Malpica, un pueblecito gallego perteneciente a la comarca de Bergantiños y dentro de “La Costa da Morte”, donde antiguamente utilizaban la pintura que sobraba de los barcos para pintar las casas y donde siempre pasada la media noche del día veintitrés de Junio, los habitantes se disponen a celebrar la noche de San Xoán , en la que se les atribuye protección y buena suerte al hecho de saltar nueve veces una hoguera, además de llevar a cabo numerosos rituales como hacer una “queimada” para ahuyentar a los malos espíritus.
Aquella noche mágica de San Xoán, una joven llamada Uxía se disponía a saltar las olas nueve veces para aumentar la fertilidad y pedir que el hijo que traía en sus entrañas naciera sano y fuerte.
Justo cuando Uxía iba a saltar con ánimo la última ola, de repente notó una fuerte punzada en su vientre, la joven pedía auxilio sin cesar, pero nadie acudió en su ayuda debido a aquella algarabía.
Uxía retrocedió unos pasos hacia la orilla y cuidadosamente sin perder la calma se recostó en la orilla donde dio a luz a un niño hermoso y blanco como la espuma del mar, en ese mismo instante rompió una ola briosa y espumosa que llegó hasta la orilla donde alcanzó al recién nacido y lo arropó cariñosamente con su esponjosa manta blanca.
Fue en ese instante cuando el niño comenzó a llorar y cuando Uxía se dio cuenta de que su hijo y La Mar habían estrechado un vínculo muy fuerte.
Aquella noche sería la última durante muchos años en la que la mar estaría brava.
El pequeño Xoán que así es como su madre le nombró, lloraba si no dormía acompañado del sereno sonido de las olas, de esta manera, Uxía se vio obligada a comprar una casita junto al muelle. Desde entonces en el pueblo creció el rumor de que el pequeño Xoán estaba hechizado por La Mar.
Xoán creció siendo un niño solitario, apenas compartía sus juegos con los demás niños del pueblo, únicamente se divertía buceando y escudriñando los rincones más recónditos y maravillosos de la zona.
La Mar continuaba tranquila desde que el pequeño Xoán vino al mundo hasta que un buen día su cuerpo se transformó en el de un hombre alto y esbelto, las facciones de su rostro se endurecieron dejando en el recuerdo aquel risueño rostro pueril.
Era el joven más guapo y deseado del pueblo, pero Xoán no tenía más ojos que para La Mar, pasaba los atardeceres sentado en el muelle contemplando ese azul intenso que le cegaba los ojos.
Se acercaba el décimo octavo cumpleaños de Xoán y su madre decidió regalarle un equipo de buceo que llevaba prometiéndole desde que apenas tenía ocho años.
Bien entrada la noche tras la quema de la hoguera, el joven Xoán decidió acercarse a la playa para disfrutar de un agradable paseo ya que era luna llena y la mar permanecía calmada y resplandeciente.
Una vez hubo terminado su paseo, Xoán decidió descansar sobre la arena para contemplar aquello que más amaba, en ese instante el oleaje comenzó a cobrar fuerza agitando con descaro los barcos anclados que se encontraban en el muelle.
Xoán contempló cómo una fina silueta emergía de las olas y se acercaba caminando cautelosamente hacia la orilla, gracias a la luz de la luna pudo observar a medida que se acercaba el delicado cuerpo de una mujer, apenas cubierta por un vestido blanco del que colgaban verdosas algas marinas, pero hermosa como una ninfa.
Sus cristalinos ojos azules se clavaron en los del joven Xoán y éste sintió por primera vez el fuego abrasador que nos hace desear.
- ¿Cuál es tu nombre? Le preguntó Xoán con voz temblorosa.
- Soy La Mar personificada y he venido para entregarme a ti, contestó ésta tajantemente.
Xoán decidió comprobar si aquello que decía era cierto y la besó suavemente saboreando sus carnosos labios, de esta manera adivinó que aquella hermosa mujer era verdaderamente La Mar, pues sus labios, su piel y sus cabellos estaban completamente impregnados de sal.
Xoán le confesó que durante dieciocho años la había estado esperando y que ella era la mujer que ocupaba su corazón. La mar, al escuchar estas palabras comenzó a embravecerse de amor y el oleaje se volvió fiero y amenazador.
De esta manera Xoán y La Mar se amaron durante toda la noche, La Mar lo amaba tanto que se negaba a separarse de él al amanecer.
Cuando llegó el alba ella se sumergió delicadamente en el agua y el joven Xoán cegado de amor la siguió como si estuviese hipnotizado.
El temible oleaje se apoderó de Xoán y fue arrastrado con fuerza hasta el interior del mar. La Mar ansiosa por hacerle suyo lo abrazó tan fuerte con sus olas que accidentalmente lo terminó ahogando.
Aquella madrugada del veinticuatro de Junio, fue la más triste que vivió el pueblecito de Malpica, los habitantes se quedaron tan consternados por la muerte del joven vecino que el miedo se apoderó de ellos y decidieron no disfrutar de las hermosas y rebeldes aguas gallegas durante una temporada.
La melancolía se adueñó de la señora Uxía y se convirtió en una mujer solitaria y antipática. Cada día bajaba al mar y se sentaba sobre una roca con la esperanza de que algún día regresara su hijo, pero la suerte de Uxía cambió cuando una de aquellas tardes en las que tenía por costumbre bajar a la playa, observó a lo lejos una pequeña barquita que la marea iba acercando a la orilla.
Uxía se preguntó qué traería aquella barquita y cuando estaba próxima a la orilla, ésta se adentró en el agua para acercarla con rapidez, fue en ese instante cuando escuchó el llanto de un bebé.
Uxía impresionada y a la vez curiosa miró dentro de la barca y observó que en el fondo se hallaba un bebé envuelto en unas mantas raídas, no dudó ni un instante en tomarlo en brazos y llevárselo para calmarle el llanto a la casita del muelle.
Una vez dentro de la casa, lo despojó de las mantas y pudo contemplar el rostro de una bella niña recién nacida. Uxía sabía perfectamente que se trataba de su nieta, fruto del amor de su difunto hijo Xoán y de La Mar, lo supo por el aroma a sal que desprendía y por esa piel blanquecina que heredó de su hijo Xoán.
Observó cada detalle del cuerpecito de la niña, y observó que sus manos tenían forma de aleta y su escaso cabello no eran más que finas algas verdosas, lo que le llamó bastante la atención y en ese momento supo que su nieta era una criatura muy especial y por lo tanto debía ser cuidada con mimo y esmero, ya que la gente podría despreciarla por ser tan diferente, así pues Uxía decidió mantener a su nieta en secreto para protegerla.
Marina que así es como su abuela la nombró, creció feliz en la casita junto al muelle, al igual que su padre, se trataba de una niña solitaria y ensimismada, era una excelente nadadora, pero tan sólo podía disfrutar de sus baños por las noches para evitar ser descubierta por algún habitante del pueblo.
Durante el día, Marina ayudaba a su abuela en las tareas del hogar, pero Marina sentía una curiosidad inmensa por el mundo exterior, ella deseaba ser una niña como las demás y poder nadar a cualquier hora del día sin la necesidad de esconderse.
Una mañana, cuando terminó sus labores, Marina se asomó a la ventana de su cuarto y observó un día tan soleado que decidió desobedecer a su abuela bajando a la playa a la hora prohibida.
Cuando se zambulló en el mar, Marina se sintió tan libre que comenzó a nadar sin rumbo durante tres horas, Marina asombrada porque nunca había visto nada parecido, decidió salir del agua para inspeccionarla, fue en ese momento cuando escuchó un fuerte grito de auxilio.
Marina sobresaltada miró a ambos lados pero no vio a nadie.
- ¡Por favor auxilio! volvió a escuchar, Marina nadó a la velocidad de un rayo bordeando la isla.
Al cabo de unos minutos divisó a un niño que parecía tener su misma edad, luchando briosamente contra las olas.
- ¡Tranquilo, yo te salvaré! gritó eufóricamente Marina a medida que se acercaba, pero el niño no pudo resistir más y se dejó vender por el malvado oleaje. Marina asustada se sumergió en el agua y lo asió por la cintura para sacarlo a la superficie.
Una vez que logró acercarlo a la orilla, le realizó la respiración artificial y de esta manera, el niño abatido por el esfuerzo de intentar salvarse expulsó el agua que había tragado.
Cuando éste hubo recobrado la respiración, Marina le preguntó sobre lo ocurrido.
- Mi sueño es poder convertirme en un excelente nadador y decidí probar en estas aguas, pero como sabes son bastante peligrosas, dijo el niño todavía un poco aturdido.
- Me parece buena idea, pero deberás comenzar tus entrenamientos en otras aguas más tranquilas.
- ¿ Vives cerca de esta isla? Preguntó el niño con curiosidad.
- En realidad no, vivo en un pueblecito llamado Malpica a bastantes kilómetros de aquí.
- ¡ Qué raros son tus cabellos y tus manos! Exclamó el niño asombrado.
- Lo sé, mi abuela dice que me parezco a las sirenas de las antiguas leyendas, por cierto me llamo Marina.
- Yo soy Xurso, vivo cerca de la isla ¿te apetece venir a almorzar a mi casa?
- No gracias, debo regresar a mi casa, dijo Marina tímidamente.
- Supongo que volveremos a vernos un día de estos, dijo el chico esperanzado
- Quizás……
Xurso arrancó el motor de su lancha y comenzó a navegar mientras se despedía de Marina con la mano.
Cuando Marina regresó a Malpica, su abuela la esperaba impaciente en el muelle
- ¡Dónde demonios estabas Marina! Exclamó Uxía enfadada y a la vez nerviosa.
- Lo siento mucho abuela, necesitaba salir ¡No comprendes que no puedo vivir prisionera entre cuatro paredes! Exclamó Marina con tono vehemente.
- ¡Pero niña! ¿ No tienes idea de lo preocupada que estaba? No olvides nunca que eres un secreto y las personas pueden hacerte daño, ya perdí a tu padre y por nada del mundo desearía perderte a ti también.
Marina corrió hacia los brazos de su abuela y con lágrimas en los ojos le prometió que jamás volvería a desobedecerla.
Pasaron diez dulces veranos y Marina se transformó en una hermosa jovencita que contaba dieciocho años, lucía una cabellera larga y ensortijada de algas verdosas y brillantes.
Fue una tarde aburrida de otoño, cuando Marina subió al desván y tropezó con una caja de cartón polvorienta, decidió abrirla con cuidado y en el fondo halló un equipo de buceo sin estrenar.
- ¡ Abuela! gritó Marina entusiasmada
- ¿ Qué ocurre cariño? Preguntó ésta mientras se disponía a subir las escaleras.
- ¡mira lo que he encontrado!
- Recuerdo que tu padre tenía tu edad cuando le regalé este equipo por su cumpleaños, pero murió antes de que pudiera estrenarlo
- Abuela, lo siento mucho.
- No te preocupes niña, ahora podrás estrenarlo tú, pero siempre y cuando lo utilices a las horas permitidas.
Cuando comenzó a ocultarse el sol, Marina decidió estrenar su equipo, las aguas permanecían tranquilas y podía observar con claridad el maravilloso mundo submarino, Marina se acercó a un arrecife de corales para contemplarlo de cerca cuando se topó con un par de submarinistas que a través de gestos se saludaron cortésmente, cuando hubieron terminado de inspeccionar la zona, ascendieron lentamente hacia el barco y Marina les acompañó.
- Hola, yo soy Manuel y este es mi hermano Moncho, dijo mientras se despojaba del traje de neopreno
- Mucho gusto, me llamo Marina.
Se entretuvieron un rato, pero Marina era consciente de que debía regresar a casa, pues no deseaba volver a disgustar a su abuela, Marina hizo amago de despedirse, pero Moncho, uno de los hermanos la tomó del brazo para observar detenidamente su mano.
- Lo siento Marina pero debes acompañarnos.
- ¡No puedo! exclamó ésta con voz temblorosa.
Marina se dispuso a saltar del barco, pero Manuel se lo impidió, mientras Moncho le intentaba inyectar un calmante, la pobre Marina comenzó a perder el conocimiento y se desvaneció.
A la mañana siguiente Marina despertó convaleciente, rápidamente se incorporó e intentó levantarse pero notó que apenas podía moverse puesto que se encontraba atada a la cama. De pronto escuchó unos pasos cerca de la habitación donde se hallaba.
- ¿Cómo está nuestra especie exótica? preguntó una voz seria y ronca.
-Continúa dormida, recuerda que le inyectamos un calmante para delfines
-Muy bien, hemos de analizar lo antes posible la composición de sus cabellos, desconozco ese tipo de algas, aunque lo más importante son esas aletas que tiene por manos, si conseguimos que la chica respire bajo el agua como si fuera una sirena, nuestro parque se llenará de curiosos que pagarán por ver esta única especie.
- No se hable más, avisa a Xurso para que comience a realizar las pruebas.
Marina al escuchar esas palabras sintió cómo el miedo se apoderaba de ella, aquel fue el momento en el que comprendió que la excesiva preocupación de su abuela por protegerla era necesaria. Unos minutos después un joven desaliñado y ataviado con una bata blanca entró en la habitación, se acercó a la cama para examinar a la paciente e involuntariamente se fijó en ese cabello que le resultaba tan familiar.
- ¡ Marina! pero….¿qué haces aquí?, preguntó el joven balbuceando por el inesperado encuentro
- Perdone, pero no lo conozco, contestó Marina con un hilo de voz.
- Soy Xurso ¿no me recuerdas? Cuando tenía ocho años me salvaste la vida
- Claro que te recuerdo, has cambiado mucho. Ahora te toca a ti salvarme la vida, has de sacarme de este lugar, creen que soy un extraño animal marino y planean convertirme en su fuente de ingresos.
- Lo sé, mi padre y mi tío son los dueños de este parque, estudiaron biología marina y decidieron montar este negocio, pero tranquilízate porque esta noche le diré a mi tío Moncho que vendré a vigilar a los delfines, ya que últimamente se comportan de un modo extraño. Te recogeré a eso de las cuatro de la madrugada y te llevaré de regreso a tu hogar.
- Gracias, musitó Marina con lágrimas en los ojos.
Xurso se acercó a ella y le susurró al oído: “gracias a ti bella sirena por salvarme la vida” y acto seguido le regaló un cariñoso beso en la mejilla.
Marina permaneció toda la tarde en aquella sórdida habitación esperando impaciente la llegada de Xurso, aún se ruborizaba al recordar las palabras que el joven le había susurrado al marcharse.
El sol se ocultó para dejar el protagonismo a la luna y unas horas más tardes Xurso se dirigía a la habitación de Marina.
- Es tarde, debemos apresurarnos musitó Xurso nada más entrar en la habitación.
La desató con cuidado y la llevó en sus brazos hasta el barco tal como habían planeado.
Durante el largo trayecto , ambos se intercambiaban intensas miradas de complicidad, Marina por una parte deseaba finalizar el viaje lo antes posible para ver a su abuela, pero por la otra estaba tan feliz al lado de Xurso que a veces sentía impulsos de tomar el timón y cambiar de rumbo.
Una vez que el barco ancló en el muelle, Marina corrió agitadamente hacia la casa de su abuela.
- ¡ Abuela! gritaba sin cesar
- ¡Mi niña! exclamó la abuela sin aliento que se encontraba recostada en el sofá.
- Abuela, este es Xurso, él me liberó, su padre y su tío poseen un parque acuático y aquella tarde en la que salí para estrenar el equipo de buceo de papá me capturaron creyendo que era una especie marina exótica, he pasado mucho miedo, pero esta experiencia me ha hecho abrir los ojos y he descubierto que realmente debo ser un secreto.
- Pues yo creo que ya no debes continuar ocultándote Marina, afirmó Xurso con tono protector.
- ¿ Por qué? preguntó la joven impresionada por sus palabras
- Me gustaría permanecer a tu lado el resto de mi vida para poder protegerte siempre y cuando estés de acuerdo.
Marina radiante de felicidad se acercó al joven y lo besó apasionadamente.
Desde aquél maravilloso día, los habitantes de Malpica supieron de la existencia de Marina y le organizaron una fiesta en su honor, Xurso y Marina vivieron felizmente en una casita que la abuela Uxía les había comprado como regalo de boda, con el paso del tiempo, ambos decidieron crear un Club de natación para niños en el que Marina se encargaba de las clases.
Así pues, Marina fue una mujer conocida y respetada por el resto de sus días y no sólo por la protección de su esposo, sino por el coraje con el que la joven se enfrentó a la vida.
miércoles, 30 de septiembre de 2009
48. EL SECRETO DE LA MAR
47.VERANO DEL 80
A sus 39 años Gastón hoy día, ya no era aquel niño que disfrutaba y corría por las playas del Mediterráneo, jugaba fútbol con su amigos, con aquel balón de fútbol que ahora llamaban “retro” todo el hecho de pentágonos y hexágonos blancos y negros.
Aun recordaba aquel día en el espolón del puerto en esa reñida tanda de penaltis por saber quien había sido el mejor equipo aquel verano del 80.
A el le toco tirar el ultimo de los penaltis, cojio el balón, lo miro y beso aquel pentágono negro, desgastado y algo roto, despegado en donde ponía México 70. Lo planto con firmeza serenidad, cojio carrerilla y le pego con toda su alma, fue gol, un golazo pego en el poste y entro en la portería.
El, y el resto de chavales olvidaron del esférico y este rodó sin que se dieran cuenta espolón abajo directo al mar. Nunca más lo vieron.
Tras la alegría de la victoria que les proclamaba como mejor equipo del verano vino la desilusión por no encontrar el balón y mas tarde por la despedida el verano se acababa y cada uno marcharía a su casa, a sus ciudades y a empezar el colegio.
Gastón era muy amigo de Damián, en portero de su equipo este ultimo era de una ciudad del interior como Gastón algo regordete y muy simpático, siempre estaban juntos y hacían planes en un futuro que ninguno sabia que les depararía, pero tenían algo en común les encantaba el mar y pensaban algún día poder estar en aquel lugar no los meses de verano sino toda la vida, tener su barco, navegar etc.
Se dieron un largo y fuerte apretón de manos bajo el faro siempre vigilante del espolón y partieron con el recuerdo que les dejaban aquellas vacaciones y que les había coronado junto a aquel balón los reyes del verano del 80.
-¡Damián!, ¿Dónde estas, no habíamos quedado a las 08.30 A.M.?, le decía por el teléfono móvil Gastón a su amigo.
-Vamos a perder los rayos de sol de la mañana, venga dormilón y no te olvides de todo el aparejo.
-Que si, que si le decía al otro lado de la línea haciendo esfuerzos que por el ruido parecían sobre humanos por levantarse.
Ante todo Damián para Gastón era su mejor amigo y lo era desde hacia mucho tiempo, la vida les había sonreído y habían conseguido lo que querían, estar cerca del mar.
-¡Como te estas poniendo!, le dijo a Damián, que venia comiéndose unos Donuts.
-Dentro de poco vamos a tener que comprar un carguero…, como te estas poniendo.
La verdad es que Gastón tenia razón, Damián engordaba cada año mas y mas, le llamaban “Luciano” los chavales jóvenes del pueblo, por su parecido a Luciano Pavarotti, con esa gran panza y la densa barba, aunque Gastón decía que parecía mas bien un pizzero de los del sur de Italia, de los que ellos habían visto en los atraques en Nápoles, Capri y demás.
Por fin enfilaron la bocana del puerto y salieron a la mar, hoy no se alejarían mucho era un inmersión rutinaria de mantenimiento.
Damián y Gastón, habían conseguido complementarse y así obtener todos los requisitos que necesitaban para tener así una pequeña empresilla de excursiones de submarinismo y alguna que otra chapucilla durante los meses de invierno que no había tanto trabajo.
Así hoy tocaba mantenimiento en el mismo puerto, en los alrededores del espolón al lado del faro. Era una inmersión rutinaria de mantenimiento pero no por ello peligrosa como todas, por ello a Damián le gustaba tenerlo todo bien controlado en sus útiles, botellas, plomos, cyalume, escafandras, jackeds (estabilizadores), aletas, relojes etc que todo estuviera listo, ordenado para que no ocurriera nada inesperado, lo preparaba todo mientras Damián gobernaba el barco.
-¿Cómo te va? le preguntaba con la boca llena a Gastón.
-Bien, Bien, ya esta casi todo listo, cuando vayamos a parar avísame.
Damián soltó un largo ok!.
El motor del barco se puso en ralenti, lo cual quería decir que ya habían llegado al punto de destino y Damián se había terminado la caja de donuts.
-Vamos, vamos que no tenemos todo el día vociferaba entre risas Damián
-Lo que tengo que aguantar, decía Gastón moviendo la cabeza, si no es por mi aun estas horizontal, anda cuida y no te vayas a caer por la borda, aunque, psssssss ibas a flotar.
-¡Nooooooooooo!, cuantas veces te tengo que el ancla no se echa por la popa, que podemos volcar
-Bueno, bueno perdone usted Comandante Cousteau, yo solo soy un grumete.
-Venga al tajo, ayúdame a ponerme el neopreno.
Y así todos los días, siempre estaban de broma, metiéndose el uno con el otro y el otro con el uno, pero eran grandes amigos.
Por fin Gastón inicio la inmersión, y con su pulgar dio el ok a Damián que hoy se quedaría en el barco, acabando de amarrarlo y marcar la posición del buzo.
Al iniciar el descenso a Gastón le gustaba siempre comprobar otra vez todos sus utensilios mientras pensaba lo que se encontraría ahí en el fondo, que como decía el nunca se sabe.
La inmersión era poco profunda unos 35 pies y se trataba simplemente de revisar el cableado de las balizas del puerto, algo que solían hacer un par de veces al año al acabar el verano y antes del inicio de temporada.
Gastón no observo nada extraño y todo parecía en orden, el pesado cableado estaba bien y no estaba deteriorado ni se había movido por las mareas tan abundantes en esa zona de la anterior inspección. Aparto algo de suciedad y lodo del fondo para encontrar la caja metálica en donde realizaba la marca de inspección.
Una vez hecho esto y dado que le sobraba algo de aire se dedico ha “ir de compras”, expresión que utilizaban ambos para rebuscar entre la basura del fondo marino
A veces subían tristes de la cantidad de suciedad que encontraba, como podíamos tirar tal cantidad de basura, latas de lubricante, aceite, útiles de mar. En muchas ocasiones la propia naturaleza había reciclado algunas cosas y en otras la propia fauna marina las hacia suyas convirtiéndoles en muchos casos en su hogar.
La verdad es que el fondo marino de dejaba de sorprenderlos cada día y hoy no iba a ser menos, estaba apunto de producirse un encuentro inesperado.
Gastón seguía inspeccionando cuando de pronto al llegar al extremo del espolón, ya a punto de entrar en la zona del puerto vio algo redondeado, cubierto de algas, bamboleándose de un lado al otro siguiendo la corriente marina. Le atrajo porque tenía unos puntos blancos que destacaban en el oscuro de las algas.
¡No podía ser¡, ¡Era el!, el balón del verano del verano del 80, en un principio Gastón dudo de que fuera el, permaneció inmóvil, respirando por la boquilla y mirándolo fijamente, solo había mirado así a las langostas en el caribe en sus nichos de cría de las paredes, siempre pensaba ¿quién observa a quien?, pues ellas también parecían mirarnos como si fuéramos un animal mas , diferentes eso si, de su entorno, se le humedecieron hasta los ojos, a todos nos gustan los reencuentros y este era tan inesperado…., fue como reencontrarse con un viejo amigo que no ves desde hace tiempo, para el, el dia que desapareció en el puerto tras la alegría de ganar, supuso una gran tristeza, pues le habría gustado guardarlo.
Pero si, si era el, el mismo, el balón “retro”, todo el, con sus hexágonos blanco y pentágonos negros, el mismo que un día chuto y les corono como los reyes de ese verano, con el mismo pentágono negro donde todavía se podía leer México 70, entre las conchas que se habían adherido a el.
Gastón de la emoción inhalo aire e inicio el ascenso con el entre sus brazos, jamos imagino ese reencuentro. Arriba en la superficie, Damián ya estaba algo intranquilo pues sabia que le quedaba poco aire para estar ahí abajo, pero enseguida vio las burbujas y aparecer tras ellas a Gastón que como pudo se quito la escafandra y con una gran sonrisa levanto con las dos manos cual trofeo conseguido en algún campeonato, el balón.
-¡Mira Luciano!, Gastón, nunca lo llamaba así salvo caso de estar entre bromas o contento por algo.
-Anda vete por ahí, tu también le expeto Damián
-¡Mira, mira!, mientras no paraba de levantar, mover y exhibir el balón, ¡el balón del verano del 80!.
-Que dices, no puede ser, contesto Damián, se perdió el día que metiste el penalti.
-Ya, ya pero ha vuelto, lo he encontrado, estaba ahí abajo, dios que emoción, pensaban que era basura como todo lo demás, pero no, es el, mira lo que pone aquí en este pentágono negro, México 70.
-Anda pásamelo, le contesto Damián, Gastón se lo lanzo y lo agarro con algo de precaución y cara de asco, pero un vez en sus manos pudo comprobar que si era el, su pasión por el buceo y el mar les había devuelto tan grato recuerdo, que emoción.
Era increíble la cara de alegría que Gastón observaba desde el agua de su amigo Damián, era increíble como un objeto de tan poco valor podía hacer saltar y correr a un tipo tan gordo sobre la cubierta de un barco,.
-¡Ahí esta, dispara Gastón y ………..¡, decía mientras corría por la cubierta
-¡Paro, paro Damián!, decía a la vez que salta desde la cubierta del barco al agua.
Fue tremendo en abrazo ente ambos una vez en el agua, la amistad, su pasión por el mar, el buceo y aquel balón todo unido en ese momento, los dos gritaron a la vez entre carcajadas
-¡Vivan los reyes del verano del 80!.
Desde ese día el balón siempre iba con ellos en sus salidas, ahí presidiendo el cuadro de mandos del puente de su nuevo barco al que llamaron
Verano del 80.
jueves, 17 de septiembre de 2009
46. EL PEZ
“Los espartanos no se preguntaban cuántos eran o cómo eran sus enemigos, sino dónde se encontraban”. Aegis II.
Estaba en cubierta, dejando que el sol de la tarde secara un poco el neopreno mientras esperaba la llegada de los últimos clientes para la que iba a ser la última inmersión del día. Gruesas nubes, de puro algodón y preñadas de agua después de atravesar el mar provenzal, cruzaban perezosas el cielo y se perdían sobre mi querido Empordà, reflejando un Sol de septiembre, ya en retirada…
Los vi llegar por el muelle, tres jóvenes sonrientes y con ademanes nerviosos, que hablaban y alborotaban más de la cuenta mientras cargaban sus equipos y se acomodaban en la bancada de estribor, intentando ahuyentar a sus fantasmas como podían. Quedaba claro que era una pareja más un acompañante. Me presenté, les comenté que iba a ser su guía en esa su primera inmersión con nosotros y me interesé por su nivel de buceo:
-“¿Cuántas veces, hijos míos?”-les solté de improviso. Una breve y nerviosa mirada cruzada entre la pareja evidenció que se había malinterpretado mi pregunta.
-“Inmersiones”-aclaré rápidamente- “que cuántas inmersiones lleváis”
-“Ufff”- me respondió el acompañante, lo que rápidamente le valió el sobrenombre de Ufo- “no lo recuerdo bien pero serán unas treinta”. Como si cuando uno empieza no recordara exactamente cuántos buceos lleva…
-“Si” - confirmaron Romeo y Julieta -“alrededor de una treintena”.
¡Qué bonito es el amor!
El buceo previsto era una visita totalmente exterior a un pecio de la zona que cobijaba a una gran cantidad de vida que atraía a más, lo que justificaba su visita. Me fijé cómo montaban los equipos y en aquellos otros detalles que suelen dar una idea del nivel de nuestros futuros acompañantes. Y lo que vi me tranquilizó. Podían tener poca experiencia, pero denotaban una sólida base. Agradecí mentalmente el buen trabajo de su instructor y me dispuse a preparar mi propio equipo y la botella auxiliar que dejaríamos colgando. Añadí un par de kilos de plomo y dos mosquetones al “kit”, por si las moscas de Arquímedes, revisé otra vez mi propio equipo y me acomodé a su lado, relajado y esperando la llegada al punto de inmersión.
Una vez amarrados a una de las boyas de fondeo y antes de disponer la botella de seguridad y el lastre adicional, empecé el “briefing” de la inmersión, haciéndoles notar como nuestra embarcación se había situado casi perpendicular a las olas, evidenciando así la corriente del lugar. Abriendo muy ligeramente uno de los grifos de la botella de seguridad, la sumergí y les señalé el fino chorro de burbujas que escapaban, cuya deriva denunciaba claramente el sentido y la intensidad de la corriente, que no era mucha. Recuperé el tanque, cerré la válvula y volví a dejarlo colgado. A continuación dibujé un croquis del pecio, lo enmarqué dentro de dos puntos cardinales, anotando las diferentes cotas y punteé el futuro recorrido, recordando las señales y procedimientos en caso de surgir alguna de las incidencias habituales. Una vez establecidas las parejas saltamos al agua y nos reunimos en la boya.
Precedí el descenso del grupo. A unos -6m comprobé que estábamos bastante compactados y, según lo acordado, hicimos un último chequeo de los equipos. A una señal, proseguimos el descenso hasta llegar a la cubierta principal, a unos -20m de profundidad. Opté por el costado opuesto a la corriente para disponer de un recorrido tranquilo y me fijé en las columnas de burbujas que expelía cada uno. Era evidente que uno de los integrantes respiraba más deprisa que los demás. Su posición, tipo caballito de mar, explicaba sobradamente el porqué: iba sobre lastrado. Por señas le indiqué lo que me disponía a hacer, le quité un par de pastillas de lastre y le deshinché un poco el chaleco, con lo que consiguió adoptar una postura más horizontal, más hidrodinámica, lo que optimizó su avance y redujo el ritmo respiratorio. Así y todo, decidí quedarme cerca de él, ligeramente adelantado para quedar dentro de su campo de visión, procurando así transmitirle seguridad y, de pasada, tenerlo al alcance si surgía la necesidad.
Los potentes haces de nuestros focos se empeñaban en arrancar colores ahí donde la ya escasa luz ambiental tintaba todo de un color gris-azulado uniforme. De vez en cuando, alguna flecha plateada escapaba de nuestras luces; cientos de pececillos se apartaban ligeramente de nuestro camino, enmarcado bajo una “sky-line” formada por las formas retorcidas y torturadas de las planchas de metal. Nada hacía presagiar lo que se avecinaba…
La primera vez que lo vi, ni siquiera me percaté conscientemente de su presencia. Fue más tarde, encadenando los recuerdos cuando rememoré ese momento. Un sutil cambio en la poca luz ambiental hizo que forzara la vista en cierta dirección. Me pareció adivinar, más que ver, una gran sombra, pero una ráfaga de luz procedente del foco de Ufo desvió mi atención. Mi amigo me indicaba que su tanque estaba a la mitad. Interrogué mecánicamente a la pareja y comprobé mi propia autonomía, retomando el regreso al punto de fondeo. Antes de iniciar el ascenso, les indiqué por señas que aún no habíamos entrado en descompresión aunque respetaríamos la parada de seguridad, empezando a subir, mano sobre mano, a un ritmo lento pero constante. Seis minutos más, una pequeña eternidad de 360 segundos y ya podría secarme, calentado en cubierta por la caricia de los débiles rayos del Sol poniente… Ascendí el último y cuando me disponía a subir por la escalera, mi querido e inefable Ufo, con la cara desencajada, me gritó:
-“¡El foco!¡Mi foco! Se ha caído!”-exclamaba mi cliente-“¡joer, tío, y no tenía ni un mes! ¡y me ha costado una pasta gansa! Por favor, por favor, ¿puedes bajar a buscarlo? A mi ya no me queda aire!
Adiós a las esperadas caricias de mi toalla Mimosín. Adiós al solecito. Adiós al descanso reparador. Bienvenido a la fría, húmeda, obligada y tiritante cara oscura del mundo del buceo (Jo, tío, que suerte tienes, bribón, todo el día buceando…Y la “peña” en pelotas a tu alrededor…Y encima cobrando, tú!)
A esta hora de la tarde nuestra embarcación se encontraba ya dentro del sombrío abrazo de la costa cercana. La zona de inmersión está dominada por los altos acantilados característicos del lugar, que hunden sus espectaculares paredes verticales en las azules aguas y que tienen el inconveniente añadido de sumir en sombra a la zona litoral cuando el Sol está bajo.
Me encomendé mentalmente a santa Crisálida, patrona de los capullos, para que me facilitase la recuperación del dichoso foco mientras empezaba la cuarta inmersión del día. O la tercera continuada, qué más daba… Comprobé que aún conservaba una buena provisión de aire en el tanque; ojeé la pantalla de los 2 ordenadores (si, llevo dos; la electrónica y el agua de mar no hacen buenas migas) para cerciorarme de que todo marchaba bien, vacié pulmones y me dejé caer cabeza abajo, escudriñando la nada…
Tuve suerte. Bueno, “suerte” es un decir. Unos veinte minutos más tarde el haz de mi propio foco arrancó un destello cobalto que resultó ser el preciado “gusilus” de Ufo. Colgué el mío del cinturón y comprobé el nuevo foco, casi por acto reflejo. Un potente haz de luz fría rompió la creciente oscuridad. Cerré el interruptor y entonces percibí claramente un cambio en los claroscuros de las aguas que me rodeaban. Una sombra enorme, más densa y opaca que el fondo, acababa de desviarse hacia mi izquierda, como preparándose para rodearme.
La adrenalina sacudió mi espinazo como una descarga eléctrica. La oscuridad creciente y la turbiedad del agua me impedían ver con claridad más allá de unos 5-6 m. Conecté nuevamente el foco para taladrar las aguas y descubrir la amenaza. Giraba constantemente la cabeza en un intento de ver algo cuando la enorme sombra surgió de repente a mi derecha y se abalanzó sobre mí, en una trayectoria circular que me llevaría directamente a sus fauces. Por puro miedo, en un intento de pasar desapercibido, apagué la luz.
Funcionó.
Haciendo gala de una extraordinaria acuaticidad, el enorme pez cambió su trayectoria en un santiamén, desvaneciéndose en el límite de mi visibilidad, para materializarse de nuevo, esta vez a mi izquierda, rodeándome. Sin prisas. Parecía sopesar fríamente la situación antes de pasar al ataque final.
Mi cerebro, híper excitado, intentaba identificar a la bestia que se mantenía a cierta distancia, indecisa o jugando claramente conmigo, segura de su superioridad… Intentaba identificarlo para poder prever sus reacciones, al tiempo que quería saber su posición para defender la mía. Escenas de grandes tiburones blancos jugueteando con crías de foca u orcas divirtiéndose con sus presas antes de destrozarlas a dentelladas acudieron a mi mente. Fauces, mandíbulas trituradoras, enormes dientes afilados…Es fantástico lo que puede ayudar el cerebro en casos así. Parece como si se tomara su propia venganza, el mamonazo.
¿Pero QUÉ diantre era ese enorme monstruo? Sus rapidísimos cambios de dirección denotaban la posesión de unas grandes aletas pectorales, como un enorme tiburón. Pero los tiburones no se mueven ni atacan así, por las buenas. Y menos a un buceador perfectamente equipado, a pesar de las películas y falsos documentales que pretenden vendernos esa imagen. Había buceado cientos de veces con tiburones de muchas especies diferentes y nunca me había sucedido ni un solo amago… Incluso con un blanco. Nunca… bueno, una vez con un par de tigres, la hembra venía por detrás, inadvertida, y nos pegó un buen susto a mi compañero y a mi…
Pero ese pez no era un tiburón. Era demasiado grueso por el centro y en su avance no cabeceaba hacia los lados, sino que se movía recto, como un atún. Pero tampoco existen los atunes de más de 6 metros…
¿Una orca? En cierta ocasión, un pescador local me contó que vio a un grupo de ellas, hace ya muchos años… Pero tampoco. Esos cetáceos tienen un movimiento vertical de su aleta caudal. Y eso, ese pez, fuera lo que fuese, no movía nada y, sin embargo, se desplazaba rápidamente y sin movimiento aparente, como un Nazgûl, los demoníacos caballeros que perseguían al Hobbit… Otra imagen de autoayuda mental. Gracias, cerebro. Prometí trasplantarlo en un futuro, si llegaba a contarlo…
Una ojeada al ordenador me indicó que tenía un techo de descompresión. Al cuerno con él. Si conseguía salir del agua con vida, ya me llevarían a la cámara hiperbárica. Habían transcurrido pocos minutos desde el encuentro, pero ya se me antojaban siglos. La cabeza me daba vueltas mientras miraba en todas direcciones intentando descubrir al monstruo. Mi respiración se había acelerado y la reserva de aire se estaba agotando por segundos. Tenía que pensar. Y rápido. Pedí perdón a las neuronas por la amenaza del trasplante y supliqué su ayuda. Esta vez, conmovidas, me dieron un plan. Incluso parecía lo suficiente bueno como para que funcionase: llegar hasta la botella de seguridad, que colgaba allá arriba, desamarrarla y descender de nuevo. Imposible pretender subir al barco mientras la bestia estuviese cerca. Si lo intentaba, tenía todos los números para hacerlo por partes. Así que sólo podía hacer lo siguiente: pillar la reserva de aire, descender por enésima vez procurando no dar nunca la espalda al bicho (¿dónde diantres estaba?), arrastrarme por el fondo panza arriba con la botella delante como escudo hasta alcanzar la base del acantilado cercano y luego subir de espaldas, con la retaguardia protegida y teniendo que ocuparme sólo de lo que viniese de frente. O de abajo. De ese modo y con suerte (Señor, un detalle, que me la merezco) intentaría llegar a una brecha que conocía y que continuaba por el acantilado, sobre la superficie, lo suficientemente ancha para guarecerme y lo suficientemente estrecha para protegerme del Diablo hasta poder pedir auxilio. No se me ocurría nada mejor y sí muchas cosas peores. No había plan B.
Llegué hasta la botella, cambié de regulador y me disponía a bajar cuando vi que el pez se movía, modificando su posición, lo que indicaba sin lugar a dudas que se disponía a descargar su golpe final. El juego había terminado. Esta vez iba en serio. No temo a la muerte, sólo que nunca me ha gustado estar allí cuando se presenta.
Observé su silueta confundirse con la sombra de la embarcación, situándose bajo la misma, como queriendo cortar todo intento de aproximación a ella. En este momento yo me encontraba más abajo, iniciando el descenso, con una botella en la espalda y la otra sujeta delante, sin poder verle bien, así que decidí encender los dos focos para iluminar bajo la quilla. Encender las dos potentes luces y provocar su ataque fue todo uno. La gran masa oscura se arrojó sobre mí. Mi inconsciente me impelía a cerrar los ojos al horror pero mi curiosidad de naturalista aficionado me impedía hacerlo, manteniéndolos abiertos, en un último intento de identificar a mi agresor. Saber quién era mi asesino, triste consuelo de despedida…
Y así pude ver a la diabólica criatura como traspasaba finalmente el límite y se me echaba encima. El ataque definitivo del Leviatán, del gigante, del maldito pez. Mejor dicho: de miles de ellos. Un gran cardumen de pequeños pescados azules se movía al unísono, como uno sólo, estimulados por los haces de luz fría. Segundos antes habían buscado refugio bajo la sombra protectora de nuestra embarcación, asustados por ese extraño ser que venía del fondo, haciendo ruido y amedrentándoles con sus burbujas, y al tiempo, atrayéndolos con los destellos de sus focos…
La última estocada de ese órgano cachondo que en otros reconozco y denomino cerebro, no tardó en aparecer, destellando como un flash:
“Los espartanos se equivocaban: lo más importante es conocer bien a tu enemigo”.
Sólo le faltaba añadir: -“¡Gilipollas!”
Y hablando del tema,
-“¡Mi foco! Osti, gracias, mil gracias, tío! Oye… ¿te debo algo?”
Enmarcado por la silueta kárstica del acantilado, el cielo asomaba teñido con toda la gama de rosas, rojos, y púrpuras. La sangre de los dioses se había derramado una vez más en una exhibición de belleza como sólo la fina luz ampurdanesa nos tiene acostumbrados a despedir algunas tardes de final de verano.
Una ojeada al norte me confirmó lo que ya suponía: empezaba a formarse un claro entre las nubes bajas, como un ojo. El ojo de la tramontana, la puerta fronteriza por donde se cuela Boreas, el viento del Norte en estado puro. Frío, seco y cortante como una navaja. Un viento que conforma paisajes y forja caracteres, encrespando las aguas con la fuerza de su hálito.
Con un poco de suerte, mañana descansaría…
45. EXPERIENCIAS DE BUCEO DE ENRIQUE STEFFENS
Estando en Nápoles (Italia), salía un barco cargado de armamento y tropas y fue bombardeado y luego hundido por los ingleses, entonces había que sacar lo que había quedado del barco, para repararlo y recuperar el armamento y los cuerpos, que los encontró atascados en los ojos de buey, fue un triste trabajo, porque hubo que empujarlos para que salieran y sellar los ojos de buey para poder reflotar el buque.
Algunos relatos son sorprendentes como éste; en el puerto de de Le Havre, en Francia se encontraba un enorme barco de pasajeros que había sido hundido por los bombardeos, cerca de la orilla, como se encontraba de costado, había que pasar las cuerdas por debajo, para poder darlo vuelta y oh! sorpresa, se encontró con una enorme cantidad de vino y piezas enteras de telas que no se habían mojado, que no habían sido destruidas por el agua.
La empresa lo manda trabajar a Grecia, ha sacar de un barco alemán que se encontraba hundido en la costa, lingotes de oro, pero cuando baja, también una gran sorpresa, el oro no estaba, los griegos habían sido mas rápidos que los alemanes, es su lugar había ladrillos, esto fue fácil para los griegos, porque estaba en aguas pocos profundas y ellos saben bucear, solamente aguantando la respiración, este trabajo, le trajo consecuencias, nadie le creyó, creían que él se había robado el oro, pero otra vez tuvo suerte, terminaron creyéndole.
En Hamburgo, estaba trabajando colocando pilotes para el amarradero de los barcos, cuando suena la sirena de alarma de bombardeo y toda la tripulación del barco que estaba arriba se olvidan de él, y corren al refugio para salvarse, quedando el solo abajo y casi sin aire, recurre a unos tubitos de aire que llevaban como repuesto, pero el buzo que había usado anteriormente, los había gastado, porque eran 2 buzos con un solo traje, siente que se estaba hundiendo en el barro y con mucho esfuerzo logra zafarse, perdiendo un zapato, pero el traje era muy pesado, tenia 180 Kg. le costaba moverse, como pudo fue llegando a la orilla.
En el momento que logra salir un poco a la superficie, vuelven a bombardear y el refugio donde estaba toda la tripulación se hunde con todos ellos adentro, se siente impotente, hasta que logra sacarse la escafandra, pero no el traje, para eso siempre necesitaba ayuda, se encuentra solo tirado en la playa, hasta que alguien lo ve tirado en arena creyéndolo muerto; lo ayuda a sacarse el traje, cuando comienzan a bombardear de nuevo, las bombas caen a su alrededor y otra vez ese ángel que lo acompañó desde niño, vuelve a salvarlo.
En Alemania tenían que arreglar la tubería de una represa y había 35 grados bajo cero, ¿cómo entraban al agua? hicieron un agujero con una sierra para poder cortar el hielo y bajar a 60 metros de profundidad, y acá tuvo uno de los accidentes mas peligrosos de su vida,
La manguera que le proveía el aire se congelaba y de arriba le echaban agua caliente, para que no se congelara, pero llegó un momento que este sistema de agua caliente no resultaba, el hielo era mas fuerte y congeló toda la manguera, no pudiendo salir a la superficie , ve que los pequeños tanques de oxigeno estaban vacíos y en ese momento ve que su fin estaba cerca, se despide de sus compañero por teléfono, pero ello logran mandarle aire y el traje se infla y logra subir, pero estaba perdiendo el conocimiento y cuenta que vio un túnel de muchos colores con un fuerte zumbido que lo va absorbiendo y ya sin conocimiento sube como un torpedo, porque tenía el traje inflado de aire y con la fuerza que llevaba, perfora la gruesa capa de hielo de 85 cm. rompiendo la escafandra y también su cabeza, sus compañeros lo suben y estaba ya morado por la falta de oxígeno, pero logran revivirlo, hasta que consiguieron un médico que le colocó una inyecciones y así salvó nuevamente su vida y al otro día a trabajar de nuevo, porque no había tiempo para enfermarse, todavía hoy, a pesar que estos relatos los he escuchado muchas veces, me hacen llorar, porque veo ese niño; porque era un niño, trabajar tan duro, creo que por ser tan duro ha llegado a vivir hasta esta edad.
En el año 1951 es contratado para trabajar en Argentina, no sabiendo donde se encontraba este país, se embarca con un equipo de 8 buzos, porque se hablaba de otra guerra con Corea y había sufrido tanto, que prefirió alejarse de su patria, a volver otra vez a pasar semejante experiencia.
Llegan a Tierra del Fuego, o sea el fin del mundo para algunos, sin embargo yo le llamo el principio del mundo; para reflotar un barco alemán de pasajeros llamado “Monte Cervantes”, que se había hundido en el Canal Beagle, el canal que une los dos océanos; el Atlántico y el Pacífico, en el sur de Argentina.
El gobierno argentino quiere reflotarlo, para agregarlo a su flota, pero no consiguen hacerlo, tratando de reflotarlo y encontrándose a 60 metros de profundidad, trabajando dentro del barco, cortando con soplete, porque es especialista es soplete submarino y soldadura submarina y experto en explosivos; tiene que entrar dentro del barco para cortar el mástil y cuando había casi había terminado, después de trabajar 9 horas, el barco comienza ha hundirse, porque le faltaba el sostén del mástil y en esos segundos piensa en volver arriba a buscar los explosivos, porque con este sistema la tarea se hacía mas fácil, así él no tenía que estar dentro del barco. Este ascenso debe hacerse muy despacio, porque había estado muchas horas bajo el agua, trae los explosivos, los coloca y se va arriba, pero los cartuchos no explotan, seguramente era pólvora vencida, baja nuevamente a buscarlos para colocar otros nuevamente, la explosión resultó como esperaba, pero tenía que bajar a verificar si la explosión era como esperaba, todo había salido bien, menos él que tenía que subir lentamente y faltándole 20 metros para llegar a la superficie, siente los efectos de la llamada enfermedad del buzo, que es la falta de oxígeno en la sangre, no pudiendo subir porque lo atacaron fuertes dolores y casi sin vida logra llegar a la superficie, teniendo que pasar 15 horas en la cámara de descompresión y luego a 3 metros de profundidad, haciendo ejercicios. Cuenta que era tan grande el dolor de cabeza, que la apretaba y en sus manos quedaron sus cabellos, logrando gracias a ese ángel, quedar sin ninguna secuela, porque muchas veces sus miembros inferiores quedan paralizados o pierden la vida.
Dentro de ese mismo barco, cuando estaba soldando los remaches, lo aprisionó un pulpo gigante, porque ese era su hábitat, teniendo que regresar para que sus compañeros lo libraran de ese fuerte abrazo, cosa que fue muy difícil, porque tuvieron que cortarlo de a pedazos.
En la ciudad de Caleta Olivia, Provincia de Chubut, siempre en Argentina, cuando estaban colocando la cañería de petróleo, porque él fue el primero en iniciar este trabajo y tratando de nivelar un bloque de cemento de 150 toneladas que cerraba la cañería y como había mucho oleaje, este bloque cayó aprisionando la manguera de oxígeno, en esa época los trajes de buzo no tenían teléfono, solamente podían tirar de una soga, al ver que no subía, baja uno de sus compañeros, logra cortar el resto de la manguera y llevarlo arriba, prácticamente muerto y él recuerda que ve un círculo de colores como un túnel que lo va absorbiendo con un fuerte zumbido, cree que eso es la muerte.
Lo tiran en la playa creyéndolo muerto, y otro compañero no se da por vencido y comienza con los primeros auxilios, a pesar que ya estaba morado por la falta de aire, hasta que consigue revivirlo, otra vez su ángel guardián no lo abandonó, además hay una anécdota; este buzo que lo salvó era un italiano que había estado en la guerra con él trabajando en Italia, así volvieron a verse después de tantos años.
En la ciudad de Puerto Madryn, en la Provincia de Chubut, se encontraba realizando reparaciones en un muelle viejo, teniendo que limpiarlo porque estaba lleno de mejillones y algas y encontró un ayudante, poco convencional, un poco grande, pero muy bueno para limpiar los pilotes del muelle, una hermosa ballena franca, que venía a saludarlo todos los días y ha rascarse los parásitos de su piel, se rascaba con tanta fuerza que en un momento todo quedaba limpio, ahorrándole horas de trabajo y él en recompensa todos los días le traía peces y se los daba en la boca, entonces ella se acercaba a su escafandra, y parecía que le daba un beso y con un canto muy fuerte se alejaba hasta el otro día.
Siempre me dice que fue la experiencia mas hermosa que tuvo en todos los años de trabajo, que ese hermoso e inteligente animal conviviera con él.
Pero también tenía otros amigos que no ayudaban tanto, los lobos marinos, se divertían robándole las herramientas, aunque al rato se las devolvían, acercando sus hocicos a la escafandra como riéndose.
Trabajando en la Usina de Calchines, ubicada en la ciudad de Santa Fé, que proveía de luz a toda la ciudad, tuvo un accidente, el mas grande en toda su historia de buzo.
Estaba cortando con soplete el hierro de las cámaras, para poder entrar a limpiar y ena de las 4 turbinas estaba trabajando, éstas no se pueden parar, porque sino dejan sin luz a toda la ciudad y están trabajando con 3.000 litros de agua por segundo, pueden imaginarse la fuerza que tiene y en un momento dado esta turbina lo absorbió y lo fue llevando hacia adentro; era un caño de 15 metros y en el fondo estaba la turbina trabajando con sus paletas a una velocidad increíble, entonces piensa que ese era su fin y que va a morir cortado en pedazos y esconde las manos atrás, porque si se las corta iba a sufrir mas, mejor era que le cortara la cabeza así no sentía nada, pero ahí otra vez estaba su ángel guardián: encuentra una chapa atascada y logra aferrarse a ella, mientras tanto en la boca del año, en el río, estaban los compañeros en una balsa con flotadores, cuando todo se da vuelta y se dan cuenta que algo grave pasaba adentro y logran avisar que paren la turbina y enciendan otra: así logran sacarlo casi muerto, porque no tenía aire. Logran colocarlo arriba de un bote y comienzan a sacarle el traje y se dan cuenta que tenía el brazo derecho sacado de su lugar, lo tenía casi sobre la espalda, eso fue de tanta fuerza que hizo aferrado a la chapa, para que no lo absorbiera la turbina, esto le provocaba un terrible dolor: y se produce otro mal momento, en el bote en que lo llevaban a la playa, se da vuelta debido a fuerte correntada del río Paraná y para poder llegar tuvieron que nadar, pueden imaginarse el terrible dolor.
Llegan al hospital con tanta mala suerte, que había paro de médicos, un enfermera se compadeció de él, le dio un calmante y le colocó una almohada bajo el brazo hasta que llegara algún médico, a las horas consiguen uno, tienen que dormirlo para colocárselo en su lugar, pero había perdido mucho líquido y tuvo una larga recuperación, que por mucho tiempo no pudo volver a bucear, hasta el día de hoy, ese brazo le duele hasta para afeitarse.
En la Ciudad de Paraná, se construye el primer túnel subfluvial de América que une las ciudades de Paraná y Santa Fé, bajo el caudaloso río Paraná, ésta grandiosa obra fue construida por las empresas Hochtieff, alemana y Vianini, italiana y allí trabajó Enrique Steffens, como contratista teniendo bajo su mando 18 buzos, que sin este equipo de valerosos hombres, esta obra no hubiera sido posible.
Como jefe que era, tenía que hacer la última inspección para la colocación del tubo, tenía que ver que toda la zanja que se había hecho a 30 metros del lecho del río, estuviera limpia. Estaban colocando el tubo Nº 13, son 36 y éste se encuentra justo en la mitad del río, este tubo les tocó 3 meses de arduo trabajo colocarlo, no podían lograrlo, les dio mucho trabajo: que cosa rara no, el Nº 13, no creen Uds que es para pensar?.
Sigo con mi relato, en el momento que está abajo, la pared de arena que servía para contener el tubo cuando llega abajo, se desmorona y lo aplasta esa enorme cantidad de arena, permanece 20 horas bajo el agua, mientras los buzos con paciencia van abriendo un hueco en esa enormidad de arena y consiguen sacarlo, esta vez con mas suerte que en los anteriores accidentes tenía aire, para permanecer tantas horas en esas condiciones, éste fue uno de los grandes accidentes, fue en el año 1968, el año siguiente esta maravillosa obra fue inaugurada y hasta el día de hoy, nos presta un incalculable servicio y se encuentra en perfecto estado de circulación.
44. DESATURÁNDOTE
Hace días, más bien semanas, que le doy vueltas a una idea. Al principio pensé que me había aburrido de los mismos peces y empezaba a distraerme con la idea de acariciarte. Al final, me di cuenta de que tus ojos tras la máscara me producían un escalofrío que recorría toda mi espina dorsal, desde donde acaba la botella, hasta donde la primera me toca el cogote. Aquella debilidad, terminó por erosionarse y ahí estás, enquistado aquí dentro, dentro de mi cabeza, dentro de mi corazón, en cada tejido, como las burbujas de nitrógeno. ¿Será que puedo intentar sacarte haciendo deco? Podría hacer que una corriente de burbujas de N2 arrastraran todas las imágenes que en mi mente tengo de ti, desaturar mis tejidos de tu presencia haciendo una larga descompresión, como si hubiera bajado a 60 metros, allí donde solo hay silencio y todo es…absolutamente azul. Me quedaría el tiempo suficiente para tener que hacer una parada a 9, otra a 6…
En el primer ascenso lograría fácilmente deshacerme de tacto de tu piel. Con el primer glup olvidaría el roce de tu brazo en mi cintura al saludarme; con el segundo, el roce de mi brazo en tu cuello al saludarte; con el tercero, el roce de tu mejilla en la mía al darme un beso; con el cuarto… empezaría a entrarme frío… Todo sigue azul y en silencio pero ahora tu piel ya no está enquistada en mi pensamiento.
Al llegar a la primera parada, puedo concentrar cada minuto en olvidar tu olor, diluyendo en el agua salada los aromas y deseos que me provoca tu cercanía, el sabor dulce de besar tu cuello, el aromaterapia de abrazarte…
En la segunda parada me empeñaría en borrar el recuerdo de tus ojos, olvidaría el color miel de tu mirada y la luz envolvente del iris, el aro mágico en el que me gusta verme reflejado, a la vez que percibo el contraste de colores con tu piel… y con tu pelo…y lo que me dicen tus ojos cada vez que hablas… ¡Ay! Había olvidado olvidarme de tu voz… Silencio en los fondos… olvidado.
Al llegar a los 3 metros, en mis tejidos no quedaría ni rastro de ti, habría dejado en el camino cuantas burbujas de nitrógeno fueran necesarias para contener cada poro de tu piel. Estaría a salvo, habría conseguido desprenderme de todo cuanto de ti me absorbe… Ascendería a la superficie convencido de la total desaturación hasta que me volviera para mirarte soltando el regulador y entonces cayera en la cuenta de que no había recordado olvidarme de tu sonrisa…
miércoles, 9 de septiembre de 2009
43. EL GASTERÓPODO QUE ENLOQUECIÓ AL SUR DE CHILE
Al llegar el alba empezábamos a preparar el equipo para irnos a la mar, en ese entonces trabajaba en Estaquilla de buzo mariscador, año 1988, a 85 kilómetros de los Muermos al sur de Chile. Cuando estaba lista nuestra embarcación “la Desolada” subía mi asistente el Chamaco, el que tomaba todo su tiempo para subir sus arqueadas piernas, era fanático del fútbol, estando en tierra pasaba gran parte del día haciendo piruetas con el balón, soñaba con ser un jugador profesional, tanto que mientras dormía pateaba la pelota, su conversación era fútbol, fútbol y mas fútbol. Él se encargaba de atender la manguera que me proveía de aire, usábamos un lenguaje especial con la famosa manguera, mientras estaba en el fondo del mar, dependía de toques ya sea para que me diera mas alargue, bajar y subir malla con mercadería. Fuera del esencial aire que me proveía la manguera, a veces también fumaba por ella, porque el muy malvado Chamaco solía ponerme un pucho para que aspire el humito, según él lo hacía para que no salga tan rápido a descansar o más bien a fumar mi cigarrillo, bueno su deber era atenderme, estar siempre atento a todos mis toques.
Luego subía el Caico un viejito de sesenta años, de largos bigotes encorvados como un Dalí, aficionado a la rayuela corta, tomaba su aperitivo y su bajativo, él se encargaba del rancho, porque le fascinaba la cocina y además estaba encargado de los remos, luego subía el Tabo quien era el otro buzo, tan joven como yo y su asistente el Pichi, este loquillo estaba jodido de la vejiga, orinaba a cada rato, según él estaba pasado de frío, vivía diciendo: “tengo que hacer pichí, ¡no aguanto más!, ¡no aguanto más!”, en la proa de la “Desolada” mantenía un tremendo tarro o sea su propio urinario, el último en subir era don Javier o sea yo, el líder, patrón de la embarcación.
Desde luego, después de encomendarme a San Pedro y a todos los santos para que nos vaya bien, el Tabo y yo viajábamos al fondo del maravilloso mundo submarino, era nuestra pega. Allá nos esperaban los lobos marinos y todo tipo de peces. Te confieso que más de una loba me dio un tarascón, era un aviso para que me aleje de sus crías, en cambio los lobos viejos se acercaban y me miraban con una cara espantosa, al verme como una rara especie de pez en su territorio, ¡Ay diosito!, si a veces me daba susto, luego giraban y volvían como invitándote a jugar, una vez acostumbrados a mi presencia y más tarde me ignoraban; en cambio, los peces te miraban a cierta distancia y partían acelerados por la corriente submarina enturbiando el agua que dejaba de ser verde oscura hasta sosegarse nuevamente.
¿Sabes como es el fondo submarino? –te cuento, es con rocas de diferentes tamaños y a ellas están adosados los locos, ahí no hay algas, éstas están en la orilla a poca profundidad donde pueden captar la luz solar, ahí es hermoso, un verdadero parque acuático, hay todo tipo de algas, algunas son tan largas y su follaje inmenso que parecen verdaderos árboles, ondulantes al son de la corriente o las olas, en las rocas hay lapas y choritos adosados, almejas, corales, estrellas de mar, etc.
Bien, cierto día salimos a trabajar como era nuestra rutina, fijábamos un lugar y nos dirigíamos a él, esta vez fuimos a un lugar que conocía por mis años de mariscador, a tres y media hora de distancia de la caleta de Parga. En ese lugar había un inmenso fundo y un solo habitante que era el cuidador, cada vez que pasaba por ahí le llevaba mariscos, jaibas y locos, el viejo se sentía feliz porque no veía gente muy a menudo, enseguida me atendía con mate y tortillas de rescoldo.
En fin, estábamos a una hora del fundo (en la mar calculamos la distancia por hora) y bueno, empezamos a laborar de inmediato, te cuento que había una increíble abundancia de locos y como siempre la apuesta era cual de los dos buzos sacaba más, es típico hacer competencia y hacer gracia a nuestro asistente que arriba van a todo grito ¡viene otra! , ¡Subo otra!, llevo tantas, etc., encontré una pared rocosa llena de locos, con el gancho principié a echarlos a fondo, juntando una gran cantidad, seguidamente toqué la manguera para que me mande mallas… mallas bajaban y mallas subían sin duda iba ganando, mas allá distante estaba el Tabo , el salvaje llenaba una enorme malla, la sube y su asistente no pudo subirla a la “Desolada” así que mi asistente fue a cooperarle, antes, larga harta manguera para que no me enrede y pueda trabajar libre, al acudir en su ayuda iba hacia la proa, sin darse cuenta pasa a cerrar la válvula del aire, mi aire ¿entiendes? y al quedar sir aire, obvio, no podía respirar, estaba desesperado, imagínate quedar sin aire, eternos segundos sin respiración, tiraba y tiraba la manguera y no había nadie que atendiera mi llamado, mi asistente no respondía.
Mientras yo estaba asfixiándome, medio enloquecido, la mascarilla apretaba mi cara, me chupaba, el regulador no tenía aire, yo chupaba y chupaba el fierro, estaba completamente indignado, era tal mi desesperación e impotencia que opté por sacarme la mascarilla y botar el regulador.
Me moría, se me iba la vida, traté de soltar la malla con locos atada a mi cintura, no pude y los segundos transcurrían, maldita malla era como un ancla que me sostenía pegado al fondo.
El otro buzo estaba distante, no me veía, hubiese compartido su aire.
La mente es tan rápida que mi único pensamiento era: voy a morir, una y otra vez me repetía: cagó mi vida, cagó mi vida, pues al estar sin aire tragaba y tragaba agua salada, sentía como ésta entraba heladita a mis pulmones, botaba y tragaba. Así mis pensamientos pasaban velozmente, llegó la hora, sí… era mi fin, me moría año 1988 junio 21 y me preguntaba ¿Por qué me pasa esto a mí? ¿Quién se preocuparía de mi cadáver? ¿Quién iría a buscarme? Si estaba tan distante de Valdivia, mi ciudad natal.
Entonces me aseguré de que me sacaran de la mar aunque sea muerto, actuando rápidamente sin pensarlo dos veces, cada segundo que pasaba jugaba en mi contra, no era momento de meditaciones, porque en unos segundos mis pulmones se reventarían, no soportarían más… era horrenda esta situación, no se lo doy ni a mi peor enemigo, tragar agua y respirar agua salada. Realmente no tengo palabras para describirte ese aterrador momento, es un dolor inmenso. Sabes, solo el mar percibía mis agónicos lamentos, hasta mi último estertor.
Continuando mi relato, recogí el máximo de manguera la até a mi mano izquierda y subí lo que más pude con la pesada malla de locos a la siga, no llegaba nunca, agotado ya, sin fuerzas, hice mi último esfuerzo, subí otro poco y advertí algunos claros, supongo a unos diez metros de profundidad.
Con mi fortaleza debilitada totalmente me dije: de aquí por lo menos me sacaran muertito, atado a mi mano…borrándoseme completamente la película, no supe más de mí.
Arriba en la “Desolada” mi asistente pensó que la manguera se había enredado y empezó a tirarla y tirarla, con espanto se dio cuenta que la manguera no estaba enredada, la cosa era más grave, llamaron al Tabo el otro buzo, volvieron a tirar y asomó mi cuerpo mostrando mis ojos blancos desorbitados, te diré que se cagaron de puro miedo al verme en ese estado, luego me subieron al bote y mi cuerpo no reaccionaba, los cuatro se pusieron a llorar como niños al ver que me salía sangre por todos lados, es decir, por la boca narices y oídos.
Definitivamente me dieron por muerto, si hasta se persignaron ante mi cadáver, se entiende que ya no podían hacer nada por mí, solo llorar y llorar, mi asistente el Chamaco era el que más me sentía, decía: se murió mi patroncito Javier, ¡noooo! Dios mío no te lleves mi patroncito e imploraba arrodillado junto a mi cadáver, porque yo estaba totalmente fallecido, mi cuerpo solo botaba sangre sin ninguna otra reacción.
Mis compañeros fuera de llorar lamentando mi muerte, también lloraban por ellos, muy asustados porque no tenían permiso y en el tete que se habían metido. Así que por decisión unánime decidieron deshacerse del muertito, la opción que tomaron fue llevarme al fundo.
Se fueron soplados a la caleta donde mi amigo, distante a un kilómetro, él divisó a la “Desolada” que venía a una velocidad inusual, al instante se imaginó que algo andaba mal, porque una embarcación siempre atraca suavecita a la caleta y esta pasó soplada por la arena, mi amigo miraba y no me veía, asustado corrió a recibirnos a ver que pasaba, al ver mi cadáver ordenó que me sacaran inmediatamente del bote y me tiraran en el pasto, tomó un cuchillo y cortó mí traje de arriba hacia abajo en un solo tajo. Inmediatamente empezaron a darme resucitación boca a boca, me apretaban el estómago para que bote agua, sobaban mis piernas, así todos me daban resucitación uno tras otro.
Mientras tanto, yo era un muertito feliz, viajaba en una nube gris aferrado de mis manos, en un calorcito muy agradable sintiendo una inmensa felicidad, avanzaba en una placidez infinita sin cuerpo, no lo veía porque yo era solo un pensamiento, un espíritu, eso sí… sentía mis pies helados y un pequeño dolor. Mas avanzaba suavemente en esa cálida nube y eso me fascinaba. Era un lugar tan lindo que nunca había visto, asombrado me adentraba en una profunda paz con mi corazón gozoso lleno de felicidad, sin preocupación alguna, porque no pensaba en nada, ni en familia, ni nada material, solo deseaba seguir en ese lugar sublime hacia una claridad.
Mientras mis compañeros me aplicaban diversos tipos de resucitación, trataban de hacerme revivir, luego empecé a sentir dolor en mis piernas, y todo mi cuerpo completamente adolorido, voy abriendo mis ojos y lo primero que veo es a Chamaco besándome una y otra vez, como un travesti. Al ver que despertaba empezó a saltar como loco, en su puta vida lo había visto tan feliz, también el Caico, bailaban de puro contentos y volvían a besarme, sin duda todos se habían aprovechado de mí y seguían sobando mis piernas, enseguida sentí un gran dolor en el pecho donde me aplastaban tanto.
Luego empecé a respirar cortito, muy cortito, todo mi flaco cuerpo adolorido, después me pusieron de pie bien afirmado, porque mis piernas no sostenían mi esqueleto, empecé a botar un chorro continuo de agua salada.
Los cuatro estaban felices porque había vuelto, revivido. Como era el líder, el patroncito, pedí un cigarrillo, de inmediato el Tabo encendió uno y lo puso en mi boca, aunque no podía aspirar, igual le hacía empeño, con mis pulmones llenos de agua.
Luego todo mi cuerpo se afiebró, me acostaron y me dieron mate con hierba buena y otros machitunes porque tenía mucha sed, tanta que ahora me hubiera tomado un río, después dormí. En la tarde me levanté aunque ellos no querían, pero yo aún mandaba porque seguía siendo el patrón de la “Desolada”, así que me levanté muy enojado, pensaban que era por lo que me había pasado, el descuido de mi asistente por su ineficiencia.
No… salí disgustado conmigo mismo, caminando por la playa, fumando un cigarrillo, reflexionando si quedaría con alguna secuela del mal de presión y que después del sufrimiento…era bonita la muerte.
Miraba hacia el cielo, tratando de identificar aquel paraíso.
Malditos ¿porque me sacaron de mi nube?.
42. UNA MAÑANA ESTUPENDA
-“¡Una mañana estupenda!”- pensó Dardáno entusiasmado mientras observaba como la corriente le acercaba decenas de miles de pequeños bocados directamente a sus manos sin tener que hacer el mínimo esfuerzo por alcanzarlos. El Sol traspasaba limpiamente la ondulante superficie calentando la arena cinco metros más abajo, una suave corriente hacia rodar por el fondo hacia él todo tipo de suculentos manjares mientras descansaba su pequeña caracola cómodamente apoyado sobre una joven alga mecida por el oleaje.
Y es que, de vez en cuando, las corrientes de la mañana venían cargadas de maravillosos presentes y Dardáno no había tardado mucho en descubrir esta posición estratégica en que, sin alejarse mucho de la roca y junto a la agrupación de algas, interceptaba sin el menor esfuerzo todo lo que la buena Mar empujaba por el fondo.
Observó su silueta recortada sobre la arena y reparó en lo vergonzosamente grande que parecía su cabeza comparada a la caracola. Recordó las burlas de Rósor, su compañero de roca, con una mezcla de rubor y añoranza –“Sigue comiendo así y pronto se te comerán a ti”- la voz del viejo Rósor resonó en su cabeza tan clara como si estuviese a su lado. Incluso con la melodía burlesca que le imprimía en cada palabra de modo que sonara entre refrán, cantinela y regañina como sólo un viejo cangrejo es capaz de recitar. –“Tampoco me va tan pequeña la caracola”- se mintió recordando además lo mucho que le había costado decorarla con esas algas marrones y un par de minúsculas bellotas de mar que no querían fijarse ni a la de tres.
Un destello dorado llamó su atención y esfumó la voz de su desaparecido compañero al instante. Dardáno alzó la vista y localizó rápidamente su origen al tiempo que la ilusión le embargaba -“¡La cosa amarilla!”-.
Un enorme pedazo de esponjosa, deliciosa y exótica cosa amarilla acababa de tocar fondo y ahora era empujada por la corriente directamente hacia él. Pocas habían sido las ocasiones en las que Dardáno había tenido la suerte de alimentarse de tan extraordinario manjar. Incluso Rósor, mucho más viejo que él, podía contar con sus seis manos las ocasiones en que había visto cosa amarilla caer al fondo. –“No deberías comerte eso Dardáno, ¡no es de este mundo! Y además trae mala suerte”- le dijo en las dos ocasiones en que hubo cosa amarilla cerca de la roca y de eso hacía tanto tiempo ya.
La cosa amarilla era muy esponjosa, tremendamente fácil de desmenuzar y tragar, su textura asemejaba la del coral formándose, con su enmarañado entramado de fibras blanquecinas, y presentaba en un extremo una parte de acartonado material amarillento algo más resistente que era lo que a él más le gustaba. La cosa amarilla rodaba perezosamente hacia él desviándose ligeramente a la izquierda. Dardáno movía nerviosamente las manos tan ansioso que sobresalía de la caracola más de lo que la decencia permite. Pero un temor crecía en él en forma de opresión en el estomago la cosa amarilla rodaba hacia un repecho de arena, un pequeña cuesta, y el temor se convirtió en angustiada decepción cuando vio como la cosa amarilla, demasiado pesada e irregular para superar el desnivel con la suave corriente quedó atorada y dejo de avanzar para limitarse a bascular intermitentemente a un par de metros de su posición. –“¡No!”- gritó y golpeo con furia la arena.
Pocas, muy pocas eran las veces que Dardáno se había aventurado en arenales a más de dos o tres palmos del abrigo de una roca o una buena cubierta de algas –“Cuando tengas tu cuarta o quinta concha podrás aventurarte en los arenales Dardáno”- le dijo Rósor el día de su primer cambio de concha, esta misma que todavía llevaba y a la que tanto aprecio tenía sobre todo ahora que ya casi no sentía su peso y se movía con facilidad. Pero él sabía que un alimento tan maravilloso no estaría ahí por mucho tiempo ¡y menos aún si continuaba meciéndose tan sugerentemente!. Se armó de valor dio un buen vistazo a los alrededores tratando de controlar su impaciencia, fijó su vista en la cosa amarilla y por fin se lanzó directo a por ella a buen ritmo.
Apenas había avanzado tres o cuatro palmos cuando el Sol se ocultó y al dejar de bañar su espalda un escalofrío recorrió su cuerpo. Dardáno respiraba agitadamente y su corazón batía con fuerza en una mezcla de pánico y excitación cada vez más cerca del maravilloso trofeo. De pronto un burbujeante estallido resonó por todo el arenal y se le heló la sangre. El atronador sonido, completamente nuevo para él, activó su instinto y un espasmo le encogió rápidamente, horrorizado Dardáno se dio cuenta que ya no cabía en la caracola y gran parte de su cabeza y sus seis brazos por completo asomaban peligrosamente fuera. Luchó desesperadamente con la arena por empujarse dentro justo cuando un nuevo estallido rompió sobre el arenal y vio por el rabillo del ojo como algo gigantesco se abalanzaba sobre él paralizándole de terror.
La criatura era titánica, su piel oscura como la noche, manchada de un amarillo chillón e intenso aquí y allá con dos grandes aletas detrás. Dardáno, inmovilizado por el pánico, no podía hacer más que contener la respiración mientras observaba a la enorme criatura descender con sus maléficos ojos clavados en él mientras en su cabeza resonaba la cantinela “Sigue comiendo así y pronto se te comerán a ti”.
La criatura extendió un horrendo tentáculo agarrando su concha y le alzó dirigiéndolo hacia su boca. Dardáno casi pierde el conocimiento al sentir la ingravidez sobre su cuerpo por primera vez al tiempo que era consciente que le iban a devorar con caracola y todo. Pero justo cuando le tenía a la altura de los ojos la criatura se detuvo –“¡Hazte el muerto!”- pensó e hizo un tremendo esfuerzo por intentar relajar sus expuestos brazos para dejarlos caer del modo menos apetitoso posible mientras rezaba por que el titán no fuese carroñero. Tras unos largos segundos, justo cuando una minúscula esperanza de supervivencia nacía en su corazón, la criatura detonó de nuevo y al atronador sonido acompañó una tormenta de burbujas que surgían de su horrible boca y huían volando. El estruendo sobresaltó a Dardáno que no pudo evitar que sus manos diesen un respingo –“Ahora ya sabe que estás vivo idiota ¡despídete!”- pero con horror contempló que la realidad era mucho peor y otra gigantesca criatura, aún mayor que la primera apareció del azul.
Esta era tan oscura como la primera, sin manchas amarillas pero con unas llamativas aletas verdes en su cola. Al llegar resopló una tormenta de burbujas y Dardáno comprendió que ese era su atronador lenguaje. De repente la primera criatura levantó otro tentáculo y amenazó a la de aletas verdes y luego a él, a lo que la otra respondió asomando otros dos tentáculos haciendo una exhibición de fortaleza y pericia en la lucha –“Están disputándose la comida”- concluyó Dardáno y esa verdad sólo acabó de vencer su ánimo y se abandonó por completo al horrible destino.
Vio como la criatura de aletas verdes, a pesar de exhalar tormentas de burbujas menores, parecía claro vencedor ya que era de mayor tamaño y movía sus tentáculos con más habilidad y mayor repertorio de movimientos de lucha. La de manchas amarillas sólo mostraba su tentáculo libre enroscándolo en su extremo formando un círculo que resultaba poco amenazante.
Dárdano confirmó su terrible sospecha cuando vio que la moteada le ofrecía en bandeja su captura a la de aletas verdes
–“Se acabó… ¡ay! Rósor si te hubiese escuchado más!”- se lamentó.
De repente el vértigo se volvió a cebar en sus entrañas mientras le descendían a toda velocidad hacia el suelo. Hubo un par de estallidos más y la arena del fondo se levantó en un caótico remolino ante los movimientos de las dos poderosas criaturas, al fin todo quedó en calma y Dardáno quedó tendido en el arenal, agotado, vencido. Esperó por unos instantes el golpe de gracia que nunca llegó y sólo cuando le llegó el sonido de más estruendos en la lejanía comprendió que había escapado de algún modo –“¿Quizá los remolinos de arena les han confundido?”- miró a su alrededor atónito, a lo lejos vio su roca, a su izquierda el arenal desértico se perdía en el azul y a su derecha –“¡La cosa amarilla!”- dio dos pasos y la recogió entre sus manos, sostuvo su deliciosa esponjosidad, su apetitosa corteza… y la dejó caer.
Se alejó en dirección a la roca todavía desconcertado con una sola cosa clara en la mente –“Rósor tenía razón… la cosa amarilla ¡trae mala suerte!”-
-Fin-
41. EL UMBRAL
No entendía qué estaba sucediendo, las imágenes le llegaban borrosas, como flashes, por la profundidad en que se encontraba. Creyó ver rostros desesperados en la superficie, brazos que le hacían señas de que volviera, mientras el mar movía el barco con una furia descomunal, pero ante él, estaban las puertas de aquel mundo maravilloso que había buscado por tanto tiempo, y al fin encontró…¿ Es que acaso nadie más lo veía? Estaba a salvo de la furia del mar, a punto de entrar en su paraíso. Una tibia corriente lo halaba…Mientras, en la superficie, continuaba la tragedia…
Más imágenes, más flashes…Se vio ahora sentado en su mesita de noche, pequeña y modesta, con pobre iluminación, solo como siempre estaba en aquel cuartucho que era su morada, escribiendo un cuento para presentarlo en algún concurso. Era un eterno soñador, su gran ilusión siempre fue convertirse en un escritor famoso. Podía tejer una historia de los sucesos más insignificantes, de los objetos más sencillos, de una hormiga tratando de llevar un terrón de azúcar a su escondite, o una hoja cayendo de la copa de un árbol con el cambio de estación, o una cuchara vieja que alguien tiró al latón de basura...O de un mundo encantado que le pertenecía sólo a él, un mundo que soñó una vez y había estado buscando desde entonces, y esta idea era su refugio si quería escapar del suyo propio. Cuando comenzaba a escribir, no tenía para cuando acabar, era como un interruptor que se activaba y las palabras brotaban a chorros sobre el papel.
Sí, ser escritor era su sueño dorado, pero también había que comer, y hacerse famoso no era cosa de dos días. Así que dejó a un lado sus escritos, al menos por un tiempo, y comenzó como aprendiz de buzo. Su tío, hermano de su difunta madre, había sido buzo por casi veinte años. Recordaba que de pequeño su tío lo llevaba con él a bucear, a pulmón, como decía, cosa que disfrutaba mucho. El muchacho, como el tío lo llamaba, era muy buen nadador, así que lo tomó bajo su cargo, para enseñarle el oficio. Sentía lástima por él, se había quedado solo en esta vida en una edad en que el resto de los jóvenes descubrían las fiestas y los placeres del amor, pero el muchacho era valiente y estaba lleno de sueños, y no se amilanaba ante los retos. Ahora debía aprender a bucear con equipo, que requería un nivel de preparación mayor, pues los buzos profesionales debían trabajar a profundidades de más de 100 metros, y era indispensable seguir las medidas de seguridad. Más adelante, si se decidía por la carrera de buzo, debería tener un entrenamiento específico, de años de escuela y dedicación. Como buzo podría elegir entre el buceo técnico, que incluye el científico, comercial o industrial, naval y policial, y el buceo militar, aunque este último no le atraía mucho. Esa decisión, sin embargo, significaría abandonar su carrera de escritor, sus sueños...
Delante de sus ojos pasó ahora la primera vez que estuvo en las profundidades. Había ido con su tío a hacer un estudio de un arrecife de corales que estaba muriendo y querían determinar las causas. El equipo de buceo era bastante pesado, el doble de su propio peso, y consistía en chaleco compensador para lograr una flotabilidad neutra bajo el agua; las aletas para el desplazamiento; el regulador para el oxígeno y gases que están en el tanque, y que posibilita la respiración; así como el snorkel y la máscara de buceo para ver debajo del agua. Le gustó verse usando el traje isotérmico, le recordaba a uno de los héroes de las películas viejas que veía su madre, salvando a su amada de un naufragio en barco. Cierto era que el traje ayuda a mantener la temperatura corporal en las profundidades, sólo que para él tenía un matiz más romántico. Antes de sumergirse, su tío le había dicho que tenía que dejar salir un poco de aire para tener una mejor visibilidad tras la careta, y como principiante al fin, poco faltó para que quedara sin oxígeno en el balón. Su tío tuvo que pedir ayuda a la superficie por medio de un mini teléfono que tenía para este fin. Salvo este incidente, la jornada transcurrió sin más percances, y pudieron finalmente determinar que el arrecife estaba muriendo por el encalle y anclaje indiscriminado de los botes de los pescadores locales.
Esa primera experiencia fue como una bomba detonadora para él, esa sensación de soledad y de estar indefenso a merced de la naturaleza fue el primer gusto de una droga que se volvió adicción para el muchacho. Sólo allí podía uno ver cuán magnífica es la madre natura en toda su extensión, y cuán dependiente de ella el hombre, a pesar de todo su avance tecnológico, sus viajes a la Luna, sus súper aviones y sus bombas de exterminio masivo. Allí, en el fondo del mar, olvidaba que estaba solo, que no podía seguir sus sueños; se olvidaba del cuartucho con pobre iluminación y las frustraciones de su vida. Cuando bajaba a las profundidades, era como si traspasara la frontera de un mundo maravilloso, mágico, vedado para el hombre, en el que corría el riesgo de ser descubierto y expulsado, pero era un riesgo que valía la pena correr. Se le antojó que este era el mundo que había estado buscando desde siempre, al que sólo él podría tener acceso, en el que encontraría refugio y consuelo, donde no existía el dolor ni las frustraciones…
Con su tío aprendió muchísimo del trabajo de los buzos, y el mar pasó a ser su tema favorito. Siendo aún aprendiz, ya había trabajado en la inspección y mantenimiento de barcos, el estudio de hábitats marinos, la pesca submarina, recogida de algas y otras muestras… Esas eran tareas sencillas, sabía que su tío había trabajado en cosas más difíciles como construcción submarina, reparaciones en presas y pantanos, y salvamento de buques y embarcaciones. Una vez, filmó para un programa de televisión la reproducción de un pez dorado muy raro, y del que sólo quedaban unos pocos ejemplares de su especie en el mundo; en otra ocasión, le tocó buscar evidencias de un crimen en el fondo de un lago, e inspeccionar cascos de buques para la detección de drogas. Era un trabajo increíblemente emocionante, con cosas nuevas cada día, justo lo que una mente fértil como la suya necesitaba para no atrofiarse.
Lo único que no le gustaba de ser buzo eran los constantes chequeos médicos a los que había que someterse; era una profesión que exigía mucho esfuerzo físico e implicaba gran presión, y a cada rato su tío debía ver al médico para un chequeo general. De hecho, se lo exigían como parte de su trabajo. La verdad que los médicos son un fastidio, pero no dejaba de reconocer que eran necesarios, su tío siempre se estaba quejando de dolores en las articulaciones y la espalda.
Otro flash... Su tío diciéndole que les habían asignado una misión, debían rastrear un submarino que se había perdido en las profundidades del océano. Era una tarea peligrosa, la región era muy inestable, había un microclima, que cambiaba continuamente sin previo aviso, y podían correr el riesgo de que los azotara un mal tiempo estando en lo profundo del mar.
Llegaron al lugar donde se recibieron las últimas señales del submarino, un área con muchas algas, y poca visibilidad. El muchacho se puso el traje de buzo y se aprestó a seguir las instrucciones de su tío, pero para su sorpresa, éste le impidió descender. “Esta vez te quedas arriba, muchacho”, le dijo, “la zona es peligrosa y no quiero que haya ningún tipo de accidente. Yo voy a bajar con Pedro, tú y Esteban se quedan a cargo del barco. ¿Entendido?”
Era la primera vez que su tío le impedía descender, lo tomó por sorpresa. Intentó protestar pero el hombre le cortó con tono enérgico, y cuando su tío hablaba no había quien lo contradijera. A regañadientes, asintió.
Los dos buzos se sumergieron en el mar y pronto se perdieron de vista. El sol estaba radiante en el cielo, y las olas mecían el barco con un ritmo continuo y apacible. El muchacho estaba fastidiado y aburrido, perdiéndose toda la emoción de las profundidades. Se inclinaba por la borda hasta tocar el agua con la punta de los dedos., mientras Esteban recogía unos metros de soga que quedaron en cubierta.
Un destello que vino de las profundidades llamó su atención. No podía ver con claridad qué era, estaba muy profundo y las algas lo hacían aún más difícil. Sintió una fuerza que lo halaba, y un deseo irresistible de sumergirse. No podía quedarse allí, después de todo, el mar era su droga, y un drogadicto no puede resistirse fácilmente a la tentación. Si el miedo de su tío era el clima, no había de qué preocuparse, porque el sol brillaba radiante, y nunca había visto las olas más calmadas. Esteban seguía entretenido, así que no se percató cuando el muchacho se puso el equipo de buzo y suavemente se sumergió en el mar.
Los temores del tío eran bien fundados, pronto el clima comenzó a cambiar. El cielo se puso gris y las olas iban tomando impulso paulatinamente. Los buzos habían encontrado el submarino, y subieron a la superficie ante la amenaza del mal tiempo. Las olas los habían alejado a unos kilómetros del lugar donde estaba anclado el barco. Rápidamente Esteban puso en marcha el motor y fue a su encuentro. Ya en el bote, les ayudó a quitarse las máscaras y el tanque de oxígeno. Apenas podían hablar porque estaban sofocados, el tanque se les había acabado hacía unos instantes.
Fue entonces que todos se percataron de la ausencia del muchacho.
Mientras tanto, el muchacho había encontrado lo que llamó su atención, con no poco asombro. Ante él, salidas de la nada, unas puertas se alzaban imponentes en el fondo del mar, cubiertas por las algas. Se vio a sí mismo en el umbral, ante ellas, dudoso. Quería saber qué había detrás de aquellas puertas magníficas, pero tenía miedo de lo que pudiera encontrar. Miró hacia la superficie, el mar parecía agitado allá arriba. Veía imágenes borrosas del barco, meciéndose violentamente al compás de las olas, y lo que él creyó eran su tío y los otros dos buzos, que parecían hacer señales desesperadas…
Realmente estaba muy profundo en aquel lugar. Dudó. Su tío debía estar preocupado por él. Quizás era mejor volver…
Cambió de parecer al instante, cuando las puertas se abrieron ante él, y una corriente tibia lo invitó suavemente hacia el interior del lugar. Quizás no fuera mala idea sólo echar un vistazo, y después volvería con su tío, quien de seguro lo regañaría por no obedecerlo. Debía tomar una decisión…
Decidió traspasar el umbral.
Dejó de ver flashes. Ahora, tuvo una visión completamente distinta. Justo ante él, estaba su mundo mágico, el que él se había inventado, que había buscado por tanto tiempo, y al que sólo él podía entrar. El lugar estaba inundado de las más variadas especies de flores, y lo más maravilloso era que ninguna se marchitaba, en el instante en que un pétalo caía al suelo otro brotaba en su lugar. Había muchos colores, como brochazos al azar. Y cascadas, con el agua más cristalina que haya visto jamás. Aquí sí podría soñar despierto, dejar volar su imaginación y descubrir la inspiración que necesitaba para escribir. Descubrió que podía respirar sin el balón de oxígeno, que no necesitaba la careta para ver con claridad, y que ya no hacía frío. Sintió que lo inundaba una ola de placer indescriptible, se sintió en paz consigo mismo, y su mente desechó la idea de alguna vez abandonar aquel lugar. Se sintió feliz.
Tras él, las puertas se cerraron. Atrás, quedó el umbral…
Mientras tanto arriba, en la superficie, se habían dado por vencidos…

