jueves, 31 de diciembre de 2009

122. UN MAL COMIENZO.

Estoy sentada en la terraza del restaurante… en la caleta de L’Escala.
Son solo las 9 y pico de la tarde pero ya se ha hecho de noche, se nota que ya es 13 de septiembre, domingo trece para ser exactos. El último día que abre el restaurante, parece el último día del verano, y allí estoy yo, saboreando una cena exótica con piña y escuchando el maravilloso sonido de las olas…
Hay una pareja joven en la mesa de al lado y un señor delante de mí hablando con el móvil, una pareja de ancianos y una cuadrilla de chicos y chicas adolescentes dentro del restaurante.

Recuerdo lo que me dijo Victoria: “Igual es que en realidad no quieres bucear” cuando la llamé en el último momento, para preguntarle si había gafas graduadas en el centro de buceo, no se me había ocurrido hasta entonces… me parecían tantas las dificultades en un principio, que esa se me pasó por completo, de hecho di por sentado que no habría problemas con esto.
Tuve un accidente de tráfico muy grave a los dieciocho años en el que estuve a punto de morir, por un traumatismo craneoencefálico. A mis 38 años tengo una discapacidad reconocida del 33%, pero mis limitaciones reales son mucho mayores, desde entonces es como si tuviese un cuerpo de más de setenta y una mente que ha ido evolucionando pero que al principio no tenía más de cinco o seis años (ahora ya debo de andar por los veintitantos).

Victoria, que me ayudaba a preparar el curso de buceo hasta entonces, había sido muy comprensiva y muy simpática conmigo, por lo que me sorprendió que le diese tan poca importancia a mi problema de visión. Seguramente desconocía que con 6 y 7 dioptrías de miopía es cierto el dicho “no veo más allá de mis narices” aunque en un sentido real.
Victoria dijo que sólo estaba poniendo una excusa para echarme atrás, pero después de estar preparando el viaje con ella desde julio,me parecía que la que se estaba echando atrás no era yo sino ella.

Ya son las once de la noche, si me descuido me van a cerrar el hostal, así que me dispongo a regresar, no sin antes pedir la cuenta y leer el cartelito pegado a la vidriera: “Diumenge 13 de Septembre, tanquem per fi de temporada. Gràcies”, siento nostalgia y es sólo el primer día….
Quizá ayude el hecho de que el hostal está amueblado más o menos como debía estar hace cuarenta años, es auténtico, pero se ve que tampoco han hecho muchas reformas en la fontanería…el desagüe del baño no traga bien y la ducha es una alcachofa estilo Psicosis.

Al día siguiente pasan a recogerme con una furgoneta para ir al centro de buceo que está en el pueblo nuevo… yo todavía no me lo conozco, no había estado nunca.
No me da tiempo de desayunar porque hemos quedado a las 8 y los desayunos empiezan a las nueve. Luego la dueña del hostal, Mercé, me dijo que si se lo hubiese dicho antes me lo habría preparado porque ella se levanta a las siete y media… es un sol de mujer, el trato en el hostal es muy familiar y me siento como si estuviese en casa de mi tía Mercé.
Entro con la mochila en la furgoneta, para empezar Ramón, el instructor, al que no conozco de nada me echa la bronca porque llevaba un rato esperando… después se disculpa porque cambió la hora para quedar también con dos franceses que quieren hacer un bautizo y no me avisó…
Ya no soy la única aprendiza, los franceses han quedado con él en el centro de buceo. Llegamos y el instructor me pone un video mientras él está preparando las botellas, también me da un libro que casi no tengo tiempo de abrir. A continuación me da un traje de neopreno, está nuevo pero es una talla o dos menor que la mía y no tengo forma de ponérmelo. Se lo digo y unos segundos más tarde vuelve con otro que huele a perro está mordido y tiene hasta pelos cortos pegados… pero me está bien… me lo coloco encima de mi bañador nuevo, hago de tripas corazón al calzarme las botas sin calcetines y monto de nuevo en la furgoneta con mi mochila, el instructor y los dos franceses que han cargado detrás las botellas y las aletas.

Llegamos a unos apartamentos y nos bajamos de la “furgo”, al borde de la piscina, nos ponemos las botellas y las aletas… ¡y al agua!, ¡No es cuestión de tenerle ahora miedo al frío! es una sensación rara la de meterse vestido al agua y sentir el frío sin mojarse mas que las manos y la cara… Empezamos a practicar los ejercicios que nos enseña Ramón, no es difícil desplazarse por el agua, pero sí controlar los movimientos, me cuesta ir a donde quiero… por eso me entra la risa varias veces y tengo problemas con el respirador… Ramón se cabrea como un mono sin darle más motivos (después he llegado a la conclusión de que debía pensar que me reía de él y de los gestos tan exagerados que tiene que hacer para explicarnos las cosas debajo del agua…)

Después de una media hora ya estamos “listos” –por cierto las gafas graduadas son imprescindibles para cualquier miope, sin ellas no habría podido seguir las explicaciones del instructor, que eran por señas debajo del agua- En mi caso también eran por señas en la superficie, ya que Ramón hablaba en francés primero pues la mayoría del grupo (dos de tres) hablaba francés y luego hacía un escueto resumen en castellano para mi.
¡Vamos al mar! ¡Ya estamos preparados!

Los apartamentos están cerca de una calita, desde la piscina al mar sólo hay 200 metros, después de atravesar el jardín (“siguiendo los senderos de hormigón para no encontrarnos con sorpresas”) Atravesamos también una playa pedregosa (llena de pedruscos para más inri).
Nos quitamos las aletas, pero llevamos las botellas a la espalda y los chalecos chorreando agua por los cuatro costados. A mi me parecen 200.000 metros no 200, aunque al final consigo llegar, mis gafas se quedaron en la furgoneta pero me coloco las de buceo, que están graduadas, aunque estemos en tierra firme.
Ya en el mar… ¡Qué maravilla! Y a la vez que decepción, el día está gris y el agua parece del mismo color…. Ya son las nueve y media pero el sol sigue sin aparecer. Después de avanzar como puedo por el agua hasta la boya y comprobar que solo es una cadena colgada del techo de luz que es la superficie, lo máximo que alcanzo a ver son unas plantas acuáticas llenas de algas microscópicas que se parecen a la borra de debajo de la cama y un pequeño pez plateado del tamaño de una sardina. Como no hay nada más que descubrir la decepción va en aumento y el cansancio también, no veo la hora de que termine esta broma de mal gusto. Lo peor es el dolor de oídos, tengo miedo de que me estalle un tímpano (aunque ahora sé que eso no pasa a seis metros de profundidad, entonces no lo sabía ni tampoco que solo había seis metros).
Pero siempre se puede estar peor… las fuerzas terminan por abandonarme no logro seguir al instructor y empiezo a flotar, Ramón, que parece estar todo el rato renegando en vez de enseñando, se da cuenta y me dice que me agarre a él…, y yo encantada de la vida le hago caso y empiezo a disfrutar de la inmersión dejándome dirigir como superman por el brazo pero en este caso el brazo va agarrado a Ramón.

Al salir del agua no siento las piernas y la botella me pesa como si llevase plomo, por la “playa” de vuelta a la furgoneta estoy a punto de caerme hacia atrás cuando tropiezo con una piedra. Gracias a mis compañeros, los franceses, no lo hice.
A la vuelta limpiamos los trajes en la trastienda, con unas mangueras en un contenedor gigante que parece lleno del agua sucia de una obra.
De regreso en el hostal me trago la comida y me tumbo encima de la cama, no tengo fuerzas ni para desvestirme… intento dormir un poco a ver si se me pasa el dolor de oídos como decía Ramón que ocurriría.
Esa misma tarde teníamos hora con el médico que iba a firmar el informe de apta, después de más clases, pero no tengo ánimo para dar otra clase y sin ducharme ni nada me dirijo al centro de salud más cercano, “preguntando se va a Roma”… Mercé, la señora del hostal, me indicó, pero tuve que preguntar varias veces a la gente (ya que la mitad hablaban francés) para no perderme entre callejuelas y llegar cuanto antes al centro de salud que está también en el pueblo nuevo… No sé cómo en mi estado de agotamiento total llegué tan rápido, mi ángel de la guarda debió de hacer un montón de horas extra ese día
Llegando al ambulatorio el clima ha mejorado mucho y estoy a punto de volver, pero los oídos me siguen doliendo y ya he tomado una decisión… Llamo al centro de buceo y les digo que no voy a ir esa tarde que estoy en urgencias a ver que les pasa a mis oídos.
Allí hablan castellano aunque muchos carteles están sólo en catalán, tengo la misma sensación que cuando fui a Munich a vivir en la casa de un párroco de las afueras, todo me es familiar
pero a la vez extraño, parece que estoy en el extranjero pero sin sentirme extranjera, en una realidad paralela, como si aún no hubiese salido del agua.
El problema saltaba a la vista, la enfermera me lo vio nada más mirarme con el endoscopio, es un tapón de cera en el oído derecho, me da unas gotas para ablandarlo y me dice que vuelva a los cuatro días… Creo que le voy a hacer caso… así conoceré el pueblo antes de empezar con la clases de buceo y no dependeré de Ramón para que me lleve y me traiga, me alquilaré una bicicleta… hay un local donde alquilan bicis cerca del hostal, cuando vuelva me pasaré por allí.
Poco antes de llegar al centro de salud me llama Ramón para decirme que me irá a buscar cuando termine la clase…

Cuenta mucho la voluntad pero también el empeño… había estado preparando el viaje desde la segunda semana de agosto para hacerlo en la segunda semana también pero de septiembre y en Menorca.
Cuando surgió el problema de las gafas de buceo graduadas, inexistentes, me pareció extraño porque hoy en día la mitad de la población lleva gafas, increíble pero cierto, no solo no las fabricaban en Zaragoza, sino que no había forma de conseguirlas a través de una óptica, me las consiguieron en el centro de buceo que me recomendó Fofi, el amigo de mi hermana.
El verdadero problema era el tiempo, había que encargar las gafas con antelación y tardaban aproximadamente un mes en hacerlas y en llegar y siendo verano la cosa se complicaba… pero Eva supo desde el principio dónde podía conseguirme gafas graduadas con cristales ya fabricados graduados en una escala de media en media dioptría.
Debí de estar mucho tiempo esperando a que me viera la enfermera porque cosa curiosa, a la salida Ramón me estaba esperando, no me extrañé… otra vez tenía haciendo horas extra a mi ángel de la guarda…
Me llevó en coche al hostal, pero antes nos paramos a tomar algo en una terracita del pueblo viejo en la playa de L’Escala, porque quería hablar conmigo...Aproveché mi oportunidad para hablar con él y preguntarle como lo ve, si merece la pena que me quede cuatro días más hasta que me quiten el tapón del oído para volver a intentarlo… -“no es cuestión de forzar la máquina, sino puede que no quieras volver a bucear nunca más…”
Me dice que aún así no soy tan mala buceadora para ser mi primer contacto con el mundo del buceo, pero que necesito estar más en forma y hacer unos cuantos bautizos desde el barco… O incluso empezar a practicar yo por mi cuenta haciendo snorkel, como había hecho Fofi, el amigo de mi hermana que me recomendó el centro de buceo de L’Escala…

Cuando llego al hostal tengo la idea de leer hasta quedarme dormida, pero en vez de eso me ducho y bajo a cenar… Ha empezado a diluviar, me siento en una de las mesas que están al lado de la ventana, solo se ve una furgoneta blanca aparcada al otro lado de la callejuela bajo la luz fosforescente de la única farola… El sonido de la lluvia sobre el asfalto me envuelve.
Llega Mercé con la carta y me devuelve a la realidad. Le cuento a grandes rasgos lo que me pasa y me deja su ordenador para buscar el viaje de vuelta por Internet… no hay autobús desde Barcelona a Zaragoza para mañana, el día 15… en medio del regreso vacacional… así que tengo que buscar un tren… sólo quedan billetes para el Ave… además tengo que llegar a la estación de trenes con el maletón, lo que implica coger un taxi desde la estación de autobuses a la de trenes o arriesgarme a coger el metro y a llegar tarde y tener que hacer noche en la estación… y ya se me acabó el cupo de riesgos por estas “vacaciones” mi ángel de la guarda debe de estar “estresadico”…
Como hay bastantes billetes sin vender en el Ave y aún no sé a que hora podré coger el autobús de L’Escala a Barcelona, no hay tren y no se puede reservar billete de autobús a menos de 24 horas de la hora de salida, me voy a mi habitación con el teléfono, el horario de autobuses y el de RENFE.
Reviso el maletón, como no sabía qué necesitaba me he traído de todo, hasta el equipo de bici para practicar y no dejar que mi rodilla empiece a fallarme, allí tampoco hay nada que me ayude a quedarme. Esta vez si que logro empezar a leer el libro que traje “La carta esférica” de Arturo Pérez-Reverte… pero la lectura me dura poco, caigo dormida como una ceporra a la tercera página… El sonido de la lluvia sigue repiqueteando en la terracilla contra la minimesa y las dos sillas de plástico blanco que la ocupan por completo.

Entonces pienso que perder el tiempo y el dinero no es lo peor que me podría haber pasado… cruzo los dedos porque aún no ha acabado el viaje y sigo con mi dolor de oídos, sin cobertura para el móvil… bajo un cielo desatado que parece haberse enfadado conmigo por llegar tarde…me siento sola, pero estoy conmigo misma y duermo tranquila porque ya he planeado lo que voy a hacer mañana:
1º- Hacer el equipaje
2º- Desayunar y llamar a RENFE desde el hostal y reservar billete de vuelta
3º- Ir a la oficina de turismo y comprar el billete de autobús a Barcelona (si no está abierta esperaré en la pastelería cafetería que hay al lado, he visto que preparan zumos de naranja
naturales y té negro de diferentes sabores)
4º- Llamar a Eva, la jefa de Ramón, para preguntarle lo que le debo, ir a la caja y sacar el dinero y dejárselo a Mercé.
5º- Dejar la maleta en la cafetería del Hostal e irme a coger el tren de paseo a Ampurias, hay uno a las diez y otro a las once de la mañana... comer allí.
6º- Volver a por la maleta al hostal media hora antes de coger el autobús, está a escasos trescientos metros de donde para y la maleta tiene ruedas.
7º- Coger el autobús
8º- Pillar un taxi a la estación de RENFE en Barcelona.
9º- Subir en el Ave hacia Zaragoza
10º- Agarrar un taxi para casa ¡por fin!

Las cosas no siempre salen como se planean aunque en esta ocasión salió incluso mejor de lo que espera:
Saqué el billete de autobús y me tomé un zumo de naranja natural y un té negro esperando a que viniera el trencito turístico.
Fui hasta Ampurias y luego volví andando y sacando fotografías hasta la caleta del pueblo. Hice una comida ligera en la terraza de un restaurante que tenía toldo, el cielo seguía encapotado… conocí a un hombre muy interesante que tenía la fisonomía de un chico joven y delgado pero llevaba una barba blanca y su mujer parecía su madre.
El viaje en autobús lo hice en primera línea de asientos, el paisaje era precioso, me encontré de nuevo a la misma chica con la que había hablado a la ida, iba a coger otro autobús para Zaragoza, pero yo ya tenía sacado el billete del Ave. Llegué pronto así que pude adelantar una hora la salida y en la estación de trenes solo esperé unos veinte minutos….

El viaje no estuvo mal, fue una experiencia más, en verano aún, y junto al mar… pero yo iba a hacer un curso de buceo en condiciones para aprender despacio, con preparación, poco a poco…. Soy consciente de mis limitaciones físicas pero no me acobardo fácilmente…. y lo que me encontré fue un bautizo, exactamente lo contrario de lo que había estado planeando todo el verano… La verdad es que un bautizo así no se lo recomiendo a nadie que no haya hecho buceo ni snorkel en su vida y que no tenga una excelente forma física…

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miércoles, 30 de diciembre de 2009

121. VOLVER A NACER EN EL FONDO DEL MAR

Nací en el seno de una familia humilde muy precipitadamente y con mucho amor pero con muchísimas carencias, sin ilusiones, ni futuro de estudios. Mi meta (la de mis padres) era ponerme a trabajar lo más pronto posible para ayudar en la casa.
A mis maravillosos catorce años fue cuando tuve la gran suerte de conocer a mi primer y único gran amor, él y solo él me ayudo a seguir adelante. A los diecisiete años me case embarazada con el que hoy es mi marido, hace ya 21 años y a los seis meses de embarazo perdí a mi niña (Como les digo mi vida siempre fue muy precipitada).Me fui a vivir a otro pueblo, con otra gente sin conocer a nadie y sin ninguna ayuda ni apoyo de nadie. A los siete años fruto de un gran amor nació una hija maravillosa llamada Carolina lo malo era que llegaba en el peor momento de nuestras vidas ya que montamos un negocio y nos arruinamos por completo. Pero ella nos dio fuerza y con el amor de los tres seguimos adelante.
Carolina me recordó un poco mi infancia y no me gusto nada, pensé que tenía que superarme día a día por mí, por ella, por todos y no iba a conformarme con poca cosa porque yo quería lo máximo para mí y mi familia. Tuve la suerte de entrar a trabajar en una gran empresa, los fines de semana trabajaba de camarera y por las noches estudiaba para sacarme el E.G.B. nada fácil pero ahí estaba el, mi gran amor, el amor de mi vida que siempre estaba allí para ayudarme y apoyarme en todo. A los seis años entre en otra empresa muy importante, fija con un buen salario. Al final conseguí mi estabilidad profesional y personal ya que con el trabajo de los dos conseguimos nuestro gran sueño, una casa propia, una estabilidad económica y muchísima felicidad.

Pero un día conocimos a un chico que le encantaba el mundo del submarinismo y así fue cuando mi gran amor se adentro en el. Comenzó poco a poco y después de unos años ya era Divemaster. Yo por mi parte no lo entendía pero no decía nada, era bonito que al menos tuviera una ilusión, una afición, incluso le llegué a tener una pequeña envidia sana. El problema fue que comenzó con el grupo de amigos a irse los sábados, después ya eran sábados y domingos……y de aquí se pasó a los viajes con el grupo de amigos. A mí la verdad no me importaba nada, nunca me habían dejado sola y la verdad me gustó ya que me dedicaba a mi hija y a mi casa y, ¿porque no? también tiempo libre para mí. El problema era que yo no tenía ninguna afición personal y con el paso del tiempo llego mi gran temor que siempre ha rondado por mi cabeza ¡¡ LA RUTINA!!.

Pero como siempre, llegó mi tabla de salvación, mi gran amiga Carmen me dijo que en el mes de marzo se iban una semana de crucero por el Mediterráneo con un grupo de once chicas y me pregunto si quería ir con ellas, me lo pensé lo hable con mi marido y me animo a unirme al grupo, les dije que sí. Nunca en mi vida había salido de viaje a ningún sitio y la verdad es que me daba pavor pero me fui con ellas. Un día por la mañana estando en el crucero me sentía sola y vi una ventana impresionante en donde se visionaba perfectamente el gran océano azul me senté en una comodísima butaca frente a él y me di cuenta que era lo más bonito y al mismo tiempo misterioso que nunca había visto en mi vida, yo no quería perderme ese mundo tan maravilloso que tantas y tantas veces me explicaba mi marido, así fue cuando me decidí que ese año yo también bucearía.

También descubrí que la vida no solo era familia y trabajo si no que yo quería tener ilusiones y al mismo tiempo las quería compartir con mi marido. Cuando llegue del viaje muchas cosas cambiaron, y llego el momento una noche le dije que quería hablar con él, era el mes de junio hacía calor estaba temblorosa ya que siempre me decía que le encantaría que fuera su pareja bajo el agua, pero no sabía si le gustaría la idea, ya que yo para nadar era muy torpe y patosa, nos sentamos en nuestra terraza y le explique todas mis inquietudes y dije que me gustaría experimentar con el todas esas sensaciones que tantas y tantas veces me explicaba a la llegada de cada inmersión que realizaba, y me dijo que si!!!!!.

Era un sábado por la mañana yo estaba sentada en la terraza de mi casa cuando veo a mi marido llegar con un equipo de buceo y me dijo que era para mí!!!! Me volvía loca, la emoción me envolvía todo mi cuerpo ¡y tan solo era para realizar mi primer bautismo! Primero me explico muy tranquilamente y con mucho amor la parte técnica del buceo. Me puse el equipo con la ayuda de mi marido y me ayudo a bajar con muchísima delicadeza por las escaleras de la piscina y poco a poco empezamos a sumergirnos me enseño a controlar la flotabilidad a quitarme el agua de la mascara, etc. Y cuando salimos me dio un beso y me pregunto si estaba bien, ¿bien? Estaba pletórica pero yo quería algo mas necesitaba entrar otra vez y al día siguiente lo repetimos y me dijo que el fin de semana siguiente me enseñaría una calita preciosa que está a media hora de casa. Esa semana estuvo explicándome toda la parte técnica y practica del buceo viendo videos y leyendo libros de buceo. La noche del viernes al sábado no pude dormir con el temor de fracasar ya que no quería decepcionar a mi amor ni a mí misma.

Y al final llego el gran día era sábado por la mañana con un sol radiante y sin nada de viento, con el estomago en un puño cargamos los equipos en el coche y nos fuimos a la aventura ¡¡¡¡a mi gran aventura por primera vez en mi vida me sentía especial!!! Llegamos a una calita preciosa con muchísimos árboles centenarios y descargamos los equipos. Mientras tanto mi amor me enseñaba como montar el equipo yo no podía creérmelo estaba a punto de cumplir mi sueño tenía el corazón en un puño y nos adentramos al mar me puse las aletas nadamos un poquito hacia el fondo y cuando paramos me pregunto si estaba bien, me miro a los ojos y dijo…cariño no tengas miedo y confía en mi me cogió de la mano y empezamos la inmersión.
¡¡Dios mío¡¡¡ ¡¡qué bonito!!! ¡¡que paz!!! El silencio era impresionante sólo interrumpido por el sonido de mi corazón que al principio latía muy rápido pero poco a poco se fue tranquilizando. Comenzamos a bucear cuando ya pude controlar la flotabilidad empecé a disfrutar, nunca en mi vida podía imaginarme que el fondo del mar fuera tan bonito. La visibilidad era perfecta yo iba al lado de mi marido cuando vimos unas rocas en forma de puente y me hizo pasar por debajo y ¡¡¡allí estaba!!! Un lenguadito con unos ojitos saltones mirándome que parecía que me daba la bienvenida, al minuto nos encontramos con un banco impresionante de peces que ni sabia el nombre pero me daba igual mi marido me dijo que no me moviera y ellos al principio muy tímidamente se acercaron a mí y me rodearon hasta el punto de curiosidad por parte de ellos rozarme las manos y cuerpo. Yo no podía ni creérmelo enseguida pensé en mi madre mi amiga Carmen mi hermana mis compañeros del trabajo ¿Cómo se puede ser feliz sin conocer este momento mágico? Es un mundo donde solo existes tú y el fondo marino. Allí rodeada de toda esa inmensidad de pequeños peces de diversos colores y con el gran amor de mi vida me di cuenta que VOLVI A NACER EN EL FONDO DEL MAR. Nos adentramos hacia las rocas y allí escondidos estaban los erizos de mar con colores diferentes marrones, lila, negros. Joan cogió un erizo le clavo el cuchillo y llegaron los peces de todos los lados, pequeños, grandes no importaba su tamaño eran de colores azules naranja y rojos era como estar dentro de un acuario artificial, al mismo tiempo era como si las ortigas de mar bailaran al mismo son con todos ellos, continuamos y vimos un grupito de castañuelas y allí descansando tranquilamente en una roca una escórpora roja preciosa, más abajo el rey!! la elegancia de un mero mediano que me miraba, dios que impresionante!!!! Y al lado en la cuna de una roca un gran descubrimiento una liebre de mar!! No podía ser era preciosa!! Pero entonces mi marido me dijo que teníamos que salir, como siempre lo bueno termina y mi primera inmersión termino a los 52 minutos cuando salimos nos dimos un beso y allí nos prometimos ser pareja de buceo para siempre.


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120. SIN PODER PENSAR

Estaba seguro de que aquél sería un día precioso, tenía que serlo. El amanecer en el Mar Rojo tiene la capacidad de atraerme como un imán. Cada mañana, antes de la llamada general, subía a la cubierta superior del Pearl con un café muy caliente, para contemplar el espectáculo del sol y el viento... “¡Qué maravillosa oficina tengo!”.

El nuevo grupo llegó ayer. Algunos belgas, españoles, portugueses, y británicos. Hemos navegado toda la noche y hoy empezamos las inmersiones en las Brothers. Todos los que han buceado aquí saben de la maravilla de los corales, lo apasionante de la vida marina, la magnífica sensación de libertad y, especialmente, recordarán lo salvaje, lo extremadamente salvaje de las corrientes. El Mar Rojo es, en sí mismo, un larguísimo canal de agua abierto por sus dos extremos. Y las islas Brothers están en medio de ese canal, expuestas a la furia del mar, a la fuerza de sus corrientes.

Para cuando todos están levantados ya me ha dado tiempo de tomarme al menos dos cafés. Ahora el brieffing. Alí, el instructor jefe, cuenta la inmersión, lo de siempre, con la misma broma de siempre:
- Recordad: máxima profundidad 40 metros, tiempo máximo 60 minutos, no 40 minutos a 60 metros, ¿vale?.

El Akhawein, conocidas por islas Brothers, son dos islas que quedan casi en el centro del Mar Rojo, a la altura de El Quseir, a unas 70 millas marinas al sudeste de Hurghada. Big Brother tiene unos 500 metros de largo y un faro construído por los ingleses hace más de un siglo, fácilmente visible. Small Brother, un islote de unos 50 m de largo, queda a unos 800 metros al sur de Big Brother. Los barcos de buceo fondean al sur de la isla, al abrigo del viento y las fuertes corrientes. El modo operativo es sencillo: con las barcas auxiliares los buceadores saltan al agua en el extremo norte de la isla. Hacen una entrada negativa para evitar que la corriente les desvíe y, por la mañana, se bucea en la cara este, arrecife en el hombro derecho, y por la tarde buceo la cara oeste, arrecife en el hombro izquierdo. Al llegar al extremo sur de la isla las auxiliares les recogen o, si no hay excesiva corriente, nadan hacia el barco.

La primera inmersión de la mañana, que se inicia sobre las 7, suele ser la mejor para ver pelágicos. La idea es alejarse del arrecife al inicio de la inmersión, aprovechando la fuerza de la corriente en la punta del islote, de forma que, sin perder de vista la sombra del arrecife, nos adentramos en el azul, profundos, sobre los 35-40 metros. Esperando, y tras no más de 3-5 minutos, siempre pueden verse tiburones. Prácticamente siempre.
Bueno, en realidad son ellos los que suben a verte a ti.
Esta ha sido siempre mi inmersión preferida, es el mejor momento del día para bucear, se inicia la actividad de los depredadores, y te despiertas entre bestias majestuosas, a 40 metros, en medio del azul...

Perfecto, es un día perfecto. El viento es fuerte hoy. Bueno, y cuándo no. La tripulación ha echado ya a popa la botella de seguridad. Parece que la corriente hoy es especialmente fuerte, "¡Hace un ángulo de casi 45º con la superficie! Tengo que decírselo a Alí.”

Mientras todos preparan sus equipos, discuto con mi jefe la inmersión, serán 11 buceadores en mi grupo. Le comento la fuerza de la corriente a popa. Alí es quien organiza todo lo referente al buceo y a los clientes. Es, además, el hijo del dueño del Pearl.
- No pasa nada, lo has hecho antes. Puedes hacerlo. Además, no hay más opciones, te toca el grupo grande

Sin comentarios.

Todo parecía rutinario. Todo parecía perfecto. “Otro día en el paraíso”.

Lo de siempre, equipos preparados, saltamos a la Zodiac, remontamos las olas hasta la punta norte del islote, salto al agua, señal de OK, todos conmigo, inicio la inmersión... Hasta aquí todo fue rutinario.
Iniciamos el descenso hasta 35 metros, y nos separamos del arrecife unos 30 metros, siempre manteniéndolo a la vista. Aparecen varias sombras en el azul, estoy casi seguro de que eran grises y martillos. Cómo me gusta mirarlos, son tan gráciles, tan majestuosos. Se mueven y, al nadar, parecen estar diciéndote algo así como "Mírame, soy perfecto"


Algo se mueve debajo, será a unos 55-60 metros. La visibilidad es fabulosa, pero no puedo distinguir con seguridad si es un tiburón martillo. Vuelvo a contar al grupo, señal de OK. Control visual del arrecife. Busco el arrecife. No llevábamos ni diez minutos de inmersión cuando me di cuenta de que el arrecife no estaba.

El procedimiento de emergencia es claro. Piensa. Estás en el azul. La corriente ha podido desviarte. Sube. Reoriéntate con la brújula. Sigue subiendo. Estábamos a 8 metros, y el arrecife no estaba donde lo dejé, no al oeste. Decido subir a la superficie. “Debería estar ahí. No es posible que la corriente sea tan intensa”. Todo el grupo me seguía.

Cuando llegué a la superficie el ordenador marcaba 14 minutos de inmersión, y el Pearl estaba a unos 300 metros de nosotros... La popa del Pearl. ¡La popa!.

Volví a bajar, dejando en superficie mi boya de seguridad, e hice la señal de abortar la inmersión y ascenso a todo el grupo.

Me sorprendía la fuerza inusitada de aquella corriente. Pero aún me sorprendía más que no oía ningún motor. “¿Y las Zodiac?. Deberían estar siguiendo las burbujas del grupo. No puedo oír sus motores”. Hice mi parada de seguridad y volví a la superficie. El resto del grupo seguía sumergido. El Pearl estaba ya a unos 500 metros de nosotros.
Y seguía alejándose.
Decido dejar al grupo unos minutos más debajo. “En realidad será mejor evitar el pánico. Para cuando quieran darse cuenta, estarán aquí las Zodiac... ”.

Supe más tarde que, en la segunda Zodiac, un buceador se hirió en la nariz al saltar y decidió no bajar, con lo que la primera Zodiac, la nuestra, tuvo que volver al barco para recoger al tercer grupo. Para cuando todos los buceadores del tercer grupo estaban sumergidos, ambas barcas comenzaron a buscar burbujas. Pero para entonces nosotros ya estábamos a más de 500 metros de la popa del Pearl.

Nuestro grupo estaba formado por doce buceadores, dos eran mujeres; cinco británicos, dos belgas y cuatro portugueses. Entre ellos sólo uno era instructor, uno de los británicos.

Pasaban menos de 30 minutos desde que se inició la inmersión, y ya estábamos todos en la superficie. Llegamos a hinchar ocho boyas de seguridad. Para entonces el Pearl estaba a más de 1.000 metros, y se inició una discusión sobre qué hacer.
Yo supe enseguida que, a esa distancia y en esa posición, al suroeste de la isla y del barco, y con el sol de frente, el Pearl no sólo no nos podría ver, ni siquiera iba a poder buscarnos.
Alguien sugirió nadar hacia el barco.
- ¿Cómo?, ¿estáis locos?, no se puede nadar contra esta corriente, las olas y el viento de cara. Simplemente, no se puede.

No podía esperar tranquilidad, pero podía intentar aparentarla, inspirarla.
No, no es que pudiera, es que debía.

- Nos llevaría más de una hora nadar hacia el barco, nos agotaríamos. Además, dividiríamos el grupo. Y es básico mantener el grupo unido, física y mentalmente.
A los 45 minutos del inicio de la inmersión, ya no podíamos ver el Pearl, ni siquiera el faro de Big Brother.

"No puede ser. No puede ser". Empecé a darme cuenta de la situación real. Y fue uno de los momentos más duros. Nos mirábamos, intentábamos flotar separados, ahora pienso que para evitar poder hablarnos, poder decirnos, unos a otros, que “esa” era la realidad.

Estábamos perdidos.
Estábamos perdiéndonos, millas y millas al sur y al oeste de ningún lado, y a gran velocidad.
Y sabíamos que, cada minuto, cada segundo que aquella corriente y aquel viento nos arrastraban a quién sabe dónde, perdíamos una esperanza de volver al barco, a la vida real. Pero es que “eso” era la vida real.

“¡¡No puede ser!!”. Recuerdo que aquél fue unos de mis momentos de ira. “¡¡Dónde diablos están las Zodiac. ¿¿Porqué no nos ha visto los vigías de la cubierta superior??. ¡¡Son dos, tiene que haber dos personas en la cubierta del Pearl!!. Y dos barcas. Los motores, no he oído motores en todo este tiempo. ¡¡¿Pero donde diablos están?!!”.

Supe, también algunos días después, que uno de los vigías de guardia en la cubierta abandonó su puesto y se volvió a la cama. Realmente es cierto que los accidentes no ocurren sólo por un único fallo en la seguridad.

Inicié un rápido proceso mental. Por alguna extraña razón mi mente trabaja mejor, mucho mejor, cuando estoy bajo presión. Y ésta, que duda cabe, era una de esas situaciones. Lentamente, fui reagrupando a todos. Uno a uno, les indiqué que tirasen los plomos, conservando los cinturones. Intentaba mantener el contacto, y las mentes claras, alerta, pero también quería evitar reacciones de angustia, agresividad o miedo.

Habían pasado tres largas horas cuando vimos la primera Zodiac que nos buscaba. Pasó a más de 500 metros al norte y al este de nuestra posición. Eran las 10 de la mañana. Y no podían ver un enorme grupo de doce buceadores con sus globos de superficie hinchados.

Es increíble como funciona la mente humana. Las siguientes horas pasaron como minutos. Flotábamos separados, pero cercanos. En silencio. Es como si fuésemos máquinas y alguien nos hubiera puesto en “Modo supervivencia”. Quiero decir que no pensábamos en nada. Mentalmente semi-inconscientes, tratando de no gastar neuronas, sabiendo que había que ahorrar esa energía, que éstas horas podrían ser sólo un comienzo.

Tampoco nos decíamos nada. “¿Por qué?. ¿Cuál es la razón por la que doce seres humanos perdidos, a la deriva en alta mar, a mitad de camino de ningún lado y sin medio alguno de supervivencia, no hablan entre ellos?.” ¡He pensado tantas veces en aquellas horas!. Aquellas largas horas de inercia mental, de apatía emocional. No quisimos enfrentar la realidad, que era la muerte. No quisimos saberlo. No lo aceptábamos.

Es difícil entenderlo sin haberlo vivido. Es incluso difícil para mí el explicarlo, el explicármelo incluso ahora.

Estábamos flotando en el Mar Rojo, agosto, mediodía. El agua del mar está a unos 28º C a esas latitudes. El sol nos quemaba las cabezas. El sol nos estaba abrasando la piel. Pero el mar empezaba a estar frío. Si, es que son casi diez grados menos que nuestro cuerpo.
Los chalecos de buceo, en superficie, rozan constantemente algunas zonas del cuerpo, especialmente en el cuello. El oleaje puede empeorar mucho la situación, salpicando en los ojos y en la boca, llenando de agua salada la piel ya quemada por el sol o rozada por el equipo, y haciendo el dolor aún más insoportable.
No podíamos quitarnos las máscaras porque el agua del mar salpicaba tanto que los ojos nos dolían. Han pasado varios años y aún pueden verse en mi cara las cicatrices de las quemaduras que la silicona nos produjo, al fundirse en la piel.

No sé porqué no puedo recordar más que algunas fases aisladas de tiempo, lapsos de minutos, imágenes sueltas. Y los momentos clave, como cuando, hacia el mediodía, empezaron a levantarse olas de hasta 2 metros de altura. Dos miembros del grupo comenzaron a vomitar. Aquello desencadenó una de las primeras situaciones de estrés entre nosotros. A esas alturas, todos sabíamos que los líquidos del cuerpo eran preciosos.

Sobre las 3 y las 4 de la tarde se inició una gran excitación. Apareció un barco de buceo a unas dos millas de nosotros. Aquello no sólo significaba que nos estaban buscando, que era evidente. Significaba que iban en la dirección correcta, y que, además, la búsqueda estaba siendo coordinada. Todos reunimos fuerzas, y el grupo pareció despertar. Poco después vimos por primera vez el avión de rescate.
Pero ni el barco ni el avión nos vieron, nadie nos vio. Todos se quedaban al este de nuestra posición. No podían vernos. “Sí, nos buscan, pero en la zona equivocada. Esta corriente está haciendo un arco que se abre hacia el oeste, y cuanto más tiempo pasa y más lejos nos arrastra, más nos desvía de la zona teórica en la que nos están buscando. MIERDA”. Que yo me diera cuenta de aquello no fue lo peor. Lo peor fue que los demás también lo hicieron. Y se inició el inevitable enfrentamiento. Parte del grupo quería que nadásemos hacia el este, para que los equipos de búsqueda dieran con nosotros. Los demás pensaban, conmigo, que tarde o temprano, la zona de búsqueda se ampliaría. La discusión fue intensa.

Por fin, uno de los británicos sugirió nadar hacia un barco mercante de miles de toneladas que pasaba cerca. Entonces fui consciente de que la situación podría escapárseme de las manos en segundos. Supe que debía mantener la calma entre todos, y en mi mente. Y había que mantener a un líder.
- No digas barbaridades. No puedes nadar hasta allí. Y, aún suponiendo que lo consiguieras, no te verían. Hemos dicho que no vamos a separarnos.

Pero no conseguí evitarlo, y cuatro de ellos nadaron hacia el mercante. Llegaron a separarse unos 800 metros. El mercante, claro, no les vio. Y afortunadamente, tampoco los arrolló. Volvieron.
Ahora el oleaje empezaba a bajar, se acercaba el ocaso. Eran sobre las cuatro de la tarde.

Poco más tarde, de nuevo el avión de rescate. Volvía la agitación. Esos momentos eran realmente terribles. Fueron los peores. Todos queríamos saltar, gritábamos, llorábamos, nos agitábamos. La tensión acumulada, el dolor, el frío, todo parecía desaparecer en esos segundos de alegría, de entusiasmo por la inminencia del rescate. Todo el grupo levantó aletas, boyas, linternas... el avión pasó esta vez tan cerca que pudimos ver la cara del piloto... pero él no pudo vernos a nosotros. Giró hacia el norte y volvió a alejarse, esta vez para no volver. Serían las cinco de la tarde. Quedaban apenas dos horas de luz.

Y de todos los malos momentos que puedo recordar, aquel fue sin duda el peor. Toda nuestra esperanza, todo el esfuerzo, el cansancio, la indignación, el dolor, la ira... todo saltó por los aires. El silencio fue lo único que nos quedó.

“No van a encontrarnos nunca.”

Nos quedamos flotando en silencio. Mas tarde nos dimos cuenta de que el grupo se había disgregado y volvimos a reunirnos. Después de aquella excitación, la calma, y probablemente también el cansancio, empezaron a hacernos mella.
Inicié los planes para enfrentar la noche. Dos personas del grupo tenían ya los síntomas iniciales de una hipotermia y, en pocos minutos, la puesta de sol agravaría la situación. Decidí que debíamos atarnos entre nosotros, con cuerdas y cinturones. Asigné un número a cada persona del grupo con el fin de que se repitieran en alta voz cada cierto tiempo y así saber que seguían despiertos, o evitar que alguien se durmiera sin que los demás nos diéramos cuenta.
Durante la puesta de sol pudimos ver un horizonte montañoso, lo que nos hizo pensar que si durante la noche nadábamos hacia el oeste, podríamos acercarnos algo más a la costa. Aún a sabiendas de que eso nos alejaría aún más de la zona de búsqueda, los barcos de recreo podrían vernos más fácilmente por la mañana. “Además, nadar nos mantendrá calientes durante la noche.”

La puesta de sol terminó. Y fue preciosa, un espectáculo. Nadábamos sobre nuestras espaldas, orientándonos con las brújulas y con las estrellas. Alguien empezó a cantar. Eran las ocho y media de la noche. En un momento determinado tuvimos que detenernos para liberar una botella de emergencia que impedía bastante la progresión del grupo. Aprovechamos para descansar. Fue entonces cuando vimos unas luces muy lejanas, que parecían dos barcos. Se dirigían al sur, muy muy lejos de nosotros.
Uno de los focos tenía una gran potencia, así que intenté atraer la atención de aquellos barcos con él. Durante quince minutos, todos hacíamos señas con nuestras luces. Supimos más tarde que, cuando aquellos barcos nos vieron, pensaron que sería un barco de pescadores, por la gran distancia que había entre las luces, pero, como el radar no les dio ninguna señal, decidieron “ir a ver”….

Se inició entonces una larga discusión, intensa. Discutimos mucho más en aquellos minutos que en todo el día: “No orientéis las linternas arriba, no a las boyas, no así sino así, reservemos la batería de al menos una de ellas...”. Intentábamos no ilusionarnos con un rescate, ¡antes estuvimos tan cerca!, pero no pudimos evitarlo.
Estábamos en plena agonía. Alguien dijo que los barcos se acercaban, que podía ver las luces verde y roja de la borda. Y eso es algo que sólo ves cuando un barco se dirige directamente a ti.

Aún les llevó 50 minutos más llegar hasta nosotros. Calculo que habían recorrido unos 10 Km. Empezaron a encender y apagar sus luces para hacernos ver que venían en nuestra busca. A unos 30 metros de distancia enviaron la primera Zodiac, que nos recogió del mar y nos dejó en el Storm, donde su tripulación nos dio una increíble bienvenida.

Nos encontraron 13 horas y media después y a 42 Km al suroeste del punto de inmersión de las islas Brothers.

Ninguno de nosotros pensó en cómo pasar toda una noche en el mar.

Ninguno de nosotros creyó sobrevivir a la hipotermia y al sueño.

Nadie quiso siquiera imaginar en pasar otro día como aquel, flotando a la deriva en el Mar Rojo.

Sin poder pensar.


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(Basado en un hecho real)

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119. LA PRIMERA MAÑANA DEL MUNDO

Hay un momento del día en el que todo lo que imaginemos es posible. Por un extraño encantamiento el tiempo se vuelve espacio para alojar a los sueños que quieren ver la luz y darles cobijo más allá de nuestra mente. Ese lugar donde se forjan los sueños existe y se encuentra en el límite entre la noche y la alborada, sus fronteras son imprecisas, tanto como los primeros destellos de la mañana pero mucho menos que las mil quimeras que cobran vida en él.

Historias de un buzo

Poseídos por el ansia de hallar ese rincón mágico salimos una madrugada siguiendo un sendero de estrellas y dispuestos a abandonarnos al abrazo de la marea, tal vez lo que buscábamos no era otra cosa que el origen de un sueño, ese que se desvanece antes de llegar a ser y que se pierde para siempre en la tiniebla sin que logremos retenerlo en nuestras manos. Quien sabe si las olas esconden tan sutil tesoro y si, al entregarnos a su vaivén nos concederían el don de descubrirlo.
La Luna cual Diana cazadora de sombras lucía casi plena sobre el mar trazando un derrotero inmenso que se perdía más allá del horizonte, su mantilla de plata dejaba entrever unos ojos morunos de mirada embaucadora que invitaban a la complicidad con la noche. Siguiendo su estela llegamos hasta una orilla donde nos dispondríamos a quebrantar los confines de la aurora. En pocos minutos ya estábamos preparados, un movimiento bastó para deslizarnos bajo las aguas y fundirnos con el misterio de la oscuridad.

A la luz de nuestros focos iban saliendo a escena todos los personajes, algunos de ellos, trasnochadores invictos, otros aún sumidos en el sosiego de su descanso como si por encima del velo de agua el tiempo no existiera para ellos. En cada roca dormitaba algún cabracho mimetizándose con las rugosidades de su lecho pétreo, las fulas apenas asomaban la boca desde su refugio, como queriendo atraer a un beso imaginario; la viejas, recostadas sobre la arena y con sus colores desvaídos cobraban el aspecto inquietante de figuras de cera, completamente inmóviles pero con los ojos abiertos, parecía que desde su letargo controlasen cada uno de nuestros movimientos. Alguna sepia ingrávida se dejaba mecer a media agua ondeando su manto de gasa. Mientras tanto, unos metros más adelante, una silueta fugaz cortó la oscuridad, era un jurel que no entendía de horarios y vagaba como lobo solitario en la noche. Sobre el fondo, una figura sinuosa cruzó ante el haz de nuestras luces, un congrio de arena que irrumpió en el lugar haciendo gala de una elegancia altiva con la arrogancia de quien se sabe bello e inusual, su contoneo cadencioso nos evoco por un momento imágenes de danzarinas orientales perfumadas de jazmín y sal.
Sobre un saliente un pequeño chucho dormía con la serenidad de un niño, su cuerpecito menudo se movía al ritmo de su respiración transmitiéndonos la ternura de los sueños infantiles, al contemplarlo una sonrisa se dibujo en nuestro rostro, toda la dulzura del océano había tomado forma en aquel ángel de paz.
Y en medio de ese sosiego absoluto, poniendo el
Contrapunto a la quietud que nos rodeaba, la ciudad que no descansa y sus habitantes que, en una actividad frenética se encargan de dar vida al arrecife cuando todo parece rendirse al abandono. En cada recoveco cientos de gambitas escalaban la roca, bajaban, se deslizaban por la arena e iban desapareciendo tras el relieve en perfecta formación, las centellas de sus ojos se desgranaban por la arquitectura caprichosa de la pared, insinuando el alma de fuego que una vez esculpió aquel paisaje. En el seno de la noche la lava retorna a la vida y refulge en la mirada de las criaturas del mar. En un intento de dirigir aquel movimiento perpetuo, los cangrejos araña alzaban sus patas delanteras marcando el compás con la corriente, un grupo de cuatro de ellos custodiaban la entrada de una grieta balanceándose al unísono; una minúscula gambita de lunares se unió al jaleo agitando alegremente sus antenas; mientras, en su cueva, una cigala asomaba las pinzas presta a abalanzarse sobre el último bocado de la jornada; un pulpo reptaba sobre su terreno de caza alargando sus tentáculos en un gesto que desafiaba al hambre. Y desde sus balcones de roca las gambas jorobadas contemplaban con actitud impasible el espectáculo que les brindaban los noctámbulos empedernidos.

Al percibir una tenue luz que despuntaba, dejamos a nuestras espaldas a los habitantes del veril y su entusiasta faena, apagamos los focos y buscamos una roca plana en la que asentarnos, un altar sobre el que la Diosa del Alba, tras el sacrificio de la noche pudiera depositar su ofrenda luminosa ante nosotros, humildes mortales en busca de un milagro. Y el milagro se hizo, y la luz nació. Poco a poco el negro fue tomando tonos de añil y malva, azulón tornando a turquesa, matices blanquecinos donde no había otro color que el de la nada, ensamblando la vidriera de aquel templo sumergido. En un arrebato final la claridad rompió bajo las aguas erigiéndose en dueña y señora del lugar, coronando de esplendor la entraña del océano.
A la llamada de la aurora iban acudiendo tímidamente lasCriaturas diurnas, deslizándose desde unas sombras que poco a poco se diluían en el agua. Sus perfiles se dibujaban en el azul cada vez con más nitidez y, en el tiempo que dura un bostezo toda la vida brotó a nuestro alrededor: bancos de sargos prestos a comenzar su ronda matutina, el fulgor del amanecer arrancaba chispitas de platino a su librea recién abrillantada. Al igual que estos, las bogas abandonaron su tono gris y lucieron mil reflejos metálicos con los que cortar el agua a su paso vertiginoso. Las viejas liberadas ya de su inercia revoloteaban entre las rocas con renovado brío en su atuendo, parecía que una bandada de aves exóticas hubiera invadido el lugar para salpicar de carmesí el lienzo de la marea. Mientras, pequeñas cuadrillas de barracudas iban a la caza de su desayuno sobrevolando un arenal cuajado de anguilas jardineras cuyo balanceo cadencioso se perdía en ese punto del infinito donde no alcanza la vista.
Súbitamente nos sentimos invadidos por una inquietud extraña, como si el halo de un espectro rondara tras de nosotros. No tardamos mucho en descubrir que ese espectro era tan real como corpulento, su tamaño se equiparaba sobradamente con el nuestro; se trataba de un imponente chucho negro que nos agasajaba con su danza seductora. Su manto ondulante recreaba juegos de luz con el fulgor incipiente, nos envolvía en un embrujo del que no queríamos librarnos, aquel animal rotundo quebrantaba toda lógica posible al transformar su contundente figura en la esencia sutil de la armonía. Cuando se alejaba su baile se fue con él, que no su magia, ella perdura en cada movimiento del agua y, si alguna vez sentimos de nuevo una presencia espectral, quizá se trate de esa magia que regresa a nosotros para hacernos bailar a la deriva.

Aún embargados por la maravilla del encuentro proseguimos nuestro rumbo al filo de la mañana descubriendo la metamorfosis asombrosa que había sufrido el espacio que nos alojaba. La fauna nocturna había desaparecido en el vacío, el mismo del que surgieron de repente todos los pobladores que ahora nos acompañaban; las fulas ya no buscaban besos entres sueños sino que fuera de sus guaridas moteaban el paisaje; pejeverdes, herreras, medregales afanados en sus respectivas tareas; los peces trompeta exhibían solemnes su elegancia de día de fiesta. Y de la oscuridad que reinaba momentos antes solo quedaba un trazo en la memoria. La luz había vencido a la tiniebla y de la noche extinguida había engendrado al día.

Amparados por el veril emprendimos nuestro regreso a la orilla que había servido de punto de partida de nuestro viaje a través del alba. Pero el amanecer aún nos tenía reservado un último regalo, el espectáculo más bello, la escena más sublime que puedan captar unos ojos. Diluyéndose en el velo de la superficie un torrente de partículas doradas centelleaba por encima de nuestras cabezas. El sol recién nacido había derramado su esplendor sobre las aguas quebrándose en destellos de fuego y ámbar, profanando las profundidades con el galanteo de un amante lujurioso. Toda la superficie estaba cubierta por esa pátina, tan delicada que se resquebrajaba en cada rizo de las olas. Y entre los recovecos de cristal que se abrían en ella haces luminosos de un dorado purísimo caían a plomo cortando el azul. El oro milenario que una vez forjara el alma del astro rey se había devanado en las manos de una sirena con vocación de Penélope que, sabiamente iba hilando los rayos que sustentan la bóveda celeste. Y en ese laberinto de púrpura las hadas de la luz jugaban a perderse para luego aparecer extendiendo sus vestiduras de tul y recibir así a la mañana. Era un homenaje a la vida que renacía victoriosa bendiciendo a todos los seres de la creación desde el fondo del mar al infinito. Y nosotros estábamos siendo partícipes de esas bendiciones inmersos en aquel alud incandescente.

En la primera mañana del Mundo todo tuvo que ser de esa manera, las tinieblas se esfumaron en el vacío y tímidamente la claridad fue tomando posesión de sus dominios, las criaturas de la noche cedieron el magma de su mirada a la fragua donde se moldearían los perfiles de la Tierra, miles de seres huidos de las sombras colmaron de vida el seno del océano y una amalgama de contraluces puso marco al altar de sal y roca donde una diosa triunfante proclamó su consagración. En la primera mañana el sol ocupó las aguas sin pedir permiso y unas manos de sirena entretejieron con hilos de oro el nido donde nacen las quimeras, las hadas danzarinas desgranaron en el azul las centellas robadas a un cardumen y su risa puso música a la aurora madre de los elementos.
Un brazo de luz nos rodeó para depositarnos suavemente sobre la arena. El día había despuntado por completo y en nuestras caras se dibujaba la sonrisa de quienes habían logrado su cometido, no hacían falta palabras para adivinarnos el pensamiento, habíamos acudido a aquel rincón del tiempo para encontrar la cuna de los sueños y conseguimos tocarlos, retenerlos y nacer con ellos mecidos por el alba. A partir de ahora ya sabremos donde hallarlos, allí aguardan pacientes a que los descubramos y les hagamos existir. Quizá los sueños, como el mundo tuvieron también su primera mañana, por eso al rayar el sol vuelven a la vida guiados por la esperanza de resurgir y, ataviados de azul y oro celebrar por fin la vida en todos los hijos de un océano vibrante.

A veces por las noches vuelvo a sentir esa presencia espectral, inquietante a mis espaldas, como si un ser inmenso desde las profundidades nos envolviera en su manto ondulante para llevarnos con él y arrastrarnos a su baile de marea. Tal vez sea el momento de tomar el sendero de plata que conduce hasta una orilla, de abandonarnos a las olas y buscar, bajo el mar guardián de los tesoros el punto impreciso entre el letargo y la vigilia en el que todos los sueños son posibles. Y allí, donde tiempo y espacio se confunden se harán entonces realidad, y nos acompañarán eternamente cada vez que la mañana nos sorprenda despertando entre dos aguas.


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118. POR QUÉ BUCEO SI SOY DE SECANO

Llevo muchos años soñando con algo, bucear, es un sueño de esos que cuando eres niño y crees que nunca se podrá conseguir. Pero hace un mes mi sueño se hizo realidad.
Viajamos a Centro América, a un resort de los de TI, súper chulo con su piscinita, playita, etc. Con una playita de arena blanca y aguas turquesas. Los típicos de la zona.


El primer día empecé a ver las escuelas de buceo de la playa donde yo me encontraba y después de pasear media mañana. Encontré mi escuela, en la playa del hotel que era en el único lugar donde no pregunté. Hable con el relaciones y él me la ofreció.
Al día siguiente empecé mi OWD, mi primera inmersión en piscina fue un poco agobiante, pero eran los nervios de haber conseguido mi sueño de tantos años. Realice mi curso y en el trascurso de éste, lo más esperado mi primera inmersión en mar. Yo creía que estaba soñando. Una chica como yo de interior y a mi edad como podía imaginar que algún día llegaría ese momento, aunque lo deseara con todas mis ganas.
Nada, subimos a la motora y en menos de 10 min ya estaba dentro del agua con mi jacket hinchado y recibiendo las instrucciones de Ricardo. Miramos la hora, 9:45AM, un punto de referencia, un gran hinchable de colores, sacamos el snorkel y colocamos el regulador, ay dios, qué nervios me temblaba hasta la nariz, jeje.


Por fin después de los minutos previos, deshinchamos el jacket y bajamos, eso fue increíble en menos de tres metros estaba rodeados de unos peces grises con una franja amarilla, muy curiosos, la verdad es que yo he recorrido unos pocos acuarios y nunca tuve el placer de conocerlos. Pero seguimos bajando, que hay más, a parte de un poco de mar de fondo, lo suficiente como para que fuera divertido. Realizamos los ejercicios y aprovechamos a bucear un poco porque aun teniamos aire.
Después de unas pocas patadas mi primera presentación una mantita pequeña, preciosa por cierto, aunque esquiva claro.
Se nos estaba terminando el aire, por lo que para arriba.
Esto no es todo después de obtener mi carnet de OWD. Mi primera inmersión como OWD, un barco destrozado. Mi primera entrada al mar desde barco un gran paso y para el agua ya es casi normal realizar los 5 puntos, tiempo, ubicación, snorkel, regulador y Jacket.
Según bajamos se empieza a ver parte del barco, multitud de peces de colores, parece mentira que algo que el hombre dejo allí cree tanta vida y te das cuenta que si no tenemos cuidado con ello podríamos quedarnos sin nada.
Buceo cerca de Leo, me han dicho que le gusta descubrir animales escondidos y eso para mí es interesantísimo, pues nada, junto a él toda la inmersión. Me encantaba girarme y mirar al resto del grupo puede que todos sintiéramos lo mismo, la libertad a tu alrededor en esos momentos es como la que puede tener un pájaro volando o uno de aquellos peces que nos acojina en su gran hogar. Me sentía una privilegiada. Pero bueno no me voy a poner blandengue.
Seguimos mirando un pececito pequeñito en una oquedad, la gran hélice del barco llena de algas, corales, pececitos, no se puede que nunca… imaginara algo así.
Mi botella por mi poca experiencia se está acabando y tengo que salir un rato antes que el resto porque si no me quedo sin aire. Me despido de ese hermoso lugar y rezo porque puede volver en breve.


Esta es mi última inmersión, ya he llegado a España y busco un lugar cercano a mi cuidad que se pueda bucear. Pero nada todo está muy lejos y el mar Atlántico no se lo recomienda mucho por mi falta de experiencia. Espero que este invierno pueda ir a uno de esos lugares a los que todos queremos ir alguna vez en nuestra vida, el Mar Rojo. Para por fin conocer a Nemo.



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117. LA ÚLTIMA INMERSIÓN

Ahora los rayos del sol se filtraban como haces de cuarzo, infinitos, entre miles de pequeños espejos desordenados, conformando una superficie plástica y maleable de luz y reflejos. Su movimiento hipnótico, la antigua sensación de ingravidez y mi ligereza hasta entonces desconocida me transportó a un sueño nuevo. Llevaba cerca de treinta años buceando, había enseñado a bucear y a amar al mar a cientos de personas, a mis hijos y a mi amada esposa, a muchos amigos y en ese día, en esa mañana, sentía la misma sensación nerviosa del primer día.

Mirando a la superficie, dando la espalda al fondo, veía las burbujas como viajaban rompiendo en explosiones de destellos hacía su mundo. Como esferas plateadas, como gotas de mercurio, con sus formas caprichosas moldeadas por el mar, se alejaban vigorosas contrariando desafiantes a la natural ley de la gravedad. Yo desde mi mundo, viajaba hacia la profundidad en busca de la fusión en alma y cuerpo con mi elemento, con mi amante la mar.


Hace treinta años que una mujer, desconocida e imprevisible, me embrujó y me robó el alma y la razón, la mar. Diez años después, otra mujer, diosa de la sensibilidad y del amor en estado puro, me enamoró y me robó el corazón y el destino, Claudia. Estos dos amores han esculpido la felicidad en mi vida. Un día, con el embrujo de uno y con la fuerza del amor del otro se hizo realidad mi sueño, y desde entonces habito en él. Vivir junto al mar.

Debajo de mi veía las figuras del resto del grupo descendiendo lentamente, dejando tras de sí una estela de perlas huecas, blandas, como residuos de la adaptación del cuerpo de aire al de agua, sintiendo la presión, el sabor salado que alerta los sentidos y nos transporta al mundo buscado.

Habíamos fondeado en mi punto de inmersión, en mi lugar sagrado. Lo llamábamos “El fin del mundo”. Así lo bautizo Claudia el día que lo encontramos. Al salir de aquella inmersión, única e irrepetible, dijo: -“Si el mundo debe tener un final, y dar por acabado las bellezas que nos ofrece, debe ser este.”
El descenso comenzaba sobre un pequeño bajo colonizado por algas de colores vivos, esponjas y explanadas de poseidonia que se agitaba con el movimiento del mar como campos de trigo por el viento. Entre ellas bancos de salpas fosforescentes jugaban en grupo iluminadas por sol. Resbalando por la ladera del lado este de arena y bloques de roca impregnadas de estrella rojas, de erizados puntos negros puntiagudos, de arboles otoñales de coral rojo poblados de castañuelas, de julias, de peces verdes que hacían del fondo una paleta de cientos de colores en movimiento, se llegaba una pared de suave pendiente sobre la que nacía un saliente en forma de cráter. En su interior el paisaje se transfiguraba en bloques rasgados de roca caliza, en surcos arrancados al fondo del mar por los que se navegaba por el tiempo como son las arrugas en el rostro de nuestros mayores, en una imagen lunar de columnas huecas, de chimeneas como esponjas gigantes. Y al llegar a aquel lugar, como siempre, recordaba lo que un día le dije a Claudia y que a ella le enfurecía amorosamente:”-El día que muera quiero que traigas mi cenizas aquí, quiero pasar la eternidad aquí.”
Mientras recordaba, advertí que el grupo al que perseguía era más numeroso de lo que habitualmente solíamos bajar. Se pararon sobre este punto y Roberto, el fiel amigo por el que se entrega la vida, con ayuda de mis hijos, introducían en uno de los huecos un cofre de madera. Pero no era un cofre cualquiera, era el cofre donde yo guardaba mi colección de pequeños objetos rescatados del mar, como epilogo a una vida de inmersiones. No entendía que hacían y me acerque hacia ellos en busca de una explicación. En ese momento, una pareja me distrajo la atención al pasar a pocos metros, iban de la mano, haciendo apnea, algo que a esa profundidad no era muy normal, pero nadie les hizo caso. Con un compás parsimonioso, como quien pasea por el parque sin intención de gastar el tiempo, dejando pasar el momento sin esperar al siguiente. Me saludaron. Les contesté con un ok y se perdieron hacia el suroeste.

Al retornar mi mirada hacia la escena anterior ya no estaba el grupo. Sentí un escalofrío por todo mi cuerpo, como si de repente sintiera la temperatura del agua, como cuando se inunda el traje al saltar del barco. Desplazando el calor acumulado, mojando e invadiendo el espacio, vistiéndote de mar.
Ahora el racimo de burbujas viajaban hacia el oeste. Miré mi ordenador, en busca de tiempo y deco, pero otro hecho desconcertante me confundía. La pantalla no marcaba nada. Estaba apagado. Y ¿cómo podía ser, si se activaba automáticamente al contacto con el agua? Estará sin batería. Pero en mi vida me ha pasado, siempre compruebo la batería. Bueno, es una maquina y se estropean. A fin de cuentas esta inmersión la conozco de memoria.
Me dirigí hacia el grupo. Ahora sobrevolaban la historia pasando sobre la cubierta de Amazonia, una goleta de primeros de siglo que reposaba sobre el arenal acostada sobre su banda de babor. Los palos erguidos como esperando volver a ser vestidos con sus jarcias. Sus cubiertas intactas, sus bodegas abiertas como quien abre el corazón a su amigo confidente. Se podía oír la campana repicar clamando la salvación, las voces de sus tripulantes gritando en la tormenta que los derrotó en un golpe de mar.

Desde allí y llevando los reflejos de sol a la izquierda, navegando dirección sur se llega a un cortado cuyos límites no se ven. Te dejas caer, flotando en un aire pesado que te sostiene amable. Miras al infinito y un universo azul se extiende ante ti sin final, sin márgenes. Vas volando suave, descenso retenido en el tiempo hasta llegar a un entrante en el muro donde de un fogonazo se cubre la pared de un manto violeta, extensión de terciopelo vivo que te arropa. Las gorgonias, como si de una alfombra de bienvenida al final de este mundo se tratase, te enfocan hacia el punto de partida. Dejando la pared y navegando con el sol de frente llegas al pequeño bajo y sobre él, sujetos en el cabo de fondeo nos despedimos de nuestro momento, como parte del acto final de la danza tribal que todos celebrábamos al acabar el ritual que nos despide del mundo salado para convertirnos de nuevo en seres de aire.

Al salir a la superficie, a pocos metros de ellos, levante los brazos sobre mi cabeza indicando que todo estaba bien, pero nadie me contestó. Sabían que yo con eso no jugaba. El mar, siempre amado, nunca perdona los descuidos y la seguridad para mí era algo fundamental. Nunca había tenido un accidente y ese exceso de confianza y falta de atención me molestaba.
Me fui acercando al barco con intenciones de reprimenda, pero a pesar de mi enfado sentí una sensación ambigua de alegría y satisfacción muy extraña. Mientras esperábamos en la popa del barco para subir, ironicé con comentarios sobre el asunto pero nadie los atendió. Me hacían el vacio. Pensé que me estaban gastando una broma y así la seguí. Subieron todos al barco. Yo seguía esperando a que me ayudasen a subir, pero nadie aparecía por la borda. La broma ya no tenía gracia y de un esbozo de sonrisa pasé a la seriedad y de ésta al enojo. Quise gritar pero no pude. El extraño sentimiento de felicidad y de paz impedía mi enfado, lo bloqueaba. Y así del enojo volví a la sonrisa bobalicona.
El motor del barco rugió.

Vi asomarse a Claudia, mi mujer. Me percaté de que no llevaba puesto el neopreno sino mi abrigo marinero de paño azul, con el que me tachaba de pordiosero siempre que lo usaba e insistía en tirar constantemente y a lo que yo me negaba con testarudez. “-Este abrigo conoce más puertos de mar que yo” -la contestaba, siempre perseverante en la defensa de mi fiel y cálido amigo. Alrededor de su cuello llevaba anudada la bufanda de rayas blancas y negras. La que le regalé el día en que nos conocimos y desde entonces quedo sentenciado nuestro futuro a vivir juntos. Únicamente se la ponía cuando yo no estaba.
Miró al mar. No a mí. Con una mirada perdida, desenfocada, infinita. Como si quisiera ver al mar entero en un solo parpadeo, como si con ella le quisiera robar el alma. Sus lagrimas recorrieron su rostro, cayendo, en busca de los millones de gotas saladas sobre las que se mantenía en pie, para mezclase en el último acto de amor, en un último orgasmos robado por la tristeza.
Y el barco se alejó.
Quise gritar y de nuevo no pude. Quise agitarme irritado para llamar su atención, en un arrebato de rabia. Pero mi cuerpo no reaccionó. De nuevo el extraño sentimiento me bloqueó y a esa paz se le sumó la añoranza y el desasosiego y quedé en silencio, confuso.

Volví a sumergirme inconscientemente, sintiendo una ligereza anormal, una calma angustiosa que hizo desaparecer el tiempo, como quien no espera el momento siguiente y en ese momento comprendí que aquella era mi última inmersión.
Y entonces sentí mezclarme con el mar.
Por fin mi sangre era salada, mi alma marina.

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116. LOOKING FOR PARADISE

Realmente no debes ir tan lejos para encontrar el paraíso, no está en una isla desierta, no se encuentra en una montaña perdida ,no está en la abundancia del dinero, en poseer…en tener….está ahí justo a tu lado…en el mar.

Si eres buceador me entenderás, es la sensación de paz, de libertad que se siente ahí abajo. El silencio de tus burbujas, el sonido de tu respirar, eres tú, tu compañero o tu grupo y el mar…Es perdida de noción del tiempo ,ausencia del todo, sentirte pequeño ante la inmensidad del océano, sentirte uno más en el habita marino, es el creer que vuelas, sólo despiertas al mirar tu manómetro y comprobar que te queda poco aire para seguir sintiendo ,para seguir feliz, para creer en un mundo totalmente diferente, para volver a nacer…
Cada vez que me sumerjo esa sensación vuelve a invadir mi alma y vuelvo a sentirme libre, en paz, tranquilo y vuelvo a creer que existe el paraíso ,aquí junto a mí.
Por eso os invitaría a compartir mi lugar secreto para que se entendiese la necesidad de proteger lo que amamos, de cuidar cada palmo de vida que subyace allá donde vamos, por donde buceemos…para que el resto del mundo pueda encontrar también ese paraíso.

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115. TERRITORIO LONGIMANUS

Cuando un miedo es irracional la única solución para combatirlo es enfrentarse a él y nosotros hemos decidido superar el miedo más profundo que conoce la humanidad, el temor a ser devorado. Esta es nuestra experiencia….

LOS PREPARATIVOS
Junio de 2009. Mientras organizábamos nuestro viaje al Mar Rojo, una triste noticia saltó a los medios de comunicación: una buceadora francesa había sido atacada por un tiburón Longimanus y había fallecido debido a las fatales heridas recibidas. Después de lo sucedido nos cuestionamos de manera razonable la seguridad de sumergirnos con ellos, no en vano el principal objetivo de nuestro viaje era filmar a estos carcarinidos. Así que con el fin de resolver nuestras dudas contactamos con nuestro amigo Sesbastien Salingue, autor del libro “100 belles plongées en mer Rouge”, al que habíamos conocido en anteriores cruceros realizados en esta zona del planeta. Nos respondió con información sobre el accidente y nos comentó que se había producido mientras los submarinistas hacían snorkel en el arrecife de St. Johns, en ruta sur, y junto al email nos adjuntaba una foto del accidente donde se podía ver a una buceadora inconsciente mientras la trasladaban al barco. En su pierna derecha se encontraba una gran herida con forma de semicírculo que identificaba al causante del ataque.
Sabíamos que estos escualos eran los causantes de numerosos ataques a los supervivientes de tragedias aéreas y marítimas, en especial durante la segunda guerra mundial, pero no teníamos constancia de ataques mortales a buceadores. Aún así, estábamos dispuestos a continuar con nuestro viaje y resolver algunas de las dudas que nos asaltaban, que se podían resumir básicamente en una pregunta que rondaba por nuestras cabezas: ¿Estaremos en peligro cuando intentemos filmar a los tiburones?

DOS MESES MÁS TARDE…
Sebantien nos recoge en Hurgadha para comenzar nuestro viaje. Después de embarcar ponemos rumbo a los cercanos arrecifes de Gotta Abu Ramada, aquí haremos nuestras inmersiones de adaptación antes de sumergirnos en las profundas y turbulentas aguas de las islas que vamos a visitar. La primera inmersión de un viaje de buceo es un momento especial en el que compruebas si se va a hacer realidad todo aquello que has estado esperando durante meses, y nada más sumergirnos, vemos un jardín de coral repleto de pequeños peces de colores, así es el Mar Rojo.
Esa misma tarde soltamos amarras rumbo al sur, a unas nueve horas de navegación se encuentran los arrecifes de las míticas islas El-Akhawein. El mar está bastante en calma y decidimos dormir en la cubierta del barco. Lentamente el sueño nos envuelve mientras pensamos qué nos esperará cuando lleguemos a nuestro destino.
Nuestra búsqueda da comienzo en el Aida II, barco de transporte militar egipcio que se hundió en 1957, en la mayor de las islas hermanos. Nada más sumergirnos vemos unas impresionantes paredes verticales repletas de coral, no hay corriente y los tonos azules predominan sobre cualquier otro color del arrecife, desde los más claros de las aguas menos profundas, a los añiles de las zonas abisales que nos rodean. Como si de pequeñas plumas se tratase, suavemente caemos hacia las profundidades, hasta que por fin vemos la estructura del pecio suspendida en una pared totalmente vertical. Agarrados a la barandilla de popa y mirando hacia un fondo que nunca llega, parece que el barco nos quisiera arrastrar al abismo tras de sí. Nuestra espera es infructuosa, estamos en un mundo que tiene sus propias leyes y hoy los grandes tiburones no vienen a nuestro encuentro, aunque no todo está perdido, por suerte acuden a la cita dos amigables peces que lucen una gran joroba en su frente, son Napoleones. Después de jugar un rato junto a ellos, lanzamos nuestras boyas para marcar la posición y esperamos que vengan a recogernos.
Nuestra próxima oportunidad la tenemos una milla más al sur en la zona norte de Small Brothers. Pero encontrar escualos no es una tarea fácil y en muchos lugares del mundo se les atrae con carnaza o pescado, lo que altera su comportamiento y los vuelve más peligrosos y agresivos. En Egipto está prohibido utilizar estos métodos, así que nuestras posibilidades pasan por estar en el momento adecuado en el sitio correcto, y esta isla es un imán para los pelágicos que se acercan a sus aislados arrecifes para alimentarse y desparasitarse. Algo que en el caso de los grandes grupos de tiburones martillo lleva ocurriendo desde tiempos inmemoriales.
Nada más sumergirnos Sebastien hace un seña para alejarnos de la pared, el reclamo es una botella de plástico a medio llenar que mueve con insistencia hasta que por fin se acercan dos tiburones grises. No son muy grandes y están bastante lejos, en unos segundos desaparecen dejando paso a varias sombras que se desplazan hacia nosotros... Su extraña cabeza les diferencia de cualquier otro selaceo, mitad pez, mitad ser mitológico. Se acercan lentamente, subiendo de las profundidades en grandes círculos concéntricos.
No están aquí por casualidad, estos escualos son capaces de percibir la presencia humana mucho antes de que nosotros podamos verlos. Si su morfología es extraña, sus sentidos son de ciencia ficción: es capaz de percibir una sola gota de sangre entre veinticinco millones de gotas de agua marina, el oído interno percibe ultrasonidos a una distancia de más de dos kilómetros, las líneas laterales de su cuerpo detectan los cambios de presión que se producen en su entorno, sus ojos son diez veces más sensibles que los nuestros y se encuentran en ambos extremos de su cabeza, ampliando su visión periférica. Por si fuera poco, son capaces de detectar el más mínimo campo eléctrico producido por los seres vivos, así que de nada les sirve a sus víctimas esconderse bajo la arena. Lógicamente, con todo este arsenal a su disposición, saben perfectamente que estamos aquí, en medio del océano, una presa muy fácil para un superdepredador... El encuentro se produce sin mostrar hostilidad, pasan entre nosotros y se cruzan las miradas de dos mundos distintos, sólo quieren comprobar qué seres extraños invaden sus dominios. Una vez en el barco conversamos con Sebastien sobre el fantástico encuentro que hemos vivido y le preguntamos si nunca han sufrido ningún percance en una situación similar. Su respuesta es muy clara, cientos de inmersiones y ni un sólo accidente. Nuestra estancia en las Islas Brothers ha llegado a su fin y no hemos conseguido avistar a los impetuosos Longimanus, empezamos a dudar de nuestra suerte.
Amanecemos a 161 kilómetros de las Islas Brothers, amarrados en el extremo sur de Abu Kizan, en el mismo centro del Mar Rojo. Este inmenso arrecife de origen coralino fue bautizado por los británicos como Daedalus Reef y aquí construyeron un gran faro y dos pasarelas que van a morir donde las claras aguas de la laguna se mezclan con el azul profundo del mar.
Acabamos de llegar y alguien grita: ¡Longimanus! Corremos hacia la cubierta y nos acercamos a las bandas del barco, es un jaquetón oceánico que se mueve muy cerca de la superficie. Ahora tenemos la seguridad de que nuestros tiburones están aquí.
Subimos a nuestras pequeñas embarcaciones para dirigirnos donde las fuertes corrientes se encuentran con el arrecife, sin lugar a dudas el sitio más propicio para ver tiburones. Una vez en el agua, la visibilidad no parece tener límites, somos pequeños seres que vuelan sobre gigantescos acantilados cubiertos de coral. Al fondo vemos dos grandes columnas formadas por peces unicornio que, como si de una parada militar se tratase, permanecen en perfecta formación ordenados según su tonalidad. Creo que es uno de los sitios más bellos que he visto en mi vida.
Sin saber por qué, nos giramos, y justo detrás de nosotros tenemos a un gran tiburón que se acerca de manera sigilosa, es un majestuoso Longimanus. Una vez descubierto, pasa de forma tranquila y lenta, nada sin esfuerzo y se aleja dirección a la superficie. El encuentro ha sido tan imprevisto que no hemos podido grabar la escena y con la adrenalina todavía por las nubes, en mi interior se a agolpan varias preguntas… ¿Qué extraño instinto nos ha permitido detectar al tiburón en el último momento? y lo que todavía me intranquiliza más: ¿Qué habría ocurrido si no le llegamos a ver? En todo caso nuestro amigo no vuelve hacer acto de presencia, tendremos que resolver estos enigmas en otra ocasión.
Al anochecer visitamos el faro de Abu Kizan. Hay poca luz y las angostas escaleras parecen sacadas del escenario de una película de terror en blanco y negro. Setenta metros más arriba se encuentra la plataforma principal, lo que estamos viendo podría dejar sin aliento al más exigente de los viajeros, la gran forma ovalada del arrecife se encuentra rodeada por un mar infinito que, en algún punto del horizonte, se funde con un cielo lleno de estrellas. Es tarde y, cuando regresamos, las azules aguas se han convertido en una superficie oscura e impenetrable donde destacan las blancas aletas que merodean junto al barco...

EL INCIDENTE.
Se acaba el crucero y todavía no hemos conseguido grabar a ningún jaquetón oceánico. Es el momento de probar suerte debajo de nuestro de barco, sin ninguna duda hay algo en él que está atrayendo a los tiburones. Así que después de pedir el oportuno permiso a los responsables del crucero, planificamos la inmersión de forma sencilla: nos sumergiremos a cinco metros de profundidad y navegaremos haciendo pequeños círculos, tenemos algo más de una hora para que los tiburones hagan acto de presencia.
Como siempre, la visibilidad es buena y como si de un pequeño bote se tratase vemos claramente todo el casco del barco. Lo que no vemos es el fondo, sólo Dios sabe a qué profundidad se encontrará. Hay una ligera corriente y los primeros minutos los dedicamos a nadar para no perder nuestras referencias. No ocurre nada más, y empezamos a dudar de la estrategia. Por sorpresa, vemos a Sebastien acercar la mano a su frente simulando la aleta de un tiburón y señalando hacia la superficie. Está muy lejos, pero vemos claramente cómo se desplaza entre el arrecife y el barco, hasta que súbitamente fija su atención en el grupo y se dirige directamente hacia nosotros.
Su robusto cuerpo tiene un color pardo que destaca contra el blanco de su vientre, se aproxima planeando sobre sus grandes aletas, no viene solo, le acompaña un nutrido grupo de peces piloto que parecen guiar al gran tiburón. Miro a través del visor de la cámara y pienso con inquietud cuando decidirá dar media vuelta. Con mis brazos extendidos interpongo la cámara entre él y yo, hasta que finalmente golpea el frontal con un movimiento brusco de su cabeza, se gira y se aleja moviendo con fuerza su aleta caudal. A los pocos segundos vuelve, está claro que se siente atraído por ese extraño artefacto que genera un débil campo magnético y tiene dos largos brazos que emiten luz. Estoy muy nervioso, pero no tengo miedo... hasta que un escalofrió recorre mi espalda, creo que ya son tres los tiburones que tengo a mi alrededor.
Siempre había leído que para garantizar la seguridad es necesario mantener el contacto visual con los tiburones. En medio del azul, y sin nada que cubra mi espalda, no puedo cumplir esa premisa, así que la mejor decisión es dar por finalizada la inmersión. Y es, en ese justo momento, cuando me doy cuenta de que el barco sólo es una sombra que intuyo a lo lejos. Una gran sensación de ansiedad me invade y me gustaría salir del agua a cualquier precio, pero ya es demasiado tarde, la corriente me arrastra sin piedad.
Intento controlar mi mente, pero no se me ocurre nada que logre tranquilizarme, los tiburones me están acechando y varían rápidamente su ángulo de aproximación. Hago un intento por pensar, debo tomar alguna decisión, no hacer nada es cada vez más peligroso. Sólo tengo una cosa clara, en la superficie soy todavía más vulnerable, así que subir y esperar a que vengan a recogerme queda descartado. Me imagino que me estarán buscando, ahora lo más importante es señalar mi posición y la cámara se ha convertido en un estorbo. La suelto y veo cómo se hunde en la profundidad mientras un tiburón se acerca por un última vez para golpearla. Por fin tengo mis manos libres y puedo utilizar la boya de señalización, no aparto la vista de los tiburones e intento buscarla tanteando en el lateral de mi chaleco... ¡Maldita sea! No soy capaz de encontrarla. Algo se ha enganchado entre mis dedos, creo que es el mosquetón y no consigo soltarlo. Van pasando los segundos y cada vez me encuentro más angustiado, sólo veo azul a mí alrededor. Noto un “clic”, la presilla metálica se ha separado de mi chaleco. Cojo el latiguillo de la traquea de inflado y la introduzco en la boquilla, es mi salvación, un gran globo amarillo sale disparado hacia la superficie, confió en que alguien venga en mi ayuda. Es imposible... ¡no puede ser! La boya se escapa de mi cuerpo y vuela sola hasta la superficie. He debido soltar el cierre por error, estoy perdido...
Los Longimanus se muestran agresivos y confiados, y yo empiezo a perder todo control. Debo subir a pedir ayuda, es mi única opción, ya no aguanto más. Agito mis piernas y brazos con todas mis fuerzas, solo quiero huir y salir de aquí. Mi cabeza rompe la superficie del agua con violencia y nada más salir buscó algún punto de referencia. Mis pupilas se dilatan y mi corazón se para, estoy sólo entre las grandes olas de alta mar, lo único que veo es un pequeño faro a lo lejos.
Sobresaltado, oigo una voz que me habla justo tras de mi. Respiro agitadamente y las lágrimas recorren mis mejillas, estoy en un lugar que no consigo reconocer, hasta que por fin veo la cara de mi compañero:
- Tranquilo, tranquilo. No pasa nada, sólo ha sido una pesadilla…

EL ÚLTIMO DÍA
Amanece en Elphinstone Reef, es nuestro último día en el Mar Rojo. El aire fresco acaricia mi cara. Respiro lentamente, no me apetece hablar, sólo respiro profundamente mientras me pongo mi equipo. Hoy la cámara se quedará en el barco, quiero disfrutar de mi última inmersión.
Los rayos del sol acarician mi espalda mientras el agua mece mi cuerpo, inclino la cabeza y debajo de la superficie veo miles de anthias rojas entre bellas flores de coral. Mis músculos van perdiendo tensión, no me muevo, sólo quiero flotar y sentir el mar. Una vez más parece que estoy dentro de una gran pecera. Vacío el aire del chaleco, ha llegado el momento de despedirme de uno de los mares más bellos del mundo...
Por la noche llega la hora de separarnos. Debemos de conducir toda la noche para coger nuestro vuelo de regreso. Sebastien nos comenta que tiene un regalo para nosotros, en sus manos lleva su libro y una caja de acuarelas. Se sienta y mientras se despide, dibuja un bello tiburón de aletas redondeadas, “Para mis amigos españoles desde territorio Longimanus. Con cariño, Sebastien Salingue ”.

FIN

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114. "EL CAPITAN"

Arrancó los motores y, presa de una ira brutal, no esperó a que estuvieran calientes, los puso en marcha, muy bruscamente, al máximo, todo avante. El barco se incrustó, literalmente se subió en el arrecife. Los corales y la fuerza del impacto hicieron un enorme boquete en la proa, por debajo de la línea de flotación. Aún le dio un par de acelerones más a los enormes motores. Los daños en el casco se multiplicaron. Empezó a hacer agua y rápidamente, escoró. El mar, las olas y el viento hicieron el resto. Dio el tiempo justo para sacar a los clientes y a la tripulación. En cuestión de minutos el Pearl se fue al fondo.

Mi padre fue un hombre justo, sabio, generoso. Mi padre trabajó toda su vida, toda, en la mar. Hasta que tú le despediste, injustamente. Y murió, en pocos meses, murió de pena. Murió porque no podía estar separado del mar. Porque vivía por y para él. Su vida no tenía ya sentido, la tristeza le inundó y le hundió. Se ahogó en su añoranza, y se apagó, triste, solo, alejado injustamente de su mar. Lo menos que pudiste hacer es estar presente en su funeral. Te sirvió dignamente, te dedicó su vida y su sabiduría a cambio de poco. Y tú le pagaste enviándole a casa de una forma indigna, sólo porque tenías que tapar tus errores. Tus lamentables errores. Tu triste realidad. Porque temías que todos supieran que aquel accidente fue culpa tuya. Así que borraste las pruebas, ¿no?. Y eso envolvió a mi padre. Pues este noble barco no merece que tú seas su dueño. Si el capitán Akram no puede llevarlo, nadie lo hará. Se va al fondo, contigo y con tu verdad.

Aquellos chicos sufrieron una pesadilla. Una terrible experiencia que les marcó de por vida, que les enseñó que el mar no se muere, que en el mar se desaparece. Perdidos, a la deriva, flotando en medio de tanta inmensidad, horas, todo aquel día.
Despediste a Adam, el marinero, por ocultar que te fuiste a dormir, y le dejaste solo en el puesto de vigía. Retrasaste deliberadamente la búsqueda con medios alternativos por ahorrarte el dinero de un rescate. No tenías las barcas auxiliares funcionando, y no quisiste pedir ayuda sólo para evitar que los demás barcos supieran que habías perdido un grupo de buceadores. Impediste, a sabiendas de que estabas cometiendo un inmenso error, que mi padre levantara los fondeos y sacara al Pearl para salir a buscar a tu empleado y tus clientes perdidos. Perdiste los primeros momentos de búsqueda, las primeras horas, las más preciosas.
Todo por dinero, por orgullo, por ignorancia.

Pues tienes que saber que todos conocemos la historia, que no te ha servido de nada intentar ocultarla.

Sólo tenías que mostrarle respeto en su funeral. Mi padre lo mereció.

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113. LIBERTAD

Siempre me ha encantado sumergirme en una cala cercana a mi casa, la entiendo como un segundo hogar, un espacio donde cada vez que me encuentro sola acudo a sentir el afecto de sus moradores, aunque fuera una profesional de éxito me encontraba sola en un océano de gente desconocida, nunca había podido mantener una relación estable y tenia la sensación de que nadie me entendía, siempre pensé que mi vida fuera del agua era un complemento necesario para poder vivir en ella.
Recuerdo perfectamente el día en que me percaté de su presencia...
Deambulaba por la playa ensimismada en mis pensamientos cuando de pronto, me di cuenta que ya no caminaba sola, una alegre melodía me guiaba, me presenté, descubrí que el propietario del instrumento se llamaba Andrés, era un señor de tez morena y poco pelo, me contó que llevaba en esa misma roca mucho tiempo con su inseparable armónica.
Todas las mañanas al pasear por la playa, Andrés me regalaba una sonrisa y un “buenos días” que despertaban en mi las ganas de volverlo a encontrar la jornada siguiente, empezaba a sentir que algo en mi estaba cambiado día a día.
En el transcurso de nuestras charlas me relató que en el fondo de la bahía descansaba un pecio llamado Libertad y que tenía la virtud de conceder la paz y la felicidad a todo aquel que consiguiera encontrarlo, solo era necesario desear verlo y observar con atención. No le di mucha importancia a este comentario pues había buceado en esas mismas aguas cientos de veces.
Una apacible mañana, aún sin haberme desprendido de todas mi dudas decidí salir en busca del misterioso pecio, sentía que ese día era especial pues el mar estaba completamente en calma, una gran piscina azulada que se difuminaba con el cielo, visión solo interrumpida por el sol que empezaba a despuntar. La brisa marina me llamaba, y sin darme cuenta emprendí mi camino hacia el mar, en un instante mi cabeza desaparece bajo las aguas... es justo en ese momento cuando todo cambia, como por arte de magia aparece ante nosotros un nuevo mundo que aunque siempre está ahí pocos alcanzan a entender.
Seguí paciente las indicaciones de Andrés y me dejé llevar lentamente por la corriente, pude observar en mi recorrido las paredes tapizadas de vida, los diminutos habitantes, hasta el congrio gruñón parecía más cercano que nunca, fue entonces cuando una silueta empezó a dibujarse delante de mi, la proa emergía del azul para dejar paso a unas cuadernas semidesnudas apuntando al cielo, encantada lo recorrí lentamente hasta llegar al castillo de popa que parecía intacto, al asomarme lo entendí todo...
Tanto como el día que encontré a Andrés, recuerdo el día en que dejé de verlo, sobre la roca sólo estaba su armónica, imaginé que habría enfermado y no podía acudir a nuestra cita diaria. Durante un tiempo estuve visitando la playa varias veces al día, parecía que nunca nadie estuvo sentado allí, solo el pequeño instrumento guardado en mi bolsillo me recordaba que no estaba loca.
Pasado el tiempo comprendí mi destino, debía compartir mi secreto con quien estuviera preparado para escuchar, de forma que me senté en la misma piedra que un día ocupara el viejo Andrés y me dispuse a soplar...
Hoy es un día especial, he visto de nuevo a Andrés, y juntos hemos podido observar como otra persona recogía el testigo.
Recuerdo la mañana en que Luís al salir del agua me dijo:
- Hola, buenos días nunca te había visto aquí.

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In memoriam...

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112. EL REY DE REYES

Os voy a contar mi historia, de hecho voy a hacer mucho mas que eso, os voy a contar una buena historia; No espera, ya puestos… os voy a contar la mejor historia escrita y por escribir sobre algo tan bonito y bello como es el mar.
¿Preparados?
¡Pues adelante!

Si fuese una persona, tal vez primero debería presentarme, tal vez deciros como me llamo, o tal vez simplemente y sin avisar… empezar a explicar mi historia, ¿cual es el problema entonces?

Muy sencillo, no soy una persona, soy un pez.
Pero no un pez cualquiera, ni mucho menos… yo soy El Pez, el rey de los mares, el mejor y más bello de todos, soy El Pez rey de reyes en el mar… mientras no venga un “superinteligente delfín con su superinteligencia a comerse pescaditos y dar palmaditas…” madre mía por dios… sobran palabras… son unos vendidos… sobran palabras… ¡Yo! El único, el formidable, el increíble Pez, si que soy el rey de reyes… y ya puestos el mas inteligente de todos los peces, y el mas guapo… y… bueno bueno, que me estoy saliendo del tema. La idea yo creo que ha quedado clara… a todo esto… ¿a que he venido yo? ¡A si! Yo os iba a contar la mejor historia de mundo, bueno pues empecemos.

Era de noche, el mar permanecía en calma, de hecho, una calma casi sobrenatural, las olas prácticamente ni se percibían, la luna, brillaba toda ella, en su más bella desnudez, su luz traspasaba las primeras capas de mar, iluminando el poco profundo fondo. Era una noche bellísima toda ella, pero a la vez era una noche normal, las estrellas bajo las rocas respirando agua, los peces comiéndose unos a otros, las algas bailando toda la noche y de hecho todo el día, yo sinceramente no se como aguantan… y yo, felizmente feliz, por la bella normalidad en la que me encontraba, iba nadando despistado… cuando un chapoteo seguido de muchas burbujas, me dejo anonadado, no sabía adonde ir, pero sin embargo sabía lo que pasaba, ¡había venido un submarinista!
Todos los peces siempre hablaban de ellos y yo por fin vería a uno, así que me alejé de las burbujas… y esperé, esperé esperando encontrar, algo como un gran pez, del mundo exterior, un pez con un sistema de branquias nuevo, con tecnología de respiración súper avanzada, tan avanzada que le permitiría respirar dentro y fuera del agua… pero lo que me encontré… me dejo sin palabras…
El extramarino… sencillamente era muy muy extraño, de entrada lo que más me extrañó fue que a la luz de la luna, no era un pez, de hecho, no se parecía a nada de lo que yo hubiera visto… era como una gran cosa azul oscuro, con unas aletas extremadamente largas y finas a los lados, demasiado largas y finas como para poder nadar… en la cola tenia otras dos aletas de iguales características… pero lo peor de todo era su rostro… de alguna forma… era horroroso… ¿cómo no salir corriendo? ¡Madre mía qué miedo! Dicho y hecho, cuando me di cuenta, ya estaba a metros del buceador, pero lo suficientemente cerca para que mi visión de pez me permitiera verlo a hurtadillas, quería volver a mi casita con algo de información para poder hacerme el guai con mis conocidos y amigos.
Al observarlo… sencillamente me dejó bastante despistado… de entrada no nadaba rápido que digamos, si no que mas bien, era lentito… además, no hacia cosas de pez, de hecho se quedaba con su gran cosa luminosa alumbrando rocas, algas, no se, era un tipo muy muy raro, cuando por fin se me fue el miedo y quise saludarle, ¡intento agarrarme con una aleta! Uy… Aquí ya si que le perdí el respeto… por que media como cincuenta veces más que yo que si no… así que fui y llame a mi amigo Tibu… ¡no que es broma! (casi os lo creéis…) ¿que hice entonces? Pues supongo que lo mismo que cualquier pez hubiera hecho… lo mismo que supongo que deben hacer las personas, después de ver algo tremendamente sórdido, después de quedar fulminados por algo extrañísimo…sencillamente, fui a casa y… ¡me tumbe en el sofá!
¿Que os ha parecido mi historia? ¿Increíble, eh?
¿Qué se puede sacar de ella?
Pues una bonita lección de la vida, tal vez lo que a simple vista parece extraño, no es más que la simple normalidad de otro mundo que no es el nuestro.

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martes, 29 de diciembre de 2009

111. ESTE TÍO ES UN DESASTRE

-¡Este tío es un desastre!... ¡De verdad!... ¡Así no vamos a acabar nunca este curso!
- Pues yo lo estoy pasando genial. Por mí que no se acabe nunca… Jajaja.


Nos reíamos todos. Todos incluía a Ramón, en “cursillista”. Nuestro instructor es un tío muy legal, muy serio. Quiero decir que todo lo hace a conciencia, que nunca deja un solo punto sin tocar, sin desmenuzar. Y encima había que hacerlo todo perfecto. A éste no le valía un 9,5 –decíamos siempre-, tiene que ser un 10. En mi curso de Dive Master me obligó a entrenar todo un invierno en la piscina para hacer las pruebas de natación en menos tiempo.

- Ramón no te quejes, pero si para bajar un minuto me tiré dos meses nadando en las piscinas municipales, como una idiota levantándome a las 6:30 en pleno invierno, de noche, para nadar con algunas respetables señoras de la tercera edad y casi todos los cojos de la isla…. ¡Para bajar un minuto!.
- Yo creo que no lo acabo nunca, te lo digo.

Y es que, amén de estricto, Tris le da a todo un carácter demasiado castrense. Todo debe ser perfecto y además, debe llevar implícito cierto sufrimiento, cierta dosis de sacrificio, para que la recompensa valga la pena… digo yo. O eso es lo que les enseñan en el ejército. Y de eso él sabe mucho, que para eso estuvo en las fuerzas especiales sirviendo a su país, dios sabe cómo y dónde, que nosotros ni lo sabemos ni creo que queramos saberlo, la verdad.

- Si te digo que entres en pánico, tú entra en pánico. Nada de pataditas, sin piedad. Pánico, con realismo. Patalea. Intenta agarrarle con desesperación, con angustia, con pánico. Quiero verle sudar intentando salvarte. ¿Es que no lo entiendes?, el día que de verdad tenga que rescatar a un buceador en pánico tendrá que saber hacerlo, ¿no? Pues eso.

Ese fue el día que le vimos sudar, y sangrar, porque el pobre Ramón se llevó un rodillazo salvaje en la nariz y estuvo dolorido dos semanas. Yo creo que le rompí algo. Y el pobre ni se quejó. Me han dicho pánico y yo, pánico. Y se me acercó de frente… claro… Me han dicho pánico y yo, pánico… Sorry!

Pero voy a centrarme para contaros bien la historia. Tris y yo estábamos intentando terminar de impartir un curso de Rescue diver para Ramón, nuestro compañero de buceo y amigote. Y llevábamos en ello ya iba para cuatro meses, desde la primavera. Pero ni de coña. Todo el afán de Tris era crear, por sorpresa, escenarios fortuitos de accidentes de buceo para que Ramón los solventara. Pero todos los vastos conocimientos de Ramón sobre el rescate en el mar se disolvían de inmediato al iniciarse el rescate, para volverse a solidificar al acabar el escenario, que siempre acababa igual, es decir, yo ahogada, Tris de los nervios y Ramón preguntándose que demonios había hecho mal.

- Pero vamos a ver, si la víctima se está hundiendo…y te tiras al agua sin tu equipo…, ¿como c…. vas a bajar para rescatarla?... ¿eh?..¿Cómo?...
- Si, ya, pero pierdo tiempo poniéndomelo, ¿no?
- Y volviendo al barco a por tu equipo, cuando la víctima ya se ha hundido, no se pierde tiempo, ¿no? No claro, ella respira debajo del agua, ¿no?...ella te espera…no pasa nada…ya llegará… ¿no?...es que se ha tenido que volver al barco, a por su equipo… el pobre….

Era como un déjà vu, pero cada día, en cada inmersión. Y yo ahogada, casi siempre de risa, claro.
Así que, aquel brillante sábado de verano todos los astros parecían apuntar al mismo lugar; otro buceo con nuestro centro habitual y nuestros amigos, otro escenario, otra cagada de Ramón (o cagadas, que a veces las hacía concatenadas, para mayor sorna por mi parte y suplicio para Tris) seguida de la bronca (de Tris), las risas (las mías y de algún otro amigo en el barco) y la mezcla de desesperación y desaliento de nuestro instructor y amigo, que, sin perder la esperanza, si estaba empezando a perder la paciencia y a tocar fondo con aquel tema.
Íbamos cerca de siete buceadores aquella mañana. Además de nosotros tres creo recordar que estaba Antonio, un economista asiduo de los sábados, César, un friolero que empezaba a venir con el buen tiempo y un chico que nadie conocía y que estaba empezando su Open water con el dueño del centro, Joan, que hacía el número siete. Al timón el inefable George, un exbuceador de combate de la legión francesa, divertido, magnífico bajo el agua y que, aunque no levantaba más de 1.60 del suelo, imponía.
Como siempre, durante el trayecto al punto de inmersión, Tris diseñaba cuidadosamente el escenario. Después colocaba a Ramón a pegar la hebra con alguien en una esquina del barco (eso a Ramón se le daba muy bien) y mientras aprovechaba para contarnos a todos cómo y cuando iba a ser el incidente, porque, ni que decir tiene, casi siempre era yo la víctima. Esta vez íbamos a bucear en un pequeño islote que tiene forma de herradura, y aunque por el exterior alcanza los 25 metros de profundidad, en su parte interior no llega a más de 9 metros. Joan había elegido el sitio especialmente por su estudiante, ya que eran sus primeras inmersiones.


Así que, allí estábamos todos, perfectamente dirigidos por George, fondeados en la parte interior del islote, con la música del barco muy alta y muchas ganas de meternos en el agua. El barco de Joan es un 9 metros de fibra muy cómodo para el buceo, tiene una cubierta amplia que nos permite cambiarnos y preparar nuestros equipos holgadamente y sin molestarnos unos a otros. Tiene además una plataforma baja en la popa con dos escaleras de fácil acceso.

Bailoteábamos a lo tonto mientras nos poníamos los equipos, y empezaba la ceremonia de vaya-otra-vez-te-has-traído-el-biberón haciendo alusión al 15 litros de César, o el típico a-ver-si-te-regalamos-un-regu-nuevo-esta-navidad cuando veíamos el equipo ajado de Antonio. Pero con bromas o sin ellas siempre estábamos en el agua en poco tiempo.
De la inmersión no puedo contar grandes cosas. Nuestro Mediterráneo ofrece siempre lo mejor, al menos aquí en nuestra isla. Nada especial aquel día. Al finalizar la inmersión comencé a llevar a cabo el plan, así que me quedé rezagada, como tonteando entre la posidonia. Luego hice superficie, como a unos 80 metros del barco y esperé a que todos estuvieran a bordo, incluso esperé a ver a Ramón quitarse el equipo y abrirse el traje. Entonces empezó el espectáculo.

- ¡¡Socorro!! ¡¡Socorro!! No puedo nadar, me ahogo ¡¡Ayuda!!

Y entonces empezó la consabida retahíla de Ramón:

- ¡Será posible! Hay que fastidiarse la tía, que siempre espera a que me suba al barco…¡¡VOY, YA VOY!! ¡¡Tranquila!! Bueeeno vaaale, a veer… me pongo las aletas, la máscara…¡¡VOOOY!!…yo creo que ya, que llego, ¿no, Tris?

Era entonces cuando, tanto Tris como nuestros amigos, hacían como que no pasaba nada, mirando al cielo, haciendo como que no iba con ellos, le miraban con cara de pez y no le contestaban. Y, si insistía demasiado, Tris le miraba con infinita paciencia y le decía…Tu mismo Ramón, tu mismo. Y pensaba para sus adentros; otra que vez que va a cagarla… ¡Caguun!
Y efectivamente, aquel soleadísimo sábado de julio presenciamos de nuevo como el superhéroe saltaba por la borda con máscara y aletas. Si señores, nuestro incansable Ramón, se tiraba al agua con el semiseco abierto y sin su equipo. Condiciones que, en sí mismas, hicieron que apenas llevara 30 metros nadando el semiseco se llenara de agua y Ramón empezara a ralentizar el paso. Y fue entonces cuando yo, siguiendo fielmente las indicaciones de nuestro instructor, entré en pánico, pataleando y gritando el doble de alto, lo cual espoleó a mi salvador, acelerándole algo más en su ya cansino ritmo. Por fin, y siempre según lo previsto, esperé a que estuviera a mitad de camino entre el barco y yo para hundirme….y hundirle en la miseria a él, claro. Porque allí estaba él, en medio de ninguna parte, con un traje lleno de agua que pesaba un quintal y sin su equipo, con una víctima inconsciente y sumergida a 8 metros y a años luz de ser salvada.
Lógicamente, y aún a sabiendas de que iba a pasar un fin de semana más sin ser Rescue diver, Ramón volvió como pudo nadando hasta el barco, vació su traje de agua, lo cerró, se puso el equipo, volvió al agua, me localizó en el fondo, me llevó hasta la superficie, y me arrastró nadando hasta el barco mientras me daba respiraciones de rescate. Impecable.

Y fue llegando al barco cuando nos dimos cuenta. Había un buceador abrazado, aferrado a una de las escaleras, paralizado, casi catatónico. Hiperventilaba, agitado, lloraba, gemía y sólo decía “¡¡Se ahoga, se ahoga…se ahoga!!”.
Antonio y George intentaban calmarle mientras Tris y César estaban rodeándole en el agua, quitándole el equipo e intentando que se calmara, reaccionara y subiera al barco.

- ¿Qué? ¿Otra vez mal no? Si es que a Carmen siempre le da por hundirse en el peor momento… Pero… ¿qué pasa? ¿Y éste tío?

Era Manu, el Open water. Manu que había empezado su inmersión más tarde, y que estaba feliz como un bebé retozando en la posidonia cuando me vio patalear, patalear y patalear en la superficie. Manu que presenció atónito cómo me hundía tras un pánico bestial. Y Manu que presenció cómo me quedaba boca abajo en la posidonia durante interminables minutos sin que nadie acudiera en mi ayuda.
El pobre Manu que, en vano, intentaba advertir a su instructor para que “alguien hiciera algo”. Y su instructor que, mientras le arrastraba a la parada de seguridad de 5 metros, se esforzaba, también en vano, en hacerle entender por señas que todo aquello era un simulacro, mientras se maldecía a sí mismo por haber olvidado advertirle antes.

Manu aquel día buceó con nosotros dos veces: la primera y la última. Y aunque terminó su curso de Open water, nunca volvió a bucear, al menos con nosotros.

No le culpo.

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110. ESCUALO

La corriente templada se desplaza a una velocidad lenta que permite al gran tiburón oceánico planear sin esfuerzo durante cientos de millas. Desde su hábitat pelágico va acercándose a las aguas someras por las que en algunas épocas le gusta viajar. Puede conseguir capturas de fortuna o encontrar una gran sombra de la que caen constantemente objetos de lo más diverso, algunos le atraen por su desconocido aroma o por qué le alimentan con un mínimo esfuerzo; pero sólo sigue a las sombras durante el tiempo necesario hasta encontrar otra corriente que a su instinto le parezca más prometedora.
En la soledad del inmenso océano su cerebro procesa miles de señales que sus sensores le remiten incansablemente; para cualquier otro ser, ese hábitat sería similar a como estar en el espacio. Pero para el escualo es su mundo; está lleno de claves y matices que sólo él y sus semejantes pueden apreciar.
Al cabo de meses de solitaria singladura comienza a notar como la temperatura del agua se incrementa al acercarse a la costa. La masa de agua templada se desplaza hacia el fondo a la vez que las ondas de la superficie aumentan su frecuencia. Su instinto le indica unos parámetros que le son familiares, no le hace falta nada más para saber con precisión donde se encuentra.
El Longimanus ha localizado un denso cardumen de túnidos en su rumbo; esto le permite capturar un par de presas que pese a su velocidad y a la protección del grupo caen en sus fauces en dos fulgurantes ataques desde la superficie. Estas son siempre bien recibidas por su estomago insaciable. Continua incansable su avance ayudado por sus magníficas aletas pectorales que le dotan de una gran capacidad de planeo y el vital ahorro de energía. Los peces piloto que le acompañan parecen orbitar entorno a su cabeza, sus rayas claro oscuras contrastan con el gris bronce de su lomo y el blanco característico de la panza y del extremo de sus aletas. Los rayos solares que atraviesan las olas en la superficie le dan una imagen majestuosa que unida a su elegancia natural, le convierten en un príncipe del pelágico.
Las heréticas vibraciones de la superficie, atraviesan el mar detrás de las gigantescas sombras que ahora abundan; desprenden olores y sonidos decadentes que desestabilizaban el perfecto equilibrio de su medio natural por el que se desplaza itinerante.
En la distancia y, siempre cerca de la costa, nota pequeños cambios de presión unidos a ondas electromagnéticas de baja intensidad; su curiosidad innata le hace alterar su rumbo y profundidad para acercarse. Le domina un repentino interés por unos seres que ahora ve, estos flotan con mucho esfuerzo y mantienen un precario equilibrio en la densidad de su mundo, si pudiera sonreír lo haría. Cada uno emite sonoras burbujas metálicas a presiones variables según la profundidad en la que se encuentre. Luces repentinas e inoportunas iluminan el arrecife, dándole un aspecto que no reconoce. Observa que a diferencia de sus presas, esos seres mantienen una línea caótica e inexplicable, parecen ir en parejas hasta que una de ellas se destaca de las demás dirigiéndose directamente hacia él. Ese movimiento le sorprende porqué nada en el mar jamás, se dirige hacia él. Salvo las medusas, pero estas no cuentan.
De pronto ve como se acerca una de ellas y aprecia con sorpresa que adopta una extravagante postura vertical, mientras emite más luces cegadoras en rápida sucesión. Estas le hacen perder momentáneamente la visión. El olor irreconocible no le inquieta, sólo las explosiones lumínicas que acompañadas de descargas electromagnéticas lastiman violentamente su sensible cerebro.
Gira y pone agua de por medio, alejándose del extraño ser eléctrico que le agrede con dos enérgicos movimientos de su aleta caudal. Buscando refugio en el fondo del mar y su benigna oscuridad.
Ese escualo nació en aguas cálidas y tranquilas; surgió el primero del útero de su madre y esto le dio su primera ventaja natural. Le permitió huir de ella, que es en muchos casos su primer depredador; alguno de sus hermanos no tuvieron la misma suerte; seguro que no. En aquel momento comenzó su incansable y solitario camino. Sin pausa, ni tregua, siempre adelante. Guiado por un instinto forjado en los océanos durante millones de años de continua evolución.
En su larga vida nunca había tenido un encuentro con aquellos seres, aquello fue tan extraño como el espectáculo que se encontró horas después. Cientos de sabrosos pedazos de alimento cuelgan de líneas a la deriva que parten de la luz, forman una barrera de aromas que su instinto reconoce. Decenas de sus semejantes orbitan alrededor de ellas, algunos se deciden a probarlos y quedan súbitamente atrapados. No entiende esa actitud pues sin movimiento continuo, no hay vida. Su curiosidad otra vez le fuerza a mantenerse en esa extraña zona donde sus semejantes van uno a uno perdiendo la horizontalidad. Sus desesperadas sacudidas y efluvios cargan la zona de un inquietante ambiente marino. Ante ese espectáculo decide mantenerse a distancia durante el resto de la noche.
Al incidir los primeros rayos de luz sobre las ondas de la superficie las grandes sombras con sus vibraciones y pestilente aroma, se acercan. Algo le retiene sin embargo, al percibir las sacudidas encolerizadas de cientos de semejantes cuando ascienden hacia la superficie, en agonía. Al lateral de las sombras un espectáculo hasta ahora desconocido, comienza.
Sus semejantes desaparecen en la sombra después de un combate iracundo contra una fuerza invisible. El monstruo los devora uno a uno de manera implacable.
El Longimanus observa como al rato desde la luz descienden los que parecen sus hermanos, pero sin las aletas que han sido cercenadas por las fauces de una bestia implacable. Dejan regueros de sangre mientras giran sobre si mismos en una desconcertante espiral; duelo y agonía. El mar es ahora una cortina de cuerpos mutilados que descienden a través del horizonte azul.
El resto de sus semejantes aprovechan la situación devorando a las piezas que le son despachadas desde las sombras, la masacre se completa entre violentas dentelladas. Todo formaría parte del círculo de la vida, sino notara su instinto que el equilibrio del océano ha sido quebrado, algo lo ha cambiado todo, pues cada vez hay menos presas y muchos menos a quien considerar semejantes.
El escualo, todavía príncipe, se retira trastornado hacia la todavía resistente muralla de la profundidad y absoluta oscuridad. La luz en la superficie alimenta unos seres de los que hay protegerse.

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