Estando en Nápoles (Italia), salía un barco cargado de armamento y tropas y fue bombardeado y luego hundido por los ingleses, entonces había que sacar lo que había quedado del barco, para repararlo y recuperar el armamento y los cuerpos, que los encontró atascados en los ojos de buey, fue un triste trabajo, porque hubo que empujarlos para que salieran y sellar los ojos de buey para poder reflotar el buque.
Algunos relatos son sorprendentes como éste; en el puerto de de Le Havre, en Francia se encontraba un enorme barco de pasajeros que había sido hundido por los bombardeos, cerca de la orilla, como se encontraba de costado, había que pasar las cuerdas por debajo, para poder darlo vuelta y oh! sorpresa, se encontró con una enorme cantidad de vino y piezas enteras de telas que no se habían mojado, que no habían sido destruidas por el agua.
La empresa lo manda trabajar a Grecia, ha sacar de un barco alemán que se encontraba hundido en la costa, lingotes de oro, pero cuando baja, también una gran sorpresa, el oro no estaba, los griegos habían sido mas rápidos que los alemanes, es su lugar había ladrillos, esto fue fácil para los griegos, porque estaba en aguas pocos profundas y ellos saben bucear, solamente aguantando la respiración, este trabajo, le trajo consecuencias, nadie le creyó, creían que él se había robado el oro, pero otra vez tuvo suerte, terminaron creyéndole.
En Hamburgo, estaba trabajando colocando pilotes para el amarradero de los barcos, cuando suena la sirena de alarma de bombardeo y toda la tripulación del barco que estaba arriba se olvidan de él, y corren al refugio para salvarse, quedando el solo abajo y casi sin aire, recurre a unos tubitos de aire que llevaban como repuesto, pero el buzo que había usado anteriormente, los había gastado, porque eran 2 buzos con un solo traje, siente que se estaba hundiendo en el barro y con mucho esfuerzo logra zafarse, perdiendo un zapato, pero el traje era muy pesado, tenia 180 Kg. le costaba moverse, como pudo fue llegando a la orilla.
En el momento que logra salir un poco a la superficie, vuelven a bombardear y el refugio donde estaba toda la tripulación se hunde con todos ellos adentro, se siente impotente, hasta que logra sacarse la escafandra, pero no el traje, para eso siempre necesitaba ayuda, se encuentra solo tirado en la playa, hasta que alguien lo ve tirado en arena creyéndolo muerto; lo ayuda a sacarse el traje, cuando comienzan a bombardear de nuevo, las bombas caen a su alrededor y otra vez ese ángel que lo acompañó desde niño, vuelve a salvarlo.
En Alemania tenían que arreglar la tubería de una represa y había 35 grados bajo cero, ¿cómo entraban al agua? hicieron un agujero con una sierra para poder cortar el hielo y bajar a 60 metros de profundidad, y acá tuvo uno de los accidentes mas peligrosos de su vida,
La manguera que le proveía el aire se congelaba y de arriba le echaban agua caliente, para que no se congelara, pero llegó un momento que este sistema de agua caliente no resultaba, el hielo era mas fuerte y congeló toda la manguera, no pudiendo salir a la superficie , ve que los pequeños tanques de oxigeno estaban vacíos y en ese momento ve que su fin estaba cerca, se despide de sus compañero por teléfono, pero ello logran mandarle aire y el traje se infla y logra subir, pero estaba perdiendo el conocimiento y cuenta que vio un túnel de muchos colores con un fuerte zumbido que lo va absorbiendo y ya sin conocimiento sube como un torpedo, porque tenía el traje inflado de aire y con la fuerza que llevaba, perfora la gruesa capa de hielo de 85 cm. rompiendo la escafandra y también su cabeza, sus compañeros lo suben y estaba ya morado por la falta de oxígeno, pero logran revivirlo, hasta que consiguieron un médico que le colocó una inyecciones y así salvó nuevamente su vida y al otro día a trabajar de nuevo, porque no había tiempo para enfermarse, todavía hoy, a pesar que estos relatos los he escuchado muchas veces, me hacen llorar, porque veo ese niño; porque era un niño, trabajar tan duro, creo que por ser tan duro ha llegado a vivir hasta esta edad.
En el año 1951 es contratado para trabajar en Argentina, no sabiendo donde se encontraba este país, se embarca con un equipo de 8 buzos, porque se hablaba de otra guerra con Corea y había sufrido tanto, que prefirió alejarse de su patria, a volver otra vez a pasar semejante experiencia.
Llegan a Tierra del Fuego, o sea el fin del mundo para algunos, sin embargo yo le llamo el principio del mundo; para reflotar un barco alemán de pasajeros llamado “Monte Cervantes”, que se había hundido en el Canal Beagle, el canal que une los dos océanos; el Atlántico y el Pacífico, en el sur de Argentina.
El gobierno argentino quiere reflotarlo, para agregarlo a su flota, pero no consiguen hacerlo, tratando de reflotarlo y encontrándose a 60 metros de profundidad, trabajando dentro del barco, cortando con soplete, porque es especialista es soplete submarino y soldadura submarina y experto en explosivos; tiene que entrar dentro del barco para cortar el mástil y cuando había casi había terminado, después de trabajar 9 horas, el barco comienza ha hundirse, porque le faltaba el sostén del mástil y en esos segundos piensa en volver arriba a buscar los explosivos, porque con este sistema la tarea se hacía mas fácil, así él no tenía que estar dentro del barco. Este ascenso debe hacerse muy despacio, porque había estado muchas horas bajo el agua, trae los explosivos, los coloca y se va arriba, pero los cartuchos no explotan, seguramente era pólvora vencida, baja nuevamente a buscarlos para colocar otros nuevamente, la explosión resultó como esperaba, pero tenía que bajar a verificar si la explosión era como esperaba, todo había salido bien, menos él que tenía que subir lentamente y faltándole 20 metros para llegar a la superficie, siente los efectos de la llamada enfermedad del buzo, que es la falta de oxígeno en la sangre, no pudiendo subir porque lo atacaron fuertes dolores y casi sin vida logra llegar a la superficie, teniendo que pasar 15 horas en la cámara de descompresión y luego a 3 metros de profundidad, haciendo ejercicios. Cuenta que era tan grande el dolor de cabeza, que la apretaba y en sus manos quedaron sus cabellos, logrando gracias a ese ángel, quedar sin ninguna secuela, porque muchas veces sus miembros inferiores quedan paralizados o pierden la vida.
Dentro de ese mismo barco, cuando estaba soldando los remaches, lo aprisionó un pulpo gigante, porque ese era su hábitat, teniendo que regresar para que sus compañeros lo libraran de ese fuerte abrazo, cosa que fue muy difícil, porque tuvieron que cortarlo de a pedazos.
En la ciudad de Caleta Olivia, Provincia de Chubut, siempre en Argentina, cuando estaban colocando la cañería de petróleo, porque él fue el primero en iniciar este trabajo y tratando de nivelar un bloque de cemento de 150 toneladas que cerraba la cañería y como había mucho oleaje, este bloque cayó aprisionando la manguera de oxígeno, en esa época los trajes de buzo no tenían teléfono, solamente podían tirar de una soga, al ver que no subía, baja uno de sus compañeros, logra cortar el resto de la manguera y llevarlo arriba, prácticamente muerto y él recuerda que ve un círculo de colores como un túnel que lo va absorbiendo con un fuerte zumbido, cree que eso es la muerte.
Lo tiran en la playa creyéndolo muerto, y otro compañero no se da por vencido y comienza con los primeros auxilios, a pesar que ya estaba morado por la falta de aire, hasta que consigue revivirlo, otra vez su ángel guardián no lo abandonó, además hay una anécdota; este buzo que lo salvó era un italiano que había estado en la guerra con él trabajando en Italia, así volvieron a verse después de tantos años.
En la ciudad de Puerto Madryn, en la Provincia de Chubut, se encontraba realizando reparaciones en un muelle viejo, teniendo que limpiarlo porque estaba lleno de mejillones y algas y encontró un ayudante, poco convencional, un poco grande, pero muy bueno para limpiar los pilotes del muelle, una hermosa ballena franca, que venía a saludarlo todos los días y ha rascarse los parásitos de su piel, se rascaba con tanta fuerza que en un momento todo quedaba limpio, ahorrándole horas de trabajo y él en recompensa todos los días le traía peces y se los daba en la boca, entonces ella se acercaba a su escafandra, y parecía que le daba un beso y con un canto muy fuerte se alejaba hasta el otro día.
Siempre me dice que fue la experiencia mas hermosa que tuvo en todos los años de trabajo, que ese hermoso e inteligente animal conviviera con él.
Pero también tenía otros amigos que no ayudaban tanto, los lobos marinos, se divertían robándole las herramientas, aunque al rato se las devolvían, acercando sus hocicos a la escafandra como riéndose.
Trabajando en la Usina de Calchines, ubicada en la ciudad de Santa Fé, que proveía de luz a toda la ciudad, tuvo un accidente, el mas grande en toda su historia de buzo.
Estaba cortando con soplete el hierro de las cámaras, para poder entrar a limpiar y ena de las 4 turbinas estaba trabajando, éstas no se pueden parar, porque sino dejan sin luz a toda la ciudad y están trabajando con 3.000 litros de agua por segundo, pueden imaginarse la fuerza que tiene y en un momento dado esta turbina lo absorbió y lo fue llevando hacia adentro; era un caño de 15 metros y en el fondo estaba la turbina trabajando con sus paletas a una velocidad increíble, entonces piensa que ese era su fin y que va a morir cortado en pedazos y esconde las manos atrás, porque si se las corta iba a sufrir mas, mejor era que le cortara la cabeza así no sentía nada, pero ahí otra vez estaba su ángel guardián: encuentra una chapa atascada y logra aferrarse a ella, mientras tanto en la boca del año, en el río, estaban los compañeros en una balsa con flotadores, cuando todo se da vuelta y se dan cuenta que algo grave pasaba adentro y logran avisar que paren la turbina y enciendan otra: así logran sacarlo casi muerto, porque no tenía aire. Logran colocarlo arriba de un bote y comienzan a sacarle el traje y se dan cuenta que tenía el brazo derecho sacado de su lugar, lo tenía casi sobre la espalda, eso fue de tanta fuerza que hizo aferrado a la chapa, para que no lo absorbiera la turbina, esto le provocaba un terrible dolor: y se produce otro mal momento, en el bote en que lo llevaban a la playa, se da vuelta debido a fuerte correntada del río Paraná y para poder llegar tuvieron que nadar, pueden imaginarse el terrible dolor.
Llegan al hospital con tanta mala suerte, que había paro de médicos, un enfermera se compadeció de él, le dio un calmante y le colocó una almohada bajo el brazo hasta que llegara algún médico, a las horas consiguen uno, tienen que dormirlo para colocárselo en su lugar, pero había perdido mucho líquido y tuvo una larga recuperación, que por mucho tiempo no pudo volver a bucear, hasta el día de hoy, ese brazo le duele hasta para afeitarse.
En la Ciudad de Paraná, se construye el primer túnel subfluvial de América que une las ciudades de Paraná y Santa Fé, bajo el caudaloso río Paraná, ésta grandiosa obra fue construida por las empresas Hochtieff, alemana y Vianini, italiana y allí trabajó Enrique Steffens, como contratista teniendo bajo su mando 18 buzos, que sin este equipo de valerosos hombres, esta obra no hubiera sido posible.
Como jefe que era, tenía que hacer la última inspección para la colocación del tubo, tenía que ver que toda la zanja que se había hecho a 30 metros del lecho del río, estuviera limpia. Estaban colocando el tubo Nº 13, son 36 y éste se encuentra justo en la mitad del río, este tubo les tocó 3 meses de arduo trabajo colocarlo, no podían lograrlo, les dio mucho trabajo: que cosa rara no, el Nº 13, no creen Uds que es para pensar?.
Sigo con mi relato, en el momento que está abajo, la pared de arena que servía para contener el tubo cuando llega abajo, se desmorona y lo aplasta esa enorme cantidad de arena, permanece 20 horas bajo el agua, mientras los buzos con paciencia van abriendo un hueco en esa enormidad de arena y consiguen sacarlo, esta vez con mas suerte que en los anteriores accidentes tenía aire, para permanecer tantas horas en esas condiciones, éste fue uno de los grandes accidentes, fue en el año 1968, el año siguiente esta maravillosa obra fue inaugurada y hasta el día de hoy, nos presta un incalculable servicio y se encuentra en perfecto estado de circulación.
jueves, 17 de septiembre de 2009
45. EXPERIENCIAS DE BUCEO DE ENRIQUE STEFFENS
44. DESATURÁNDOTE
Hace días, más bien semanas, que le doy vueltas a una idea. Al principio pensé que me había aburrido de los mismos peces y empezaba a distraerme con la idea de acariciarte. Al final, me di cuenta de que tus ojos tras la máscara me producían un escalofrío que recorría toda mi espina dorsal, desde donde acaba la botella, hasta donde la primera me toca el cogote. Aquella debilidad, terminó por erosionarse y ahí estás, enquistado aquí dentro, dentro de mi cabeza, dentro de mi corazón, en cada tejido, como las burbujas de nitrógeno. ¿Será que puedo intentar sacarte haciendo deco? Podría hacer que una corriente de burbujas de N2 arrastraran todas las imágenes que en mi mente tengo de ti, desaturar mis tejidos de tu presencia haciendo una larga descompresión, como si hubiera bajado a 60 metros, allí donde solo hay silencio y todo es…absolutamente azul. Me quedaría el tiempo suficiente para tener que hacer una parada a 9, otra a 6…
En el primer ascenso lograría fácilmente deshacerme de tacto de tu piel. Con el primer glup olvidaría el roce de tu brazo en mi cintura al saludarme; con el segundo, el roce de mi brazo en tu cuello al saludarte; con el tercero, el roce de tu mejilla en la mía al darme un beso; con el cuarto… empezaría a entrarme frío… Todo sigue azul y en silencio pero ahora tu piel ya no está enquistada en mi pensamiento.
Al llegar a la primera parada, puedo concentrar cada minuto en olvidar tu olor, diluyendo en el agua salada los aromas y deseos que me provoca tu cercanía, el sabor dulce de besar tu cuello, el aromaterapia de abrazarte…
En la segunda parada me empeñaría en borrar el recuerdo de tus ojos, olvidaría el color miel de tu mirada y la luz envolvente del iris, el aro mágico en el que me gusta verme reflejado, a la vez que percibo el contraste de colores con tu piel… y con tu pelo…y lo que me dicen tus ojos cada vez que hablas… ¡Ay! Había olvidado olvidarme de tu voz… Silencio en los fondos… olvidado.
Al llegar a los 3 metros, en mis tejidos no quedaría ni rastro de ti, habría dejado en el camino cuantas burbujas de nitrógeno fueran necesarias para contener cada poro de tu piel. Estaría a salvo, habría conseguido desprenderme de todo cuanto de ti me absorbe… Ascendería a la superficie convencido de la total desaturación hasta que me volviera para mirarte soltando el regulador y entonces cayera en la cuenta de que no había recordado olvidarme de tu sonrisa…
miércoles, 9 de septiembre de 2009
43. EL GASTERÓPODO QUE ENLOQUECIÓ AL SUR DE CHILE
Al llegar el alba empezábamos a preparar el equipo para irnos a la mar, en ese entonces trabajaba en Estaquilla de buzo mariscador, año 1988, a 85 kilómetros de los Muermos al sur de Chile. Cuando estaba lista nuestra embarcación “la Desolada” subía mi asistente el Chamaco, el que tomaba todo su tiempo para subir sus arqueadas piernas, era fanático del fútbol, estando en tierra pasaba gran parte del día haciendo piruetas con el balón, soñaba con ser un jugador profesional, tanto que mientras dormía pateaba la pelota, su conversación era fútbol, fútbol y mas fútbol. Él se encargaba de atender la manguera que me proveía de aire, usábamos un lenguaje especial con la famosa manguera, mientras estaba en el fondo del mar, dependía de toques ya sea para que me diera mas alargue, bajar y subir malla con mercadería. Fuera del esencial aire que me proveía la manguera, a veces también fumaba por ella, porque el muy malvado Chamaco solía ponerme un pucho para que aspire el humito, según él lo hacía para que no salga tan rápido a descansar o más bien a fumar mi cigarrillo, bueno su deber era atenderme, estar siempre atento a todos mis toques.
Luego subía el Caico un viejito de sesenta años, de largos bigotes encorvados como un Dalí, aficionado a la rayuela corta, tomaba su aperitivo y su bajativo, él se encargaba del rancho, porque le fascinaba la cocina y además estaba encargado de los remos, luego subía el Tabo quien era el otro buzo, tan joven como yo y su asistente el Pichi, este loquillo estaba jodido de la vejiga, orinaba a cada rato, según él estaba pasado de frío, vivía diciendo: “tengo que hacer pichí, ¡no aguanto más!, ¡no aguanto más!”, en la proa de la “Desolada” mantenía un tremendo tarro o sea su propio urinario, el último en subir era don Javier o sea yo, el líder, patrón de la embarcación.
Desde luego, después de encomendarme a San Pedro y a todos los santos para que nos vaya bien, el Tabo y yo viajábamos al fondo del maravilloso mundo submarino, era nuestra pega. Allá nos esperaban los lobos marinos y todo tipo de peces. Te confieso que más de una loba me dio un tarascón, era un aviso para que me aleje de sus crías, en cambio los lobos viejos se acercaban y me miraban con una cara espantosa, al verme como una rara especie de pez en su territorio, ¡Ay diosito!, si a veces me daba susto, luego giraban y volvían como invitándote a jugar, una vez acostumbrados a mi presencia y más tarde me ignoraban; en cambio, los peces te miraban a cierta distancia y partían acelerados por la corriente submarina enturbiando el agua que dejaba de ser verde oscura hasta sosegarse nuevamente.
¿Sabes como es el fondo submarino? –te cuento, es con rocas de diferentes tamaños y a ellas están adosados los locos, ahí no hay algas, éstas están en la orilla a poca profundidad donde pueden captar la luz solar, ahí es hermoso, un verdadero parque acuático, hay todo tipo de algas, algunas son tan largas y su follaje inmenso que parecen verdaderos árboles, ondulantes al son de la corriente o las olas, en las rocas hay lapas y choritos adosados, almejas, corales, estrellas de mar, etc.
Bien, cierto día salimos a trabajar como era nuestra rutina, fijábamos un lugar y nos dirigíamos a él, esta vez fuimos a un lugar que conocía por mis años de mariscador, a tres y media hora de distancia de la caleta de Parga. En ese lugar había un inmenso fundo y un solo habitante que era el cuidador, cada vez que pasaba por ahí le llevaba mariscos, jaibas y locos, el viejo se sentía feliz porque no veía gente muy a menudo, enseguida me atendía con mate y tortillas de rescoldo.
En fin, estábamos a una hora del fundo (en la mar calculamos la distancia por hora) y bueno, empezamos a laborar de inmediato, te cuento que había una increíble abundancia de locos y como siempre la apuesta era cual de los dos buzos sacaba más, es típico hacer competencia y hacer gracia a nuestro asistente que arriba van a todo grito ¡viene otra! , ¡Subo otra!, llevo tantas, etc., encontré una pared rocosa llena de locos, con el gancho principié a echarlos a fondo, juntando una gran cantidad, seguidamente toqué la manguera para que me mande mallas… mallas bajaban y mallas subían sin duda iba ganando, mas allá distante estaba el Tabo , el salvaje llenaba una enorme malla, la sube y su asistente no pudo subirla a la “Desolada” así que mi asistente fue a cooperarle, antes, larga harta manguera para que no me enrede y pueda trabajar libre, al acudir en su ayuda iba hacia la proa, sin darse cuenta pasa a cerrar la válvula del aire, mi aire ¿entiendes? y al quedar sir aire, obvio, no podía respirar, estaba desesperado, imagínate quedar sin aire, eternos segundos sin respiración, tiraba y tiraba la manguera y no había nadie que atendiera mi llamado, mi asistente no respondía.
Mientras yo estaba asfixiándome, medio enloquecido, la mascarilla apretaba mi cara, me chupaba, el regulador no tenía aire, yo chupaba y chupaba el fierro, estaba completamente indignado, era tal mi desesperación e impotencia que opté por sacarme la mascarilla y botar el regulador.
Me moría, se me iba la vida, traté de soltar la malla con locos atada a mi cintura, no pude y los segundos transcurrían, maldita malla era como un ancla que me sostenía pegado al fondo.
El otro buzo estaba distante, no me veía, hubiese compartido su aire.
La mente es tan rápida que mi único pensamiento era: voy a morir, una y otra vez me repetía: cagó mi vida, cagó mi vida, pues al estar sin aire tragaba y tragaba agua salada, sentía como ésta entraba heladita a mis pulmones, botaba y tragaba. Así mis pensamientos pasaban velozmente, llegó la hora, sí… era mi fin, me moría año 1988 junio 21 y me preguntaba ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Quién se preocuparía de mi cadáver? ¿Quién iría a buscarme? Si estaba tan distante de Valdivia, mi ciudad natal.
Entonces me aseguré de que me sacaran de la mar aunque sea muerto, actuando rápidamente sin pensarlo dos veces, cada segundo que pasaba jugaba en mi contra, no era momento de meditaciones, porque en unos segundos mis pulmones se reventarían, no soportarían más… era horrenda esta situación, no se lo doy ni a mi peor enemigo, tragar agua y respirar agua salada. Realmente no tengo palabras para describirte ese aterrador momento, es un dolor inmenso. Sabes, solo el mar percibía mis agónicos lamentos, hasta mi último estertor.
Continuando mi relato, recogí el máximo de manguera la até a mi mano izquierda y subí lo que más pude con la pesada malla de locos a la siga, no llegaba nunca, agotado ya, sin fuerzas, hice mi último esfuerzo, subí otro poco y advertí algunos claros, supongo a unos diez metros de profundidad.
Con mi fortaleza debilitada totalmente me dije: de aquí por lo menos me sacaran muertito, atado a mi mano…borrándoseme completamente la película, no supe más de mí.
Arriba en la “Desolada” mi asistente pensó que la manguera se había enredado y empezó a tirarla y tirarla, con espanto se dio cuenta que la manguera no estaba enredada, la cosa era más grave, llamaron al Tabo el otro buzo, volvieron a tirar y asomó mi cuerpo mostrando mis ojos blancos desorbitados, te diré que se cagaron de puro miedo al verme en ese estado, luego me subieron al bote y mi cuerpo no reaccionaba, los cuatro se pusieron a llorar como niños al ver que me salía sangre por todos lados, es decir, por la boca narices y oídos.
Definitivamente me dieron por muerto, si hasta se persignaron ante mi cadáver, se entiende que ya no podían hacer nada por mí, solo llorar y llorar, mi asistente el Chamaco era el que más me sentía, decía: se murió mi patroncito Javier, ¡noooo! Dios mío no te lleves mi patroncito e imploraba arrodillado junto a mi cadáver, porque yo estaba totalmente fallecido, mi cuerpo solo botaba sangre sin ninguna otra reacción.
Mis compañeros fuera de llorar lamentando mi muerte, también lloraban por ellos, muy asustados porque no tenían permiso y en el tete que se habían metido. Así que por decisión unánime decidieron deshacerse del muertito, la opción que tomaron fue llevarme al fundo.
Se fueron soplados a la caleta donde mi amigo, distante a un kilómetro, él divisó a la “Desolada” que venía a una velocidad inusual, al instante se imaginó que algo andaba mal, porque una embarcación siempre atraca suavecita a la caleta y esta pasó soplada por la arena, mi amigo miraba y no me veía, asustado corrió a recibirnos a ver que pasaba, al ver mi cadáver ordenó que me sacaran inmediatamente del bote y me tiraran en el pasto, tomó un cuchillo y cortó mí traje de arriba hacia abajo en un solo tajo. Inmediatamente empezaron a darme resucitación boca a boca, me apretaban el estómago para que bote agua, sobaban mis piernas, así todos me daban resucitación uno tras otro.
Mientras tanto, yo era un muertito feliz, viajaba en una nube gris aferrado de mis manos, en un calorcito muy agradable sintiendo una inmensa felicidad, avanzaba en una placidez infinita sin cuerpo, no lo veía porque yo era solo un pensamiento, un espíritu, eso sí… sentía mis pies helados y un pequeño dolor. Mas avanzaba suavemente en esa cálida nube y eso me fascinaba. Era un lugar tan lindo que nunca había visto, asombrado me adentraba en una profunda paz con mi corazón gozoso lleno de felicidad, sin preocupación alguna, porque no pensaba en nada, ni en familia, ni nada material, solo deseaba seguir en ese lugar sublime hacia una claridad.
Mientras mis compañeros me aplicaban diversos tipos de resucitación, trataban de hacerme revivir, luego empecé a sentir dolor en mis piernas, y todo mi cuerpo completamente adolorido, voy abriendo mis ojos y lo primero que veo es a Chamaco besándome una y otra vez, como un travesti. Al ver que despertaba empezó a saltar como loco, en su puta vida lo había visto tan feliz, también el Caico, bailaban de puro contentos y volvían a besarme, sin duda todos se habían aprovechado de mí y seguían sobando mis piernas, enseguida sentí un gran dolor en el pecho donde me aplastaban tanto.
Luego empecé a respirar cortito, muy cortito, todo mi flaco cuerpo adolorido, después me pusieron de pie bien afirmado, porque mis piernas no sostenían mi esqueleto, empecé a botar un chorro continuo de agua salada.
Los cuatro estaban felices porque había vuelto, revivido. Como era el líder, el patroncito, pedí un cigarrillo, de inmediato el Tabo encendió uno y lo puso en mi boca, aunque no podía aspirar, igual le hacía empeño, con mis pulmones llenos de agua.
Luego todo mi cuerpo se afiebró, me acostaron y me dieron mate con hierba buena y otros machitunes porque tenía mucha sed, tanta que ahora me hubiera tomado un río, después dormí. En la tarde me levanté aunque ellos no querían, pero yo aún mandaba porque seguía siendo el patrón de la “Desolada”, así que me levanté muy enojado, pensaban que era por lo que me había pasado, el descuido de mi asistente por su ineficiencia.
No… salí disgustado conmigo mismo, caminando por la playa, fumando un cigarrillo, reflexionando si quedaría con alguna secuela del mal de presión y que después del sufrimiento…era bonita la muerte.
Miraba hacia el cielo, tratando de identificar aquel paraíso.
Malditos ¿porque me sacaron de mi nube?.
42. UNA MAÑANA ESTUPENDA
-“¡Una mañana estupenda!”- pensó Dardáno entusiasmado mientras observaba como la corriente le acercaba decenas de miles de pequeños bocados directamente a sus manos sin tener que hacer el mínimo esfuerzo por alcanzarlos. El Sol traspasaba limpiamente la ondulante superficie calentando la arena cinco metros más abajo, una suave corriente hacia rodar por el fondo hacia él todo tipo de suculentos manjares mientras descansaba su pequeña caracola cómodamente apoyado sobre una joven alga mecida por el oleaje.
Y es que, de vez en cuando, las corrientes de la mañana venían cargadas de maravillosos presentes y Dardáno no había tardado mucho en descubrir esta posición estratégica en que, sin alejarse mucho de la roca y junto a la agrupación de algas, interceptaba sin el menor esfuerzo todo lo que la buena Mar empujaba por el fondo.
Observó su silueta recortada sobre la arena y reparó en lo vergonzosamente grande que parecía su cabeza comparada a la caracola. Recordó las burlas de Rósor, su compañero de roca, con una mezcla de rubor y añoranza –“Sigue comiendo así y pronto se te comerán a ti”- la voz del viejo Rósor resonó en su cabeza tan clara como si estuviese a su lado. Incluso con la melodía burlesca que le imprimía en cada palabra de modo que sonara entre refrán, cantinela y regañina como sólo un viejo cangrejo es capaz de recitar. –“Tampoco me va tan pequeña la caracola”- se mintió recordando además lo mucho que le había costado decorarla con esas algas marrones y un par de minúsculas bellotas de mar que no querían fijarse ni a la de tres.
Un destello dorado llamó su atención y esfumó la voz de su desaparecido compañero al instante. Dardáno alzó la vista y localizó rápidamente su origen al tiempo que la ilusión le embargaba -“¡La cosa amarilla!”-.
Un enorme pedazo de esponjosa, deliciosa y exótica cosa amarilla acababa de tocar fondo y ahora era empujada por la corriente directamente hacia él. Pocas habían sido las ocasiones en las que Dardáno había tenido la suerte de alimentarse de tan extraordinario manjar. Incluso Rósor, mucho más viejo que él, podía contar con sus seis manos las ocasiones en que había visto cosa amarilla caer al fondo. –“No deberías comerte eso Dardáno, ¡no es de este mundo! Y además trae mala suerte”- le dijo en las dos ocasiones en que hubo cosa amarilla cerca de la roca y de eso hacía tanto tiempo ya.
La cosa amarilla era muy esponjosa, tremendamente fácil de desmenuzar y tragar, su textura asemejaba la del coral formándose, con su enmarañado entramado de fibras blanquecinas, y presentaba en un extremo una parte de acartonado material amarillento algo más resistente que era lo que a él más le gustaba. La cosa amarilla rodaba perezosamente hacia él desviándose ligeramente a la izquierda. Dardáno movía nerviosamente las manos tan ansioso que sobresalía de la caracola más de lo que la decencia permite. Pero un temor crecía en él en forma de opresión en el estomago la cosa amarilla rodaba hacia un repecho de arena, un pequeña cuesta, y el temor se convirtió en angustiada decepción cuando vio como la cosa amarilla, demasiado pesada e irregular para superar el desnivel con la suave corriente quedó atorada y dejo de avanzar para limitarse a bascular intermitentemente a un par de metros de su posición. –“¡No!”- gritó y golpeo con furia la arena.
Pocas, muy pocas eran las veces que Dardáno se había aventurado en arenales a más de dos o tres palmos del abrigo de una roca o una buena cubierta de algas –“Cuando tengas tu cuarta o quinta concha podrás aventurarte en los arenales Dardáno”- le dijo Rósor el día de su primer cambio de concha, esta misma que todavía llevaba y a la que tanto aprecio tenía sobre todo ahora que ya casi no sentía su peso y se movía con facilidad. Pero él sabía que un alimento tan maravilloso no estaría ahí por mucho tiempo ¡y menos aún si continuaba meciéndose tan sugerentemente!. Se armó de valor dio un buen vistazo a los alrededores tratando de controlar su impaciencia, fijó su vista en la cosa amarilla y por fin se lanzó directo a por ella a buen ritmo.
Apenas había avanzado tres o cuatro palmos cuando el Sol se ocultó y al dejar de bañar su espalda un escalofrío recorrió su cuerpo. Dardáno respiraba agitadamente y su corazón batía con fuerza en una mezcla de pánico y excitación cada vez más cerca del maravilloso trofeo. De pronto un burbujeante estallido resonó por todo el arenal y se le heló la sangre. El atronador sonido, completamente nuevo para él, activó su instinto y un espasmo le encogió rápidamente, horrorizado Dardáno se dio cuenta que ya no cabía en la caracola y gran parte de su cabeza y sus seis brazos por completo asomaban peligrosamente fuera. Luchó desesperadamente con la arena por empujarse dentro justo cuando un nuevo estallido rompió sobre el arenal y vio por el rabillo del ojo como algo gigantesco se abalanzaba sobre él paralizándole de terror.
La criatura era titánica, su piel oscura como la noche, manchada de un amarillo chillón e intenso aquí y allá con dos grandes aletas detrás. Dardáno, inmovilizado por el pánico, no podía hacer más que contener la respiración mientras observaba a la enorme criatura descender con sus maléficos ojos clavados en él mientras en su cabeza resonaba la cantinela “Sigue comiendo así y pronto se te comerán a ti”.
La criatura extendió un horrendo tentáculo agarrando su concha y le alzó dirigiéndolo hacia su boca. Dardáno casi pierde el conocimiento al sentir la ingravidez sobre su cuerpo por primera vez al tiempo que era consciente que le iban a devorar con caracola y todo. Pero justo cuando le tenía a la altura de los ojos la criatura se detuvo –“¡Hazte el muerto!”- pensó e hizo un tremendo esfuerzo por intentar relajar sus expuestos brazos para dejarlos caer del modo menos apetitoso posible mientras rezaba por que el titán no fuese carroñero. Tras unos largos segundos, justo cuando una minúscula esperanza de supervivencia nacía en su corazón, la criatura detonó de nuevo y al atronador sonido acompañó una tormenta de burbujas que surgían de su horrible boca y huían volando. El estruendo sobresaltó a Dardáno que no pudo evitar que sus manos diesen un respingo –“Ahora ya sabe que estás vivo idiota ¡despídete!”- pero con horror contempló que la realidad era mucho peor y otra gigantesca criatura, aún mayor que la primera apareció del azul.
Esta era tan oscura como la primera, sin manchas amarillas pero con unas llamativas aletas verdes en su cola. Al llegar resopló una tormenta de burbujas y Dardáno comprendió que ese era su atronador lenguaje. De repente la primera criatura levantó otro tentáculo y amenazó a la de aletas verdes y luego a él, a lo que la otra respondió asomando otros dos tentáculos haciendo una exhibición de fortaleza y pericia en la lucha –“Están disputándose la comida”- concluyó Dardáno y esa verdad sólo acabó de vencer su ánimo y se abandonó por completo al horrible destino.
Vio como la criatura de aletas verdes, a pesar de exhalar tormentas de burbujas menores, parecía claro vencedor ya que era de mayor tamaño y movía sus tentáculos con más habilidad y mayor repertorio de movimientos de lucha. La de manchas amarillas sólo mostraba su tentáculo libre enroscándolo en su extremo formando un círculo que resultaba poco amenazante.
Dárdano confirmó su terrible sospecha cuando vio que la moteada le ofrecía en bandeja su captura a la de aletas verdes
–“Se acabó… ¡ay! Rósor si te hubiese escuchado más!”- se lamentó.
De repente el vértigo se volvió a cebar en sus entrañas mientras le descendían a toda velocidad hacia el suelo. Hubo un par de estallidos más y la arena del fondo se levantó en un caótico remolino ante los movimientos de las dos poderosas criaturas, al fin todo quedó en calma y Dardáno quedó tendido en el arenal, agotado, vencido. Esperó por unos instantes el golpe de gracia que nunca llegó y sólo cuando le llegó el sonido de más estruendos en la lejanía comprendió que había escapado de algún modo –“¿Quizá los remolinos de arena les han confundido?”- miró a su alrededor atónito, a lo lejos vio su roca, a su izquierda el arenal desértico se perdía en el azul y a su derecha –“¡La cosa amarilla!”- dio dos pasos y la recogió entre sus manos, sostuvo su deliciosa esponjosidad, su apetitosa corteza… y la dejó caer.
Se alejó en dirección a la roca todavía desconcertado con una sola cosa clara en la mente –“Rósor tenía razón… la cosa amarilla ¡trae mala suerte!”-
-Fin-
41. EL UMBRAL
No entendía qué estaba sucediendo, las imágenes le llegaban borrosas, como flashes, por la profundidad en que se encontraba. Creyó ver rostros desesperados en la superficie, brazos que le hacían señas de que volviera, mientras el mar movía el barco con una furia descomunal, pero ante él, estaban las puertas de aquel mundo maravilloso que había buscado por tanto tiempo, y al fin encontró…¿ Es que acaso nadie más lo veía? Estaba a salvo de la furia del mar, a punto de entrar en su paraíso. Una tibia corriente lo halaba…Mientras, en la superficie, continuaba la tragedia…
Más imágenes, más flashes…Se vio ahora sentado en su mesita de noche, pequeña y modesta, con pobre iluminación, solo como siempre estaba en aquel cuartucho que era su morada, escribiendo un cuento para presentarlo en algún concurso. Era un eterno soñador, su gran ilusión siempre fue convertirse en un escritor famoso. Podía tejer una historia de los sucesos más insignificantes, de los objetos más sencillos, de una hormiga tratando de llevar un terrón de azúcar a su escondite, o una hoja cayendo de la copa de un árbol con el cambio de estación, o una cuchara vieja que alguien tiró al latón de basura...O de un mundo encantado que le pertenecía sólo a él, un mundo que soñó una vez y había estado buscando desde entonces, y esta idea era su refugio si quería escapar del suyo propio. Cuando comenzaba a escribir, no tenía para cuando acabar, era como un interruptor que se activaba y las palabras brotaban a chorros sobre el papel.
Sí, ser escritor era su sueño dorado, pero también había que comer, y hacerse famoso no era cosa de dos días. Así que dejó a un lado sus escritos, al menos por un tiempo, y comenzó como aprendiz de buzo. Su tío, hermano de su difunta madre, había sido buzo por casi veinte años. Recordaba que de pequeño su tío lo llevaba con él a bucear, a pulmón, como decía, cosa que disfrutaba mucho. El muchacho, como el tío lo llamaba, era muy buen nadador, así que lo tomó bajo su cargo, para enseñarle el oficio. Sentía lástima por él, se había quedado solo en esta vida en una edad en que el resto de los jóvenes descubrían las fiestas y los placeres del amor, pero el muchacho era valiente y estaba lleno de sueños, y no se amilanaba ante los retos. Ahora debía aprender a bucear con equipo, que requería un nivel de preparación mayor, pues los buzos profesionales debían trabajar a profundidades de más de 100 metros, y era indispensable seguir las medidas de seguridad. Más adelante, si se decidía por la carrera de buzo, debería tener un entrenamiento específico, de años de escuela y dedicación. Como buzo podría elegir entre el buceo técnico, que incluye el científico, comercial o industrial, naval y policial, y el buceo militar, aunque este último no le atraía mucho. Esa decisión, sin embargo, significaría abandonar su carrera de escritor, sus sueños...
Delante de sus ojos pasó ahora la primera vez que estuvo en las profundidades. Había ido con su tío a hacer un estudio de un arrecife de corales que estaba muriendo y querían determinar las causas. El equipo de buceo era bastante pesado, el doble de su propio peso, y consistía en chaleco compensador para lograr una flotabilidad neutra bajo el agua; las aletas para el desplazamiento; el regulador para el oxígeno y gases que están en el tanque, y que posibilita la respiración; así como el snorkel y la máscara de buceo para ver debajo del agua. Le gustó verse usando el traje isotérmico, le recordaba a uno de los héroes de las películas viejas que veía su madre, salvando a su amada de un naufragio en barco. Cierto era que el traje ayuda a mantener la temperatura corporal en las profundidades, sólo que para él tenía un matiz más romántico. Antes de sumergirse, su tío le había dicho que tenía que dejar salir un poco de aire para tener una mejor visibilidad tras la careta, y como principiante al fin, poco faltó para que quedara sin oxígeno en el balón. Su tío tuvo que pedir ayuda a la superficie por medio de un mini teléfono que tenía para este fin. Salvo este incidente, la jornada transcurrió sin más percances, y pudieron finalmente determinar que el arrecife estaba muriendo por el encalle y anclaje indiscriminado de los botes de los pescadores locales.
Esa primera experiencia fue como una bomba detonadora para él, esa sensación de soledad y de estar indefenso a merced de la naturaleza fue el primer gusto de una droga que se volvió adicción para el muchacho. Sólo allí podía uno ver cuán magnífica es la madre natura en toda su extensión, y cuán dependiente de ella el hombre, a pesar de todo su avance tecnológico, sus viajes a la Luna, sus súper aviones y sus bombas de exterminio masivo. Allí, en el fondo del mar, olvidaba que estaba solo, que no podía seguir sus sueños; se olvidaba del cuartucho con pobre iluminación y las frustraciones de su vida. Cuando bajaba a las profundidades, era como si traspasara la frontera de un mundo maravilloso, mágico, vedado para el hombre, en el que corría el riesgo de ser descubierto y expulsado, pero era un riesgo que valía la pena correr. Se le antojó que este era el mundo que había estado buscando desde siempre, al que sólo él podría tener acceso, en el que encontraría refugio y consuelo, donde no existía el dolor ni las frustraciones…
Con su tío aprendió muchísimo del trabajo de los buzos, y el mar pasó a ser su tema favorito. Siendo aún aprendiz, ya había trabajado en la inspección y mantenimiento de barcos, el estudio de hábitats marinos, la pesca submarina, recogida de algas y otras muestras… Esas eran tareas sencillas, sabía que su tío había trabajado en cosas más difíciles como construcción submarina, reparaciones en presas y pantanos, y salvamento de buques y embarcaciones. Una vez, filmó para un programa de televisión la reproducción de un pez dorado muy raro, y del que sólo quedaban unos pocos ejemplares de su especie en el mundo; en otra ocasión, le tocó buscar evidencias de un crimen en el fondo de un lago, e inspeccionar cascos de buques para la detección de drogas. Era un trabajo increíblemente emocionante, con cosas nuevas cada día, justo lo que una mente fértil como la suya necesitaba para no atrofiarse.
Lo único que no le gustaba de ser buzo eran los constantes chequeos médicos a los que había que someterse; era una profesión que exigía mucho esfuerzo físico e implicaba gran presión, y a cada rato su tío debía ver al médico para un chequeo general. De hecho, se lo exigían como parte de su trabajo. La verdad que los médicos son un fastidio, pero no dejaba de reconocer que eran necesarios, su tío siempre se estaba quejando de dolores en las articulaciones y la espalda.
Otro flash... Su tío diciéndole que les habían asignado una misión, debían rastrear un submarino que se había perdido en las profundidades del océano. Era una tarea peligrosa, la región era muy inestable, había un microclima, que cambiaba continuamente sin previo aviso, y podían correr el riesgo de que los azotara un mal tiempo estando en lo profundo del mar.
Llegaron al lugar donde se recibieron las últimas señales del submarino, un área con muchas algas, y poca visibilidad. El muchacho se puso el traje de buzo y se aprestó a seguir las instrucciones de su tío, pero para su sorpresa, éste le impidió descender. “Esta vez te quedas arriba, muchacho”, le dijo, “la zona es peligrosa y no quiero que haya ningún tipo de accidente. Yo voy a bajar con Pedro, tú y Esteban se quedan a cargo del barco. ¿Entendido?”
Era la primera vez que su tío le impedía descender, lo tomó por sorpresa. Intentó protestar pero el hombre le cortó con tono enérgico, y cuando su tío hablaba no había quien lo contradijera. A regañadientes, asintió.
Los dos buzos se sumergieron en el mar y pronto se perdieron de vista. El sol estaba radiante en el cielo, y las olas mecían el barco con un ritmo continuo y apacible. El muchacho estaba fastidiado y aburrido, perdiéndose toda la emoción de las profundidades. Se inclinaba por la borda hasta tocar el agua con la punta de los dedos., mientras Esteban recogía unos metros de soga que quedaron en cubierta.
Un destello que vino de las profundidades llamó su atención. No podía ver con claridad qué era, estaba muy profundo y las algas lo hacían aún más difícil. Sintió una fuerza que lo halaba, y un deseo irresistible de sumergirse. No podía quedarse allí, después de todo, el mar era su droga, y un drogadicto no puede resistirse fácilmente a la tentación. Si el miedo de su tío era el clima, no había de qué preocuparse, porque el sol brillaba radiante, y nunca había visto las olas más calmadas. Esteban seguía entretenido, así que no se percató cuando el muchacho se puso el equipo de buzo y suavemente se sumergió en el mar.
Los temores del tío eran bien fundados, pronto el clima comenzó a cambiar. El cielo se puso gris y las olas iban tomando impulso paulatinamente. Los buzos habían encontrado el submarino, y subieron a la superficie ante la amenaza del mal tiempo. Las olas los habían alejado a unos kilómetros del lugar donde estaba anclado el barco. Rápidamente Esteban puso en marcha el motor y fue a su encuentro. Ya en el bote, les ayudó a quitarse las máscaras y el tanque de oxígeno. Apenas podían hablar porque estaban sofocados, el tanque se les había acabado hacía unos instantes.
Fue entonces que todos se percataron de la ausencia del muchacho.
Mientras tanto, el muchacho había encontrado lo que llamó su atención, con no poco asombro. Ante él, salidas de la nada, unas puertas se alzaban imponentes en el fondo del mar, cubiertas por las algas. Se vio a sí mismo en el umbral, ante ellas, dudoso. Quería saber qué había detrás de aquellas puertas magníficas, pero tenía miedo de lo que pudiera encontrar. Miró hacia la superficie, el mar parecía agitado allá arriba. Veía imágenes borrosas del barco, meciéndose violentamente al compás de las olas, y lo que él creyó eran su tío y los otros dos buzos, que parecían hacer señales desesperadas…
Realmente estaba muy profundo en aquel lugar. Dudó. Su tío debía estar preocupado por él. Quizás era mejor volver…
Cambió de parecer al instante, cuando las puertas se abrieron ante él, y una corriente tibia lo invitó suavemente hacia el interior del lugar. Quizás no fuera mala idea sólo echar un vistazo, y después volvería con su tío, quien de seguro lo regañaría por no obedecerlo. Debía tomar una decisión…
Decidió traspasar el umbral.
Dejó de ver flashes. Ahora, tuvo una visión completamente distinta. Justo ante él, estaba su mundo mágico, el que él se había inventado, que había buscado por tanto tiempo, y al que sólo él podía entrar. El lugar estaba inundado de las más variadas especies de flores, y lo más maravilloso era que ninguna se marchitaba, en el instante en que un pétalo caía al suelo otro brotaba en su lugar. Había muchos colores, como brochazos al azar. Y cascadas, con el agua más cristalina que haya visto jamás. Aquí sí podría soñar despierto, dejar volar su imaginación y descubrir la inspiración que necesitaba para escribir. Descubrió que podía respirar sin el balón de oxígeno, que no necesitaba la careta para ver con claridad, y que ya no hacía frío. Sintió que lo inundaba una ola de placer indescriptible, se sintió en paz consigo mismo, y su mente desechó la idea de alguna vez abandonar aquel lugar. Se sintió feliz.
Tras él, las puertas se cerraron. Atrás, quedó el umbral…
Mientras tanto arriba, en la superficie, se habían dado por vencidos…
lunes, 31 de agosto de 2009
40. UNA HISTORIA INCREIBLE
PRÓLOGO. LA VERDAD TRAS UNA HISTORIA.
Antes jamás me había planteado el origen de cuentos, ideas, chistes y similares.
Tal vez lo conozcan, el chiste, quiero decir. Por si no es así se lo contaré:
Los bomberos se encuentran extinguiendo un terrorífico incendio cuando de repente surge entre las llamas un buceador con su traje de neopreno, gafas... el equipo completo.
Los bomberos se quedan absolutamente alucinados y le ayudan a salir de aquel infierno. Un momento después y con más calma le preguntan al pobre hombre:
-Pero... ¿Cómo ha llegado usted en medio de este incendio, y vestido así? ¡El lugar con agua más cercano está lejísimos!.
El buzo responde tras un momento tomando aún bocanadas de aire fresco:
-¿Dónde... dónde está el maldito capullo del hidroavión? ¡¡Que lo matooo!!.
Bien. El chiste tiene su gracia, de hecho en la situación en la que nos encontrábamos, con varios amigos reunidos contando un chiste tras otro, todo el mundo estalló en carcajadas. Todos menos yo.
Imagino que en otras circunstancias esa habría sido igualmente mi reacción... Pero yo sé algo más acerca de esa historia, o aquella que la originó, al menos, y no deja de ser curioso cómo en ocasiones una simple historia se magnifica hasta hacer de ella un periplo épico o bien por el contrario termina siendo una triste caricatura de una terrible realidad…
UNA INMERSIÓN COMO OTRA CUALQUIERA.
Aunque era martes y no solíamos hacerlo, decidimos que esa noche se imponía una nocturna a la luz de aquella enorme luna de agosto. Nuria, mi pareja por aquel entonces, era una sinuosa sirena de preciosas curvas ceñidas por el neopreno. Con el equipo completo parecía bajo aquella luz, recortada contra el rielar de la Luna en el agua un ser extraño y sexy de otro planeta, con los tubos y otros adminículos alrededor de su esbelto cuerpo.
Alejé estos calenturientos pensamientos mientras terminaba de pertrecharme yo mismo y hacíamos a continuación las debidas comprobaciones en nuestros equipos antes de apoyarnos en el borde de la zodiac para dejarnos caer de espaldas.
El agua tenía una temperatura ideal y me alegré de haberme puesto el neopreno corto. A mi alrededor, los peces se movían al son de su eterna música desconocida.
Alumbré a mi derecha para localizar a Nuria que, como acostumbraba, había picado ya hacia el fondo. Me dispuse a seguirla cuando noté cómo todos los pelos de mi cuerpo se erizaban al unísono y una sensación casi de contacto físico me recorría las mejillas y la espalda. Al tiempo observé que casi todos los peces cercanos se habían quedado petrificados en el sitio, sus cabezas casi curvadas hacia arriba sobre su propio eje, algo que debía ser anatómicamente imposible para ellos en condiciones normales, pensé.
Ahí estaba sucediendo algo muy anormal.
Mi linterna comenzó a destellar a intervalos hasta que al fin se apagó, justo cuando una nueva y aún más inquietante sensación vino a añadirse al resto, y es que, de algún modo noté el paso de la ingravidez propia del agua a otra similar pero con menor resistencia a mi alrededor.
Flotaba en el aire, y parte del agua ascendía conmigo junto con algunos de los pobres peces.
Por un momento tuve una vista aérea fantástica de la zodiac allí abajo, y de toda la cala que nos rodeaba. Un instante después ya no ví absolutamente nada por partida doble.
En primer lugar no vi nada porque, aunque en aquel momento todavía no lo sabía, una trampilla se había cerrado bajo mi cuerpo, y acto seguido, cuando la extraña fuerza invisible que me había izado hasta aquél lugar cesó y logré girarme a duras penas una serie de potentes luces se encendieron dejándome ciego de nuevo.
El sonido de algunos peces retorciéndose y chapoteando en la escasa agua que había ascendido con nosotros me rodeaba, pero al momento se le unió otro bastante más inquietante.
Seguro que en alguna ocasión habéis pisado un chicle que, quedándose pegado a la suela del zapato, hace un ruido muy peculiar cuando se despega alternativamente del suelo.
Pues bien, imaginad que habéis pisado un chicle de dimensiones catastróficas y que no os importa en absoluto como suena. Al menos cinco propietarios de tan desagradables sonidos plantares se aproximaban a mi.
Cuando por fin logré abrir un ojo y enfocar lo que yo supuse que sería la zona donde debía estar el rostro de aquellos entes, descubrí que si bien aquello podía ser la caricatura de un caracol interpretada por un Jíbaro, lo más parecido a una cara se encontraba donde lo lógico sería que se hallasen los genitales.
Aquellos aliens-carapaquete me rodeaban y hacían lo que sólo puedo definir como “hablar” si bien aquello era más similar al sonido de unos dientes masticando otros dientes más blandos.
Me miraban y se miraban entre ellos alternativamente y poco a poco la “Conversación” fue subiendo de tono hasta que uno de ellos, cuya opinión debía tener mayor peso específico que la del resto, “dijo” algo y los cuerpos de los demás compinches se estremecieron instantáneamente, realizaron una suerte de flexión abdominal en acordeón y se acercaron más todavía a mi indefensa e inmóvil persona, alargando sus tentáculos mientras el líder se alejaba.
CARAPAQUETES.
Cuando en tu cabeza bullen mil ideas e impulsos pero tienes la total certeza de que no puedes mover ni el más mínimo músculo de tu cuerpo finalmente solo el terror y la impotencia, salpicados con una extraña dosis de curiosidad, se imponen.
La nave en la que me encontraba no era excesivamente grande, o al menos no lo era el lugar donde me hallaba, ya que mis captores entraban y salían de mi campo de visión a menudo y no parecía que se alejasen demasiado, aunque tras mis empañadas gafas todo resultaba fantasmagórico. Pululaban a mi alrededor en una danza bien coreografiada, lo cual me hizo pensar que no era ni mucho menos la primera vez que hacían aquello. Yo me hallaba recostado lateralmente y todavía respiraba por el regulador, puesto que aquello que me inmovilizaba casi desde el principio había impedido que hiciese hasta aquel momento poco más que pestañear.
Uno de los alienígenas vino con algo cónico en un tentáculo y lo acercó a mi cuerpo. El terror se impuso sobre la impotencia y la curiosidad, y por un momento estuve a punto de vaciar mi vejiga.
Con alivio momentáneo constaté que tan solo estaban retirándome el equipo. En un momento me vi privado de mi botella, mi jacket, el regulador e incluso el cinturón de plomos, uno de los cuales resbaló cayendo sobre el gomoso pié de uno de aquellos seres que exhaló una nota gutural, de fácil traducción a pesar de su lenguaje intergaláctico. Me reí por dentro ya que por fuera no podía.
Ahora me encontraba totalmente boca arriba y podía ver en la parte delantera lo que debía ser el puente de mando de la nave, donde uno de ellos se encontraba ajeno al ajetreo general que mi equipo de buceo estaba causando entre el resto.
Un alienígena apretó el botón de purga del regulador, lo cual les hizo salir a todos despavoridos por el amenazador sonido del aire a presión. Mientras volvían a acercarse, emitieron una serie de cloqueos en su lenguaje de dientes rotos que imaginé, sería el equivalente a nuestra risa nerviosa.
Uno de ellos aferró la botella con varios tentáculos y la mantuvo algo elevada sobre una superficie metálica. Tras él y de espaldas, otro se afanaba todavía en desprender tiras del jacket tocándolas con aquel artefacto cónico que ellos usaban como si de un cuchillo de alta tecnología se tratase.
Un instante después constaté que a pesar de nuestras notorias diferencias aquellos seres tenían dos cosas en común conmigo:
1-Eran unos despistados (al menos algunos de ellos).
2-No tenían ojos en la espalda (o si los tenían en este caso no les sirvieron de nada, lo que apoya más todavía el punto 1).
Tras desprender una de las últimas tiras de mi jacket, dejó caer la mano en la que llevaba el artefacto cónico despreocupadamente justo mientras el que se encontraba a su espalda movía ligeramente hacia atrás mi botella.
Lo que sucedió a continuación fue realmente rápido.
La botella, perforada por aquel extraño utensilio y todavía casi llena de aire comprimido salió disparada hacia el puente de mando donde golpeó al alienígena que allí se encontraba, lo cual hizo instantáneamente decidir a la nave que se había cansado de desafiar a la gravedad y sería divertido hacer un terrible picado mientras nos hacía girar como en una centrifugadora.
Mi cuerpo continuaba inerte y salí disparado como todo lo que se encontraba a mi alrededor. Uno de aquellos gomosos seres amortiguó mi choque contra una de las paredes (o quizá el techo) y parte de sus extrañas carnes por un momento se tensaron contra mis gafas de buceo. Constaté que tenían hirsutos pelillos, pero este fue un curioso pensamiento fugaz antes de que nuevos golpes contra diversas partes de la nave me advirtiesen lo peligroso de esta nueva situación.
IMPACTO.
Creo que en algún momento del descenso perdí la consciencia, o quizá no del todo.
Tengo brumosos recuerdos de tentáculos agarrándome mientras continuaba golpeándome con los carapaquetes y con todo lo demás. También recuerdo vagamente una alegría extraña al recuperar el control sobre mi ahora maltrecho cuerpo. Imaginé que el dispositivo que me mantenía aletargado se había estropeado en algún golpe.
Sin duda, de algún modo lograron dominar al menos en parte el descenso de la nave, ya que de habernos golpeado sin más contra el suelo habríamos resultado en una especie de tortilla de alienígenas y metal con algo de buzo humano en el fondo de un cráter considerable.
A pesar de todo el impacto fue estremecedor.
Cuando de nuevo estuve totalmente consciente, tenía un ligero sabor a sangre en la boca, contusiones por todo el cuerpo, un pinchazo terriblemente doloroso en el pecho y las gafas con el cristal roto aún colgando de mi cuello.
Miré a mi alrededor mientras me arrastraba entre fragmentos metálicos y restos gomosos seccionados de alienígena.
A la suave luz de la luna contemplé la nave partida en dos al aterrizar en aquel bosque y pude comprobar que a parte de mi a lo lejos, en uno de los extremos de los restos, uno de ellos todavía se movía.
Me he preguntado alguna vez a lo largo de estos años por qué me acerqué a él, uno de mis captores… si mi intención era socorrerlo, rematarlo, o simplemente verlo de cerca, pero en aquel momento sé que sencillamente me acerqué porque él, como yo, había sobrevivido a la colisión y era lo único no inerte en aquel lugar.
Aunque desconocía su fisiología estaba claro que le quedaba poca vida. Uno de sus tentáculos se movía a pesar de todo ágilmente sobre una superficie metálica de la nave. Con un último movimiento hizo aparecer una especie de cono holográfico que iba poco a poco haciéndose más pequeño. Miré al paquete a aquel ser agonizante y me devolvió una enigmática mueca y aquel cloqueo tan similar al que habían emitido tras apretar el botón de purga de mi regulador.
Un escalofrío recorrió mi espalda… Había visto las suficientes películas de ciencia ficción, que a pesar de ser ficción está basada en el sentido común, para saber lo que aquello debía significar.
Salí trastabillando como pude de la zona y corrí a la velocidad que mi magullado cuerpo me permitió. Después tropecé y rodé por una ladera hasta lo que era un pequeño barranco de aguas gélidas en el que caí de cuerpo entero.
La suerte quiso que sobre mi estallase justo en aquel momento, en lo que imaginé debió de ser una explosión de llamas digna de ver a distancia prudencial, el dispositivo que había activado con sus ultimas fuerzas aquel alien-carapaquete.
Permanecí durante un rato sin sacar la cabeza en aquella pequeña extensión de agua respirando con fuerza por el único elemento de mi equipo de buceo que aún me quedaba entero, el tubo de snorkel.
Cuando por fin reuní el valor para asomarme fuera descubrí que a mi alrededor se desataba el mayor infierno que uno pueda imaginar. Llamaradas de decenas de metros se recortaban contra la noche y consumían el bosque en una danza infernal. Fuera del agua moriría, así que me sumergí de nuevo.
Permanecí durante más de una hora respirando aire y humo por mi querido tubo mientras mis lágrimas saladas se mezclaban con el agua dulce cada vez más caliente del barranco.
DESPERTAR.
Imagino que debido a la violencia e intensidad del incendio, pronto a mi alrededor ya apenas quedaban llamas, ni nada que el fuego pudiera consumir, de manera que me permití asomarme y acercarme a la pedregosa orilla sin resultar chamuscado, cayendo allí exhausto sin peligro de ahogarme. Noté cómo me quedaba por segunda vez en aquel día sin sentido, y os aseguro que en aquel momento me importó menos que nada.
Fue de este modo como los bomberos me encontraron a la mañana siguiente.
Imaginad su sorpresa al hallar a un tipo con un neopreno medio destrozado, escarpines, unas gafas quebradas y un tubo de snorkel colgando de ellas a 1200 metros de altura, en un bosque de pinos y a más de 20 kilómetros del mar.
Cuando recuperé la consciencia me acribillaron a preguntas que en principio me resistí a responder alegando que estaba confuso y agotado. Mi aspecto magullado y una costilla rota creo que ayudaron a que me dejasen tranquilo.
Por una parte para mí estaba claro que lo que había vivido era dolorosamente real, pero mi sentido común me instaba a no contarlo, ya que me hacía a la idea de lo que cualquiera que no hubiera vivido la situación pensaría cuando le estuviera describiendo a los alien-carapaquete gomosos.
Por lo visto nada se encontró en la zona calcinada fuera de lo común.
Sin embargo en el lugar del cual partió el fuego había indicios de haberse alcanzado una temperatura extremadamente elevada.
Mi respuesta fue que no podía ayudarles con el misterio.
Recuerdo que Nuria llegó más tarde, tremendamente aliviada por saber de mí. Tras mi desaparición habían empezado a buscarme por la costa temiendo lo peor, y estaba tan contenta de que siguiera vivo que en los dos días siguientes, no sé si por dejarme descansar o por que le daba lo mismo, ni tan siquiera me preguntó qué era realmente lo que había sucedido.
Cuando le conté todo no me creyó. Confiaba mucho en Nuria y creo que el hecho de que ni siquiera ella me creyese motivó que jamás tratase de contarle de nuevo a nadie todo aquello.
EPÍLOGO. HISTORIAS OCULTAS.
El caso del buzo que apareció en medio de uno de los incendios más terribles de aquel verano fue una de esas noticias absurdas que tan solo sirven para rellenar minutos en los informativos y espacio en los periódicos durante la época estival.
Y ya entonces recuerdo que se establecieron las bases para el futuro chiste, pues pude ver desde mi cama del hospital en la televisión a uno de los bomberos que extinguieron el incendio añadiendo con gracejo andaluz al final de la entrevista acerca de la noticia:
-¡Imahinate, No zé!, ¡Lo mihmo rezulta que uno de loh hidroavioneh lo agarró mientrah buceaba y luego lo zoltó en tool incendio!, ¡Vetetuazabé! - Frase que acompañó con acertada mímica y risotada final.
Hoy de nuevo anochece y me preparo para disfrutar con una buena inmersión nocturna. La persona con la que hoy comparto mi vida no bucea pero comprende mi pasión. A ella nunca le he contado mi historia, la verdadera. Mejor así.
Ya casi estoy. Compruebo el equipo de mi compañero y me siento en el borde, de espaldas al mar. Escucho la zambullida a mi lado, me coloco las gafas y mientras lo hago palpo el tubo de snorkel, mi querido tubo de snorkel.
Por un momento miro al cielo mientras comienzo a respirar por el regulador.
Cuando entro en contacto con el agua me asalta de nuevo la idea que hace un rato, mientras bromeaba con los amigos y me contaban aquel chiste, anidó en mi cerebro.
Yo conozco la historia completa, en qué puntos ha sido exagerada y en cuales atenuada o directamente anulada… es realmente curioso constatar cuando uno tiene este conocimiento, hasta qué punto se deforman las historias y cómo, del total de cosas que suceden solo somos capaces, por una u otra razón, de vislumbrar únicamente y a duras penas la punta de un gigantesco iceberg de sucesos.
Es un pensamiento inquietante y extraño.
Comienzo a bajar mientras los peces a mi alrededor danzan mecidos como siempre por el son del mar… pero… ¿por qué demonios se quedan de repente petrificados?.
Un escalofrío recorre mi espalda.
martes, 25 de agosto de 2009
39. BURBUJAS QUE DICEN ADIÓS.
Llega un momento en toda vida, que necesitas del mar, te sientas en la playa a sentir la soledad de la compañía humana, a sentirte arropado por ese murmullo del mar, por esas caricias de la brisa, por el abrazo de la arena, haciendo un hueco sobre ella para que sientas su calor, entonces estando en un estado cómodo, arropado por la naturaleza comienzas a pensar. Porque no poder estar ahí, en ese inmenso mundo azul, dentro de la tranquilidad, del silencio, de la paz, del color, de la ingravidez, como esos peces de colores, como esas plantas del fondo del mar, que tantos sustos nos dan al bañarnos desde la playa, porque nos ha tocado algo, ¡Uf, no era ninguna medusa, ni nada que me haga daño, solo una alga!.
Un mundo inmenso, amplio, lleno de vidas por descubrir, con su inmensa tranquilidad, porque no, porque no probar a vivir en él. Al rato te das cuenta que todos tus problemas, todas tus dudas, todas tus comeduras de cabeza han desaparecido, una vez más ese entorno tan acogedor te ayuda a ver la vida de otro modo, sencillo, tranquilo, momentáneo y definitivamente sientes que tienes que entrar en sus entrañas, que mañana mismo vas a ir a sumergirte en su interior.
Por la mañana después de haber tenido un sueño placido, aunque con nerviosismo por la curiosidad, me levanto y voy en busca de ese centro de buceo que me inspira confianza para sumergirme con ellos en ese mundo, que tanta tranquilidad y seguridad me atrae desde su entrada llena de arena.
Voy a ese centro que tantas veces les he visto al lado del puerto, que tantas caras de felicidad he visto salir y entrar por su puerta, para montarse en una barca e irse al horizonte, donde mi vista ya no alcanza, para sentir esa sensación que quiero descubrir. Entro y me encuentro con un instructor, su nombre Javi, amable, tranquilo, simpático seguro, con una confianza, que aun me entran más ganas de entrar al agua.
Javi me enseña todo el centro de buceo y me explica la forma que ellos funcionan, los cursos, las salidas, los precios, todo eso que me parece muy interesante pero ahora mismo solo quiero ir ya al agua. Me inscribo en el curso porque estoy segura de que me va a encantar el mundo en el que me sumerjo, me da los papeles para la revisión médica y comienza mi gran aventura.
Paso cuatro días formándome a todas horas, mañana, tarde y casi también a la noche, ya que sigo acudiendo a mis citas con la playa, para que siga acogiéndome en su calor y mientras estoy ahí sigo pensando en todo lo nuevo que estoy aprendiendo, en las ganas inmensas que tengo de entrar al agua y descubrir por fin esa tranquilidad. Esas horas de piscina me van quitando el gusanillo de respirar debajo del agua pero no es lo que yo esperaba, ya que solo veo azulejos azules, con juntas blancas, hago miles de ejercicios debajo del agua, voy cogiendo confianza con el equipo, con mi amigo el equipo, el cual me va a llevar el aire mientras disfruto de los fondos, el cual me va a mantener en superficie mientras estoy esperando a mi compañero o simplemente tan ilusionado de todo lo visto que antes de subir a la barca tengo que comentarlo todo, el cual me va a ayudar a tener una flotabilidad ideal para no ir rozando el fondo del mar y para no ser un globo que sale disparado hacia superficie, como si el mar me estuviese echando de su interior. Ese que en caso de que me encuentre mal va a hacer que flote para que mi compañero pueda arrastrarme, en definitiva ese equipo que va acoplado a mi espalda y que tengo que cuidarlo tanto como si fuera mi mejor amigo, ya que en los fondos estamos mi compañero con su mejor amigo y yo con mi mejor amigo, conocidos los cuatro.
Llega mi día, mi gran día, mi primera inmersión en el mar, no he podido ni dormir de los nervios, suena el despertador, desayuno con tiempo y tranquila no vaya a ser que me siente mal el desayuno y acabe mareada en la barca. Me visto, preparo mi bolsa, ¿que necesito?, lo de siempre, como un día más, el bañador, la toalla, las chancletas, el jabón para la ducha, tengo todo!! Los nervios me están anulando y necesito controlarlos. Voy caminando hasta el centro de buceo, voy por el paseo de la playa, por la que tantas noches a conseguido hacerme olvidar todo lo que hay dentro de mi cabeza y una vez más por el paseo, sintiendo cerca al mar, me voy relajando, voy sintiendo una paz en mi interior y una seguridad agradable, de que el mar no puede hacerme daño.
En el centro, tengo mi equipo esperando, nada más llegar me encuentro con Javi, el cual me indica en la furgoneta que tengo que cargar el equipo, donde me visto y por donde hay que ir hasta el puerto donde embarcaré, me presenta a más buceadores y mis nervios vuelven a aparecer pero me siento muy ilusionado.
Me visto, me pongo ese traje que tantos ratos a pasado conmigo en la piscina, pero esta vez es diferente, vamos a una nueva aventura juntos. Monto el equipo, ese gran amigo que tengo desde hace una semana. Lo cargo y me voy charlando con Ana y con Tony, una pareja de buceadores con bastante experiencia que con su conversación me voy relajando y se me van pasando esos nervios tan malos que llevo en el estomago.
Por fin, es el momento, arranca la barca, soltamos los cabos, todos los equipos atados, todos agarrados y nos vamos, nos vamos al interior del mar. Al poquito llegamos a una zona tranquila, donde paramos la barca, paramos el motor y Javi ese instructor que tanto me ha enseñado comienza el briefing, explica toda la inmersión que vamos a realizar, las profundidades que hay, los diferentes fondos y las vidas que podemos ver. Nos recuerda a todos que hay que marcar al compañero la mitad de la botella y por supuesto subir con cincuenta bares. Todo el mundo comienza a ponerse sus equipos, a mirarse por parejas que todo va bien, a comentarse el aire que tienen, por donde vas a descender, etc… Cuando ya por fin Javi tiene todo organizado, montamos los equipos, me va recordando todo lo aprendido, nos ajustamos los jackets, los plomos, las gafas, probamos reguladores, hinchamos y al agua, por fin en el agua, que sensación, que nerviosismos, se me pasan mil cosas por la cabeza, donde vamos, cuanto bajamos, que veremos, cuanto rato estaremos. Nos dirigimos al cabo de proa, nos agarramos a él, y cuando todo esta listo, vamos bajando poco a poco, deshinchamos el chaleco y descendemos compensando los oídos para que no nos duelan, y sin darme cuenta estoy en el fondo, en un fondo rocoso, con colores, con plantas, miles, diferentes, que no se que son, todo es nuevo para mi, pasan peces cerca mía, de todos los colores y formas, estoy alucinando por fin en el estomago del mar, en su interior, compartiendo conmigo un mundo guardado como si de un secreto se tratará. Miro hacia superficie y me parece tener una inmensidad de agua sobre mí, veo como las burbujas que salen de mi cuerpo se van, desaparecen, salen rápidas hacia superficie y se pierden fuera del agua. No dejamos ni rastro, porque hasta las burbujas vuelven a su lugar de origen.
Pasamos media hora en el fondo, se me han hecho como diez minutos, veo una infinidad de colores, plantas y bichos que no tengo ni idea de que son, pero cada vez me convezco más de que tengo que saber que son, que en cuanto suba a tierra tengo que ponerme a estudiar especies marinas.
Salimos a superficie, subiendo despacio, despacio, disfrutando del final de nuestra estupenda inmersión, hacemos una parada de seguridad y ya estamos en superficie, hinchamos el chaleco, y desbordo de emoción ahora que puedo contar todo lo visto y sentido, no consigo callar, hablo sin parar y a toda velocidad, Javi acaba riéndose de mi emoción, pero seguimos charlando. Al rato van saliendo el resto de buceadores y volvemos al centro.
Descargamos los equipos, desalamos todo y lo dejamos tendido, nos duchamos y en una sala de estar, rellenamos los cuadernos de registro, todo el mundo lo hace por parejas, yo me junto con Javi, rellenamos todo, me firma y me cuenta la inmersión de mañana, donde iremos, cuanto bajaremos, que veremos y los ejercicios que haremos.
Emocionada me voy hacia mi casa y después de comer me voy de nuevo a la playa, a la que me inspiró hacia mi nueva aventura, se lo agradezco y le pido que me proteja dentro del mar tanto como me protege fuera.
Sigo realizando día a día mis inmersiones y me dan mi titulo de buceo. Sigo buceando todos los días que puedo y el resto de día voy a la playa a meditar con mi amigo el mar.
A los días me encuentro con un chico que todos los días hace más o menos lo mismo, sale a bucear con otro centro de buceo y después se va a la playa a pasar la tarde hasta que la noche cae. Por fin nos ponemos a charlas y a contar nuestras experiencias marinas, esta recién titulado como yo y decidimos bucear juntos en alguna inmersión. Como cada uno somos de un centro diferente, y ninguno de los dos queremos dejar a nuestros instructores muy lejos de nuestra vida, ya que han sido los que nos han enseñado todo, decidimos alternar nuestras inmersiones en los centros y quedamos para el próximo día.
Llega el día, quedamos y vamos juntos caminando por el camino de la playa, ambos llevamos veinte inmersiones y comenzamos el mismo día a bucear. Vamos ilusionados, vamos a bucear juntos y tenemos muchas cosas en común. Vamos al centro donde yo me titule, nos juntamos con Javi y nos indica donde vamos a bucear. Preparamos todo, nos vestimos y nos vamos. Realizamos una inmersión de cuarenta y cinco minutos, salimos ilusionados porque hemos visto mucha vida pero hemos salido un poco desorientados. Sabíamos que podíamos desorientarnos pero era una zona muy tranquila, fuera del transito de los barcos y al salir los dos pensamos lo mismo, ¡Tenemos que aprender orientación!, entre risas y risas, llegamos a puerto, nos cambiamos recogemos todo, rellenamos el libro y nos vamos a comer juntos.
Día tras día va saliendo una bonita amistad. Vamos sacándonos más títulos de buceo y van pasando los años. Llegamos a titularnos los dos como Divemaster, quien lo iba a decir, aquel día que el mar me abrió sus puertas a su interior, que hoy acabaría bajando a gente a los fondos marinos y acabaría dirigiendo las inmersiones. Lo mismo le ocurría a mi amigo Harkaitz.
Llego un día Harkaitz a nuestro encuentro en la playa, algo triste pero muy emocionado a la vez. Me dijo que se iba, que marchaba para las islas a buscarse la vida como divemaster, que quería introducirse de lleno en el mundo del buceo y que donde vivimos no tenía mucha salida ya que no se puede bucear todo el año. Estuvimos toda la noche hablando y nos despedimos, ya no nos volveríamos a ver o quien sabe, quizá algún día coincidiríamos en los mares.
Seguí con mi vida, mis buceos, mis inmersiones con gente nueva, mis inmersiones como guía y por supuesto con mis tardes y noches de meditación en la playa.
Una mañana me levante con mal presentimiento, sabía que algo no iba a ir bien del todo. Fui al centro de buceo y organizamos las salidas. Yo me iba de guía en la segunda, en la primera iba mi instructor y mi gran amigo Javi. Marcharon, pero al llegar la hora de regreso algo iba mal, no llegaban, Javi nunca se retrasaba, sabía que algo ocurría, mi presentimiento no fallaba.
Cogimos la barca del otro centro de buceo y fuimos a la inmersión que tenía que realizar, estaban todos los buceadores excepto Javi y su compañero, que no sabían donde estaban, que ya tenían que haber salido hace un rato. Asustados y sin querer pensar en lo peor damos aviso por la radio a todos los barcos y comenzamos la búsqueda, al cuarto de hora ya era prácticamente imposible que estuvieran con aire y dimos aviso al grupo de búsqueda y rescate. Nosotros no podíamos hacer mucho más. Llevamos a la gente a puerto, cogimos equipos de buceo todos los instructores y nos fuimos a ver si conseguíamos encontrar rastro de ellos.
No pudo ser, nadie los encontró, encontramos la boya de Javi y con ello se nos cayó el alma a los pies, los dimos por perdidos. Eran dos muy buenos instructores y nunca sabremos que les paso. Los buzos de rescate siguieron con la búsqueda a mayores profundidades pero no aparecieron.
Hoy estoy en la playa, lugar durante seis años de muchas meditaciones, pero estoy enfadada y hoy el mar tiene la culpa. Se ha quedado con dos de mis grandes amigos y mi instructor. Espero que sepa cuidarlos. Al menos estarán en el lugar donde a todo buceador nos gusta estar, en las entrañas del mar. Ellos para siempre, sueño de muchos, poder aguantar eternamente en los fondos y desgracias de los familiares que se quedan fuera sin poder despedirse y sabiendo que no volverán a verlos.
Se perdieron como las burbujas que se pierden cuando estamos disfrutando de nuestras felices inmersiones. Las burbujas se pierden hacía superficie, ¿hacia donde te perdiste tú?, ¿Hacía donde fuisteis?
Nunca más supe de vosotros, solo que como mis burbujas desaparecisteis, Siempre estaréis en el mar, cuidados por la madre inmensa, que algo querría de vosotros y conmigo en cada inmersión. La mar, que tantos buenos ratos nos deja pasar en ella, algún fin tendría en que vosotros os quedaseis. Sed felices entre aguas.
Deje de bucear unos días, me tome un descanso y decidí hacer un viaje. Me fui con mi amigo Harkaitz, que ya sabia de lo ocurrido. A los dos días estaba con él, en su casa. Me contó que estaba trabajando de divemaster en un centro estupendo. Que no era como donde estábamos, que aquí la gente viene y se va en una semana, que todo es mucho más turístico. Allí teníamos a gente que buceaba todo el año, gente que era de casa, con la que podías coger una confianza enorme porque no la perdías.
A los meses seguía compartiendo mi vida con Harkaitz. Nos quedamos a trabajar juntos en el mismo centro de buceo, ya que me ofrecieron un contrato de divemaster y no pude decir que no. Es estupendo poder compartir con la gente su primera inmersión, con otra poder guiarles en una inmersión que es muy emocionante puesto que nunca la han hecho y salen con toda la ilusión del mundo. Es inmensa la gratitud de la gente cuando salen tan emocionados como cuando salimos todos en nuestra primera inmersión. Se que el mar me protege y los que habitan en el también.
No creo que me separé del mar ni de todos los que de una forma u otra habitan en el.
Inmersión tras inmersión, junto con meditación pasa mi vida, entre burbujas que dicen adiós.
martes, 18 de agosto de 2009
38. EL BUSCADOR DE ESPONJAS
Roberto paseaba apaciblemente por la playa. Después de la tormenta de la noche anterior, la playa había amanecido cubierta por ramas y trozos de algas pardas. El mar había trabajado sin pausa toda la noche, pensó.
Se acercó a la orilla, se remojó la cara, y bebió un trago de agua. Un sabor salado y amargo asomó por su garganta y un escalofrió recorrió todo su cuerpo, el agua a esas horas estaba realmente fría.
Siempre soñó con ser acuanauta, ni siquiera el espacio había calado tan hondo en él como aquellas profundidades marinas.
El fondo del mar estaba lleno de tantos secretos para él...
Soñaba con vivir en una estación submarina a 40 metros de profundidad.
Su padre le contaba por las noches fabulosas historias de mercantes hundidos a lo largo de los siglos, repletos de fabulosos tesoros...
Ahora sabía que la madera de un barco era lo primero que desaparecía debajo del agua, destrozada por moluscos, algas y otros seres vivos.
Roberto era buscador de esponjas y como cada mañana, se ponía sus aletas, se enfundaba en su traje de neopreno, se sumergía en las cristalinas aguas e iba en busca de ellas, extrayéndolas con largos dardos. Admiraba las formas variadas en que se presentaban ante él.
Le gustaba contemplar los caracoles marinos, arrastrándose con su ancho pie, tan inofensivos...pero no se engañaba, sabía que había especies, con dientecitos en la lengua, con aspecto de daga, conexionados con una capsula venenosa. Algunos coleccionistas habían llegado a pagar cantidades desorbitadas de dinero por algunos de estas especies tan raras.
Con el paso del tiempo, Roberto había llegado a tener una buena colección de obeliscos de diferentes tamaños, y de caracolas nobles (le parecía increíble que algunos países tropicales las utilizaran aun como instrumento musical)
Cuando buceaba, creía encontrarse en otro mundo distinto; lejos del caldo gris en el que se estaban convirtiendo las azules y verdes aguas, a causa de la contaminación.
Había sido testigo del envenenamiento y muerte de muchos peces jóvenes y le horrorizaba pensar que ese asombroso mundo, lo estuvieran usando de estercolero sin piedad.
Le encantaba observar a las medusas, tan transparentes como el cristal, moviéndose libremente por el agua, siempre las había asemejado con divertidos paracaídas, y que decir del placer de nadar entre los peces...
Le encantaba contemplar, entre campos de coral, aquellas maravillosas chisteras con sus largos tubitos flexibles en sus extremos, moviéndose de un lado para otro en la suave corriente marina.
Pero si había algo que realmente lo cautivaba, eran aquellos fabulosos caballitos de mar, con sus colas fuertemente sujetas a las algas...
Cuántas veces había provocado la huída de asustadizos pulpos,que lo dejaban solo y aislado entre aquella nube de tinta.
Por el contrario, tenía verdadero pánico a los escualos, que atacaban a todo lo que se moviera en el agua. Un estremecimiento recorría todo su cuerpo, solo con pensar en ellos. Había llegado a oír, que en el estomago de estos animales, habían hallado, latas de conserva, llaves inglesas y hasta ¡cubiertas de automóviles! rezaba para que nunca se cruzara con uno en su camino.
Tenía grandes sueños por realizar, y esperaba que el tiempo no estuviera en su contra. No quería dejar este mundo sin ir a visitar los grandes arrecifes de coral Australianos, había oído que eran tan largos, que se necesitaban meses para recorrerlo...
En su memoria atestiguaba un buen número de recuerdos, de ese sorprendente y extraordinario mundo submarino.
La inmersión, era un pasaporte que le llevaba a lugares deslumbrantes, nuevos, y desconocidos, donde toda una gama de colores, formas y sonidos, se habrían ante él. ¡Que afortunado era! se repetía una y otra vez, mientras su mirada se perdía a lo lejos en aquel el inmenso mar…
37. CONJUNCION 2012
Cuentan por ahí que llegó un día en que el mar se juntó con los cielos…
¿Cómo fue eso?
A estas alturas las olas confusas no reconocieron su ambiente natural.
Yo todavía navego a bordo de una nave que se convierte en submarino al tocar el agua porque he decidido aguardar hasta nuevo aviso… Me inunda el retraimiento y tomo todo mi tiempo para tomar alguna dirección… Estoy ensayando mi diplomacia al hablar, recurro a los colores primarios…de vez en cuando, I confess… ó sólo se trataba de alguna broma estúpida que ha sido escupida en tus mares… tus cristalinas aguas… llenas de deslumbres visuales y de imperante consistencia… tan reservadas y tan exquisitas… ó serán torrente de desfachatez moral… por eso atravieso entre las nubes del cielo y te observo tan apacible… me convierto en el aire asesino de su existencia y trazo en el formas escandalosas y con relieves para estremecerme al sentirlas y saber que esto no es cierto, que ha sido una hipo evolución de alguna idea desatinada y a la vista, una idea con corbatita y pestañita arreglada… es una de estas ideas que no debieran existir porque NO te la crees…
Entonces desciende un tanto pero no me roces… preferiría introducirme en tus planos mentales y me convertiría en submarino y ESO, déjame pensarlo… creo que tendría que vacilar un poco ó se trataba de una incertidumbre inaudita… PLANA como tus planos… como una fatal transparencia eslava, lánguida y foránea… pudiera convertirme en agua y jugar con las olas… con mi submarino… y tus vislumbrantes aguas… sin embargo estoy inundado de aire que me traslada convirtiéndome en un incesante corredor de deseos y fondos… fondos PLANOS y QUEBRADOS… los quebrados me resultan formidables e irrelevantes…de los planos no quiero hablar…
Entonces IMAGINO que me sumerjo en tus carriles y siento incontrolablemente al aire pasando sus filosas manos por mi cara… esa cara que ha sido cortada innumerables veces y aún sigo en el aire… porque del mar me han descrito que encontraría maleficios y pruebas para todo… que mi submarino buscaría parapetos y se volvería maleable, le restregarían miles de restricciones y prefiero que sea NAVE y vuele… pero a resumidas cuentas NAVE ó SUBMARINO prefiero permanecer adentro, solo asomarme por las ventanas del saber sin hacer acto de presencia, prefiero HURTARLE al tiempo y a los espacios un poco de CONFORT , prefiero seguir en esta nave que derrapa sueños transformando categorías interestelares, prefiero tocar el agua y convertirme en submarino de tus planos MENTALES… aunque no me guste hablar de eso… gusto de concentrarme cuando manejo este artefacto en tus aires soplados y en tu comprimido mar… y aunque guste de eso también enciendo unas velas para ver qué es lo que estoy haciendo…aunque tus elementos las apaguen…
El día en que dicen que se juntaron los cielos y los mares alguien me dio un consejo, algo que necesitaba para orientarme y no contaminar la imagen… No sé cuando comencé a interesarme en la inmensidad de tus dimensiones, ni sé cuál fue la atracción hacia tus movimientos… tenues y bruscos… He AQUÍ cuando los mares tocaron los cielos y cuando éstos cayeron al agua… caso omiso al consejo y nuevo aviso…
Los cielos RISUEÑOS; el mar, PROMETEDOR.
36.UNA EXTRAORDINARIA GALERIA SUBMARINA
Miguel seguía sentado en aquel viejo restaurante del paseo marítimo, situado en un extremo de la playa, donde las rocas formaban una especie de ensenada.
Miraba continuamente el reloj, ansioso porque sonaran las 7 de la tarde.
Una simple alarma lo separaba de ese mundo mágico, maravilloso y armonioso que tanto le hechizaba.
Le esperaba todo un mundo habitado por millones de organismos, algunos todavía por descubrir.
¿Quien podía negarle el inmenso encanto que producía nadar junto a los peces, conocer los más bellísimos arrecifes de corales o visitar las ruinas de un barco que naufragó hace cientos de años?
Todo un universo se escondía bajo las olas, esperando a que curiosos e indagadores como él, lo descubrieran.
De un día a otro, variaba tanto el fondo marino, que Miguel sentía que no había estado en ese lugar, siempre encontraba algo que le paso inadvertido en la anterior inmersión.
Miguel conseguía el pasaporte hacia ese mundo mágico y sorprendente, poniéndose las aletas, enfundándose en su viejo traje de neopreno y sumergiéndose en las aguas templadas y cristalinas.
Algún día, si Dios quiere, pensaba entusiasmado, iré a las Maldivas, y me sumergiré en sus traslucidas y delicadas aguas, y veré las más espectaculares barreras de coral del mundo.
Allí sentado, relajado, respirando el salitre de la mar, le alcanzaban recuerdos de tiempos pasados, cuando él era más joven. Las primeras inmersiones, las realizó con su padre, bajando a una profundidad máxima de 15 metros, por lo general solían estar unos 20 minutos de inmersión, a 130-150 bares con una botella de 15 litros.
Aún recuerda la primera vez que vio a una morena, con la mitad de su cuerpo fuera de la cueva y su boca abierta de par en par, en aparente acción desafiante, ¡Qué miedo pasó en ese momento! ¡Qué tiempos aquellos!
Aún puede oír a su padre en la lejanía susurrándole:
-Si queremos preservar este paraiso,hay que ir con mucho cuidado, cuida que tus aletas no remuevan la arena del fondo, pues podrías perjudicar gravemente a los corales
O aquello otro de:
- No debes tocar ni llevarte nada
Si su padre levantara cabeza y echara un simple vistazo se horrorizaría sobremanera; ahora, el equilibrio del fondo se había visto afectado por los vertidos y la basura que han ido desprendiendo los barcos durante décadas y por la sobrepesca.
También recordaba con mucho cariño esas inmersiones que hacían juntos, a casi 20 metros de profundidad hasta ese barco pesquero hundido hacía décadas. Solían explorar el puente de mando, las bodegas e incluso la sala de maquinas. Y rodeando el barco, miles de crustáceos, peces y moluscos.
Cuando se situaba entre miles de peces, le rodeaban por completo, y mirara donde mirara, solo veía preciosos peces de colores y aquellos simpáticos caballitos de mar, sepias y pulpos que cambiaban de color.
A los 30 años, tuvo la enorme suerte de formar parte de un equipo en un proyecto de limpieza del fondo marino en Lanzarote. El fondo, estaba siendo invadido por una plaga de erizos especialmente agresiva, contribuyó a que se regenerara el medio marino y a que volvieran a crecer las algas en la zona, con la consiguiente aparición de un gran número de peces... Aquello cambio su vida por completo.
La tarde estaba muy tranquila, con ausencia casi total de corrientes, pensaba bajar al arrecife, que empezaba a una profundidad de 12 metros y continuaba hacia abajo. A poco que se sumergiera, ya encontraba vida, se vería rodeado de mantas, cangrejos arañas, anguilas jardineras y bancos de barracudas y si tenía suerte, vería al pez trompeta tomando el sol. Era punto de encuentro de buceadores, así que igual tropezaba con algún otro audaz e intrépido aventurero.
Nadie disfrutaba como Miguel de la cara más oculta de los arenales.
Cuando está ahí abajo, desconecta totalmente del mundo, consigue una paz absoluta, que le dura incluso varias horas después de haber salido del mar.
Una bendita alarma lo separo de sus pensamientos, y Miguel saltó de su silla, pagó su consumición y se dirigió con paso firme, seguro y decidido hacia la playa, para desaparecer minutos después, abrazado y envuelto por las olas y transportado a un mundo extraordinario, fascinante y sorprendente…

