción de que así era.
La gente se echó al agua y yo ni corta ni perezosa, no iba a ser menos por ir vestida y no tener traje de baño, me quité la camiseta y la falda/pareo y se lo di al Capitán -quien nos había llevado- junto con las gafas y la cámara. Me zambullí y nadé todo lo que pude, con el objetivo de alcanzarlos..., pero imposible conseguirlo, los veía brincando allí mismo y se mueven con semejante rapidez que era una auténtica locura, seguíamos todos dispersos en el agua y tan pronto aparecían como desaparecían... Me sentía tan dichosa de estar allí, con ellos, en la inmensidad del Océano...
Recordé a Jacques, el protagonista de “El Gran Azul” y por unos instantes, fantaseé y sentí el deseo de acabar como él… ¡¡Me fascina el mar y me atrae poderosamente!!.
Se alejaron y algunos volvimos a la neumática, otros se quedaron en el agua y nuevamente nos dirigimos a su encuentro. Me tiré, nadé… y se repitió el extraordinario espectáculo... ¡¡Estaba como loca de contenta!!. Era insólito: había visto y estado con estos encantadores y amistosos cetáceos varias veces, en pocas horas...
Empezaba a atardecer y opté por subirme a la embarcación, (sólo me siguieron dos personas y el resto permaneció en el agua, ya que podrían recurrir a otras lanchas que habían llegado después). Me acordé de que en otra ocasión y también el Mar Rojo y al atardecer, nos acercaron a unos delfines, pero no nos metimos en el agua porque nos dijeron que era posible que atrajeran a los escualos...
El Capitán decidió regresar. Ibamos a bastante velocidad, ¡¡súper way!!, cuando le retamos a que fuera más deprisa y nos diera una vuelta. Fue divertidísimo..., a gran velocidad y girando en círculos grandes en torno a nuestro barco, desde el que nos vitoreaban los que no habían venido y entre ellos Julián. ¡¡Toda una aventura!!. Tuvimos suerte de que fuera el Capitán, porque cualquier otro miembro de la tripulación no lo hubiera hecho, hay mucha disciplina y diferencia entre él y la tripulación.
Disfruté enormemente y tuve una noche muy feliz. Soñé con estos entrañables mamíferos marinos, una y otra vez...
Espero y anhelo con todas mis fuerzas tener la ocasión de repetir ambas experiencias.
Mientras lo escribo, revivo intensamente esos impresionantes momentos y me considero la mujer más afortunada del mundo por tener estas oportunidades…
Este viaje tiene para mí una connotación muy emotiva. Cuando lo recuerdo, en general o cualquier cosa de él, siempre, no puedo evitar que aflore en mi mente la imagen de “mi querida mamá”. Regresamos del viaje el 13 de julio y el 22, tan solo 9 días después, moriría inesperadamente. Sí le conté todas mis hazañas, pero no nos dio tiempo de ver, ni las fotos ni los videos…

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100. AZUL LAPISLAZUL

Sintió una bocanada de aire frío y entró. ύltima revisión. Tanteó los bolsillos del pantalón, algunos plomos del día anterior dieron pretexto a una inmersión sencilla. Se colocó las gafas y buscó instaneamente la línea de horizonte. La luz, ténue, mofaba las formas para albergarse en contornos mal definidos. El manómetro marcaba 200. Se fraguó paso animado únicamente por la voluntad de avanzar, y se hundió.
Tiró del cabo y éste yació inherte. Plantado. Sin corriente. ¡La azúl !- pensó- sin lugar a dudas. El eco ahogado de los pasillos contrastaba con la voz en off de la megafonía. Sintió un pinchazo salado en el labio y se dijo que esta vez sí. Que aquí el consumo no es cuestión de placer, sino de supervivencia. La humedad, llegada al suelo, se traducía en charcos de carreras y puntualidad. Giró a la izquierda haciendo prueba de ingravidez y se deslizó pendiente abajo tirando del lastre. Inmaginó otras formas, e intentó huir de tautologías, fondos túrbios y reflexiones binarias. Sonrió. Comprobó el tirante de la escalera. Un banco de transeúntes ahuyentados por una razón que desconocía, sin dejar de serle familiar, lo flanqueó de un gesto huidizo.- A grandes males, grandes remedios -exaló- con un poco de suerte, puede que la encuentre en la misma cavidad del martes pasado-. En su retina aún conservaba a vivo la elegancia fatal de aquella mirada en su postura ajena. Hubiera querido acercarse. Quitarse los guantes. Robarle una caricia. Hablarle en una lengua otra.-Sí, con suerte, estaría en la azúl. A menos que derive entre sábanas y café-. Se estabilizó y observó las paredes en busca de vida micróscopica : « 24-M huelga general », « te quiero Marta ». Las burbujas, imantadas por leyes físicas de instinto básico, se agolpaban a lo largo del techo de la galería siguiendo el cauce de un desnivel apenas visible. Orgulloso de experimentar aún su sentido común, tomó la misma dirección sorteando cables sueltos, plásticos huérfanos y otros despropositos medioambientales. De pronto dos grandes óculos de un amarillo naranja se fijaron en su campo de visión.-¡De la aparente afabilidad de la especie ya no queda nada !-. Un mero, hirsuto, gesticulaba sus gruesos labios acercándose sobremanera. ¡ Título de transporte ! Titulado como era, el encuentro sólo confirmó el desencuentro al que están abogadas las relaciones en lugares promiscuos. 100 bares. Un sonido distante, envuelto en una película de silencio, se propagaba desde el fondo. Poco depués, un alboroto de coleteos seguido de una nube opaca de arena dejaba apenas entrever un vendedor clandestino de CD’s recuperando a toda prisa sus crías ante el ataque inminente de dos agentes de seguridad. Un banco de curiosos merodeaba no muy lejos. En ciertos arrecifes, es una escena tan común que suele pasar desapercibida salvo para algún turista.-A primera vista, me voy a quedar con las ganas-. Aleteó de espaldas, los ojos fijos en la columna de agua que debería remontar. Esperó la llegada del pecio. El tiempo estimado era de tres minutos diez.-Paciencia, la primera vez no la viste de golpe. De todas formas, tal vez fue ella quién te vió primero-. En esta zona de la cavidad, la vida se multiplicaba en función del tiempo estimado de llegada del pecio. Si éste aumenta, la vida se aglutina llenando casi por completo la cavidad sin que se produzcan casos científicamente constatados de antropofagia. La selección natural dictamina el derecho de salir del pecio o de instalarse en el mismo. De procurarse un rinconcito. De circular libremente en el interior. Cero minutos cinco segundos. Una onda de agitación colectiva dejaba preveer dos focos alógenos y una columna fantasmagórica de la que emanaba un incencido de neones. Un crujido sordo provocó sendas aperturas en la estructura de las que surgían miles de seres en ebullición y en las que otros se introducían precipitadamente. Alzó la vista pero no alcanzó a verla y haciendo caso omiso de los 50 bares, se deslizó a través de las compuertas. El ambiente, turbio, entorpecía la visibilidad fragmentada en cientos de partículas elementarias. Le resultó difícil no sucumbir a dos morenas alojadas no muy lejos, las fauces abiertas en una actitud de falsa indiferencia. Avanzó con recelo como pidiendo perdón. Más allá, un pejeperro le sacaba los colores a otro mientras que la cabeza de un pez cofre, sentado con un periódico entre las manos, adquiría un volumen perfectamente cuadrado de tanto leer.-No sé que estaría pensando ¡La azúl no es un acuario !.- Y sin embargo, le resultaba difícil asimilar. Borrarla. Confinar aquella mirada a la efemeridad de una inmersión cualquiera. Sumergirla, consigo o sin él, en un profundo olvido lapislázul. El aire del regulador comenzaba a tener un gusto dudoso. Cuando de pronto, una explosión de colores hizo irrupción. Ángeles, trompetas, monjes revoloteaban en una harmoniosa sincronía sacra de fondos pelágicos. Y estaba allí, las alas al viento, grisatrea-transparente, derivando graciosa, aquella quimera, cuya mirada le libró, por la primera vez, el sortilegio azúl de su propio reflejo.

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viernes, 18 de diciembre de 2009

99. LA ESCAPADA

I
Io desembarcó cargada con su mochila y arrastrando tras sí la pesada bolsa con el equipo de buceo. Después de la noche pasada en cubierta, arrebujada en su saco de dormir, apretada entre Julia y Eva, que la custodiaban como dos centinelas, con la humedad de la noche mojándole el pelo y la cabeza llena de los malos sueños de los últimos tiempos, el puerto de Mahón se desplegaba ahora ante sus ojos con las primeras luces de la mañana. Io respiró profundamente. Aspiró el olor a sal y la calidez del mes de mayo; advirtió, sin saber cómo, que el mar la rodeaba por todas partes y que aquella isla tenía las dimensiones justas para ella.

En la cafetería enfrente de la terminal marítima, mientras Julia y Eva se abalanzaban sobre las ensaimadas rellenas de crema, ella apenas probó algún bocado. Tampoco quiso tomar café, porque tenía la impresión de que poco a poco iba sumiéndose en una especie de ensueño del que no quería despertar. Sus amigas respetaron su silencio. Hacía ya más de cuatro meses que Io había perdido a su hermano Daniel en un accidente de moto y la herida, en lugar de cerrarse, parecía que empeoraba con el tiempo. Io no dormía por las noches, la invadían extraños pensamientos y, a ratos, en las horas de la tarde, parecía incluso que empezaba a perder el contacto con la realidad. Sus amigas, impotentes, se desesperaban. Por ello, cuando Julia encontró aquella oferta, viaje en barco más hotel, media pensión, una semana entera en Menorca, no lo pensaron dos veces. Ella se peleó con su jefe para conseguir un adelanto de las vacaciones; Eva gastó de golpe todos sus días personales del año; y, perseverantes, atrapando a Io en un fuego cruzado, consiguieron convencerla de que lo mejor, en aquellos momentos, era poner mar por medio, alejarse de Daniel, de la familia y de la moto fatídica que, aún, sin que nadie supiera por qué, continuaba en el garaje.
Io no estaba segura de haber obrado bien. No tenía ganas de viajar, ni de hablar, ni de convivir con nadie. Sin embargo, mientras se miraba en el espejito de mano que Eva siempre llevaba consigo, las ojeras de tantas noches insomnes, la piel deslucida por la falta de descanso, el pelo pegoteado de sal, empezaba a pensar que, tal vez, era allí donde tenía que estar, y en ningún otro sitio.

II
Habían alquilado un coche pequeño, que atiborraron con sus equipajes, aunque, afortunadamente, sólo Io llevaba consigo su equipo de submarinismo. Buceaba desde hacía ya seis años, desde que cumpliera los dieciocho. El curso de buceo había sido su regalo de aniversario; el regalo que pedía desde que, con catorce años, en unas vacaciones en Cadaqués, se asomara por primera vez al mundo submarino respirando a través de un tubo. Su padre, siempre tan severo con Daniel, raramente se negaba en cambio a los deseos de Io. Ella era la niña mimada, la que no necesitaba normas, la que podía regresar a las tantas y marcharse de viaje a la India con una mochila y un saco de dormir. Tal vez ya su nombre, extraño y mitológico, la predispuso desde la infancia a ser como era. Y mientras Io crecía como una planta salvaje, Daniel se preparaba para heredar la empresa familiar. Aquello, según su padre, era lo importante. Y, realmente, parecía que Daniel no tenía objetivos en la vida, salvo aquél, el más importante.
Todos pensaban que el buceo no sería más que otro capricho pasajero de Io. Sin embargo, la afición no tardó en ganarla. Poco a poco, sin querer contar con el dinero de su padre, fue adquiriendo material. Primero, el equipo ligero, junto con un traje semiseco de siete milímetros, negro, con franjas rojas a los costados. Después llegó el momento del chaleco y, al año siguiente, el regulador. De mayo a noviembre, siempre que podía, se escapaba a la Costa Brava, o a Murcia, o a las Islas Columbretes, delante de Valencia. Un año atrás, con su entusiasmo, había animado a Julia y a Eva a titularse; para ambas, aquéllas eran sus primeras vacaciones de buceo. De hecho, desde Madrid habían contactado con un club de Menorca, y la idea era gastarse alegremente los cuartos bajo el agua. Nada de compras ni de discotecas. Nada de calderetas de langosta. Primero, lo primero. Y después, en función de cómo fuera la economía, vendría lo demás.
Aquella primera mañana, sin embargo, después de dejar las cosas en el hotel, cogieron el coche y un mapa y se dirigieron al sur.
- Conduzco yo – dijo Io. Y sus amigas suspiraron aliviadas, porque, a pesar de que seguía sin hablar y sin comer, algo era algo.
Julia quería ver Binibèquer, pero Io tenía un certero instinto para evitar las zonas turísticas, se perdió sin saber cómo y acabaron llegando a un rincón de la costa en el que el mar había excavado una pequeña ensenada redonda; para poder acceder al agua, alguien había recortado senderos y escalones en la roca. Sobre el mapa, después de un debate intenso, identificaron el lugar como S’Olla. Alrededor, no había ninguna población, sólo algunas casas agrupadas en una zona residencial, mientras que, al sudeste, una hilera de boyas amarillas impedía la entrada de las embarcaciones. El agua era clara y resplandecía como el cristal. En el fondo, un paisaje submarino de rocas agujereadas, invadidas por la luz solar, como islotes sumergidos; posidonia verde que se mecía en la tranquilidad de la mínima corriente; y extensiones de arena blanca, que parecían de nieve bajo la profunda capa de agua. Al otro lado de aquella piscina natural, sólo un bañista solitario tomaba el sol, estirado cómodamente sobre una repisa.
- ¡Mirad! – exclamó Julia – ¡Parece un acuario!
Estimuladas por un aire irresistible de libertad, guardaron bien guardados los bañadores, no fueran a mojarse, y se lanzaron de cabeza al agua. Ninguna de las tres lo pensó dos veces; tampoco Io. Nadaba como una sirena, impulsando sin ruido su cuerpo largo y sinuoso. El agua estaba muy fría aún, después de los rigores del invierno, pero ella agradeció aquella vibrante sensación. Se sumergió junto a las praderas de posidonia, entre decenas de sargos de color plata, rayados en negro, que no le tenían ningún miedo, la rodeaban ligeros y parecía que la seguían. Entre las rocas encontró ejemplares de pez verde y de pez doncella, que la hicieron sonreír bajo el agua, ya que tuvo la convicción, por un momento, de encontrarse en un mar tropical. Sobre la extensión de arena, a seis o siete metros de profundidad, o tal vez más, vio claramente una chicharra, desplegando sus largas aletas azuladas, semejantes a alas. Y, más allá, en la frontera delimitada por la línea de boyas amarillas, un pequeño espetón solitario, afilado como una aguja, vino a visitarla procedente del mar abierto. Pareció contemplarla un momento, mientras nadaba a su lado, y después desapareció alejándose de la costa; llevaba consigo la oscuridad azul de los grandes espacios abiertos.
Aquella noche, y a pesar del cansancio acumulado, Io no pudo dormir apenas. Pero no a causa del insomnio pertinaz de los últimos meses, sinó expectante, ansiosa por bucear al día siguiente en aquellas aguas.

III
En Fornells se unieron a un pequeño grupo de buceadores y se equiparon en las instalaciones del club, a escasos metros de la bahía. Ya de buena mañana, el día se había levantado soleado, y la luz reverberaba sobre el agua fría y límpida, entre los pequeños veleros anclados y la verde vegetación de la isla. Todo estaba inmóbil, en una absoluta calma, sin rastro de tramontana, el viento del norte tan frecuente en Menorca. Mientras no soplara, sería posible bucear allí, en las zonas más bellas y salvajes.
Io ayudó a Eva a embutir su cuerpo de curvas rotundas en las limitaciones de un traje de la talla tres, alquilado en el club.
- No lo entiendo – repetía ella – El verano pasado era mi talla. Sin duda, aquí en Menorca el fabricante trabaja con otras medidas. O han metido los trajes en la secadora y, claro, han encogido, es lógico.
Y se reía, porque, a pesar de sus quejas, era hermosa, y ella lo sabía.
Después, hubo que ayudar a Julia a montar el equipo, convenciéndola con paciencia de que era mucho mejor, y más cómodo, que la botella estuviera colocada detrás del chaleco, y no delante. También a ella le entró un ataque de risa. Y sólo después, cuando ya estaban sentadas en el borde de la zodiac, cada una enfrente de su equipo respectivo, Io se dio cuenta de que ella había empezado a reír también, con Eva y con Julia, por primera vez en mucho tiempo.
Anclaron bajo el Far de Cavalleria, cerca de la impresionante pared vertical de piedra blanca, en medio del mar más tranquilo que ellas habían visto jamás. No corría ni un soplo de viento; no había oleaje ni corriente. Aupándose sobre el agua, Io distinguió un fondo rocoso, verde y azul, salpicado de peces, a quince metros de profundidad. El cabo del ancla dibujaba un camino nítido hacia otro mundo.
Escucharon el “briefing” en silencio y después se equiparon deprisa. Cualquier minuto al nivel del mar era ya un minuto perdido. Pero, cuando Io se inclinaba sobre su equipo para levantarlo sobre el borde la embarcación y ajustárselo, advirtió el sonido inequívoco de un ligero escape de aire. Alguna cosa fallaba, en la junta de la botella, o en la segunda etapa… Presurosa, cerró la botella, purgó y desenroscó; con cuidado, volvió nuevamente a enroscar. El escape persistía.
- David – llamó – Tengo un problema. ¿Puedes ayudarme?
El guía se acercó.
- A ver qué pasa… - murmuró, examinando el equipo. Y, al poco, levantó el manómetro y lo acercó al oído de la joven – Mira, el aire se escapa por aquí.
Ella asintió, con expresión de fastidio. Miró al agua, donde Julia y Eva, flotando las dos, con sus máscaras en el rostro y sosteniendo ya sus reguladores, la aguardaban. Parecían algo nerviosas, aunque dispuestas a ir donde fuera. Las novatas en el agua y la veterana en el barco, pensó Io. Pero el buceo es así. Imprevisible a veces, cada día diferente. En todo caso, te ata al mar con un cabo más duro que el acero. Y el mar es vida.
- ¿Podemos hacer algo? – preguntó a David.
- Claro, cambiamos el manómetro, tengo otro aquí.
Io suspiró, aliviada. Al cabo de pocos minutos, sentía ya el choque de su cuerpo con el agua, y veía el coro de burbujas blancas que se elevaban mientras el chaleco la impulsaba flotando sobre la superficie.
- ¿Vamos ya? – preguntó, impaciente, al resto del grupo.
Bucear después de los días oscuros de aquel invierno interminable fue para ella como una especie de catarsis. Hasta que no empezó a sumergirse, no se dio cuenta de la magnitud de su nostalgia. Todo le era familiar y, al mismo tiempo, todo la maravillaba. El peso del mar sobre su cabeza, el chasquido leve de la presión en sus oídos, el sonido de su respiración, la ingravidez del fondo. Siempre le había gustado especialmente el momento del descenso. Una subida de adrenalina que se convertía, a veinte metros, en una absoluta paz.
Con el grupo ya reunido, Io se situó junto a Julia, y Eva hizo lo propio junto a Arnau, el compañero que le había tocado en suerte. Sin embargo, él parecía más pendiente de su cámara fotográfica que de acompañar a nadie, de modo que las tres acabaron buceando juntas, siguiendo a David.
La visibilidad era magnífica, como si el agua hubiera desaparecido, como si no estuvieran en el Mediterráneo, sinó en el Caribe. Io se estiró como un gato perezoso, avanzando con un suave aleteo, sin esfuerzo alguno, sin ninguna prisa. Por unos momentos olvidó a Daniel; olvidó la moto, la empresa, la familia. Casi sin darse cuenta, el mar empezó a calmarla, como si la meciera; serenó su pesar, y acalló sus peores obsesiones con una voz más poderosa que la de la locura.
Entre las rocas del fondo, que se elevaban como montañas, descubrieron meros enormes, vieron doradas y dentones, y de repente, grácil como un ave, un águila marina pasó navegando a pocos metros de Io, perdiéndose en dirección a zonas más profundas. Sobre sus cabezas, distinguieron las siluetas impresionantes de las barracudas desfilando en procesión. Y, en una zona surcada por una corriente ligera, protegidas tras una roca, tal vez dormidas, encontraron un banco de centenares de chuclas, centelleantes, inmóbiles, dispuestas junto a la piedra como una cortina de plata.
Al cabo, los buceadores empezaron a marcar media botella. Julia y Eva fueron de las primeras. Hubo que emprender el camino de regreso, en pos de David, que aleteó veloz en dirección a la embarcación, regresando a poca profundidad muy cerca de la costa. Si alguien del grupo se había aburrido con el lento navegar del camino de ida, tenía ahora la oportunidad de resarcirse con un buen ejercicio.
Cuando Io terminó de hacer la parada de seguridad, sosteniéndose junto al cabo del ancla sin oscilar apenas, tan quieto continuaba el mar, todavía le quedaba aire para dos inmersiones más. Sus amigas, en cambio, entre los nervios de la poca experiencia y el maratón de regreso, salían con la botella seca.
- Esta chica parece un pez – solía decir Eva, y lo repitió por milésima vez. Junto a ella, emergió Arnau, su supuesto compañero, al que dedicó una mirada de desdén.
- ¿Qué tal el manómetro? – preguntó David a Io, mientras la ayudaba a subir su equipo, que flotaba sujeto a la embarcación.
Ella tuvo que detenerse a pensar un poco. Ya ni se acordaba, de que buceaba con un manómetro prestado.

IV
Julia y Eva pasaron el resto del día hablando de submarinismo: qué sentían, qué habían visto, dónde querían ir las próximas vacaciones. En algún momento, intentaron animar a Io a participar, pero, cuando advirtieron que ella, a pesar de parecer más compuesta, prefería la reflexión y la soledad, no la forzaron. Se mantuvieron a su lado, parloteando como pájaros, peinando sus largos cabellos mojados por el baño y tomando el sol como ninfas desnudas sobre la arena sedosa y blanca de Binigaus. Detrás de ellas, el acantilado de arcilla roja marcaba los límites entre el bosque mediterráneo, encaramado sobre las rocas, y el mar. La playa se extendía a su alrededor prácticamente desierta, porque aún era temprano para el turismo.
Hacía calor, y Io las dejó tostándose en la arena y entró en el agua. Empezó a nadar con brazadas seguras, que fueron haciéndose más enérgicas a medida que avanzaba en dirección al horizonte. Pensando en Daniel, nadó y nadó, alejándose con brío, como si pudiera diluir en el agua toda su pena, y alguna cosa más que era incapaz de expresar, una rabia inmensa que no la dejaba respirar. Como en una revelación, entre brazada y brazada, se dio cuenta de que se sentía más enfadada que triste, y de que, tal vez, con quién más enfadada estaba era con Daniel. Daniel, siempre tan serio y correcto, siempre haciendo lo que era conveniente. El verano que viene aprenderé a bucear, Io, te lo prometo. Ahora tengo que estudiar. Ahora tengo que trabajar en el negocio familiar. Ahora tengo comida familiar con mis futuros suegros. Pero te juro que el verano que viene vendré contigo a bucear… Siempre el verano que viene.
Cuando Io se dio cuenta, apenas distinguía la línea de la costa. En un momento de pánico, pensó que iba a ahogarse allí, y que su cuerpo llegaría a la costa, conducido por las olas solemnes, y que la enterrarían en el nicho familiar, junto a Daniel. Respirando profundamente para tranquilizarse, se orientó en dirección a la playa, y regresó nadando. Si mañana continúa el buen tiempo, pensaba una y otra vez, iremos a bucear a la Llosa del Patró Pere. Y, si me ahogo ahora, me lo voy a perder.

V
Y el buen tiempo continuó, sin viento ni nubes, ni al día siguiente, ni el resto de la semana. Después de un invierno lluvioso y frío, Io y sus amigas parecían haber traído a la isla un adelanto del verano. El mar era una superfície quieta y transparente. Bajo el agua, entre las rocas horadadas, entre los arcos de piedra, entre las algas y los erizos, las estrellas de un rojo vivo y las conchas de color óxido, los peces parecían marcar senderos invisibles a los submarinistas. En la superficie, el sol destacaba el color intenso de la vegetación, pino blanco en el sur, brezo y encinas en el norte, flores por doquier. Desierta de turistas, Menorca parecía un paraíso.
- Para mañana continúa la previsión de buen tiempo – anunciaba David – Nada de tramontana ni de nubes.
Y repetía cada día:
– Nunca había visto tantos días seguidos sin tramontana. Esto no puede durar.
Pero duraba.
En días sucesivos, bucearon en la Illa de Porros, y en Sóller, y en Es Cap Roig. En el lado más exterior de la Llosa del Patró Pere, encarados al horizonte marino, descendieron a casi cuarenta metros. Eva y Julia respiraron el aire espeso y compacto, y sintieron el frío de las profundidades por primera vez. Cuando empezaban a agobiarse, Io les mostró las largas antenas de las langostas que permanecían escondidas en los resquicios de las rocas. Entonces Arnau, el compañero fotógrafo de Eva, se les acercó y, señalando las langostas con grandes gestos, extrajo del bolsillo de su chaleco un tarro cerrado de mahonesa.
Iniciaron el ascenso cuando faltaban pocos minutos para entrar en descompresión. Por primera vez, Arnau parecía haberse desinteresado de su cámara y las acompañaba. La broma del tarro de mahonesa había roto el hielo y, durante el trayecto de regreso, los cuatro estuvieron hablando animadamente.
- No me atrevía a acercarme – les confesaría él después – Parecíais un grupo tan cerrado… Además, las chicas guapas siempre me han dado miedo.

VI
Y visitaron Ciutadella y Mahón, acompañadas por Arnau y por Joan, otro de los buceadores, oriundos ambos de la isla, entreteniéndose en las calles antiguas y los puertos con olor a mar. Y, en otros momentos, prefirieron perderse ellas solas y caminar largamente por los caminos de la isla, que continuaba quieta y cálida como si un muro invisible la resguardara de los vientos del Mediterráneo. Una tarde, llegaron hasta la Cala Escorxada, saltando de roca en roca como cabras isleñas en pos de un camino escarpado que bordeaba los acantilados del sur. Aquel día no se cruzaron con nadie, como si la isla se hubiera quedado vacía, o como si hubieran extraviado el sendero, lo que tal vez fuera cierto. Sin embargo, al cabo, vieron la ensenada desplegarse como una pintura bajo sus pies. Rodeada de bosque, azul y desierta, parecía llamarlas con una voz submarina. Impresionadas por la belleza del lugar, las tres jóvenes se tumbaron sobre la arena caliente y se mantuvieron en silencio largo rato, contemplando el mar. Tenían la impresión de haber llegado a un lugar que estaba más allá de todo; un lugar que era sólo para ellas.
Y, a la tarde siguiente, repitieron el trayecto y llegaron incluso más allá, hasta la Cala Fustam, y, en el calor de las cuatro de la tarde, mientras se bañaban, un cormorán apareció en el agua junto a Io, sumergiéndose y buceando debajo de ella, a pocos metros de distancia, persiguiendo peces y acompañándola largo rato.

VII
Nuevamente en la Llosa del Patró Pere, que repitieron por aclamación popular, Io advirtió que algo había cambiado en la forma de bucear de sus amigas. A fuerza de practicar, sus movimientos eran más fáciles y ya no parecían correr el riesgo de salir disparadas a cada momento, como boyas, en dirección a la superficie. Poco a poco, iban acomodándose al agua, y el agua las acogía.
A cinco metros de profundidad, juntas las tres, se detuvieron durante la parada de seguridad. Entre una nube dorada de salpas inquietas, descubrieron una roca donde nudibranquios de distintas especies parecían competir por el terreno. Frágiles, diminutos y perfectos como obras de arte, pintados con colores iridiscentes, se estremecían suavemente entre las algas.
Pasaron tres minutos fugaces, que Io hubiera deseado prolongar hasta el infinito. Levantando la cabeza, immersa en el silencio único de las profundidades, veía por encima suyo la cúpula quieta de las olas, atravesadas por el sol. Junto a ella, Julia y Eva se entretenían contando nudibranquios. Empujada por un impulso que no pudo resistir, sin saber exactamente por qué lo hacía, Io tomó de la mano a sus amigas. Tal vez quería agradecerles todo lo que habían hecho por ella, su compañía impagable, el hálito de vida que habían conseguido mantener vivo en su interior a lo largo de todos aquellos meses. A través del neopreno de sus guantes, notó cómo ellas correspondían a su apretón. Cogidas de las manos en círculo alrededor de la piedra de los nudibranquios, sintieron que las unía algo que ya no las abandonaría nunca, como un eslabón invisible; algo que las dotaba de fuerza para enfrentarse a todas las adversidades que, sin saberlo aún, las aguardaban en el futuro.

VIII
La última noche, Julia y Eva salieron de fiesta con Arnau y con Joan. Apenas habían conocido Menorca de noche, siempre preocupadas por los madrugones impuestos por el buceo. Sacaron sus mejores trapitos de la mochila, arrugados como pasas, se encaramaron sobre tacones de vértigo y salieron a divertirse bajo una luna redonda, que alumbraba la isla como un faro de luz blanca.
Io no quiso salir. Temía que sus últimas horas en la isla transcurrieran demasiado deprisa. Prefirió quedarse en el hotel, y no hubo manera de convencerla. Cuando sus amigas se hubieron marchado, ella se instaló en la terraza de la habitación, escuchando el rumor de las olas, con un vaso y una botella de gin, y dejó que la noche la rodeara con su carga de soledad. Contempló las estrellas y siguió con la mirada el curso lento de la luna; pensó y recordó, y el gin la hizo llorar y reír a la vez.
Al fin, cansada, se tumbó en su cama, a las dos o las tres de la mañana, sin que, como era de esperar, sus amigas hubieran regresado aún. Y entonces, por primera vez desde el accidente, soñó con Daniel.
En el sueño, él estaba también en Menorca, aunque resultaba confuso saber por qué; tal vez había tomado vacaciones por fin, o tal vez había decidido viajar hasta allí en busca de nuevos mercados para la empresa de papá. En todo caso, estaba en Menorca, como en la culminación de un largo deseo, o como después de una larga ausencia, y navegaba con Io en la zodiac. No viajaba nadie más con ellos, pero ambos se habían sentado tan próximos, que ella podía sentir el calor de su cuerpo, como cuando eran pequeños y se acurrucaban como cachorros, uno junto al otro, a leer cuentos en el sofá.
Al principio, parecía que nada iba como debiera. Io sabía que Daniel iba a bucear, pero, sin embargo, lo veía vestido con su cazadora y sus guantes de motorista.
- No he traído nada más. Hice poco equipaje – se excusaba él. Y a ella, de hecho, aquello no le importaba en absoluto. La moto había estado el único capricho de Daniel; su vía de escape hacia otras posibles maneras de vivir. Parecía lógico, por tanto, que aún en el buceo continuara vinculado a ella.
Al poco, sin saber cómo, Io se encontraba ya en el mar, descendía y descendía y, estirado cómodamente junto al cabo del ancla, como aburrido de esperarla, encontraba nuevamente a Daniel.
- Adelante – decía él, a pesar de que, lógicamente, no hubiera podido hablar bajo el agua.
Había cambiado su cazadora de motorista por un traje de neopreno y un equipo completo de buceador, pero no parecía respirar a través de su regulador. De hecho, parecía llevarlo por compromiso.
En el sueño, buceaban juntos largo largo, en un estado de absoluta despreocupación, ligeros como la espuma. Pasaban bajo el arco de la Llosa del Patró Pere y, justo al salir nuevamente al retazo de luz azul, parecían mantenerse suspendidos bajo el agua, completamente inmóbiles, rodeados de minúsculos peces centelleantes. Hacía mucho tiempo que Io no recordaba haberse sentido tan feliz. Entonces, muy cerca de ellos, aparecía un pequeño espetón solitario, afilado como una aguja, y ella tomaba de la mano a Daniel para llamar su atención y mostrárselo. Sorprendida, advertía que él había cambiado su aspecto. Iba vestido nuevamente con su cazadora de motorista, y no llevaba ya máscara ni regulador. Los cabellos castaños, siempre rebeldes, se mecían como algas, y los ojos oscuros, tan parecidos a los de Io, la contemplaban con afecto. No respiraba y, sin embargo, seguía vivo.
La miró como si quisiera decirle algo, pero calló. Sonrió, e hizo con la mano enguantada un círculo con el índice y el pulgar, antes de desaparecer lentamente, como perdiéndose tras un cristal opaco, o como alejándose bajo el mar, más allá de donde ella podía seguirle.

IX
Al día siguiente, el despertador sonó muy temprano, y las tres se removieron en sus camas sin que ninguna hiciera el menor gesto de levantarse. Io, porque aún se encontraba entre las brumas de su sueño, preservándolo como un tesoro; y, sus dos amigas, porque tras la noche de juerga no sabían ni en qué día vivían. Sólo Julia cobró conciencia de la situación al cabo de unos minutos, y aguijoneó a Io y a Eva a hacer la mochila, mientras ella saqueaba el jabón y las toallas del hotel.
Eludieron la carretera general y tomaron el Camí d’en Kane, bordeado de paredes de piedra, para despedirse de los caballos negros que corrían entre los pastos de primavera y para detenerse por enésima vez para apartar a algún erizo temerario que intentaba cruzar el asfalto. El día se levantaba nuevamente espléndido, sin nubes y sin rastro de tramontana; otro día perfecto para bucear en la costa norte. Conducía Io, porque sus dos compañeras se encontraban demasiado perjudicadas para hacer nada a derechas durante las próximas horas. Sin embargo, Eva, que iba de copiloto, emergió de entre los nubarrones de la resaca para acariciar levemente la mejilla de su amiga, llevándose con ella una lágrima silenciosa.
Al llegar a la estación marítima, las sorprendió una noticia que jamás hubieran esperado. El barco posponía su salida a causa de un temporal que se había desatado de madrugada en mitad del Mediterráneo, con olas de cuatro metros. A pesar del buen tiempo en la isla, el camino hasta la península era, por el momento, impracticable, y las previsiones meteorológicas alertaban de dos o tres días de mala mar.
Mientras los demás pasajeros ponían cara de vinagre y despotricaban contra la compañía naviera, las tres jóvenes se miraban como si les hubiera tocado la lotería. Lo primero que hizo Eva fue llamar a Arnau.
- Oye, mira, que me quedo aquí – le dijo, despertándolo, y notó, a través del teléfono, cómo él pegaba un salto.
Cargadas con sus mochilas, arrastrando tras sí el pesado equipo de buceo de Io, fueron a sentarse nuevamente en la misma cafetería enfrente de la terminal marítima. En aquella ocasión, sólo café para Julia y Eva; con las ensaimadas arrambló Io. Ella no quiso café, porque, más que nunca, se negaba a despertar de su ensueño. Era necesario buscar otro hotel, avisaron sus amigas, ya que, según sus cálculos, el anterior ya habría advertido la sustracción de las toallas. Era preciso, también, alargar un poco más el alquiler del coche. Y llamar al trabajo para avisar de que les sería imposible reincorporarse hasta al cabo de unos días.
Aunque quizá, con un poco de suerte, pensaba Io, aquel temporal en medio del mar no acabaría nunca.

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98. UN BAUTISMO MUY ESPECIAL

Era una tarde de sábado de mayo. A primera hora habíamos quedado en la base de buceo con Carlos (el instructor). Emocionados y un poco nerviosos estábamos ya que, aunque mi mujer y yo ya somos buceadores, nuestro acompañante se iba a estrenar.
Un poco torpe para vestirse ya que el traje no ajustaba bien y después de pelearnos con los escarpines, estábamos listos para la aventura.

Equipo a la barca. En total éramos cinco y todos conocidos. Carlos nos llevó a una zona llamada Embarcadero en la Isla de Benidorm, lugar tranquilo para un bautismo. El agua estaba para la ocasión, tranquila, limpia, perfecta para alguien que va a descubrir una de las experiencias más maravillosas… el buceo.
Mi mujer y Antonio (uno de los compañeros), fueron los primeros en tirarse al agua. Yo me quedé con Carlos para ayudar al principiante y con mi inseparable cámara de fotos dejé grabado para siempre el momento en que el novel se tiró al agua. En todo momento Carlos a su lado le iba explicando las primeras maniobras para sumergirse. ¡Todos Ok… para abajo!
Antonio y mi mujer se separaron un poco pero yo me quedé con el principiante, no quería perderme detalle, ver cómo aleteaba, si se agobiaba… pero increíblemente parecía un pez bajo el agua, con soltura, sin nervios, disfrutando del momento del paseo. Carlos siempre lo tenía pillado por la grifería, le preguntaba - ¿qué tal? - El novel – OK.
Tropezamos con un pulpo la mar de simpático, incluso lo pusimos en la mano del novato, se dejó tocar un poco hasta que nos tiró un chorro de tinta.
Yo, como siempre haciendo fotos, no sé si hice unas cincuenta, no quería perder detalle del bautismo. El tiempo pasaba deprisa, tanto que en una de las veces el ordenador marcaba que estábamos a 15 mts.! Se lo marqué a Carlos pensando en el novato - ¿todo bien, OK? – le preguntamos y él –OK-
Llegó el final del paseo, todos arriba de la barca. El novato ya no era novato, ya había sido bautizado y creo que casi me saltaron las lágrimas de emoción al abrazar a mi hijo Gabriel de 10 años como futuro compañero de buceo.
El regreso a puerto muy contentos porque incluso le dejaron conducir hasta casi llegar a puerto.
Este escrito es para ti, Gabriel, para que siempre recuerdes ese día como lo recuerdo yo.
P.D. Gracias a Carlos “El Panadero” por cómo se portó con mi hijo

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jueves, 17 de diciembre de 2009

97. PROBABLEMENTE CUANDO ME SUMERJA ENCUENTRE LAS RESPUESTAS

INTRO.
Probablemente cuando me sumerja encuentre las respuestas.
El escritor vive en la búsqueda, exprime la experiencia y se embarra sus jugos en todo el cuerpo, es por eso que no alejado de su mundo alterno regresa constantemente y se sumerge.
Podríamos pensar que en la soledad submarina ha estado tan cerca de conocer quién es realmente.
LAS CUEVAS, LAS CAVERNAS.
Esta vez el viaje le pareció excitante al ver dentro de la programación que los sitios de buceo se realizarían en cuevas y cavernas. Sin pensarlo dos veces compró su boleto, empacó sus maletas y se encaminó nuevamente a la búsqueda con la frente en alto. En verdad que se sentía orgulloso de la nueva faceta que asomaba su curiosidad.
De pronto se encontró abordado por los sonidos salvajes de la jungla y armado con sus mejores galas submarinas y no era para menos, ya que había escuchado que mucho tiempo atrás en la cultura maya se realizaban rituales donde ofrecían vidas a los dioses a través de los Cenotes. Ahí, parado a escasos 3 pasos de entrar a ese hoyo localizado en la tierra se estremeció y comenzó a sudar, no sabía si era por el agobiante calor que hace en ese lugar ó si era porque su imaginación comenzó a burlarse de él haciéndole bromas crueles. Sabía de antemano que la cultura plasmada dentro de las cuevas y cavernas tendría cierta peculiaridad.
Dio el paso hacia adelante con la botella de aire colgada atrás y las aletas en las manos y entró al Cenote Maya, al mundo temido y organizado por unas sistemáticas estructuras que solo el tiempo podría dar un argumento sólido para esto.
Simplemente no podía imaginarse tanta belleza. Su imaginación tuvo que irse a descansar porque lo que aparecía a su vista solo la divinidad lo puede nombrar.
A la profundidad, la luz era detenida por las formaciones calcáreas, las estalagmitas y las estalactitas le restringían el paso a las extensiones de luz solar. En estos momentos había que encender la linterna, abrir bien los ojos y hacerle notar al cuerpo la tranquilidad del lugar. Tiempo y silencio. Voz y quebranto.
Un susurro entraba de golpe y rebotaba en las paredes frías por periodos constantes. Quizás la búsqueda ya iba demasiado lejos y sin ni siquiera tener la más remota insignia. Tuvo que mantenerse escuchando los alaridos con detenida atención para ver si podía ver entre ellos el mensaje que traían.
El recorrido terminaba y me di cuenta que ya era demasiado tarde así que una vez más salí a la superficie sin las respuestas en las bolsas.
Quería regresar y tener la misma sensación de confusión cuando las aguas saladas se mezclan con las dulces, quería atravesar el túnel y salir de la oscuridad observando el espectáculo de luces que se desbordaban y atravesaban el agua haciendo cascadas majestuosas y mágicas en este lugar del destiempo, pero sobre todo quería encontrar las respuestas que anhelo cada vez que me sumerjo. Es cuando se reconoce que el viajero de las aguas busca un profundo sentido submarino y es cuando las profundidades lo adoptan y lo guían. Y es que cuando más profundo desciendes más desconocido se vuelve todo y en vez de respuestas solo más preguntas encuentras.
Quiero que llegue el día en que salga a la superficie y diga: “tengo la respuesta”; pero creo que el escritor predica la búsqueda y nunca la encuentra. Considero que el escritor que encuentra la respuesta también encuentra más preguntas. Pero entre la búsqueda y el encuentro solo queda sumergirnos, ir más profundo, expandir los límites de la conciencia y entregarse con el corazón abierto, derrochar esa pasión y compartirla con el mar donde el silencio se vuelve cómplice de las respuestas que nunca llegarán.
Y continuaré pensando que probablemente cuando me sumerja… algo pasará.

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miércoles, 16 de diciembre de 2009

96. MANOS DE SAL.

Finales de Julio.
Amanece un nuevo dia. Uno como tantos otros, pero para mi diferente.Es domingo y despues de una larga y dura semana de idas y venidas en las tareas diarias, toca hacer lo que mas me gusta.
Sentado en la cama, terminando de vestirme, miro hacia atras y alli esta ella. El cabello alborotado cubre su cara y un camison corto color turquesa deja al descubierto sus piernas largas y sedosas.
Me giro y paso mis manos por su vientre, que con el transcurrir de los dias y las semanas va creciendo de una forma prominente.
Al sentir el contacto abre sus ojos y nos miramos de una manera complice y dulce.
La estancia se inunda de un olor indescriptible, suave y embriagador que nos transporta a una lujuria contenida.
Ella sin apartar la mirada, posa sus manos sobre las mias y susurra calidamente:
-- Estate tranquilo. Buceara.
Sonrio y me marcho. Ella me deja ir. Sabe que siempre volveré.

Magico mundo que nos atrapa y nos atraviesa cual daga en mantequilla. Azul eterno y profundo que nos hace renunciar a casi todo.
Alli abajo... el silencio, la paz, el sosiego imposible que nos traslada por unos minutos sublimes a ese sentimiento de complacencia que ojala nunca terminen.
Pero, ¿que tendra esto Dios mio?. El que no lo ha sentido en su piel no sabe contestar.
Nosotros tampoco.Solo sabemos lo que sabemos. Muchas horas de pensamientos, sueños, noches en duermevelas, deseos, sensaciones.

Han pasado los años. Muchos inviernos con sus veranos, y mas dias con sus noches. Y ese sueño que un dia, un amanecer de finales de Julio, junto a la alcoba yo tuve, se desvanece.
Se diluye. Mi "pequeña" Maria sigue sin bucear.
Lo he intentado de todas las formas imaginables, con fe ciega, con ahinco, por lo humano y por lo divino, y no ha podido ser.¿Que le habra impulsado al ser mas importante de mi vida a no compartir conmigo ese sueño azul? ¿Que habre hecho mal para que no sea mi sirena preferida?
Hubieras descubierto pautasy comportamientos mucho mas enriquecedores y sensibles que aqui, en la tierra de los mortales, por la cual pululan libremente depredadores y especies peligrosas de las que deseo librarte.

Y hoy con los años, vuelvo a casa de una de mis andanzas por esos mares benditos. Por esos fondos de terciopelo y sal. Por esos pecios, vestigios de historia y muerte. Por esos arrecifes iluminados eternamente. Todos estos sueños hija mia, eran para ti.
Y alli estas tu. Paso mis manos saladas por tu vientre, que ultimamente crece mas rapido de la cuenta, al igual que hiciera con tu madre mucho tiempo atras. Me miras, te sonries y no dices nada. No hace falta. Mis ojos se humedecen de emocion , y por un momento cabalgan por mi mente toda una vida de sensaciones, vivencias bajo el mar, y deseos, querida Maria, que no llegaron a cumplirse.

De nuevo, la historia se repite.

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miércoles, 9 de diciembre de 2009

95. UN GRAN ENCUENTRO.

Geógrafo de profesión, las circunstancias de la vida lo habían llevado a elegir un destino a 1500km de su ciudad natal y a cambiar su trabajo terrestre, corrigiendo y diseñando mapas por uno un poco más húmedo, en el fondo del mar, trabajando como buzo pescador artesanal de mariscos; un trabajo duro pero que daba la oportunidad de vivir increíbles experiencias.
Los atardeceres eran el mejor momento del día. El acantilado casi sin vegetación era el hábitat de una nutrida colonia de cormoranes imperiales que, a esa hora de la tarde, aprovechaban los últimos rayos de sol para terminar de secar las plumas después de muchas inmersiones en busca de alimento. Las nubes, casi siempre presentes, y la incidencia de la luz solar sobre ellas hacían que el cielo estallara en rojos, naranjas y amarillos al principio de la puesta, pasando más tarde por toda una gama de violetas, rosas y grises. Mientras los colores desfilaban por el cielo a medida que el astro se acercaba al horizonte, el agua del mar cambiaba su tonalidad al compás, igual que un compañero de baile. La playa con la arena aún húmeda después que bajara la marea, formaba un gran espejo donde se reflejaban todas las tonalidades. El mar con las últimas luces parecía una gigantesca lámina de plata. Las gaviotas planeando contra el viento o caminando sobre la arena en busca de algún cangrejo, el arrullo de las olas rompiendo sin cesar y los ronquidos de las ballenas que nadaban cercanas a la costa, completaban el espectáculo crepuscular. Cada atardecer era diferente, pero siempre maravilloso. Mientras el negro empujaba al radiante colorido anunciando el final del día, y uno comenzaba a añorar el próximo atardecer, el gigantesco telón oscuro daba paso a otra maravilla, el cielo nocturno, en todo su esplendor. Tan lejos de la civilización, sin contaminación lumínica, el cielo era un muestrario de estrellas. Pegasus, Orion, La cruz del Sur, La Osa Mayor, una constelación tras otras aparecían para dar las buenas noches, aunque, a pesar del cansancio, uno nunca tenía ganas de irse a dormir.
- Vamos Fernando ya es hora de descansar. Mañana debemos levantarnos a las seis o no llegaremos primero-
- Ya voy. Solo unos minutos más. Este cielo es un espectáculo y además ¡es gratis!
Media hora después estaba profundamente dormido. La jornada de trabajo había sido larga. Junto a dos marineros y otro buzo, formaban un buen equipo.
Para conseguir las cholgas, vieyras o almejas, debían sumergirse en las aguas frías del Atlántico a veces hasta 20 metros de profundidad. Gracias a un narguil, una manguera unida a un compresor que funcionaba sin parar en la barca brindando aire comprimido, los buzos podían estar bajo el agua varias horas seguidas sin necesidad de subir. Una especie de bolsa realizada con red, que al final poseía un aro de metal, colgaba de sus cuellos. Así, al tener las manos libres, podían recoger los mariscos con rapidez y efectividad.
Pero pescar artesanalmente a 120 km. de cualquier pueblo y sin la más mínima infraestructura no era fácil. Todos los días debían tirar las barcas al mar y al finalizar la jornada, retirarlas. Realizaban este trabajo con un potente tractor, ya que la enorme diferencia de mareas no justificaba la construcción de ningún tipo de muelle. Uno podía levantarse, caminar unos 30 metros y poner los pies en el agua, pero seis horas después para realizar la misma acción, habría que recorrer una playa de más de 200m. Era casi surrealista…Maniobrar con el tractor en la arena húmeda, tampoco era tarea fácil, y aquel día el equipo lo comprobaría.
Después de organizar todo, tomar un suculento desayuno y enfundarse en los trajes de neoprene, los buzos introdujeron la lancha en el mar con la ayuda del tractor y salieron a trabajar, como todos los días.
Seis horas más tarde el equipo regresaba. El viaje de vuelta había sido muy tranquilo. El mar estaba calmo. Un grupo de orcas se acercó a la lancha y la escoltó durante algunos minutos. Eran unos animales majestuosos. Fernando pudo divisar a “Des”, un macho cuya aleta presentaba una muesca que lo hacía fácilmente identificable.
Al llegar al campamento Juan saltó de la barca y corrió en busca del tractor. Lo arrancó, movió la palanca de cambios hasta la primera posición y entonces se dio cuenta. No pudo moverlo. Inspiró profundamente como elevando una plegaria para que el pesado armatoste dejara su letargo y cumpliera su misión, pero este se encontraba firmemente atascado.
La arena donde lo habían aparcado seis horas antes no era tal. Estaban sobre un área arcillosa. La enorme rueda delantera se había enterrado con el peso del tractor y el paso de las horas, pero lo peor estaba por venir. En menos de una hora la marea llegaría donde estaba el tractor y comenzaría a cubrirlo…
Juan gritó a sus compañeros que al levantar la vista comprendieron lo que sucedía. Salieron corriendo al campamento en busca de ayuda, pero estaba casi desierto. La gran mayoría de los hombres se encontraban aun en el agua. Solo un buzo que estaba muy resfriado para sumergirse y un cocinero acudieron al llamado.
Pronto todos estaban analizando la situación. No podían acercar los otros tractores ya que la arcilla húmeda y floja era una trampa. Intentaron tirar con cuerdas, con tablas, empujando. Lo intentaron todo pero el tractor no quería dejar su lecho. Una hora y media después el agua llegaba a sus tobillos y se resignaron. No podrían sacarlo de esa forma.
Fernando comenzó a caminar de un lado a otro y a pensar, mientras veía como el mar avanzaba inexorablemente cubriendo a la máquina.
La única manera de liberar el tractor sería reflotándolo, pero para ello necesitarían muchos “parachutes”, unos aparatos específicos para reflotamiento, que ellos no poseían y que eran caros y difíciles de conseguir en la zona. Siguió caminando y pensando. Distraído, se llevó por delante un barril de 200 litros de plástico que utilizaban para almacenar agua, y entonces tuvo la idea.
-¡Eso es! -gritó- ¡Los barriles! Tenemos que ir a la ciudad a buscar barriles vacíos.-

Alrededor de las seis de la tarde estaba completamente sumergido. Había casi un metro de agua desde el techo de la cabina hasta la superficie del mar. Hasta una ballena con su ballenato se acercaron hasta la zona del “hundimiento” a reconocer una nueva y extraña bestia marina.
-Lo único que nos faltaba que golpeen el tractor y lo inutilicen del todo!-
Esa noche no pudo disfrutar del cielo nocturno. Viajaron a la ciudad en busca de los elementos necesarios para el salvamento.
La mañana siguiente se sintió raro. Algo diferente iba a suceder. Supuso que el nerviosismo de la noche anterior y la falta de sueño le estaban pasando factura e hizo caso omiso a su presentimiento…
Al llegar al campamento organizaron todos los elementos, acondicionaron todo el equipo, y cargaron la lancha. Debían esperar a que la marea cubriera nuevamente el tractor. .. Esa tarde habría marea extraordinaria lo que al menos facilitaría la tarea de los buceadores.
A lo lejos una enorme ballena había salido a respirar. Fernando miró hacia el mar -Hoy no te acerques- le grito al enorme animal - Ya será bastante complicado colocar todos esos barriles para que además tengamos que evitar treinta toneladas de curiosidad!- La ballena volvió a respirar, y mientras se sumergía mostró su enorme cola.

El plan era sencillo aunque demandaría tiempo y mucho esfuerzo. Cuando la marea estuviese alta, tirarían al agua, uno a uno, los enormes toneles vacíos que habían cargado en la lancha. Al llenarlos de agua se hundirían fácilmente. Una vez abajo, los engancharían al tractor formando un racimo alrededor de las ruedas y los llenarían de aire. De esta manera, en algún momento, el aire despegaría el tractor del fondo y este quedaría flotando. Lo remolcarían a un área segura y una vez allí, lo sacarían del agua, con otro tractor.

Al mediodía la marea estaba casi llegando a su máxima altura y se pusieron en marcha. Ningún tripulante de la “Nanaia” se imaginó un encuentro como el que tendría lugar.
Fernando y Julián iniciaron la inmersión para inspeccionar los mejores lugares donde atar los barriles. Provistos con los tubos de aire comprimido, descendieron y en menos de diez minutos localizaron los emplazamientos correctos. Subieron y cambiaron los tubos por el narguil, ya que deberían estar mucho tiempo sumergidos.
Mientras llenaban el primer barril de aire una gran sombra pasó sobre ellos. Una ballena hembra y su ballenato nadaban a toda velocidad.
-Qué extraño- pensó Fernando.-Seguramente con tanto jaleo las hemos asustado. El primer bidón se llenó y comenzó a flotar igual que un globo atado a la muñeca de un niño. Era muy gracioso verlo y el buzo se imaginó cual sería el aspecto general cuando estuviesen todos los toneles llenos de aire y el tractor empezará a soltarse y a flotar. Se lamentó por no tener una cámara subacuática para filmar la ocasión.
Media hora después comenzó a escuchar los característicos chirridos de los delfines. -Oh, oh.-pensó. -Comenzarán a dar vueltas y tanta curiosidad entorpecerá el trabajo. Sin embargo los delfines pasaron raudamente, sin detenerse. Una mueca de desconcierto invadió la cara del buzo. Trabó la manguera dentro del tonel que estaba llenando, y subió a la superficie.
- Eh, Juan, ¿has visto algo raro?- Gritó al marinero que estaba en cubierta atento al compresor que les suministraba el aire. -Solo unos delfines saltando. Pasaron a toda velocidad al lado de la lancha. Por lo demás está todo muy tranquilo. ¿Como van por ahí abajo?
- Bien. Sin problemas.
En ese momento cientos de burbujas comenzaron a rodear al buzo.
- El barril debe estar repleto. Me voy abajo. Si sucede algo y me quieres avisar, corta el suministro de aire de la manguera que llena los toneles.
- ¡De acuerdo!- gritó el marinero mientras se volvía a sentar al calor del sol y el vaivén de las suaves ondas. Los hombres de a bordo por ahora no tenían mucho que hacer. El compresor suministraba el aire correctamente, y solo debían esperar las indicaciones de los buzos para tirar otro tambor al agua. El mar estaba muy tranquilo, casi sin olas y los otros equipos estaban tan alejados de la costa que no se veía a nadie alrededor, excepto algún cormorán pescando.

Ambos buzos eran expertos profesionales, por esa razón cuando Fernando vió el cuchillo de su compañero caer hasta el fondo se sorprendió. Miró hacia arriba pero no lo vió. De pronto sintió un pellizco muy fuerte en su brazo. Giró y solo pudo ver un par de aletas moviéndose a toda velocidad al interior de la cabina del tractor sumergido.
-¿¡Pero que pasa!?- se preguntó. Miró a su compañero. Con los ojos casi saliéndose de la máscara, Julián le indicaba que fuese hacia donde él estaba.
Fernando no lo pensó, confiaba en su amigo. Nadó rápidamente hacia la cabina pero no pudo evitar girar la cabeza. Entonces la vió…

Una enorme orca se acercaba lentamente. Los vidrios de la cabina del tractor se habían roto con el movimiento y la presión del agua y pudieron introducirse en ella sin problemas, aunque debieron encoger las piernas para poder meter las aletas dentro. Sin prisa alguna el delfín comenzó a nadar alrededor de los amigos. Los dos hombres no dejaron de observar al animal y la orca les devolvía la mirada. Pasó por encima de la cabina y Fernando pudo comprobar que se trataba de una hembra. Era enorme y hermosa. Mediría unos seis metros de largo. Tenía una muesca en la aleta dorsal, y una pequeña mancha blanca con forma de ese casi en el nacimiento de la misma. Los rayos del sol que penetraban en el agua hacían que el blanco de sus manchas fuese muy intenso y la excelente visibilidad les permitía ver con total nitidez el ojo del enorme animal que no dejaba de escudriñarles. Nadaba con majestuosidad y elegancia.
Los buzos no estaban seguros sobre que hacer. No parecía agresiva, más bien curiosa. Fernando pensó en que quizás le daría tiempo para salir a superficie, pero no pudo evitar imaginar a la orca desgarrándole una pierna mientras intentaba el escape. Prefirió el abrigo de la cabina. En la superficie, el marinero cortó el suministro de la manguera de aire que usaban los buzos para llenar los barriles. Les indicaba a los compañeros que emergieran, pero los buzos no saldrían de su escondrijo hasta ver alejarse a su nueva compañera.
De repente la orca dejó de dar círculos y se alejó. Cuando ya no pudieron verla salieron a la superficie a toda velocidad.
-¡La habéis visto! ¿Dónde está?-
-Se ha ido hacia el oeste. La aleta casi no se ve. Está lejos. ¿Qué hizo?
-Pues nada en particular. Solo dar vueltas a nuestro alrededor. Nos escondimos en la cabina. ¿Estaba sola?
-Sí. No se ven más. Algo la debe haber distraído y se habrá separado del grupo. Si vuelve a aparecer os avisaremos cortando el flujo del aire.
-De acuerdo-.
Fernando y Julián volvieron a sumergirse y siguieron trabajando. El tractor ya tenía unos veinte barriles repletos de aire atados a sus ruedas y ofrecía una imagen bastante cómica con todos esos “racimos” . Los dos hombres no trabajaban muy tranquilos y observaban el agua a cada momento en busca de alguna sombra.
La segunda vez que se acercó la orca fue Fernando quien la vió venir y le avisó a Julián. Ambos nadaron hacia la cabina. El enorme delfín negro y blanco comenzó a nadar alrededor con mucha suavidad, sin rozar ni al tractor, ni a los tambores. De repente dejó de nadar y se quedó mirando uno de los barriles, acercó su hocico y lo empujó. El barril se balanceó y el animal volvió a empujarlo con suavidad. ¡Estaba jugando! Luego dio otro par de vueltas, se acercó a la cabina y miró a los buzos. Unos segundos más tarde las burbujas dejaron de salir. El flujo de aire había sido cortado desde superficie. La orca dio una vuelta más y luego siguió nadando hasta desaparecer. Solo entonces emergieron.
- Ya se ha ido. Quizás no vuelva. ¿Os falta mucho?
- No, ya queda poco, creo que con dos o tres barriles más saldrá a flote.

Hundieron los barriles que necesitaban y una vez enganchados estratégicamente comenzaron a llenarlos de aire. Uno de estos se enredó y quedó mal acomodado, entonces los dos buzos comenzaron a tratar de desenredarlo. Estaban muy concentrados en su trabajo y no se dieron cuenta de la gran presencia hasta que ya era tarde. Al girar la cabeza la enorme orca los estaba observando…

Sin embargo está vez Fernando no sintió miedo. La orca no era más que un delfín, solo que un poco más grande. Estaba acostumbrado a jugar con los delfines que siempre lo visitaban mientras pescaba. Jamás había escuchado a nadie decir que fuesen agresivas y ellos no representaban ninguna amenaza para el animal. De hecho recordó que un jóven naturalista había tocado el morro de una orca salvaje, en una bahía muy cercana. Entonces lo intentó. Muy lentamente estiró su brazo hacia delante. Para su sorpresa el animal acercó el morro y permitió el contacto. Julián no podía creer lo que veía. De pronto la manguera secundaria dejó de producir burbujas. El marinero había cerrado nuevamente el suministro de aire.
Un momento más tarde la orca giró y se alejó. Los buzos se miraron maravillados. No hacía falta hablar. Sus caras reflejaban a la vez perplejidad y felicidad.
Inmediatamente salieron a superficie. Mientras aún estaban en el agua escucharon la conversación de a bordo.
-Te lo dije. ¡Me debes 100 euros!-
-Es increíble. Si no lo veo no lo creo
-Quien lo hubiese dicho. Si abríamos el grifo provocando burbujas, se acercaba y cuando cerrábamos se alejaba. Entonces tenías razón. ¡Eran las burbujas!
Fernando no podía creer lo que escuchaba.
-¿Habéis estado jugando con un carnívoro de 5 toneladas mientras nosotros estábamos debajo?-
Mientras regañaba a sus compañeros sintieron un ruido. El tractor comenzó a despegarse de su trampa y pronto lo vieron flotando. Lo remolcaron hasta la costa y pudieron sacarlo a la playa. En menos de 15 días habían limpiado el motor y estaba nuevamente funcionando, pero Fernando no volvió a trabajar como pescador.
Un equipo de National Geographic estaba filmando un documental sobre las orcas de Península Valdés, y necesitaban un buzo experimentado para las tomas subacuáticas. Enterados de su encuentro decidieron llamarle. Un mes después de aquel maravilloso encuentro, volvió a ver a su amiga mientras cazaba lobos marinos en la costa, y tuvo el placer de filmarla y “hacerla famosa”.

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martes, 1 de diciembre de 2009

94. BUCEANDO

El amor es la compensación de la muerte. Arthur Schopenhauer.
El amor del hombre es algo aparte de su vida, mientras que el de la mujer es su existencia. Lord Byron.
El amor es la compensación de la muerte. Arthur Schopenhauer.
El amor del hombre es algo aparte de su vida, mientras que el de la mujer es su existencia. Lord Byron.
Prólogo.
Juanmi está sentado en la salita de estar sobre un baúl muy antiguo, de los abuelos de su esposa. Ella se acerca con un vaso de Coca-Cola que contiene dos cubitos y un gajo de limón, se lo ofrece y se sienta junto a él. Luego, entrebancándose, le acaricia las olas de su pelo enmarañado y deja que llore como un niño al que le han robado la bicicleta. Sus lágrimas son mudas y ruedan sobre la mejilla acalorada con el peso de las perlas. El pobre hombre acaba de perder el trabajo en la farmacéutica. Veinte años sacrificándose por la empresa, para qué. Vaya manera de agradecérselo. Mentalmente quiere arrepentirse de las horas extras que ha regalado a sus jefes, pero la presencia de su amada se lo impide. Ella irradia bondad por los cuatro costados y no quiere que piense que todo se le enturbia como cuando suelta la tinta el calamar a modo de defensa. Ahora, él siente cómo se le clavan los hierros negros que hacen de contrafuerte en las nalgas y se acomoda mejor en el combado asiento. Siente el candado urdiéndole la pantorrilla, aprisionándosela. Entierra su rostro abotargado sobre los remos de sus manos trémulas. Hipa. Jadea. Nada le consuela.
-Tienes el paro…

Juanmi no contesta. No quiere balbucear su rabia. No quiere mostrar su rostro ajado por las lágrimas y que ella le ofrezca compasión. Su esposa le cuenta las costillas con los dedos, es el dibujo de una caricia singular que pretende tranquilizar, diluir el dolor que alberga en el hondón del alma. Ella lo mira con cariño y piensa rápido. No desea que el náufrago se hunda. Se levanta y lo levanta. Abre el candado del arcón y remueve entre un sinfín de viejas fotografías en blanco y negro. Deslizándolas anárquicamente a un lado y a otro encuentra lo que busca.
-El mapa del tesoro –le dice.

Juanmi no entiende. La esposa le recuerda que veinte años atrás él le decía que si tuviera tiempo se iría a navegar con sus dos amigos de la infancia y buscaría un tesoro para ella aunque fuera en Utopía. El mapa lo encontraron los tres muchachos, troceado, en una abrupta playa abandonada de Denia donde dicen que atracaban los piratas, lo unieron penosamente con trozos de celo adhesivo y desde entonces permanece latente en aquel ataúd de los recuerdos. Los tres amigos, muchachos indolentes, estaban enamorados de la misma jovencita…
-Ahora tienes todo el tiempo del mundo.

I.
Juanmi entra en Razón, algo más que una caverna acuática. El tiempo lo han inventado los humanos. El tiempo no existe. Babilonios, griegos y romanos. Relojes de agua. Relojes de arena. Relojes de sol. Mecánicos de cuerda. De pilas. Digitales. El tiempo es una mentira de oro viejo, calcula. De nada sirve estar lamiéndose las heridas eternamente.
-Dame una semana –dice entusiasmado como un niño con zapatos nuevos, sin entender del todo la dimensión de su análisis-. Te traeré el tesoro marcado con una tópica equis.

Juanmi toma provisiones. Se compra un traje de neopreno, gafas de bucear, aletas, botella de oxígeno… Alquila un barco con motor y se va a alta mar. Por unos momentos se está liberando de su odio. El sol canicular allá en lo alto noquea como un boxeador. Él mira el viejo mapa del tesoro y cree estar en el lugar adecuado. Sería un milagro encontrar el botín a la primera, con tantos cazadores de tesoros que viven de eso. Pero confía en la suerte más que nunca. Piensa que todo lo que ocurre en la vida tiene un porqué.
-Tal vez todo sea una señal para que los sueños se hagan realidad –se autoconvence.

II.
Juanmi, con su traje de goma sintética inventada por científicos de DuPont, se zambulle en el agua. Otra densidad. Otra dimensión. Tal vez sea una oportunidad para ver las cosas de otra manera. La oportunidad de convertirse de la noche a la mañana en un dios millonario, aunque tenga que dar un porcentaje al Estado, eso si le pillan… Aquí las aguas no son tan frías, piensa. El azul del fondo es decolorado y pasan junto a él un banco de sardinas plateadas y tan refulgentes que encandilan. En el horizonte marino, sumergido a más de treinta metros, perdida ya la claridad superficial, ve unas montañas de niebla y va hacia ellas como atraído por un imán. Oye su propia respiración. Hay ansiedad en ella, pero se siente tranquilo con el tubo introducido en la boca mientras tantea la botella de oxígeno. También sabe del detalle técnico que el aire que queda atrapado en el neopreno durante su fabricación es sustituido por nitrógeno puro, debido a sus propiedades aislantes y él se siente bien en el fondo, aislado del mundo.
-Me gusta la soledad elegida.

III.
Una morena se acerca hasta sus mismas gafas. Juanmi conoce a ciencia cierta que si no se siente amenazada no morderá. Efectivamente, se marcha serpenteando un camino invisible. Nuestro cazador de tesoros en paro pedalea con sus aletas avanzando sobre la arena esponjosa, levantándola, imaginando que en cualquier momento encontrará un doblón de oro que le llevará a la pingüe lujuria. Mientras rastrea piensa en sus amigos de la infancia. Los tres enamorados de la misma muchacha. Cuando él consiguió seducirla y se casaron tan jóvenes, sus amigos ya universitarios se sumieron en la desolación. Fue justo cuando acabaron la carrera, en la celebración, que sus amigos se mataron en un accidente de tráfico, los dos juntos, un autobús de pensionistas que venían de un mitin los arrolló sacando su vehículo de la calzada y dando seis vueltas de campana, el coche un amasijo de chatarra; acabaron con sus huesos contra un árbol de carretera, apuntalándolo tétricamente. Los jubilados… sólo el susto, alguna herida superficial, alguna quemadura de tercer grado. Él no pudo ir, tenía un compromiso con la empresa, un congreso en Estocolmo, creo.
-Cómo os echo de menos… -les hace un sencillo homenaje: brinda con una copa inventada.



IV.
Juanmi no encuentra todavía el ansiado tesoro. Nada en la vida es fácil. Nada. Y lo hace en vertical, hacia el abismo. Treinta y cinco, cuarenta metros de profundidad. Ve un banco de coral, colores irisados que parpadean con latidos de luz. Retuerce el cuello en un giro imposible y mira hacia el cielo del mar: no hay estrellas y el azul es de un nocturno intensísimo, a la izquierda, tal vez, se ve un pez luna. Al noreste, ve caracolear un tiburón como un fantasma; sabe que depredan cada seis días, no va coincidir, no va a tocarle esa lotería maldita. Mal fario: los tiburones le invitan a pensar en sus jefes de la farmacéutica, pero lo desecha. Prefiere recordar cómo jugaban la trenza de amigos a la O.N.CE., a la lotería de Navidad, a las quinielas de fútbol… Creían en la zanahoria brillante colgando de un hilo tras un palo. Es otra forma de buscar tesoros… Una vez había leído el titular de un artículo periodístico –firmado por un cineasta- que rezaba así: Si supiéramos la realidad de la condición humana nos suicidaríamos en masa. Pero él sabía que sus amigos eran auténticos: verdaderos frutos del mar. En un relumbrón de sentido común se dice:
-Cuánta ingenuidad –de golpe, a pesar de sus cincuenta años, deja de ser niño.

Epílogo.
Juanmi ha regresado de su expedición marítima. Ha pasado la semana buceando en la mente. Ha roto en mil pedazos el ajado mapa del tesoro del siglo XV. No ha encontrado más allá que un ancla enrobinada y musgo sobre las rocas, y caracolas de mar, y mucho plancton. Juanmi sabe que su esposa buena le está esperando, silenciosa, cargada de abrazos y ternuras, su corazón es de espuma de mar, su cuerpo es de sirena generosa. Podría sondear cientos de veces los mares del norte, del sur, del mundo, escrutarlos aciagamente hasta la extenuación. Por un momento piensa en la convivencia de un cuarteto, humano, idílico, musical, poético/submarino. Si tuviera oportunidad de dar marcha atrás haría partícipes a sus amigos del alma de su descubrimiento. Ahora, cuando llegue, lo hará con ella:
-Qué ciego he estado durante treinta años. Cariño, tú eres mi tesoro.

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