Realmente no debes ir tan lejos para encontrar el paraíso, no está en una isla desierta, no se encuentra en una montaña perdida ,no está en la abundancia del dinero, en poseer…en tener….está ahí justo a tu lado…en el mar.
Si eres buceador me entenderás, es la sensación de paz, de libertad que se siente ahí abajo. El silencio de tus burbujas, el sonido de tu respirar, eres tú, tu compañero o tu grupo y el mar…Es perdida de noción del tiempo ,ausencia del todo, sentirte pequeño ante la inmensidad del océano, sentirte uno más en el habita marino, es el creer que vuelas, sólo despiertas al mirar tu manómetro y comprobar que te queda poco aire para seguir sintiendo ,para seguir feliz, para creer en un mundo totalmente diferente, para volver a nacer…
Cada vez que me sumerjo esa sensación vuelve a invadir mi alma y vuelvo a sentirme libre, en paz, tranquilo y vuelvo a creer que existe el paraíso ,aquí junto a mí.
Por eso os invitaría a compartir mi lugar secreto para que se entendiese la necesidad de proteger lo que amamos, de cuidar cada palmo de vida que subyace allá donde vamos, por donde buceemos…para que el resto del mundo pueda encontrar también ese paraíso.
miércoles, 30 de diciembre de 2009
116. LOOKING FOR PARADISE
115. TERRITORIO LONGIMANUS
Cuando un miedo es irracional la única solución para combatirlo es enfrentarse a él y nosotros hemos decidido superar el miedo más profundo que conoce la humanidad, el temor a ser devorado. Esta es nuestra experiencia….
LOS PREPARATIVOS
Junio de 2009. Mientras organizábamos nuestro viaje al Mar Rojo, una triste noticia saltó a los medios de comunicación: una buceadora francesa había sido atacada por un tiburón Longimanus y había fallecido debido a las fatales heridas recibidas. Después de lo sucedido nos cuestionamos de manera razonable la seguridad de sumergirnos con ellos, no en vano el principal objetivo de nuestro viaje era filmar a estos carcarinidos. Así que con el fin de resolver nuestras dudas contactamos con nuestro amigo Sesbastien Salingue, autor del libro “100 belles plongées en mer Rouge”, al que habíamos conocido en anteriores cruceros realizados en esta zona del planeta. Nos respondió con información sobre el accidente y nos comentó que se había producido mientras los submarinistas hacían snorkel en el arrecife de St. Johns, en ruta sur, y junto al email nos adjuntaba una foto del accidente donde se podía ver a una buceadora inconsciente mientras la trasladaban al barco. En su pierna derecha se encontraba una gran herida con forma de semicírculo que identificaba al causante del ataque.
Sabíamos que estos escualos eran los causantes de numerosos ataques a los supervivientes de tragedias aéreas y marítimas, en especial durante la segunda guerra mundial, pero no teníamos constancia de ataques mortales a buceadores. Aún así, estábamos dispuestos a continuar con nuestro viaje y resolver algunas de las dudas que nos asaltaban, que se podían resumir básicamente en una pregunta que rondaba por nuestras cabezas: ¿Estaremos en peligro cuando intentemos filmar a los tiburones?
DOS MESES MÁS TARDE…
Sebantien nos recoge en Hurgadha para comenzar nuestro viaje. Después de embarcar ponemos rumbo a los cercanos arrecifes de Gotta Abu Ramada, aquí haremos nuestras inmersiones de adaptación antes de sumergirnos en las profundas y turbulentas aguas de las islas que vamos a visitar. La primera inmersión de un viaje de buceo es un momento especial en el que compruebas si se va a hacer realidad todo aquello que has estado esperando durante meses, y nada más sumergirnos, vemos un jardín de coral repleto de pequeños peces de colores, así es el Mar Rojo.
Esa misma tarde soltamos amarras rumbo al sur, a unas nueve horas de navegación se encuentran los arrecifes de las míticas islas El-Akhawein. El mar está bastante en calma y decidimos dormir en la cubierta del barco. Lentamente el sueño nos envuelve mientras pensamos qué nos esperará cuando lleguemos a nuestro destino.
Nuestra búsqueda da comienzo en el Aida II, barco de transporte militar egipcio que se hundió en 1957, en la mayor de las islas hermanos. Nada más sumergirnos vemos unas impresionantes paredes verticales repletas de coral, no hay corriente y los tonos azules predominan sobre cualquier otro color del arrecife, desde los más claros de las aguas menos profundas, a los añiles de las zonas abisales que nos rodean. Como si de pequeñas plumas se tratase, suavemente caemos hacia las profundidades, hasta que por fin vemos la estructura del pecio suspendida en una pared totalmente vertical. Agarrados a la barandilla de popa y mirando hacia un fondo que nunca llega, parece que el barco nos quisiera arrastrar al abismo tras de sí. Nuestra espera es infructuosa, estamos en un mundo que tiene sus propias leyes y hoy los grandes tiburones no vienen a nuestro encuentro, aunque no todo está perdido, por suerte acuden a la cita dos amigables peces que lucen una gran joroba en su frente, son Napoleones. Después de jugar un rato junto a ellos, lanzamos nuestras boyas para marcar la posición y esperamos que vengan a recogernos.
Nuestra próxima oportunidad la tenemos una milla más al sur en la zona norte de Small Brothers. Pero encontrar escualos no es una tarea fácil y en muchos lugares del mundo se les atrae con carnaza o pescado, lo que altera su comportamiento y los vuelve más peligrosos y agresivos. En Egipto está prohibido utilizar estos métodos, así que nuestras posibilidades pasan por estar en el momento adecuado en el sitio correcto, y esta isla es un imán para los pelágicos que se acercan a sus aislados arrecifes para alimentarse y desparasitarse. Algo que en el caso de los grandes grupos de tiburones martillo lleva ocurriendo desde tiempos inmemoriales.
Nada más sumergirnos Sebastien hace un seña para alejarnos de la pared, el reclamo es una botella de plástico a medio llenar que mueve con insistencia hasta que por fin se acercan dos tiburones grises. No son muy grandes y están bastante lejos, en unos segundos desaparecen dejando paso a varias sombras que se desplazan hacia nosotros... Su extraña cabeza les diferencia de cualquier otro selaceo, mitad pez, mitad ser mitológico. Se acercan lentamente, subiendo de las profundidades en grandes círculos concéntricos.
No están aquí por casualidad, estos escualos son capaces de percibir la presencia humana mucho antes de que nosotros podamos verlos. Si su morfología es extraña, sus sentidos son de ciencia ficción: es capaz de percibir una sola gota de sangre entre veinticinco millones de gotas de agua marina, el oído interno percibe ultrasonidos a una distancia de más de dos kilómetros, las líneas laterales de su cuerpo detectan los cambios de presión que se producen en su entorno, sus ojos son diez veces más sensibles que los nuestros y se encuentran en ambos extremos de su cabeza, ampliando su visión periférica. Por si fuera poco, son capaces de detectar el más mínimo campo eléctrico producido por los seres vivos, así que de nada les sirve a sus víctimas esconderse bajo la arena. Lógicamente, con todo este arsenal a su disposición, saben perfectamente que estamos aquí, en medio del océano, una presa muy fácil para un superdepredador... El encuentro se produce sin mostrar hostilidad, pasan entre nosotros y se cruzan las miradas de dos mundos distintos, sólo quieren comprobar qué seres extraños invaden sus dominios. Una vez en el barco conversamos con Sebastien sobre el fantástico encuentro que hemos vivido y le preguntamos si nunca han sufrido ningún percance en una situación similar. Su respuesta es muy clara, cientos de inmersiones y ni un sólo accidente. Nuestra estancia en las Islas Brothers ha llegado a su fin y no hemos conseguido avistar a los impetuosos Longimanus, empezamos a dudar de nuestra suerte.
Amanecemos a 161 kilómetros de las Islas Brothers, amarrados en el extremo sur de Abu Kizan, en el mismo centro del Mar Rojo. Este inmenso arrecife de origen coralino fue bautizado por los británicos como Daedalus Reef y aquí construyeron un gran faro y dos pasarelas que van a morir donde las claras aguas de la laguna se mezclan con el azul profundo del mar.
Acabamos de llegar y alguien grita: ¡Longimanus! Corremos hacia la cubierta y nos acercamos a las bandas del barco, es un jaquetón oceánico que se mueve muy cerca de la superficie. Ahora tenemos la seguridad de que nuestros tiburones están aquí.
Subimos a nuestras pequeñas embarcaciones para dirigirnos donde las fuertes corrientes se encuentran con el arrecife, sin lugar a dudas el sitio más propicio para ver tiburones. Una vez en el agua, la visibilidad no parece tener límites, somos pequeños seres que vuelan sobre gigantescos acantilados cubiertos de coral. Al fondo vemos dos grandes columnas formadas por peces unicornio que, como si de una parada militar se tratase, permanecen en perfecta formación ordenados según su tonalidad. Creo que es uno de los sitios más bellos que he visto en mi vida.
Sin saber por qué, nos giramos, y justo detrás de nosotros tenemos a un gran tiburón que se acerca de manera sigilosa, es un majestuoso Longimanus. Una vez descubierto, pasa de forma tranquila y lenta, nada sin esfuerzo y se aleja dirección a la superficie. El encuentro ha sido tan imprevisto que no hemos podido grabar la escena y con la adrenalina todavía por las nubes, en mi interior se a agolpan varias preguntas… ¿Qué extraño instinto nos ha permitido detectar al tiburón en el último momento? y lo que todavía me intranquiliza más: ¿Qué habría ocurrido si no le llegamos a ver? En todo caso nuestro amigo no vuelve hacer acto de presencia, tendremos que resolver estos enigmas en otra ocasión.
Al anochecer visitamos el faro de Abu Kizan. Hay poca luz y las angostas escaleras parecen sacadas del escenario de una película de terror en blanco y negro. Setenta metros más arriba se encuentra la plataforma principal, lo que estamos viendo podría dejar sin aliento al más exigente de los viajeros, la gran forma ovalada del arrecife se encuentra rodeada por un mar infinito que, en algún punto del horizonte, se funde con un cielo lleno de estrellas. Es tarde y, cuando regresamos, las azules aguas se han convertido en una superficie oscura e impenetrable donde destacan las blancas aletas que merodean junto al barco...
EL INCIDENTE.
Se acaba el crucero y todavía no hemos conseguido grabar a ningún jaquetón oceánico. Es el momento de probar suerte debajo de nuestro de barco, sin ninguna duda hay algo en él que está atrayendo a los tiburones. Así que después de pedir el oportuno permiso a los responsables del crucero, planificamos la inmersión de forma sencilla: nos sumergiremos a cinco metros de profundidad y navegaremos haciendo pequeños círculos, tenemos algo más de una hora para que los tiburones hagan acto de presencia.
Como siempre, la visibilidad es buena y como si de un pequeño bote se tratase vemos claramente todo el casco del barco. Lo que no vemos es el fondo, sólo Dios sabe a qué profundidad se encontrará. Hay una ligera corriente y los primeros minutos los dedicamos a nadar para no perder nuestras referencias. No ocurre nada más, y empezamos a dudar de la estrategia. Por sorpresa, vemos a Sebastien acercar la mano a su frente simulando la aleta de un tiburón y señalando hacia la superficie. Está muy lejos, pero vemos claramente cómo se desplaza entre el arrecife y el barco, hasta que súbitamente fija su atención en el grupo y se dirige directamente hacia nosotros.
Su robusto cuerpo tiene un color pardo que destaca contra el blanco de su vientre, se aproxima planeando sobre sus grandes aletas, no viene solo, le acompaña un nutrido grupo de peces piloto que parecen guiar al gran tiburón. Miro a través del visor de la cámara y pienso con inquietud cuando decidirá dar media vuelta. Con mis brazos extendidos interpongo la cámara entre él y yo, hasta que finalmente golpea el frontal con un movimiento brusco de su cabeza, se gira y se aleja moviendo con fuerza su aleta caudal. A los pocos segundos vuelve, está claro que se siente atraído por ese extraño artefacto que genera un débil campo magnético y tiene dos largos brazos que emiten luz. Estoy muy nervioso, pero no tengo miedo... hasta que un escalofrió recorre mi espalda, creo que ya son tres los tiburones que tengo a mi alrededor.
Siempre había leído que para garantizar la seguridad es necesario mantener el contacto visual con los tiburones. En medio del azul, y sin nada que cubra mi espalda, no puedo cumplir esa premisa, así que la mejor decisión es dar por finalizada la inmersión. Y es, en ese justo momento, cuando me doy cuenta de que el barco sólo es una sombra que intuyo a lo lejos. Una gran sensación de ansiedad me invade y me gustaría salir del agua a cualquier precio, pero ya es demasiado tarde, la corriente me arrastra sin piedad.
Intento controlar mi mente, pero no se me ocurre nada que logre tranquilizarme, los tiburones me están acechando y varían rápidamente su ángulo de aproximación. Hago un intento por pensar, debo tomar alguna decisión, no hacer nada es cada vez más peligroso. Sólo tengo una cosa clara, en la superficie soy todavía más vulnerable, así que subir y esperar a que vengan a recogerme queda descartado. Me imagino que me estarán buscando, ahora lo más importante es señalar mi posición y la cámara se ha convertido en un estorbo. La suelto y veo cómo se hunde en la profundidad mientras un tiburón se acerca por un última vez para golpearla. Por fin tengo mis manos libres y puedo utilizar la boya de señalización, no aparto la vista de los tiburones e intento buscarla tanteando en el lateral de mi chaleco... ¡Maldita sea! No soy capaz de encontrarla. Algo se ha enganchado entre mis dedos, creo que es el mosquetón y no consigo soltarlo. Van pasando los segundos y cada vez me encuentro más angustiado, sólo veo azul a mí alrededor. Noto un “clic”, la presilla metálica se ha separado de mi chaleco. Cojo el latiguillo de la traquea de inflado y la introduzco en la boquilla, es mi salvación, un gran globo amarillo sale disparado hacia la superficie, confió en que alguien venga en mi ayuda. Es imposible... ¡no puede ser! La boya se escapa de mi cuerpo y vuela sola hasta la superficie. He debido soltar el cierre por error, estoy perdido...
Los Longimanus se muestran agresivos y confiados, y yo empiezo a perder todo control. Debo subir a pedir ayuda, es mi única opción, ya no aguanto más. Agito mis piernas y brazos con todas mis fuerzas, solo quiero huir y salir de aquí. Mi cabeza rompe la superficie del agua con violencia y nada más salir buscó algún punto de referencia. Mis pupilas se dilatan y mi corazón se para, estoy sólo entre las grandes olas de alta mar, lo único que veo es un pequeño faro a lo lejos.
Sobresaltado, oigo una voz que me habla justo tras de mi. Respiro agitadamente y las lágrimas recorren mis mejillas, estoy en un lugar que no consigo reconocer, hasta que por fin veo la cara de mi compañero:
- Tranquilo, tranquilo. No pasa nada, sólo ha sido una pesadilla…
EL ÚLTIMO DÍA
Amanece en Elphinstone Reef, es nuestro último día en el Mar Rojo. El aire fresco acaricia mi cara. Respiro lentamente, no me apetece hablar, sólo respiro profundamente mientras me pongo mi equipo. Hoy la cámara se quedará en el barco, quiero disfrutar de mi última inmersión.
Los rayos del sol acarician mi espalda mientras el agua mece mi cuerpo, inclino la cabeza y debajo de la superficie veo miles de anthias rojas entre bellas flores de coral. Mis músculos van perdiendo tensión, no me muevo, sólo quiero flotar y sentir el mar. Una vez más parece que estoy dentro de una gran pecera. Vacío el aire del chaleco, ha llegado el momento de despedirme de uno de los mares más bellos del mundo...
Por la noche llega la hora de separarnos. Debemos de conducir toda la noche para coger nuestro vuelo de regreso. Sebastien nos comenta que tiene un regalo para nosotros, en sus manos lleva su libro y una caja de acuarelas. Se sienta y mientras se despide, dibuja un bello tiburón de aletas redondeadas, “Para mis amigos españoles desde territorio Longimanus. Con cariño, Sebastien Salingue ”.
FIN
114. "EL CAPITAN"
Arrancó los motores y, presa de una ira brutal, no esperó a que estuvieran calientes, los puso en marcha, muy bruscamente, al máximo, todo avante. El barco se incrustó, literalmente se subió en el arrecife. Los corales y la fuerza del impacto hicieron un enorme boquete en la proa, por debajo de la línea de flotación. Aún le dio un par de acelerones más a los enormes motores. Los daños en el casco se multiplicaron. Empezó a hacer agua y rápidamente, escoró. El mar, las olas y el viento hicieron el resto. Dio el tiempo justo para sacar a los clientes y a la tripulación. En cuestión de minutos el Pearl se fue al fondo.
Mi padre fue un hombre justo, sabio, generoso. Mi padre trabajó toda su vida, toda, en la mar. Hasta que tú le despediste, injustamente. Y murió, en pocos meses, murió de pena. Murió porque no podía estar separado del mar. Porque vivía por y para él. Su vida no tenía ya sentido, la tristeza le inundó y le hundió. Se ahogó en su añoranza, y se apagó, triste, solo, alejado injustamente de su mar. Lo menos que pudiste hacer es estar presente en su funeral. Te sirvió dignamente, te dedicó su vida y su sabiduría a cambio de poco. Y tú le pagaste enviándole a casa de una forma indigna, sólo porque tenías que tapar tus errores. Tus lamentables errores. Tu triste realidad. Porque temías que todos supieran que aquel accidente fue culpa tuya. Así que borraste las pruebas, ¿no?. Y eso envolvió a mi padre. Pues este noble barco no merece que tú seas su dueño. Si el capitán Akram no puede llevarlo, nadie lo hará. Se va al fondo, contigo y con tu verdad.
Aquellos chicos sufrieron una pesadilla. Una terrible experiencia que les marcó de por vida, que les enseñó que el mar no se muere, que en el mar se desaparece. Perdidos, a la deriva, flotando en medio de tanta inmensidad, horas, todo aquel día.
Despediste a Adam, el marinero, por ocultar que te fuiste a dormir, y le dejaste solo en el puesto de vigía. Retrasaste deliberadamente la búsqueda con medios alternativos por ahorrarte el dinero de un rescate. No tenías las barcas auxiliares funcionando, y no quisiste pedir ayuda sólo para evitar que los demás barcos supieran que habías perdido un grupo de buceadores. Impediste, a sabiendas de que estabas cometiendo un inmenso error, que mi padre levantara los fondeos y sacara al Pearl para salir a buscar a tu empleado y tus clientes perdidos. Perdiste los primeros momentos de búsqueda, las primeras horas, las más preciosas.
Todo por dinero, por orgullo, por ignorancia.
Pues tienes que saber que todos conocemos la historia, que no te ha servido de nada intentar ocultarla.
Sólo tenías que mostrarle respeto en su funeral. Mi padre lo mereció.
113. LIBERTAD
Siempre me ha encantado sumergirme en una cala cercana a mi casa, la entiendo como un segundo hogar, un espacio donde cada vez que me encuentro sola acudo a sentir el afecto de sus moradores, aunque fuera una profesional de éxito me encontraba sola en un océano de gente desconocida, nunca había podido mantener una relación estable y tenia la sensación de que nadie me entendía, siempre pensé que mi vida fuera del agua era un complemento necesario para poder vivir en ella.
Recuerdo perfectamente el día en que me percaté de su presencia...
Deambulaba por la playa ensimismada en mis pensamientos cuando de pronto, me di cuenta que ya no caminaba sola, una alegre melodía me guiaba, me presenté, descubrí que el propietario del instrumento se llamaba Andrés, era un señor de tez morena y poco pelo, me contó que llevaba en esa misma roca mucho tiempo con su inseparable armónica.
Todas las mañanas al pasear por la playa, Andrés me regalaba una sonrisa y un “buenos días” que despertaban en mi las ganas de volverlo a encontrar la jornada siguiente, empezaba a sentir que algo en mi estaba cambiado día a día.
En el transcurso de nuestras charlas me relató que en el fondo de la bahía descansaba un pecio llamado Libertad y que tenía la virtud de conceder la paz y la felicidad a todo aquel que consiguiera encontrarlo, solo era necesario desear verlo y observar con atención. No le di mucha importancia a este comentario pues había buceado en esas mismas aguas cientos de veces.
Una apacible mañana, aún sin haberme desprendido de todas mi dudas decidí salir en busca del misterioso pecio, sentía que ese día era especial pues el mar estaba completamente en calma, una gran piscina azulada que se difuminaba con el cielo, visión solo interrumpida por el sol que empezaba a despuntar. La brisa marina me llamaba, y sin darme cuenta emprendí mi camino hacia el mar, en un instante mi cabeza desaparece bajo las aguas... es justo en ese momento cuando todo cambia, como por arte de magia aparece ante nosotros un nuevo mundo que aunque siempre está ahí pocos alcanzan a entender.
Seguí paciente las indicaciones de Andrés y me dejé llevar lentamente por la corriente, pude observar en mi recorrido las paredes tapizadas de vida, los diminutos habitantes, hasta el congrio gruñón parecía más cercano que nunca, fue entonces cuando una silueta empezó a dibujarse delante de mi, la proa emergía del azul para dejar paso a unas cuadernas semidesnudas apuntando al cielo, encantada lo recorrí lentamente hasta llegar al castillo de popa que parecía intacto, al asomarme lo entendí todo...
Tanto como el día que encontré a Andrés, recuerdo el día en que dejé de verlo, sobre la roca sólo estaba su armónica, imaginé que habría enfermado y no podía acudir a nuestra cita diaria. Durante un tiempo estuve visitando la playa varias veces al día, parecía que nunca nadie estuvo sentado allí, solo el pequeño instrumento guardado en mi bolsillo me recordaba que no estaba loca.
Pasado el tiempo comprendí mi destino, debía compartir mi secreto con quien estuviera preparado para escuchar, de forma que me senté en la misma piedra que un día ocupara el viejo Andrés y me dispuse a soplar...
Hoy es un día especial, he visto de nuevo a Andrés, y juntos hemos podido observar como otra persona recogía el testigo.
Recuerdo la mañana en que Luís al salir del agua me dijo:
- Hola, buenos días nunca te había visto aquí.
_____________________________________
In memoriam...
112. EL REY DE REYES
Os voy a contar mi historia, de hecho voy a hacer mucho mas que eso, os voy a contar una buena historia; No espera, ya puestos… os voy a contar la mejor historia escrita y por escribir sobre algo tan bonito y bello como es el mar.
¿Preparados?
¡Pues adelante!
Si fuese una persona, tal vez primero debería presentarme, tal vez deciros como me llamo, o tal vez simplemente y sin avisar… empezar a explicar mi historia, ¿cual es el problema entonces?
Muy sencillo, no soy una persona, soy un pez.
Pero no un pez cualquiera, ni mucho menos… yo soy El Pez, el rey de los mares, el mejor y más bello de todos, soy El Pez rey de reyes en el mar… mientras no venga un “superinteligente delfín con su superinteligencia a comerse pescaditos y dar palmaditas…” madre mía por dios… sobran palabras… son unos vendidos… sobran palabras… ¡Yo! El único, el formidable, el increíble Pez, si que soy el rey de reyes… y ya puestos el mas inteligente de todos los peces, y el mas guapo… y… bueno bueno, que me estoy saliendo del tema. La idea yo creo que ha quedado clara… a todo esto… ¿a que he venido yo? ¡A si! Yo os iba a contar la mejor historia de mundo, bueno pues empecemos.
Era de noche, el mar permanecía en calma, de hecho, una calma casi sobrenatural, las olas prácticamente ni se percibían, la luna, brillaba toda ella, en su más bella desnudez, su luz traspasaba las primeras capas de mar, iluminando el poco profundo fondo. Era una noche bellísima toda ella, pero a la vez era una noche normal, las estrellas bajo las rocas respirando agua, los peces comiéndose unos a otros, las algas bailando toda la noche y de hecho todo el día, yo sinceramente no se como aguantan… y yo, felizmente feliz, por la bella normalidad en la que me encontraba, iba nadando despistado… cuando un chapoteo seguido de muchas burbujas, me dejo anonadado, no sabía adonde ir, pero sin embargo sabía lo que pasaba, ¡había venido un submarinista!
Todos los peces siempre hablaban de ellos y yo por fin vería a uno, así que me alejé de las burbujas… y esperé, esperé esperando encontrar, algo como un gran pez, del mundo exterior, un pez con un sistema de branquias nuevo, con tecnología de respiración súper avanzada, tan avanzada que le permitiría respirar dentro y fuera del agua… pero lo que me encontré… me dejo sin palabras…
El extramarino… sencillamente era muy muy extraño, de entrada lo que más me extrañó fue que a la luz de la luna, no era un pez, de hecho, no se parecía a nada de lo que yo hubiera visto… era como una gran cosa azul oscuro, con unas aletas extremadamente largas y finas a los lados, demasiado largas y finas como para poder nadar… en la cola tenia otras dos aletas de iguales características… pero lo peor de todo era su rostro… de alguna forma… era horroroso… ¿cómo no salir corriendo? ¡Madre mía qué miedo! Dicho y hecho, cuando me di cuenta, ya estaba a metros del buceador, pero lo suficientemente cerca para que mi visión de pez me permitiera verlo a hurtadillas, quería volver a mi casita con algo de información para poder hacerme el guai con mis conocidos y amigos.
Al observarlo… sencillamente me dejó bastante despistado… de entrada no nadaba rápido que digamos, si no que mas bien, era lentito… además, no hacia cosas de pez, de hecho se quedaba con su gran cosa luminosa alumbrando rocas, algas, no se, era un tipo muy muy raro, cuando por fin se me fue el miedo y quise saludarle, ¡intento agarrarme con una aleta! Uy… Aquí ya si que le perdí el respeto… por que media como cincuenta veces más que yo que si no… así que fui y llame a mi amigo Tibu… ¡no que es broma! (casi os lo creéis…) ¿que hice entonces? Pues supongo que lo mismo que cualquier pez hubiera hecho… lo mismo que supongo que deben hacer las personas, después de ver algo tremendamente sórdido, después de quedar fulminados por algo extrañísimo…sencillamente, fui a casa y… ¡me tumbe en el sofá!
¿Que os ha parecido mi historia? ¿Increíble, eh?
¿Qué se puede sacar de ella?
Pues una bonita lección de la vida, tal vez lo que a simple vista parece extraño, no es más que la simple normalidad de otro mundo que no es el nuestro.
martes, 29 de diciembre de 2009
111. ESTE TÍO ES UN DESASTRE
-¡Este tío es un desastre!... ¡De verdad!... ¡Así no vamos a acabar nunca este curso!
- Pues yo lo estoy pasando genial. Por mí que no se acabe nunca… Jajaja.
Nos reíamos todos. Todos incluía a Ramón, en “cursillista”. Nuestro instructor es un tío muy legal, muy serio. Quiero decir que todo lo hace a conciencia, que nunca deja un solo punto sin tocar, sin desmenuzar. Y encima había que hacerlo todo perfecto. A éste no le valía un 9,5 –decíamos siempre-, tiene que ser un 10. En mi curso de Dive Master me obligó a entrenar todo un invierno en la piscina para hacer las pruebas de natación en menos tiempo.
- Ramón no te quejes, pero si para bajar un minuto me tiré dos meses nadando en las piscinas municipales, como una idiota levantándome a las 6:30 en pleno invierno, de noche, para nadar con algunas respetables señoras de la tercera edad y casi todos los cojos de la isla…. ¡Para bajar un minuto!.
- Yo creo que no lo acabo nunca, te lo digo.
Y es que, amén de estricto, Tris le da a todo un carácter demasiado castrense. Todo debe ser perfecto y además, debe llevar implícito cierto sufrimiento, cierta dosis de sacrificio, para que la recompensa valga la pena… digo yo. O eso es lo que les enseñan en el ejército. Y de eso él sabe mucho, que para eso estuvo en las fuerzas especiales sirviendo a su país, dios sabe cómo y dónde, que nosotros ni lo sabemos ni creo que queramos saberlo, la verdad.
- Si te digo que entres en pánico, tú entra en pánico. Nada de pataditas, sin piedad. Pánico, con realismo. Patalea. Intenta agarrarle con desesperación, con angustia, con pánico. Quiero verle sudar intentando salvarte. ¿Es que no lo entiendes?, el día que de verdad tenga que rescatar a un buceador en pánico tendrá que saber hacerlo, ¿no? Pues eso.
Ese fue el día que le vimos sudar, y sangrar, porque el pobre Ramón se llevó un rodillazo salvaje en la nariz y estuvo dolorido dos semanas. Yo creo que le rompí algo. Y el pobre ni se quejó. Me han dicho pánico y yo, pánico. Y se me acercó de frente… claro… Me han dicho pánico y yo, pánico… Sorry!
Pero voy a centrarme para contaros bien la historia. Tris y yo estábamos intentando terminar de impartir un curso de Rescue diver para Ramón, nuestro compañero de buceo y amigote. Y llevábamos en ello ya iba para cuatro meses, desde la primavera. Pero ni de coña. Todo el afán de Tris era crear, por sorpresa, escenarios fortuitos de accidentes de buceo para que Ramón los solventara. Pero todos los vastos conocimientos de Ramón sobre el rescate en el mar se disolvían de inmediato al iniciarse el rescate, para volverse a solidificar al acabar el escenario, que siempre acababa igual, es decir, yo ahogada, Tris de los nervios y Ramón preguntándose que demonios había hecho mal.
- Pero vamos a ver, si la víctima se está hundiendo…y te tiras al agua sin tu equipo…, ¿como c…. vas a bajar para rescatarla?... ¿eh?..¿Cómo?...
- Si, ya, pero pierdo tiempo poniéndomelo, ¿no?
- Y volviendo al barco a por tu equipo, cuando la víctima ya se ha hundido, no se pierde tiempo, ¿no? No claro, ella respira debajo del agua, ¿no?...ella te espera…no pasa nada…ya llegará… ¿no?...es que se ha tenido que volver al barco, a por su equipo… el pobre….
Era como un déjà vu, pero cada día, en cada inmersión. Y yo ahogada, casi siempre de risa, claro.
Así que, aquel brillante sábado de verano todos los astros parecían apuntar al mismo lugar; otro buceo con nuestro centro habitual y nuestros amigos, otro escenario, otra cagada de Ramón (o cagadas, que a veces las hacía concatenadas, para mayor sorna por mi parte y suplicio para Tris) seguida de la bronca (de Tris), las risas (las mías y de algún otro amigo en el barco) y la mezcla de desesperación y desaliento de nuestro instructor y amigo, que, sin perder la esperanza, si estaba empezando a perder la paciencia y a tocar fondo con aquel tema.
Íbamos cerca de siete buceadores aquella mañana. Además de nosotros tres creo recordar que estaba Antonio, un economista asiduo de los sábados, César, un friolero que empezaba a venir con el buen tiempo y un chico que nadie conocía y que estaba empezando su Open water con el dueño del centro, Joan, que hacía el número siete. Al timón el inefable George, un exbuceador de combate de la legión francesa, divertido, magnífico bajo el agua y que, aunque no levantaba más de 1.60 del suelo, imponía.
Como siempre, durante el trayecto al punto de inmersión, Tris diseñaba cuidadosamente el escenario. Después colocaba a Ramón a pegar la hebra con alguien en una esquina del barco (eso a Ramón se le daba muy bien) y mientras aprovechaba para contarnos a todos cómo y cuando iba a ser el incidente, porque, ni que decir tiene, casi siempre era yo la víctima. Esta vez íbamos a bucear en un pequeño islote que tiene forma de herradura, y aunque por el exterior alcanza los 25 metros de profundidad, en su parte interior no llega a más de 9 metros. Joan había elegido el sitio especialmente por su estudiante, ya que eran sus primeras inmersiones.
Así que, allí estábamos todos, perfectamente dirigidos por George, fondeados en la parte interior del islote, con la música del barco muy alta y muchas ganas de meternos en el agua. El barco de Joan es un 9 metros de fibra muy cómodo para el buceo, tiene una cubierta amplia que nos permite cambiarnos y preparar nuestros equipos holgadamente y sin molestarnos unos a otros. Tiene además una plataforma baja en la popa con dos escaleras de fácil acceso.
Bailoteábamos a lo tonto mientras nos poníamos los equipos, y empezaba la ceremonia de vaya-otra-vez-te-has-traído-el-biberón haciendo alusión al 15 litros de César, o el típico a-ver-si-te-regalamos-un-regu-nuevo-esta-navidad cuando veíamos el equipo ajado de Antonio. Pero con bromas o sin ellas siempre estábamos en el agua en poco tiempo.
De la inmersión no puedo contar grandes cosas. Nuestro Mediterráneo ofrece siempre lo mejor, al menos aquí en nuestra isla. Nada especial aquel día. Al finalizar la inmersión comencé a llevar a cabo el plan, así que me quedé rezagada, como tonteando entre la posidonia. Luego hice superficie, como a unos 80 metros del barco y esperé a que todos estuvieran a bordo, incluso esperé a ver a Ramón quitarse el equipo y abrirse el traje. Entonces empezó el espectáculo.
- ¡¡Socorro!! ¡¡Socorro!! No puedo nadar, me ahogo ¡¡Ayuda!!
Y entonces empezó la consabida retahíla de Ramón:
- ¡Será posible! Hay que fastidiarse la tía, que siempre espera a que me suba al barco…¡¡VOY, YA VOY!! ¡¡Tranquila!! Bueeeno vaaale, a veer… me pongo las aletas, la máscara…¡¡VOOOY!!…yo creo que ya, que llego, ¿no, Tris?
Era entonces cuando, tanto Tris como nuestros amigos, hacían como que no pasaba nada, mirando al cielo, haciendo como que no iba con ellos, le miraban con cara de pez y no le contestaban. Y, si insistía demasiado, Tris le miraba con infinita paciencia y le decía…Tu mismo Ramón, tu mismo. Y pensaba para sus adentros; otra que vez que va a cagarla… ¡Caguun!
Y efectivamente, aquel soleadísimo sábado de julio presenciamos de nuevo como el superhéroe saltaba por la borda con máscara y aletas. Si señores, nuestro incansable Ramón, se tiraba al agua con el semiseco abierto y sin su equipo. Condiciones que, en sí mismas, hicieron que apenas llevara 30 metros nadando el semiseco se llenara de agua y Ramón empezara a ralentizar el paso. Y fue entonces cuando yo, siguiendo fielmente las indicaciones de nuestro instructor, entré en pánico, pataleando y gritando el doble de alto, lo cual espoleó a mi salvador, acelerándole algo más en su ya cansino ritmo. Por fin, y siempre según lo previsto, esperé a que estuviera a mitad de camino entre el barco y yo para hundirme….y hundirle en la miseria a él, claro. Porque allí estaba él, en medio de ninguna parte, con un traje lleno de agua que pesaba un quintal y sin su equipo, con una víctima inconsciente y sumergida a 8 metros y a años luz de ser salvada.
Lógicamente, y aún a sabiendas de que iba a pasar un fin de semana más sin ser Rescue diver, Ramón volvió como pudo nadando hasta el barco, vació su traje de agua, lo cerró, se puso el equipo, volvió al agua, me localizó en el fondo, me llevó hasta la superficie, y me arrastró nadando hasta el barco mientras me daba respiraciones de rescate. Impecable.
Y fue llegando al barco cuando nos dimos cuenta. Había un buceador abrazado, aferrado a una de las escaleras, paralizado, casi catatónico. Hiperventilaba, agitado, lloraba, gemía y sólo decía “¡¡Se ahoga, se ahoga…se ahoga!!”.
Antonio y George intentaban calmarle mientras Tris y César estaban rodeándole en el agua, quitándole el equipo e intentando que se calmara, reaccionara y subiera al barco.
- ¿Qué? ¿Otra vez mal no? Si es que a Carmen siempre le da por hundirse en el peor momento… Pero… ¿qué pasa? ¿Y éste tío?
Era Manu, el Open water. Manu que había empezado su inmersión más tarde, y que estaba feliz como un bebé retozando en la posidonia cuando me vio patalear, patalear y patalear en la superficie. Manu que presenció atónito cómo me hundía tras un pánico bestial. Y Manu que presenció cómo me quedaba boca abajo en la posidonia durante interminables minutos sin que nadie acudiera en mi ayuda.
El pobre Manu que, en vano, intentaba advertir a su instructor para que “alguien hiciera algo”. Y su instructor que, mientras le arrastraba a la parada de seguridad de 5 metros, se esforzaba, también en vano, en hacerle entender por señas que todo aquello era un simulacro, mientras se maldecía a sí mismo por haber olvidado advertirle antes.
Manu aquel día buceó con nosotros dos veces: la primera y la última. Y aunque terminó su curso de Open water, nunca volvió a bucear, al menos con nosotros.
No le culpo.
110. ESCUALO
La corriente templada se desplaza a una velocidad lenta que permite al gran tiburón oceánico planear sin esfuerzo durante cientos de millas. Desde su hábitat pelágico va acercándose a las aguas someras por las que en algunas épocas le gusta viajar. Puede conseguir capturas de fortuna o encontrar una gran sombra de la que caen constantemente objetos de lo más diverso, algunos le atraen por su desconocido aroma o por qué le alimentan con un mínimo esfuerzo; pero sólo sigue a las sombras durante el tiempo necesario hasta encontrar otra corriente que a su instinto le parezca más prometedora.
En la soledad del inmenso océano su cerebro procesa miles de señales que sus sensores le remiten incansablemente; para cualquier otro ser, ese hábitat sería similar a como estar en el espacio. Pero para el escualo es su mundo; está lleno de claves y matices que sólo él y sus semejantes pueden apreciar.
Al cabo de meses de solitaria singladura comienza a notar como la temperatura del agua se incrementa al acercarse a la costa. La masa de agua templada se desplaza hacia el fondo a la vez que las ondas de la superficie aumentan su frecuencia. Su instinto le indica unos parámetros que le son familiares, no le hace falta nada más para saber con precisión donde se encuentra.
El Longimanus ha localizado un denso cardumen de túnidos en su rumbo; esto le permite capturar un par de presas que pese a su velocidad y a la protección del grupo caen en sus fauces en dos fulgurantes ataques desde la superficie. Estas son siempre bien recibidas por su estomago insaciable. Continua incansable su avance ayudado por sus magníficas aletas pectorales que le dotan de una gran capacidad de planeo y el vital ahorro de energía. Los peces piloto que le acompañan parecen orbitar entorno a su cabeza, sus rayas claro oscuras contrastan con el gris bronce de su lomo y el blanco característico de la panza y del extremo de sus aletas. Los rayos solares que atraviesan las olas en la superficie le dan una imagen majestuosa que unida a su elegancia natural, le convierten en un príncipe del pelágico.
Las heréticas vibraciones de la superficie, atraviesan el mar detrás de las gigantescas sombras que ahora abundan; desprenden olores y sonidos decadentes que desestabilizaban el perfecto equilibrio de su medio natural por el que se desplaza itinerante.
En la distancia y, siempre cerca de la costa, nota pequeños cambios de presión unidos a ondas electromagnéticas de baja intensidad; su curiosidad innata le hace alterar su rumbo y profundidad para acercarse. Le domina un repentino interés por unos seres que ahora ve, estos flotan con mucho esfuerzo y mantienen un precario equilibrio en la densidad de su mundo, si pudiera sonreír lo haría. Cada uno emite sonoras burbujas metálicas a presiones variables según la profundidad en la que se encuentre. Luces repentinas e inoportunas iluminan el arrecife, dándole un aspecto que no reconoce. Observa que a diferencia de sus presas, esos seres mantienen una línea caótica e inexplicable, parecen ir en parejas hasta que una de ellas se destaca de las demás dirigiéndose directamente hacia él. Ese movimiento le sorprende porqué nada en el mar jamás, se dirige hacia él. Salvo las medusas, pero estas no cuentan.
De pronto ve como se acerca una de ellas y aprecia con sorpresa que adopta una extravagante postura vertical, mientras emite más luces cegadoras en rápida sucesión. Estas le hacen perder momentáneamente la visión. El olor irreconocible no le inquieta, sólo las explosiones lumínicas que acompañadas de descargas electromagnéticas lastiman violentamente su sensible cerebro.
Gira y pone agua de por medio, alejándose del extraño ser eléctrico que le agrede con dos enérgicos movimientos de su aleta caudal. Buscando refugio en el fondo del mar y su benigna oscuridad.
Ese escualo nació en aguas cálidas y tranquilas; surgió el primero del útero de su madre y esto le dio su primera ventaja natural. Le permitió huir de ella, que es en muchos casos su primer depredador; alguno de sus hermanos no tuvieron la misma suerte; seguro que no. En aquel momento comenzó su incansable y solitario camino. Sin pausa, ni tregua, siempre adelante. Guiado por un instinto forjado en los océanos durante millones de años de continua evolución.
En su larga vida nunca había tenido un encuentro con aquellos seres, aquello fue tan extraño como el espectáculo que se encontró horas después. Cientos de sabrosos pedazos de alimento cuelgan de líneas a la deriva que parten de la luz, forman una barrera de aromas que su instinto reconoce. Decenas de sus semejantes orbitan alrededor de ellas, algunos se deciden a probarlos y quedan súbitamente atrapados. No entiende esa actitud pues sin movimiento continuo, no hay vida. Su curiosidad otra vez le fuerza a mantenerse en esa extraña zona donde sus semejantes van uno a uno perdiendo la horizontalidad. Sus desesperadas sacudidas y efluvios cargan la zona de un inquietante ambiente marino. Ante ese espectáculo decide mantenerse a distancia durante el resto de la noche.
Al incidir los primeros rayos de luz sobre las ondas de la superficie las grandes sombras con sus vibraciones y pestilente aroma, se acercan. Algo le retiene sin embargo, al percibir las sacudidas encolerizadas de cientos de semejantes cuando ascienden hacia la superficie, en agonía. Al lateral de las sombras un espectáculo hasta ahora desconocido, comienza.
Sus semejantes desaparecen en la sombra después de un combate iracundo contra una fuerza invisible. El monstruo los devora uno a uno de manera implacable.
El Longimanus observa como al rato desde la luz descienden los que parecen sus hermanos, pero sin las aletas que han sido cercenadas por las fauces de una bestia implacable. Dejan regueros de sangre mientras giran sobre si mismos en una desconcertante espiral; duelo y agonía. El mar es ahora una cortina de cuerpos mutilados que descienden a través del horizonte azul.
El resto de sus semejantes aprovechan la situación devorando a las piezas que le son despachadas desde las sombras, la masacre se completa entre violentas dentelladas. Todo formaría parte del círculo de la vida, sino notara su instinto que el equilibrio del océano ha sido quebrado, algo lo ha cambiado todo, pues cada vez hay menos presas y muchos menos a quien considerar semejantes.
El escualo, todavía príncipe, se retira trastornado hacia la todavía resistente muralla de la profundidad y absoluta oscuridad. La luz en la superficie alimenta unos seres de los que hay protegerse.
109. VOLVER AL GRAN AZUL.
La mañana era fría, pero al mirar hacia el horizonte Carlos atisbó que el sol intentaba despertar de su letargo diario, las gaviotas ya graznaban y sus incómodos chillidos se oían en toda la bahía. Según se acerco a la puerta del pantalán vio a lo lejos a su pequeño barco, -¡ hay si este balandro pudiera hablar!- pensó , tantos y tantos momentos vividos sobre este pequeño cascaron, tranco la puerta mediante el gancho y giro para volver al coche , abrió el portón trasero y saco la gran caja hermética con infinidad de pegatinas en múltiples idiomas símbolo de sus innumerables viajes para disfrutar de los mejores y mas variados fondos marinos, seguidamente cogio la botella y el pequeño carrito que usaba para transportarla. Cerró el maletero, sujeto firmente la cuerda del cajón y el carro en su mano izquierda y empezó a andar en dirección al barco, los miles de veces que había pasado por encima de aquellas viejas tablas que parecían quejarse a cada paso que daba, pero aquella era una mañana especial, había tomado una decisión largamente meditada y por fin la iba a llevar acabo. Se detuvo junto al enroñecida y deteriorada bita , dejo la caja en el suelo y agarro el cabo para soltar el amarre de proa , la mar se encontraba tranquila y bella como le gustaba decir, apoyo el pie en la bancada que tenia en popa y salto al interior seguidamente cogió sus útiles de buceo y los fijo a las gomas que tenia en el costado de babor para que no se movieran en el trayecto que iba a comenzar, se acerco a popa y soltó el cabo , se introdujo en la pequeña cabina saco la llave con la imagen de la virgen del carmen, esa que tantas veces le había sacado de múltiples problemas, la introdujo en el contacto y giro la llave , el viejo motor Perkins de 150 caballos empezar a rugir , pero como siempre a la primera no arranco, -¡vamos viejo hoy es un día especial!- espeto, a la segunda tiene que ser la buena, - pero no aquel viejo motor era mas testarudo que su amo y no arranco,- maldita sea tu estampa- , bramo giro y volvió a girar la llave y nada el motor tosía , carraspeaba pero nada mas, y al fin a la décima un temblor sacudió el pequeño barco y el viejo motor empezó a rugir, - bien viejo bien.- dijo mirando el pequeño rebujo de espuma que salía por la popa, giro el timón, subio la palanca de aceleración y empezó a separarse del pantalón , a lo lejos hecho una ultima mirada a su viejo Land Rover gris y comprobó el mal estado en que se encontraba el viejo 4x4, eso sí, viejo por fuera porque bajo esa ruinosa chapa su fuerte motor DKV jamás le había dejado tirado, fijo su vista en un yate que entraba y como todos lo nuevos patrones entraba a mas velocidad de la debida, este puerto era traicionero a nada que te salías del canal destrozabas la hélice contra alguna de las rocas que yacían en el fondo, según pasaba junto al flamante barco una mirada de desprecio salía de sus ojos , malditos nuevos ricos., este era un puerto tranquilo hasta que empezaron que venir y amarrar sus grandes y potentes barcos, ya todos lo viejos pantalanes habían desaparecido y en su lugar nuevas plataformas con tomas de agua y luz salían por todas partes. Giro el timón para esquivar la punta del muelle y apunto la proa al sol que asomaba tímidamente por el horizonte, y le empezaron a invadir los viejos recuerdos de otras épocas en que todo era perfecto, en que el único problema era buscar nuevos sitios de buceo, de las locuras que había hecho para conseguir unas pocas pesetas para poder ahorrarlas y poder ir a la otra punta del mundo a encontrar los mejores sitios de buceo, como con quince años dejo su casa para embarcarse en un carguero griego con rumbo a China, que duro fue aquel día ver a su madre como se hacia pequeña en el muelle, llorando y gritando su nombre pidiéndole que volviera que se quedara en casa pero no ya lo había decidido y cuando Carlos tomaba una decisión nunca se echaba atrás. En aquel barco realmente se hizo hombre su niñez se quedo entre alguno de aquellos hierros, recordó como el capitán Taotopupulos le tomo bajo su brazo y le enseño como esquivar los temporales, como buscar el mejor rumbo solo guiándote por las estrellas y a quien había que rezar cuando los olas eran varias veces ,mas altas que el mástil del barco, era un tipo simpático el capitán Tato, como el lo llamaba para evitar ese galimatías de nombre, lastima que en el puerto de Luang se encaprichara de la única camboyana que no debía y acabara con siete cuchilladas flotando en la bahía, otra cosa queaprendió.
.-nunca te enamores de la mujer del jefe de la mafia local siempre te traerá problemas-. bueno mejor dicho cualquier enamoramiento te traerá problemas. Pasando por las islas de Hawai fue donde descubrió por primera vez el buceo en aquella pequeña isla que se detuvieron por un problema con una de las válvulas y tuvieron que estar allí, en aquella paradisíaca bahía durante dos semanas. Todos los días según terminaba sus tareas se lanzaba al agua a bucear con los buscadores de perlas, era impresionante como llegaban a bajar a treinta metros y subían seguidamente a respirar, eso si su vejez era muy dura los esfuerzos del buceo les pasaba una gran factura les dejaba, sordos, medio ciegos y artríticos. Allí Carlos empezó a disfrutar de los fondos coralinos y donde decido que su vida giraría en torno a este deporte. En el siguiente barco que embarco, un pequeño gasero con ruta fija entre Hong Kong y Sydney.Cuando llego a Australia decidió quedarse allí, se acerco a una pequeña taberna y pregunto en su ingles rudimentario si había forma de trabajar, la respuesta fue afirmativa y eso no le faltaría en Australia había trabajo por doquier, empezó de camarero.,luego carpintero, pastor de ovejas, esquilador profesional, conductor de trenes de carretera, talador, y finalmente instructor de buceo. En los pocos ratos que tenia en los diferentes trabajos entablo amistad con el dueño de un pequeño club de buceo en Byron Bay y poco a poco empezó a aprender todos los secretos de este deporte hasta llegar a la categoría de instructor, finalmente el dueño del centro de buceo le ofreció asociarse y trabajo continuo llevando a los buceadores que llegaban de todas partes del mundo a escudriñar la gran barrera coralina. Pero como siempre en su vida, no era hombre para establecerse en un sitio fijo. De Australia se marcho a Indonesa de ahí a Bora Bora, luego California, México, Cuba ,……hay Cuba que buena época, allí conoció a su único y gran amor Elisa la caribeña mas bonita que había en todo la isla, Elisa era la parte que le faltaba ella era juiciosa, sensata y alegre siempre sonreía, eso sí, siempre con la sonrisa, hasta el ultimo momento que con una preciosa sonrisa me dijo .-Carlos cuídate y se feliz este viaje lo terminas tu solo y allí donde este te estaré observando. Elisa que una noche en Malecón le pedí que se casara y por diez veces me dijo que no, pero al final tras seis días de repetir incansablemente la misma pregunta accedió y en una pequeña ermita de Cala Chica nos casamos.Una semana después estábamos juntos volando camino de Argentina, Elisa no buceaba pero siempre le acompañaba. .-Que imagen salir del fondo marino y ver esos preciosos ojos marrones-. de un color similar al cuarzo ojo de gato, esas piedras que tantas veces buscaba en Brasil para venderlas a los joyeros occidentales, su melena negra al viento y su infatigable sonrisa, no había mayor placer para un hombre. En Argentina bajo hasta Ushuaia y allí estuvo un año con una expedición científica realizando cuatro inmersiones diarias en el polo sur, harto de tanto frío decidieron buscar el calor de Senegal buena tierra pero muy complicada siempre había luchas cercanas recorrió todas las costas de África con buenos fondos marinos y gracias a una productora americana de ahí salto al mar rojo diez años allí era el guía mas solicitado por todas las agencias del mundo, pero cuando el mar rojo se masifico había que escapar y de hay a Canadá, Groenlandia y el Mar Negro y por fin llegando a los sesenta años decidieron venir a la tierra de Carlos, España mas concretamente, Murcia y su pueblo Mazarron, alquilo una pequeña casita junto a la playa de Molinuevo y todas las mañanas salía a bucear con los diferentes centros de buceo. No tenia predilecciones a el le gustaba ofrecer sus conocimientos, gratis, eso si cuando alguno decidía pagarle él lo cogia, como decía el capitán Tato.-si alguien te da dinero nunca lo rechaces es mejor pecar de egoísta que de tonto.
Todo era perfecto hasta aquella fatídica mañana del 28 de febrero , que cuando llego a casa se encontró a Elisa tirada en medio del salón totalmente inmóvil, llamo rápidamente al servicio de urgencias y en el hospital le informaron que tenia tres tumores en la cabeza y que su llama se apagaría rápidamente, Elisa ya lo sabia se los habían detectado en una revisión por un problema en la vista, le realizaron un escaner y le dieron la mala noticia pero ella no se lo dijo a Carlos para que siguiera con su gran afición el buceo. Sentado al lado de su cama todos los días le contaba como estaba la mar y revivían todas la historias de sus viaje, hasta que una mañana cuando Carlos se despertó , vio a Elisa con los ojos cerrados , las manos en el pecho y su preciosa sonrisa, parecía una ángel de esos que vieron en Roma cuando visitaron la Catedral de San Pedro, ya que Elisa era muy cristiana cosa que Carlos después de haber conocido tantas atrocidades del hombre nunca pudo creer que un Dios bueno y piadoso pudiera permitir tales brutalidades, la miro largo rato hasta que observo que no respiraba se había ido. Elisa la única persona que le ayudaba a vivir. El funeral fue rápido y discreto. Que duro fue volver de nuevo a casa, tan silenciosa y tan vacía. Los meses siguientes no volvió a bucear, ya no tenia ganas, sus compañeros de inmersión le iban a buscar pero el no habría ni la puerta y empezó a rondarle una idea, la deshecho volvió a pensarla la volvió a desecharla pero según pasaba el tiempo cada día le satisfacía mas.
Carlos miro el radar faltaban tres millas hasta el lugar elegido y centro su vista en el horizonte el sol estaba casi en lo alto las gaviotas rodeaban el barco y la mar estaba bella, hermosa y placida como a el le gustaba. La pantalla empezó a pitar y la marca parpadeaba, ya estaba en el lugar elegido detuvo el pequeño cascaron miro el sonar y comprobó profundidad 267 metros. Seria suficiente pensó. Se quito su roída camiseta cogio su traje de goma Nemrod y empezó a colocárselo ,revisó el manómetro de la botella y comprobó la carga 100 bares.- perfecto, mas que suficiente .- farfullo.
Se ato el cinturón con seis pastillas y al colocarse la botella a la espalda coloco otras cuatro pastilla en cada bolsillo, no quería fallar. Miro por ultima vez a su barco fijo la mirada en el cielo se sentó en el carel del barco se coloco su vetusta mascara, el regulador a la boca , un ultimo suspiro y se hecho hacia atrás comprobó el profundimetro y empezó a deshinchar el chaleco, 3 , 5, 7 metros 10, 15, tuvo que compensar con un pequeño trago de saliva 20, 22,25,35 metros…..,le vino a la mente la cara de Elisa y su pelo revuelto en con el viento del malecón 38, 40 45 ….que bella era y como bailaba con lo mal bailarín que era él que paciencia había tenido; Elisa siempre quería enseñarle a bailar salsa pero nada que no había forma era como un pez fuera del agua 49,50,53….,bueno ya no había vuelta atrás,58,59, 60, 63……. empezó anotar un pequeño mareo, cerro los ojos 68,70,75,80,88 …..El ultimo número que reconoció tenia tres cifras y, forzó su mente y se vio agarrado Elisa en la cubierta del barco del mar rojo riendo y planeando su futuro…….y por fin el gran y oscuro azul.
lunes, 28 de diciembre de 2009
108. PLACENTA SALADA.
Primero fue la llamada, se tiró un montón de tiempo al teléfono. La llamaban otra vez del trabajo, del Instituto Meteorológico. Cuando terminó se paseaba por la casa como un zombi de las películas con la mirada sin fijarse en nada, amasando nerviosa aquel colgante con forma de tortuga que se había convertido en su amuleto. Luego se puso a mascullar cosas que no se le entendían y se enganchó al ordenador. Estuvo toda la mañana, para que luego me eche a mí la bulla cuando estoy más de hora y media jugando con el Spectrum. Me pilló en el trastero poniendo los reflectores a la bici. Anda, ayúdame. Tenemos que encontrar la caja del equipo viejo.
Yo lo había visto alguna vez por allí, cuando era más pequeño jugaba con él. Me ponía aquel regulador enorme en la boca, me calzaba las aletas ya cuarteadas de regaliz añoso y andaba por la casa como un pingüino desmañado. Mi madre decía que alguna vez podría bucear con ella. Pero luego llegó lo del asma. Cuando me daba fuerte, me quedaba como cuando te dan un balonazo fuerte en la tripa y no puedes ni respirar. Mamá decía que lo de los médicos avanza muy rápido y que tarde o temprano inventarían algo. Después de un buen rato rebuscando, lo encontramos detrás del proyector de diapositivas y las cajas de los fascículos. Estaba todo polvoriento, mamá rebuscó en la bolsa y sacó el manómetro. Había sal incrustada en los bordes, el profundímetro se había quedado paralizado en veinticuatro metros durante quince años.
-Desde que estaba embarazada de ti. Tuve que estar sin remojarme durante un tiempo y cuando lo retomé me compré el nuevo.
-¿Y ahora para qué lo quieres?
-Tú vas a usar el mío nuevo y yo voy con el antiguo. Hoy vas a bucear por primera vez.
-Venga, mamá, no me vaciles. ¡Si estás siempre con que no tengo los años y con la monserga de si me da uno de los ataques!
Todavía no hemos conseguido categorizar los restos encontrados. Un falso saco ventral externo, extremidades inferiores palmeadas, algo que se asemeja a un ojo único y las dos formas antropomórficas unidas. Lo que al principio podría parecer una caja más de sedimentos del sector 17 ha revolucionado a todo el departamento. La excavación estratigráfica que en una primera prospección parecía irrelevante, se ha convertido en un hallazgo desconcertante. Nunca pensé que llevando sólo dos años en la excavación fuera a cambiarme tanto la vida. A pesar de todo mi cabeza está en otras cosas, la orquídea que dejó parece como si se estuviese secando, yo nunca he entendido de plantas. Le echo las bolitas de gel pero nada.
-Es una excepción. ¿Sabes lo que es una excepción? Pues algo que se hace una vez y ya está. Le dio la bolsa del equipo ligero que el pequeño acomodaba con dificultad en la parte trasera del coche.
Sara dio un golpe al portón y pasó al coche. Desde su asiento se contorsionó nerviosa hasta la guantera, rebuscó entre los papeles y los casetes y encontró uno de los inhaladores. Samuel ya se estaba abrochando el cinturón, Sara le pasó el tubo.
- Mamá, pero si hace ya un montón que no lo necesito.
- No empecemos con tonterías. No tengo tiempo para discusiones. ¡Lo llevas y punto, no hay más que hablar! Y arrancó con un acelerón.
Las hojas están de un verde más claruzco como desdibujado. Además ahora pululan mosquitos que salen de la raíz. No sé, en fin. Hoy hemos hecho el análisis de los restos anexos, no parecen un ajuar funerario por que algunos encontrados de la misma especie no presentan estos aparejos. Más parecen propios de algún tipo de actividad. El análisis neutrónico no ha sido capaz de determinar el momento exacto, he adjuntado el informe palinológico y el proceso tafonómico de los huesos, aunque todo parece indicar que la fecha en la que se fosilizaron fue en el momento del Cambio. Si le llevara la planta a lo mejor ella podría recuperarla, me da tanta pena. Pero, como aquello acabó como acabó. Vuelvo a lo mío, es necesario hacer un pulverizado de pruebas para la datación exacta.
Los latigazos húmedos bamboleaban a los dos buceadores. Sara alargó el inhalador a Samuel que adivinó su mano entre el batir de las olas y aspiró un par de veces. Sorbió con un extraño sabor a sal y menta. Rodeó al pequeño liberándole del pulpo de latiguillos que le enmarañaban. Tenía la respiración acelerada y un silbido agudo que el agua no dejaba oír. Sara miró de nuevo su reloj y le rozó la cabeza. La capucha de neopreno amortiguó la caricia.
-Vamos, si me has visto hacerlo un montón de veces.
-Ya, pero si no me sale lo de las gafas, me van a picar los ojos.
Sara intentó esbozar una sonrisa nerviosa que apenas se adivinaba entre la capucha y las gafas. Samuel notaba el bamboleo de las olas en su estómago. Tranquilo, dijo ella, mientras empezaba a vaciar los chalecos. El ascensor hacia el fondo abandonaba el vaivén racheado de la superficie. Ahora todo se ralentizaba.
Un pequeño tubo en forma de cilindro. No sabemos si pudiera ser de este yacimiento o fruto de un arrastre de zonas próximas. Los análisis demuestran que algunas de las características de los sujetos, que al principio pensábamos que eran propios de su fisiología, no son más que aparejos que llevaban puestos y que fruto de la sedimentación se han adherido a los restos óseos, el departamento de Evolución y Génica así nos lo ha confirmado. Tendremos que seguir analizando los usos que daban a este instrumental. Sólo tres batas en el perchero, echo de menos una bata más y la invitación a la máquina de hidrofilizados.
Todo quedó en silencio. Tan sólo el parpadeo sonoro de las burbujas y el chisporroteo suave del fondo en un vaivén. Sara se puso de frente a Samuel y cada poquito le marcaba que compensara. Todo iba bien. La señal de los dedos unidos formando una o y el abanico de los dedos restantes como pregunta y la idéntica respuesta se convirtió en el pausado diálogo de los dos. Las bocanadas frenéticas de Samuel se fueron pausando conforme la ingravidez ralentizaba sus movimientos. Sara cogió a Samuel de la mano y le tranquilizó señalándole un banco de castañuelas, entre las rocas un pulpo escabulléndose, las bocas de las morenas bravuconas que surgían entre los pliegues de las paredes. Sara apenas miraba su ordenador, el tic constante era para consultar su reloj.
Ha llegado el informe complementario de la unidad de Antropología. Al parecer algunos ancestros se sumergían en las cuencas para compartir el hábitat con los seres acuáticos, iba más allá de lograr algún fin específico de esta actividad como la captura de animales para su alimentación. Éste puede ser el motivo por el que encontramos los restos en el sector 17, aunque todavía queda por reconocer el fin de artefactos como la pequeña figurilla en forma de animal acuático prendida al cuello de uno de ellos. Todavía no conocemos el motivo por el que estaban unidos, como abrazados. Desconocemos muchos de los elementos que acompañan a este hallazgo. Y quizá sigamos desconociéndolo por mucho tiempo. Hoy he decidido llevarle la orquídea, seguro que de nuevo podría volver a florecer. Cuando salí del laboratorio, algo cayó del cielo. Sentí una sensación extraña. Era una gota de agua. Según las noticias, el clima está cambiando y quién sabe si las cuencas volverán algún día a cubrirse.
Pocas personas lo sabían. Los trabajadores del Instituto Meteorológico extendieron la noticia aquella misma mañana entre sus conocidos como una serpiente de dominó que iba golpeteando a cada ficha. Sara vio que su octopus empezaba a perder aire, revisó los manómetros. Ella, cincuenta bares; Samuel, diez. Siguió descendiendo sin preocuparse. Sara decidió que lo mejor sería pasar los últimos minutos, en los que todo se iba a acabar, de aquella manera: la primera vez que Samuel experimentara el respirar bajo el agua. Cuando el reloj marcó la hora, Sara cogió a Samuel que se entretenía con el baile ceremonioso de unas medusas. Le cobijó contra su pecho, arrullándole en aquella placenta salada.
107. DE POR QUÉ LAS PERLAS SE PUEDEN CULTIVAR.
Antiguo proverbio de los pescadores de perlas de Tahití.
Lucía se demoró un poco en salir vestida de neopreno. De pronto, se sintió sin fuerzas. Tras dejarlo con Toni estaba exhausta. Luchar para recuperarle había resultado además de muy duro, inútil. Se encontraba en el Estrecho de Tirán, en la Península del Sinaí, en pleno Mar Rojo. Su amiga le había convencido para que fueran: “En la inmensidad del mar te volverás a encontrar”—sentenció. Era su primera inmersión, pero no estaba nerviosa, estaba apática. No se reconocía. Ella que tenía siempre los sentidos a flor de piel, su interior en los últimos meses dormía. Sin embargo, cuando miró por la ventana y se encontró con un azul tan intenso, tuvo que parpadear para no quedar cegada.
Una vez en la cubierta se colocaron el equipo y poco a poco se zambulleron en las espectaculares aguas del arrecife de Thomas Reef. El mar tan celeste se oscureció en la bajada hasta convertirse en azul eléctrico. La visión era asombrosa y espectacular. La sensación de bienestar se acrecentó cuando una tortuga paseó junta a ella nadando naturalmente, segura de sí misma y majestuosa. Notó cómo flotaba en el fondo. En su mente sólo había sitio para aquella escena tan especial que hizo que sus ojos se humedecieran cuando de la nada un grupo de peces de azul eléctrico la atraparon entre ellos. Se sintió tan arropada que las lágrimas terminaron por aflorar. De las cosas más increíbles que había vivido en su vida no estaban pasando en la superficie sino varios metros bajo el agua.
Su monitor le hizo señas para comprobar que estaba bien. La sonrisa que desprendía su mirada le contestó. Era tan asombroso que algo en ella cambió. Buscó a su amiga y con gestos expresó su felicidad. Habría un antes y un después de aquella inmersión. Se sintió bendecida por una sensación de paz que había sido descrita más de una vez por su amiga. Volvería a repetirlo. Una raya punteada pasó a su lado y experimentó un sentimiento de libertad que no había notado nunca.
Cuando subieron a la superficie estaban emocionados. Comentaban la suerte que habían tenido de disfrutar de peces y tortugas. Lucía participaba de aquéllo: describía las tonalidades tan sorprendentes con que se había encontrado en el fondo y se sentía viva otra vez.
Desde la embarcación admiraron el carguero panameño que encalló en los ochenta y disfrutaron de los colores que gobernaban el arrecife de Gordon Reef al que llegaban: desde el azul marino hasta el casi blanco pasando por un turquesa profundo. La naturaleza parecía llamarla.
Un chico del grupo de buceo se acercó a Lucía sonriendo y la ofreció un refresco.
- Es alucinante, ¿eh?
- Es genial, sí -sonrió ella.
- ¿Algún problema del que huir de tierra firme? -espetó sin perder el tono simpático que le rodeaba.
- Pues sí. De uno noventa y ojos verdes -dijo por primera vez sonriendo hablando de él.
- Entonces hay que remojarse para que encoja - y el comentario hizo que rieran al unísono.
Mientras se desplazaban hacia Jackson Reef degustaron unos platos preparados con arroz muy condimentado. Las corrientes parecían más vivas que antes. El monitor avisó sobre el peligro de los corales de fuego y la posible presencia de los tiburones martillo.
El oleaje se hacía cada vez más fuerte pero se prepararon adecuadamente y realizaron la inmersión. El fuerte viento empezó a arrastrar a Lucía. Su amiga logró subir a cubierta, pero ella pagó su inexperiencia y auque lo intentaba no lo conseguía.
Tacho, el chico con el que conversó, la sostuvo con energía evitando que la corriente se la llevara. Enseguida el monitor le ayudó y el pequeño rescate se realizó con éxito. El compañerismo y el buen hacer del grupo evitó un mal mayor.
Volvieron a la zona de aguas más tranquilas. Fueron subiendo a la parte más alta del barco y se dieron un chapuzón mientras los menos atrevidos bailaban ritmos árabes a golpe de cadera.
A la vuelta los delfines juguetones les saludaban. Los ojos de Lucía se quedaron tan abiertos al mundo como solían estar. Sólo necesitó bucear un poco y “cultivarse”.
Leer toda la nota...
domingo, 27 de diciembre de 2009
106. EL DÍA DEL TIBURÓN
17 grados de temperatura, diciembre, el mar está en calma.
Hacía ya 3 meses que no apuntaba en mi divelog nuevas experiencias y estoy con muchas ganas de contar mi dia de mar. Hoy fuí con 3 compañeros de aventuras que han visto conmigo muchos pecios, el mas impresionante el thistlergorm el cual conocia por los documentales pero cuando lo ví con mis propios ojos me quedé estupefacto de la impresión que da ver el carguero con todos los objetos que llevaba, las motos, fusiles, coches y hasta una locomotora.
Pero en el rojo no es solo eso lo que me fascinó, su fondos de corales y su diversidad de peces lo convierte en un paraíso para los buceadores, por no hablar de la temperatura tan agradable del agua que hace que no quieras salir nunca.
Hoy al rojo no va a poder ser pero para agosto no me lo pienso, hoy nos hemos reunido para ir a a Lloret, que quiero probar la nueva cámara de vídeo y tengo muchas ganas de grabar. Las mujeres hoy no se han querido bañar que dicen que el agua esta fria para ellas, siempre tienen alguna excusa... pero tienen ganas de hacer la coña y nos han hecho vestir con el traje de papa noel por encima del traje de buceo, nos hemos hecho fotos en poses divertidas y para el agua nos hemos ido entre risas de ellas por detrás.
No me he puesto el traje seco porque es incomodo para llevar la camara de video pero mucho frio no he pasado.
Los compañeros no si era por el traje rojo pero se han acercado a un banco de peces que no se han movido del sitio, han estado junto a ellos y me ha quedado el video genial porque estaban para morirse de risa mirando los dos simetricamente puestos uno delante del otro y los peces sin inmutarse.
No ha faltado de nada debajo del agua nos hemos llevado hasta el cava, nos quitabamos el regulador y a chupar de la botella y es que para nosotros ir a bucear es como para otros ir al bar, una reunión de amigos y que no falte de nada.
Pero el momentazo del día ha sido cuando nos hemos topado con un tiburón, esto si que no me lo esperaba, después de mas de 100 inmersiones en Cataluña por fin un ejemplar, avisé a mis compañeros y vinieron ipso facto para contemplar el bello ejemplar de unos 40 centímetros que tenia delante. Parecía de la misma escuela del ejemplar de la película de Spilbert porque se dejó filmar estupendamente y hasta los compañeros se pusieron al lado para que los grabara, así ya tienen anécdota para contar a sus futuros nietos.
105. RIVALES
Nunca supieron con certeza cuál de los dos la descubrió antes. El buceador inglés afirmaba que había sido él, pero el submarinista portugués aseguraba que él la había encontrado primero. Pero los dos estaban de acuerdo en que era bellísima.
La estatua de mármol, aposentada en aquella zona arenosa entre rocas, como en un fastuoso templo, en una penumbra irisada, representaba, sin duda, una deidad antigua, seguramente a la Venus romana.
La diosa del amor mostraba en sus labios una sonrisa incitante, casi lasciva. Con los párpados ligeramente abatidos, parecía ofrecer una promesa de placer irresistiblemente atrayente. La mano izquierda se posaba en uno de sus pechos, de forma delicada, haciendo que lo que quedaba visible resaltara aún más su perfección redondeada y turgente. La mano derecha se detenía sobre su pubis con una pose imposible de definir que podía ser interpretada como pudor o como provocación, según quién la contemplaba y el ángulo de visión desde el que lo hiciera.
El buceador inglés la encontraba extremadamente pudorosa, mientras que el portugués la veía como una volcánica demostración de consumado erotismo.
Sin embargo, tal contradicción convergía en un mismo efecto: ambos se sentían extrañamente excitados por aquella belleza femenina y marmórea, que se hallaba en una cota de profundidad de 25 metros, en los fondos de aguas transparentes de la bahía de Mazarrón, en el llamado Bajo de Emilio.
En las horas nocturnas, el efecto que se producía junto a la Venus era mágico, sobre todo si no había luna. El plancton en suspensión brillaba con fosforescencia amarilla de luciérnaga submarina, meciéndose como en un vals acuático suavísimo alrededor de la estatua. Entonces la silueta femenina se mostraba como una aparición.
Algunas veces ocurría que un banco de bogas, agrupadas en cardumen, nadaba alrededor de la diosa buscando refugio, perseguidas por algunos dentones hambrientos que a su vez buscaban presas. El movimiento del agua revelaba remolinos y estelas de fosforescencia milagrosa. En momentos así la Venus del mar parecía cobrar vida y movimiento.
Por eso, los dos submarinistas buscaban esa hora oscura de noche sin luna para visitarla y adorarla. En aquel mundo de silencio, sólo roto por el burbujeo del aire de las botellas que ascendía con leve rumor, las tinieblas cobraban color, gracias a la luz de las linternas que hacían brillar el rosado caparazón de las gambas y los camarones, de ojos brillantes
Nunca supo ningún buceador de la zona cuál de esos dos extranjeros había visto primero esa estatua, tan conocida por los buzos de la zona. Tampoco supo ninguno cuál de los dos perdió antes la razón embrujado por su belleza de mármol. Y menos aún, cuál de los dos atacó primero. Pero sí que habían luchado con saña suicida ahí, a 25 metros de profundidad, disputándose el imposible amor de aquella estatua de diosa romana.
Los dos cadáveres aparecieron flotando entre dos aguas con los latiguillos de los reguladores cortados, los neoprenos rajados a punta de cuchillo y los cuerpos ensangrentados. A su alrededor, los peces mordisqueaban sus rostros descubiertos.
104. DIVINIDADES DE MAR
El grupo de unos 30 individuos se aproximó a la gran silueta que se deslizaba sobre la superficie. Era un extraño ser que superaba el tamaño del mayor de ellos. Debía tratarse de un animal hembra porque de repente salió de él un ser mucho más pequeño. Seguramente acababa de parirlo.
Una de las hembras de calderón común, que también había parido aquella mañana, se le acercó seguida por su cría, que al ser recién nacida permanecía a flote junto a su enorme madre. No tenía el mismo aspecto que su pequeño, aunque, no sabía por qué, le pareció la criatura más hermosa que hubiese visto jamás. Sus aletas estaban mucho más desarrolladas que las de los pequeños de su manada y se movía con flexibilidad como si fuesen tentáculos de pulpo o de calamar, aunque con una gracia muy superior. Su piel era preciosa, negra con unas listas laterales de unos colores tan brillantes como los de un pez payaso, una anémona o una estrella de mar. La cara mostraba unos enormes ojos planos y brillantes.
Su bebé se acercó al extraño recién nacido, que también parecía contento de tenerlo cerca. La hembra de calderón emitió un sonido de aviso para su pequeño. Debía tener cuidado. El extraño ser no parecía peligroso, además su tamaño era muy inferior al de cualquiera de los calderones, pero nunca se sabía. Podía ocurrir que atacara, pese a su escasa envergadura, con algún veneno, como las medusas, o con una descarga eléctrica, como las rayas.
El mar era tan grande, pero tan conocido para aquella manada de cetáceos que la aparición del ser y de su cría, les resultaba a todos de lo más excitante. El grupo al completo se aproximó con curiosidad. Sin poder contener su excitación, tanto los machos como las hembras iniciaron una serie de chillidos, sumergiéndose y emergiendo repetidamente alrededor del gran ser. Los jóvenes, los más nerviosos, mostraban su contento con saltos en el aire y zambullidas sonoras que levantaban enormes círculos de espuma marina.
-¡Rosa, no te alejes del barco! –gritó el patrón desde cubierta.
-¡Son magníficos! –exclamó a modo de respuesta la bióloga.
-¡Sí, pero ten cuidado con ese macho!
En efecto, un gran ejemplar de macho de calderón se había acercado tanto que rozó con la cola el casco de la embarcación que se meció como por efecto de una ola de mar de fondo.
Los pasajeros de la goleta no salían de su asombro y asistían con una mezcla de entusiasmo y temor a la escena.
Cuando habían avistado el grupo de calderones, se había desatado una actividad festiva a bordo.
-¿Os traigo al mejor sitio o no? –preguntó sonriente el patrón.
-Desde luego.
-¡No se puede dudar!
Si se trataba de avistar cetáceos, no podía haber sido más oportuno el encuentro.
-¡Madre mía! –exclamó Rosa sin dejar de observar el panorama tras los gemelos- He empezado a contar y he perdido la cuenta al llegar a treinta.
-Es que, como no paran de moverse, es difícil contar con exactitud, pero desde luego es un grupo numeroso.
-¿Te has fijado? Llevan crías.
-Y muchos jóvenes.
-¡Se acercan! –gritó uno de los turistas.
Todos prepararon sus cámaras digitales y sus tomavistas.
-Ellos sienten tanta curiosidad por nosotros como nosotros por ellos –aseguró el patrón.
-Me pregunto qué creerán que es un barco como éste –dijo uno de los pasajeros.
-No sé, tal vez una especie de divinidad de los mares –apuntó otro.
-Seguramente es así –afirmó el capitán.
Mientras, en el agua, los calderones continuaban nadando alrededor del barco y de la bióloga vestida con neopreno, subyugados por la apariencia de aquellos seres desconocidos que creían divinidades del mar.
103. UN ESCÉPTICO EN DARWIN
Hacia tiempo que oía hablar de las expectativas que despierta la isla de Darwin. Es en realidad, un maldito islote de piedra volcánica en medio del Pacífico, muy alejado de cualquier otro punto que suscite el menor interés. El viaje fue largo, hicieron falta muchas horas de navegación. La travesía me dejó agotado. “A Darwin no se va, se llega” les decía de manera insistente a mis compañeros cuando aún ni si quiera se veía la silueta de la roca. “El viaje vale la pena solo para venir aquí”, me decían. Siempre me ha dado miedo entusiasmarme demasiado si hay la posibilidad de fracasar. Así que esta vez, todos los comentarios que me parecían excesivamente optimistas, decidí ponerlos secretamente en reserva.
Darwin se hizo rogar, pero por fin llegamos. Ahora tendría que ver si todas esas expectativas se cumplían o tendrían que dejar paso a los consuelos fundados en la poca visibilidad, las corrientes, la temperatura del agua.... o vete tú a saber que otro argumento de urgencia. Pero no. Fue coser y cantar. Seis, siete, ocho.... diez! No hubo acuerdo sobre la cantidad de esos seres extraordinarios que habíamos encontrado. Un compañero me explicaba que ya había visto algún ejemplar aislado antes, muy lejos de aquí. Ahora bien, no le había impresionado tanto como en esta ocasión, en la maldita isla de Darwin. Para mí y para otros, ésta había sido la primera vez.
Ciertamente, son seres fuera de lo normal. Movimientos sinuosos, de reacción rápida, pero incapaces de evitar algún pequeño encontronazo cuando las corrientes y las trayectorias nos llevaban hacia la colisión. Lo vi en un par de compañeros que, por suerte, no se hicieron daño. No me hizo ninguna gracia. Lamentaría mucho haber venido hasta aquí para acabar con lesionados. Todos me parecieron más o menos iguales. Podían ser más grandes o más pequeños, pero extremadamente iguales. La forma de las aletas, los diferentes tonos y manchas de la piel son, al menos, pequeños detalles que los diferencian unos de otros, y a su vez, permiten que se reconozcan entre ellos. De paso, también son útiles para que los reconozcamos nosotros. De hecho, fueron estos detalles los que permitieron disipar las dudas sobre si todos los ejemplares eran diferentes o era el mismo que giraba una y otra vez. Una cosa me cautivó: sus ojos. Claramente desproporcionados respecto a las dimensiones de su cuerpo, pero de una gran brillantez. Cuanto más cerca los tenia, más brillaban, y justo en ese momento, más se aceleraban los movimientos de sus aletas, también desproporcionadas.
Los compañeros estaban exultantes. Gritos de alegría desmesurada, gesticulación hiperexpresiva y adjetivos superlativos se enfrentaban a mi escepticismo más sólido. Realmente había valido la pena? Su medio cada vez está más degradado, tienen problemas de subsistencia y el futuro que les espera no les es muy favorable. Y nosotros hemos de estar aquí molestándolos? Incluso he tenido la sensación que eran ellos los que me miraban a mí, interrogándome. Si puedo, la próxima vez los evitaré. No me han parecido demasiado interesantes.
Lo que no he conseguido averiguar es para qué demonios les sirve esa columna de burbujas que cíclicamente sale de su cabeza hacia la superfície. ¡Para que luego digan que los tiburones ballena somos raros!
miércoles, 23 de diciembre de 2009
102. OLOR, SABOR Y COLOR DE RECUERDOS INOLVIDABLES.
El coadjutor de la parroquia de los Santos Mártires, iba todos los domingos a decir misa a una aldea situada a varios kilómetros de Málaga; esta aldea marinera se llama Benajarafe; el sólo nombre de la aldea sabe a dátiles y huele a camello.
Las juventudes de algunas parroquias de Málaga íbamos allí de vez en cuando a representar obritas de teatro, y a bailar bailes regionales, y así recaudar fondos para construir una iglesia, pues en esta aldea no había.
En una cuadra con forma de patio, con un fuerte olor a pienso, vacas y zotal, que era, permítanme la metáfora, “tela marinera para los sentidos”, se improvisaba el escenario. Aquella tarde, antes de empezar el festival, en una mesa con un bonito paño blanco, bordado con motivos litúrgicos y vegetales, que colocaba una vecina, se celebró como siempre la misa en la playa.
Encima de la mesa encendieron dos velas. Una a cada lado, cuyas llama debido a la brisa destelleaban un color rojo azulado. A mano izquierda la Biblia, y en el centro el cáliz y la patena, dónde se simboliza o transfigura el pan y el vino en el cuerpo y la sangre del Señor.
Allí nos juntamos los que habíamos ido de Málaga y los vecinos de todos los cortijos de alrededor. Mientras se hacían los preparativos, las gaviotas volaban y graznaban alborotadas, seguro que inquietas de ver a tanta gente. No muy lejos había una barca (como aquella de Manuel Benítez Carrasco, de la que decía que con sólo nombrarla olía a marismo la boca y sabía a sal la palabra. Un grupo de submarinistas buceaban bajo ésta, contemplando maravillado las plantas y los peces multicolores que habitan en el arrecife y la formación “marcial” con la que se desplazan las langostas, y las figuras geométricas que dibujan en el agua los bancos de peces cuando van de un lado para otro.
Antes del comienzo de la misa, los buceadores salieron del mar, y dejando el equipo de submarinismo junto a unas rocas cercanas, se unieron a nosotros.
En mitad de la liturgia, que en aquella época se decía en latín, cuando el sacerdote levantó la Sagrada Forma y dijo:
ECCE AGNUS DEI QUI TOLLIT PECCATA MUNDI
(Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo)
Se hizo un silencio impresionante. Las olas del mar que al romper en la orilla chocando contra la arena, daban reiterativos golpes y las revoltosas gaviotas enmudecieron de pronto, los rayos del sol que ya estaban casi escondidos detrás de la cima de los montes, iluminaron la escena con un resplandor inusual. Se intensificó el aroma de los jazmines, de la albahaca y del azahar, que es la flor de los naranjos que embellece el paseo. Todos estos fenómenos de la naturaleza aparentemente irreales, junto con el inconfundible azul del cielo de Málaga impregnado de perfumes orientales, como dijo el poeta, y su original olor a marismo, creó una simbiosis que parecía que se iba a abrir el cielo y la potente y majestuosa voz de Dios iba a sonar diciendo:
“Este es mi Hijo muy amado en quien tengo mi complacencia”.
Años después, al pasar por la carretera, pude ver con emoción en la antigua aldea de Benajarafe, la altiva torre de una iglesia de estilo mudéjar, o de ladrillos cara vista, como le llaman ahora.
domingo, 20 de diciembre de 2009
101. ¡¡¡EL DÍA MÁS FANTÁSTICO!!!
El 10 de julio de 2.008 viví una experiencia inolvidable y creo que fue ¡¡el día más feliz y apasionante de mi vida!!. Se cumplió algo con lo que había soñado cantidad de veces: ¡¡Tuvimos un encuentro con delfines!!. ¡¡Fue sensacional!!.
Estábamos en el Mar Rojo. Era la quinta vez que íbamos, mi marido Julián y yo, pero ésta tenía de especial que venían mi sobrina Berta y su marido José Luis, (enganchados al buceo “gracias a nosotros”, igual que mi otra sobrina Nazaret y Rubén, que acaban de empezar). Hacíamos un crucero en el “Carlton Queen” por la zona Norte, en Sharm El Sheikh y como en otras ocasiones pudimos gozar de las maravillas que ofrece este fascinante Mar, pero lo que narro a continuación no lo había visto jamás.
La aparición se produjo inesperadamente: Primera inmersión del día, 8 de la mañana, Estrecho de Gubal e íbamos al Ulises, un pecio pequeño con mucha vida en sus alrededores.
En esta ocasión no saltamos del barco, nos llevaron en zodiac y durante el trayecto, de pronto, vimos delfines saltando en superficie. Nos escoltaron unos minutos. ¿Quizá como presagio de que querrían estar con nosotros...?. No pudimos hacer mucho más que mirar, gritar y silbarles, con el fin de llamar su atención, al ir totalmente equipados, sentados uno junto a otro, botella a la espalda, etc. etc., pero la adrenalina se nos disparó a todos y la excitación fue total...
En mi interior surgió, con una gran fuerza indescriptible, el pensamiento y el deseo ardiente de que nos seguirían en las profundidades y así me lo repetía constantemente, como si de esta forma fuera a lograrlo...
Llegamos al punto de destino y una vez que nos sumergimos, enseguida, vino un solo ejemplar que dio unas vueltas y se alejó y ya la euforia se apoderó de nosotros…
Había bastante corriente y nos extrañó que iniciáramos el recorrido en contra, (luego nos explicaría el Divemaster que lo hizo porque de esta forma, las burbujas llamarían más su atención). Costaba mucho esfuerzo avanzar, hasta que nos dijo que diéramos la vuelta y surtió su efecto: ¡¡Se aproximaba un grupo de unos 15 o 16 individuos que revolotearon y serpentearon entre nosotros!!. ¡Increíble!. Estaba exultante, les llamaba, les chillaba, gesticulaba..., (aunque parezca mentira, estuve afónica durante unas horas). ¡¡Fabuloso!!. Nos miraban, los veíamos, subían, bajaban, danzando y realizando un sinfín de cabriolas. Eran ellos los que hacían con nosotros lo que querían... Julián intentaba filmarles, (estrenábamos cámara de video en este viaje), aunque con mucha dificultad debido a tanto movimiento, pero aún así, tenemos un buen recuerdo en el que además se oyen..., como si nos hablaran... Yo estoy convencida de que me oían y me contestaban...
Continuamos e inmediatamente vimos el Ulises y antes de llegar a él, contemplábamos un bello pez Piedra al que Julián grababa y oyó que volvían, (yo no me di cuenta, pero en el vídeo se aprecian perfectamente los sonidos que emiten). Se giró rápidamente y pudo captarlos. Otra vez esa inmensa alegría..., mi entusiasmo era tremendo... Nos deleitaron de nuevo con sus acrobacias y se fueron…
Había mucha corriente y antes de organizar la entrada al pecio nos indicaron que nos detuviéramos, de forma que nos tuvimos que agarrar, algunos ya en la propia estructura del barco, otros, como nosotros, a 3 o 4 metros en un arrecife precioso repleto de peces Sargento, de los que Julián consiguió una estupenda filmación y ensimismados en nuestro hallazgo, no nos dimos cuenta de que se presentaron 2 de los delfines, penetraron en una gran cavidad del Ulises y estuvieron jugueteando con el Divemaster. Nos contaron que fue muy bonito.
Resultó una vivencia única e incomparable y cuando lo rememoro, me invade tal placer…, cierro los ojos y consigo reconstruir aquellas prodigiosas escenas.
Pero lo excepcional de la jornada no acabó aquí. Todavía nos esperaba otra gran sorpresa...
Por la tarde, después de la tercera inmersión –fue el único día que decidí no hacer la nocturna- tras ducharme, me vestí definitivamente para acabar el día. Cogí mi cámara de fotos (siempre la llevaba conmigo) y me senté relajadamente..., cuando de pronto, oí: “¡¡Delfines!!, ¡¡delfines!!”. Intenté divisarlos, pero ante semejante alborozo en cubierta bajé disparada y ya estaba lista la zodiac para salir, todos llevaban traje de baño, no me lo pensé, subí, con gafas (soy miope), cámara y vestida..., e iniciamos el recorrido para llegar hasta ellos, ¡¡fue alucinante!!, allí estaban, haciendo todo tipo de piruetas y jugando y yo creo que pidiéndonos que les acompañáramos… Tengo la total convicción de que así era.
La gente se echó al agua y yo ni corta ni perezosa, no iba a ser menos por ir vestida y no tener traje de baño, me quité la camiseta y la falda/pareo y se lo di al Capitán -quien nos había llevado- junto con las gafas y la cámara. Me zambullí y nadé todo lo que pude, con el objetivo de alcanzarlos..., pero imposible conseguirlo, los veía brincando allí mismo y se mueven con semejante rapidez que era una auténtica locura, seguíamos todos dispersos en el agua y tan pronto aparecían como desaparecían... Me sentía tan dichosa de estar allí, con ellos, en la inmensidad del Océano...
Recordé a Jacques, el protagonista de “El Gran Azul” y por unos instantes, fantaseé y sentí el deseo de acabar como él… ¡¡Me fascina el mar y me atrae poderosamente!!.
Se alejaron y algunos volvimos a la neumática, otros se quedaron en el agua y nuevamente nos dirigimos a su encuentro. Me tiré, nadé… y se repitió el extraordinario espectáculo... ¡¡Estaba como loca de contenta!!. Era insólito: había visto y estado con estos encantadores y amistosos cetáceos varias veces, en pocas horas...
Empezaba a atardecer y opté por subirme a la embarcación, (sólo me siguieron dos personas y el resto permaneció en el agua, ya que podrían recurrir a otras lanchas que habían llegado después). Me acordé de que en otra ocasión y también el Mar Rojo y al atardecer, nos acercaron a unos delfines, pero no nos metimos en el agua porque nos dijeron que era posible que atrajeran a los escualos...
El Capitán decidió regresar. Ibamos a bastante velocidad, ¡¡súper way!!, cuando le retamos a que fuera más deprisa y nos diera una vuelta. Fue divertidísimo..., a gran velocidad y girando en círculos grandes en torno a nuestro barco, desde el que nos vitoreaban los que no habían venido y entre ellos Julián. ¡¡Toda una aventura!!. Tuvimos suerte de que fuera el Capitán, porque cualquier otro miembro de la tripulación no lo hubiera hecho, hay mucha disciplina y diferencia entre él y la tripulación.
Disfruté enormemente y tuve una noche muy feliz. Soñé con estos entrañables mamíferos marinos, una y otra vez...
Espero y anhelo con todas mis fuerzas tener la ocasión de repetir ambas experiencias.
Mientras lo escribo, revivo intensamente esos impresionantes momentos y me considero la mujer más afortunada del mundo por tener estas oportunidades…
Este viaje tiene para mí una connotación muy emotiva. Cuando lo recuerdo, en general o cualquier cosa de él, siempre, no puedo evitar que aflore en mi mente la imagen de “mi querida mamá”. Regresamos del viaje el 13 de julio y el 22, tan solo 9 días después, moriría inesperadamente. Sí le conté todas mis hazañas, pero no nos dio tiempo de ver, ni las fotos ni los videos…
100. AZUL LAPISLAZUL
Sintió una bocanada de aire frío y entró. ύltima revisión. Tanteó los bolsillos del pantalón, algunos plomos del día anterior dieron pretexto a una inmersión sencilla. Se colocó las gafas y buscó instaneamente la línea de horizonte. La luz, ténue, mofaba las formas para albergarse en contornos mal definidos. El manómetro marcaba 200. Se fraguó paso animado únicamente por la voluntad de avanzar, y se hundió.
Tiró del cabo y éste yació inherte. Plantado. Sin corriente. ¡La azúl !- pensó- sin lugar a dudas. El eco ahogado de los pasillos contrastaba con la voz en off de la megafonía. Sintió un pinchazo salado en el labio y se dijo que esta vez sí. Que aquí el consumo no es cuestión de placer, sino de supervivencia. La humedad, llegada al suelo, se traducía en charcos de carreras y puntualidad. Giró a la izquierda haciendo prueba de ingravidez y se deslizó pendiente abajo tirando del lastre. Inmaginó otras formas, e intentó huir de tautologías, fondos túrbios y reflexiones binarias. Sonrió. Comprobó el tirante de la escalera. Un banco de transeúntes ahuyentados por una razón que desconocía, sin dejar de serle familiar, lo flanqueó de un gesto huidizo.- A grandes males, grandes remedios -exaló- con un poco de suerte, puede que la encuentre en la misma cavidad del martes pasado-. En su retina aún conservaba a vivo la elegancia fatal de aquella mirada en su postura ajena. Hubiera querido acercarse. Quitarse los guantes. Robarle una caricia. Hablarle en una lengua otra.-Sí, con suerte, estaría en la azúl. A menos que derive entre sábanas y café-. Se estabilizó y observó las paredes en busca de vida micróscopica : « 24-M huelga general », « te quiero Marta ». Las burbujas, imantadas por leyes físicas de instinto básico, se agolpaban a lo largo del techo de la galería siguiendo el cauce de un desnivel apenas visible. Orgulloso de experimentar aún su sentido común, tomó la misma dirección sorteando cables sueltos, plásticos huérfanos y otros despropositos medioambientales. De pronto dos grandes óculos de un amarillo naranja se fijaron en su campo de visión.-¡De la aparente afabilidad de la especie ya no queda nada !-. Un mero, hirsuto, gesticulaba sus gruesos labios acercándose sobremanera. ¡ Título de transporte ! Titulado como era, el encuentro sólo confirmó el desencuentro al que están abogadas las relaciones en lugares promiscuos. 100 bares. Un sonido distante, envuelto en una película de silencio, se propagaba desde el fondo. Poco depués, un alboroto de coleteos seguido de una nube opaca de arena dejaba apenas entrever un vendedor clandestino de CD’s recuperando a toda prisa sus crías ante el ataque inminente de dos agentes de seguridad. Un banco de curiosos merodeaba no muy lejos. En ciertos arrecifes, es una escena tan común que suele pasar desapercibida salvo para algún turista.-A primera vista, me voy a quedar con las ganas-. Aleteó de espaldas, los ojos fijos en la columna de agua que debería remontar. Esperó la llegada del pecio. El tiempo estimado era de tres minutos diez.-Paciencia, la primera vez no la viste de golpe. De todas formas, tal vez fue ella quién te vió primero-. En esta zona de la cavidad, la vida se multiplicaba en función del tiempo estimado de llegada del pecio. Si éste aumenta, la vida se aglutina llenando casi por completo la cavidad sin que se produzcan casos científicamente constatados de antropofagia. La selección natural dictamina el derecho de salir del pecio o de instalarse en el mismo. De procurarse un rinconcito. De circular libremente en el interior. Cero minutos cinco segundos. Una onda de agitación colectiva dejaba preveer dos focos alógenos y una columna fantasmagórica de la que emanaba un incencido de neones. Un crujido sordo provocó sendas aperturas en la estructura de las que surgían miles de seres en ebullición y en las que otros se introducían precipitadamente. Alzó la vista pero no alcanzó a verla y haciendo caso omiso de los 50 bares, se deslizó a través de las compuertas. El ambiente, turbio, entorpecía la visibilidad fragmentada en cientos de partículas elementarias. Le resultó difícil no sucumbir a dos morenas alojadas no muy lejos, las fauces abiertas en una actitud de falsa indiferencia. Avanzó con recelo como pidiendo perdón. Más allá, un pejeperro le sacaba los colores a otro mientras que la cabeza de un pez cofre, sentado con un periódico entre las manos, adquiría un volumen perfectamente cuadrado de tanto leer.-No sé que estaría pensando ¡La azúl no es un acuario !.- Y sin embargo, le resultaba difícil asimilar. Borrarla. Confinar aquella mirada a la efemeridad de una inmersión cualquiera. Sumergirla, consigo o sin él, en un profundo olvido lapislázul. El aire del regulador comenzaba a tener un gusto dudoso. Cuando de pronto, una explosión de colores hizo irrupción. Ángeles, trompetas, monjes revoloteaban en una harmoniosa sincronía sacra de fondos pelágicos. Y estaba allí, las alas al viento, grisatrea-transparente, derivando graciosa, aquella quimera, cuya mirada le libró, por la primera vez, el sortilegio azúl de su propio reflejo.

