martes, 27 de octubre de 2009

71. MIS EXPERIENCIAS DE UN BUCEO RESPONSABLE

Quisiera poder relatar brevemente mis experiencias de 3 décadas de buceo, pero no va a ser posible sintetizarlo sencillamente en una pocas palabras que mi hijo entendiera ahora que quiere ser otro submarinista responsable. Sirva este escrito a modo de relato de mi experiencia. Mas me faltará por decir que lo que te diré.

I - GENERALIDADES DEL MAR COMO RECURSO TURISTICO
Muchas son las personas que disfrutan con el contacto o la cercanía del mar. Para ello puede haber una serie de razones, como son los múltiples deportes náuticos, la limpieza del ambiente marino, la curiosidad por un medio poco conocido, la posibilidad de desprenderse de la monotonía diaria, incluso de la ropa convencional.
Quizás el hombre moderno se acerca al mar con una idea preconcebida, un poco sugestionado por el hecho de ir hacia la porción del planeta donde aún son valiosas sus aptitudes naturales y donde son menos útiles las adquiridas. En alguna proporción, el mar puede liberarlo de la aglomeración, de la dictadura del reloj, de la comida usual, lo cual se ajusta plenamente a la mentalidad del vacacionista y del “lobo de mar voluntario”. Tal vez todo ello no sea más que una reafirmación de la tendencia ancestral del hombre hacia las costas (thalassoatracción) e indicaría que no sólo lo impulsaron factores económicos y ecológicos. El mar es distinto y bello.
J.Y. Cousteau descubrió la manera de bucear placenteramente en los jardines submarinos, cuando inventó el aqulung hacia mediados del siglo pasado. Entonces le llamó “El Mundo del Silencio” y hasta su mudez era atractiva. Hoy, luego de haber nadado en esos jardines de vida, cuando me sumerjo en los cementerios que han venido a ser, no tengo palabras para describir la repulsión que me causa la vaciedad y el silencio a mi alrededor. El silencio de una muerte amordazada que va extendiéndose por los fondos marinos.

II - GRANDES PROBLEMAS AMBIENTALES EN RELACION CON EL MAR.
En el mar están ocurriendo a la vez una serie de fenómenos, que determinan una pérdida genealizada de su fertilidad y productividad, su calentamiento, la acidificación de las aguas, la declinación en su calcificación, la muerte masiva de corales y peces, etc. Con respecto a ello, se está generando una abundante bibliografia académica y la prensa lo aborda, al menos marginalmente, casi a diario. En este relato solo te mencionaré los problemas someramente, porque nuestro objetivo es pasar a un reflexión y una propuesta.
El incremento de la concentración de dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera, documentado por expertos en cambio climático mayormente agrupados en el IPCC (International Panel on Climate Change), implica directamente el calentamiento de las capas fluidas (atmósfera y océano) mediante el efecto invernadero e indirectamente la acidificación de las aguas por un equilibrio químico complejo. Por ello, en el mar no quedarán suficientes iones de carbono para que los corales crezcan, pues no podrán formar su esqueleto de carbonato de calcio (CO3Ca). Eso no se frenará de inmediato dado que los actuales patrones de consumo de carbón, petróleo y gas, según está pronosticando la Agencia Internacional de Energía (AIE), incrementarán las emisiones de CO2 en un 57 % para 2030.
La mayor temperatura del agua ha provocado daños importantes y bien registrados a la Gran Barrera arrecifal australiana y a los corales del Caribe, con amplias mortandades documentadas en los ultimos años.
Esta película de horror, podría terminar en la destrucción total de los arrecifes de coral, cuando la acidez, enfermedades provocadas por el stress (blanqueamiento de coral) y otros factores derivados de los cambios antrópicos y del industrialismo, impidan la formación de sus enormes estructuras calacáreas.
Los arrecifes son el complejo de organismos vivientes más grandes del planeta, por su masa visibles desde el espacio. Su importancia biológica y económica es indescriptible. Ocupan menos del 1% de la superficie océanica , mas albergan el 25-33 % de las especies marinas.
Otro ejemplo de los problemas ambientales en el mar es la creación de áreas con escasez de oxígeno o zonas muertas. Muy pocos puede vivir allí. Esto ya está ocurriendo en el Mar Negro y el Golfo de México.
Los gobiernos y los políticos deben actuar ahora, aunque existan dudas de las causas y consecuencias de esto que antes te describía. Ellos asumen posiciones de líderes para enfrentar los problemas, no para viajar por el mundo en cumbres y tomarse fotos familiares.
Se produce hoy una situación que en algo recuerda la Europa previa a la II Guerra Mundial. Los políticos creían estar ganando tiempo, y la maldad se hizo de todo el poder. Si los llamados líderes, no toman riesgos para evitar una catástrofe y esta se hace presente, lo único que podrán hacer es mandar el ejército a que restañe algunas heridas y abra otras. Hay que tomar medidas ahora para reducir de inmediato y sustancialmente las emisiones de gases de efecto invernadero.
Para los que amamos el submarinismo, nos preocupa la complicada situación global, pero especialmente en ello un punto específico: la amplia degradación de los arrecifes y fondos marinos amenaza al buceo de manera tan grave, que este relato es una pálida representación de lo que mi mente quisiera comunicarte.
Cuando en la década de los 70 comencé a bucear, los fondos alrededor de mi país natal, Cuba, eran unos jardines pletóricos de peces de colores y bellos corales. Hoy, casi todo el Caribe está convertido en fondos muertos. No me alcanzan las palabras. Sólo una pregunta: ¿Somos tan obtusos, que continuaremos siendo parte de una cultura “light”, que no quiere responsabilizarse de sus desmanes?

III - LA INDUSTRIA DEL RECREO MARINO

No hay un cálculo mundial del valor que tiene el mar para la industria del recreo. Pero nadie duda de su papel decisivo, pues la infraestructura hotelera ubicada en las playas es inmensa. Todos sentimos la necesidad de disfrutar del contacto con las aguas del mar, de observar el continuo ajetreo de las olas y su sedante arrullo. Para muchos, vacaciones se traduce en mar.
A modo de ejemplo, el turismo en la Gran Barrera de Arrecifes (Australia), implicó un ingreso de unos 6.000 millones de dólares en 2006. Unas 500 millones de personas dependen de los arrecifes en el mundo.
Incluso, la economía de algunos pequeños países tropicales depende casi fundamentalmente de sus ofertas de sol y playa, dento de la que el buceo es esencial. Entre estos países, hay algunos en el Mar Caribe: República Domincana, Jamaica, Belice y la mayoría de las Pequeñas Antillas.
En los últimos años la utilización de los recursos turísticos del mar ha incluido una nueva modalidad: las giras de placer en cruceros, en todas las cuales se ofrecen tours de buceo y así el viajero va visitando distintas costas y países, a la vez que disfruta de la “vida marinera”. El surgimiento reciente del turismo en hoteles submarinos, acuarios con túneles transparentes y cintas trans¬portadores bajo áreas marinas de arrecifes, le adiciona atractivos a la actividad del submarinismo.

IV - EL BUCEO RESPONSABLE

Es un gran malgasto y una irresponsabilidad colosal, no insitir ahora en exponer a los miles de miles de submarinistas y turistas de playa, la real situación que existe bajo el mar. No se trata de convertir su viaje o cada inmersión en una clase de Ecología o en una serie de arengas ambientalistas. Pero no se debe permitir que los viajeros se aproximen de manera “light”, ocultando la tragedia en ciernes en el Mundo del Silencio.
Hay que destacar que la pesca submarina indiscriminada, el buceo incontrolado o lo que es peor, la acción de algunos piratas de las profundidades que dinamitan los arrecifes de coral para extraer unos pocos ejemplares, pueden causar grandes estragos entre los organismos marinos. El buzo irresponsable puede destruir con cierta facilidad, colectar los “souvenirs” más llamativos, introducirse en cuevas antes inccesibles para extraer coral negro, casi dejar desierta una zona. Algunos “arqueólogos” irresponsables pueden practicar el robo de piezas arqueológicas y así deteriorar pecios (barcos hundidos) que pudieran haber aportado más datos a la arqueología submarina.
Sin embargo, hay que señalar que gran número de descubrimientos arqueológicos submarinos han sido hechos por y con la colaboración de buceadores deportivos y arqueólogos submarinos aficionados. Y la mayoría de los buzos, tienen una consciencia ambietalista de manera natural, y la belleza distinta de los fondos es su principal motivación.
Debo resaltar que la actividad pesquera es una de las formas con la que el hombre se ha relacionado más largamente al océano. La pesca deportiva es practicada hoy por millones de personas, unos lo hacen de forma incidental y los menos como una práctica cotidiana. Hay quien lo hace tomándolo como un pasatiempo de fines de semana o de vacaciones, mientras que para otros es un hobby por el que pueden apasionarse y para el que pueden disponer de grandes sumas de dinero y cada minuto de que dispongan.
Se puede decir que la pesca deportiva ha dejado de ser obra del ingenio del propio pescador, ya que ha nacido una industria y comercio que lo suple cada día con una mayor diversidad y calidad de productos y servicios, entre los cuales se encuentran artes y equipos de pesca, servicios de embarcaciones, casas de campaña, taxidermia, complementados por la gran infraestructura turística.
Se puede decir que tenemos las dos posibilidades extremas. Cuando el hombre cuenta con ingenios poderosos como el equipo de buceo autónomo (SCUBA) puede actuar como un visitante educado y cuidadoso o tranformarse en un gamberro tecnologizado, para perseguir o localizar con cierta ventaja a la presa, o extraer con facilidad los organismos del fondo, localizar un pecio, dinamitar un arrecife.
En muchos países está prohibido el uso de escafandras para la pesca submarina pues el pescador tiene demasiadas ventajas sobre la presa. Un ejemplo de la “eficiencia” de la pesca submarina para devastar un área, es la actual escasez de presas en el Mediterráneo, una de las zonas donde con más intensidad se ha practicado el submarinismo.
Hoy en día se debe proponer que las actividades de submarinismo sean a la vez conservacionistas, por lo que se debe impulsar el buceo responsable, conocedor, contemplativo, la fotocaza o toma de fotografías y películas y que se impongan estrictas regulaciones para que se efectúe un submarinismo ético en todos los países.
En países del Caribe, desarrollar a profundidad este concepto puede ser la piedra de toque de la sostenibilidad de sus economías asentadas sobre el turismo y éste en actividades de buceo. Un turismo responsable alejado de simples aventuras y ligerezas, que sea turismo cultural, enmarcado en parámetros de Responsabilidad Social Corporativa (RSC).

V- 30 AÑOS DE BUCEO.

Tal vez sea mas fácil y comercial cerrar los ojos a lo que está sucediendo y concentrarse en ofrecer tours de buceo que consideran el fondo del mar como un mero escenario para turismo de aventura. Para ello se seleccionan sus partes aún bellas y atractivas, lo que queda de aquellos jardines marinos.
Nada malo habría en realizar estas actividades si el buzo-guía aporta al buzo-visitante datos de lo que fue y lo que puede ser. Si se toman medidas profesionales para la sostenibilidad de las actividades y se recalca que estos sitios de buceo son los restos de lo que fueron grandes extensiones de jardines submarinos. Si no se le explica el cuadro general, se le oculta al visitante que lo llevan por un acuario sin cristales.
Lo equivocado es ocultar la situación general y cobrar elevadas sumas por conducir a turistas a bucear a áreas bajo la figura de Parque Nacional u otra forma de Area Protegida, donde además se pueden atraer los peces con dispositivos de concentración, tales como estructuras artificiales en el fondo o tubos de carnada. De esta manera, se le está ofreciendo al visitante una imagen intencionalmente distorsionada del estado de los fondos, hasta faltándole el respeto llevándolo a bucear en verdaderos basureros sumergidos. Eso además de ser poco profesional, es inmoral.
Independientemente de que el buceo sea una manera de deporte náutico y de turismo de aventura, es imprescindible brindar al buzo-turista, una imagen real de lo que está pasando. Y que los cursos y libros de buceo insistan en ello muchísimo mas de lo que están haciendo.
El insuficiente conocimiento y tratamiento actual de las crisis ecológica en el mar, puede acabar con las posibilidades de tomar medidas efectivas para asegurar esta actividad en un futuro.
No es cero la probabilidad de que esta crisis devenga en catástrofe y dentro de algunos años, tu hijo, visites solo grandes extensiones de cementerios marinos. Ello puede tener graves consecuencias para los equilibrios planetarios y la productividad de los mares, pero obviando sus resultado concretos para la fisiología planetaria, sería un motivo de gran vergüenza para mi que tu hijos me preguntes ¿Y tu qué hiciste para evitar ésto? Y no tenga gran cosa que responderte.
El problema se sale de las manos de los directamente vinculados al mar y tendría que ser enfocado en su integridad planetaria. Muy precupante es el volumen de desechos que llega al mar, principalmente a través de los ríos. Actualmente las regulaciones sobre vertimientos, responden mayormente a legislaciones nacionales aunque el Océano no tiene fronteras. Y a cualquier marino irresponsible “se le cae” por la borda un tanque de desechos químicos.
La nueva Ley del Mar que surgió alrededor de 1982 propugnó la generalización y uniformización de la concepción de las 200 millas como Zona Económica Exclusiva (ZEE). Sin embargo mucha de su intención de administrar sosteniblemente los recursos pesqueros por los países costeros, es hoy letra muerta y se habla de descenso generalizado de las pesquerías, peces contaminados con mercurio, etc.
Por lo general, los medios de difusión masiva reflejan llamados en contra de la contaminación a resultas de catástrofes locales prontamente olvidadas (un tanquero que encalla, una marea roja) y que sólo vuelven a recordarse cuando ocurre otro pequeño desastre, la muerte masiva de animales en un sitio u otros indicadores de la tendencia degradadora. Si solo nos preocupados por los fuegos artificiales, no podremos distinguir los obuses de la paulatina conversión de los mares en una sopa química, donde sustancias de todo tipo están presentes y entran en interacción o sinergia negativa, produciendo una cierta toxicidad multiplicada.
El problema ecológico del océano va más allá del daño a sus recursos naturales o a la calidad de sus aguas. Podemos hablar de muerte del mar, un enorme desastre que hipotéticamente elimine gran parte de los organismos marinos, comenzando por el vulnerable fitoplancton, lo que desembocaría en la ruptura de su papel como sumidero del CO2 y como fuente de oxígeno. Ello se reflejaría de inmediato en la estructura de la atmósfera por lo que más que de la muerte del mar, se trataría de grave enfermedad de la biosfera. El certificado de defunción, que nunca nadie llenaría, diría: asfixia mecánica del mundo (Gaia según Lovelock).
Todo indica que en un futuro se avanzará en obtener del mar mayor producción mineral y energética, así como en utilizar los espacios marinos para construcciones. Ello sólo se hará de manera racional y sostenible si se tiene especial cuidado en conocer previamente los impactos, evitarlos en lo posible o minimizarlos cuando sean inevitables.

VI. LA PROPUESTA

La industria del turismo, solo podrá supervivir si plantea de manera muy enérgica y activa el BUCEO RESPONSABLE como una de sus prioridades. Los buzos participarían no por un mandato autoritario sino por las evidencias de que están perdiendo su medio de vida, en la vida marina degradada en silencio.
Ello aprovecharía el gran interés de muchos en el buceo y debería corresponderse con un cuidadoso control de los problemas ambientales del océano, de la contaminación (puntual y difusa), aplicando las bondades sinópticas de la teledetección y masificar el empleo del maricultivo tanto en aumentar la abundancia de ciertas especies de amplia demanda (por ejemplo, los salmones) como para regenerar determinadas poblaciones afectadas (por ejemplo, granjas de quelonios).
La solución de los problemas del océano no puede encararse como un asunto sectorial, aislado o tecnológico. Por el contrario, sólo se le puede concebir como parte de numerosos problemas globales que se deben solucionar al unísono. Se impone ante todo la necesidad de mayor racionalidad en el uso de los recursos naturales, ya sean marinos o terrestres, en medio de una cultura globalizada que no favorezca la dilapidación y el derroche. Se requiere de la aplicación a fondo de las bondades de la Evolución Tecnológica, poniendo por delante las aproximaciones y concepciones holísticas de la Ecología humana.
Por otra parte, el mejor empleo del océano depende de múltiples acciones como son el uso de tecnología apropiada que incluya aparatos diseñados de modo similar a los de la cosmonáutica. Hay que destacar que los países más avanzados respecto al cosmos, son los que a su vez marcan el paso en el conocimiento o empleo del mar. Y son los sectores mas educados de su población los que hacen buceo, asi que es lógico plantear que miles de buzos altamante educados y a la vez preparados tecnológicamente, sean la vanguardia de un BUCEO RESPONSABLE.
El problema del aprovechamiento de los recursos marinos y de la salud del océano, realmente es parte de un problema mucho más general. La relación Océano-Hombre en un sector importante de la interrelación entre el Hombre y la Naturaleza, parte del problema del tratamiento del Hombre por el Hombre.

VI. PALABRAS FINALES PARA MI HIJO

La actividad humana está cambiando la química del océano. El buceo como forma de educación masiva, es otra vía para ir adelante en esta confusión.
El avance de la ciencia y el conocimiento acumulado se incrementa, pero es bien pequeño e inservible si se queda como una propiedad exclusiva, de círculos cerrados. Las medidas que se deben tomar, afectarán a millones, pero no hacer nada los afectará mucho más. La profundidad y continuidad de las investigaciones requerirán subvención pública. Miles de buzos, educados y responsables, serán un factor clave. El ser humano que no es un especialista, no solo se merece una explicación, sino que la debe exigir. Porque saber es poder.
Al menos, hijo, te lo he relatado como mejor he podido.
El concepto de BUCEO RESPONSABLE es imprescindible para que puedas ver algo de lo que alguna vez creí era eterno. ¿Lograremos que puedas bucear, como yo lo hice, en esplendorosos y extensos jardines submarinos?

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lunes, 26 de octubre de 2009

70. LAS PIEDRAS DE JUANICO

Durante el curso de Divemaster, mi instructor siempre hizo mucho hincapié en la importancia de un buen “briefing” antes de cada inmersión y en ocasiones ocurre, que de algunas de estas explicaciones te acuerdas toda la vida. Es más, puede que para rememorar aquella bajada, tengas que ojear el libro de inmersiones, mirar ciertas fotos que hiciste o debas preguntar a tu compañera o compañero, si se acuerda de cómo fue o lo que pasó, pero siempre recordarás aquellos minutos en los que prestaste atención a lo que te comentaban antes de zambullirte en el agua. .

Uno de estos casos ha sido el de una bellísima inmersión que he tenido la suerte de realizar en dos ocasiones en la localidad de Las Negras, Parque Natural del Cabo de Gata-Nijar, en Almería.
Además, ocurrió después de sentir esa ansiedad de volver a sumergirte de nuevo, que tienes después de varios días de estar en el dique seco por culpa de uno de esos temporales de levante, en el que las olas obcecadamente, pretendían, una vez tras otra, intentar salirse del mar sin conseguir su objetivo.
La inmersión se llama “Las piedras de Juanico” y el tal Juanico era un personaje de la zona que perdurará en el recuerdo, incluso sin haberlo conocido, entre aquellos, propios y extraños que han tenido conocimiento de parte de su vida y que si no a la par, no andará muy lejos de otros de ficción que han dejado recuerdos a su paso por estos lugares como algún que otro agente “007”, Conan el Bárbaro o el mismísimo Indiana Jones.
Juanico, nació, vivió y murió pescador, como tantas personas de nuestro litoral español, pero lo que realmente creo que lo hizo particularmente singular y eje central de este pequeño e intimista relato, fue su tangente pero marcada vinculación con el mundo subacuático y por otra parte sus avatares, entre los que se cuenta que no habiendo salido nunca de la comarca, un día se embarcó en la aventura de conseguir los favores de una señorita de las que antiguamente se decían de ellas que: “… fumaban y se les trataba de tu.”
Para ello, ni corto, ni perezoso, se vistió con sus mejores galas y se impregnó de colonia, con el fin improbable de hacer olvidar el olor a pescado de sus manos y se dirigió hacia un local del pecado de la capital almeriense. Pero quiso el destino, juguetón como siempre, que ese mismo día en los que recibía, previo pago ese cariño, se efectuará una redada en el burdel. El caso es que, al ir indocumentado y para que lo pudieran identificar, Juanico reclamó tras una larga discusión, que la policía se pusiera en contacto con la Guardia Civil de la zona de Las Negras, que no tardaron en conocer y reconocer al aturullado Juanico, solicitando su repatriación de nuevo hacia el pueblo.
De esta hazaña salió a la luz que Juanico no tenía documento de identidad, ni cartilla médica, por no tener, no tenía hecho ni el servicio militar obligatorio de aquella época. Es más, por raro que parezca, legalmente no existía, ya que sus progenitores no tuvieron a bien inscribirlo en ningún registro civil.
Coincidiréis conmigo que dentro de la desgracia, tiene cierta nota de humor y sarcasmo, que en un lugar donde se ha dado el caso de desembarcos de pateras repletas de personas “sin papeles” intentando huir de la pobreza, nos encontremos con un lugareño que tampoco los posee.
Otra desventura de Juanico, fue que en otra ocasión, una vez probadas las mieles de la lujuria, no tuvo ningún reparo en recaudar fondos para el entierro de su madre e invertirlo en mujeres de alterne, mientras que a Dios gracias, su madre, ajena a toda la organización de su sepelio, gozaba de buena salud y se paseaba por el pueblo, como alma en pena esperando su óbito para poder cruzar ese espacio intangible que separa los vivos a los muertos y para el que su hijo ya solicitaba dinero.
Juanico, tuvo una relación de simbiosis con el buceo, ya que este pedía el auxilio del centro de submarinismo de la localidad, cuando las redes de pesca se le quedaban encalladas en el caladero donde se encontraban esas rocas, que en honor suyo, hoy llevan su nombre y que a nosotros nos sirve de referencia. Porque, aunque no os lo creáis, Juanico era uno de esos pescadores que viviendo del mar, nunca aprendieron a nadar.
De hay viene esa relación de auto beneficencia. A día de hoy, la zona es Parque Natural y sólo se puede pescar de forma tradicional a una milla de la costa y no en todos los sitios, ya que hay zonas declaradas integrales, por lo que gracias a las aventuras y desventuras de nuestro Juanico, podemos hacer magníficas inmersiones en un paraje idílico disfrutando de la presencia de meros, morenas, congrios e infinidad de vida marina.
Aunque particularmente, en esta última ocasión, me quedó grabado en la retina de mis ojos y retenido en la memoria de mi cámara de fotografiar, la presencia de un blénido, que había tomado como hogar suyo un botellín de cerveza y altanero e impasible sacaba la cabeza por el cuello de la botella observando desdeñoso al grupo de submarinistas que intentábamos inmortalizar el momento con nuestras cámaras, sabiendo que se encontraba protegido, ya que con un rápido movimiento, era capaz de desaparecer en el fondo de la botella.
Todavía se le recuerda a Juanico en Las Negras y al instructor, se le dibuja una sonrisa cariñosa en su rostro cuando comenta como intentaba bailar pasodobles con cualquier extranjera que se lo permitiera en las fiestas del pueblo, desprendiendo ese olor intenso, inconfundible e indescriptible de la mezcla del pescado que queda preso en las redes y la colonia.
Si vais por la zona, no olvidaros pedir que os lleven a “Las Piedras de Juanico”, ya que parece mentira como un paisaje tan selenita en superficie, puede albergar tanta belleza en el fondo marino. Las laderas volcánicas en toda la zona, han conformado con sus rocas y piedras todo tipo de formas en ocasiones hasta grotescas, con grutas y cuevas que encierran multitud de vida, junto con grandes extensiones de praderas de posidonias.
Deseo suponer, aunque no fuese así, que parte de la culpa de esta belleza fue la causa de que piratas berberiscos atacaran una vez tras otras estos pueblos, y estas costas de cantos rodados de color negro, y debido a estas incursiones provienen esa gran cantidad de fortalezas que están diseminadas por todo el litoral con la vana intención en muchos de los casos, de defender a los habitantes de la zona.
Hoy podéis encontrar en la zona, entre las calles de casas encaladas, los habitantes del pueblo y un turismo extrañamente sostenible, compuesto básicamente por familias enteras de veraneantes, submarinistas y “neohippies” en busca de un contacto pleno con la naturaleza.
Sin duda Juanico, fue hijo de una tierra bella pero hostil y de una España sumida en un lento progreso, pero con grandes lunares de olvidados en la noche de los tiempos, pero orgullosos de su tierra.
Pido disculpas de antemano, por si este escrito puede haber herido susceptibilidades, nada más lejos de mi intención, ya que lo he intentado hacer con todo el cariño humano del que he sido capaz: En cualquier caso, de no ser así, se le deberían echar las culpas a las “musas”, por no haberme acompañado de la misma forma que lo hicieron para inspirar a Juan Goytisolo cuando estos paisajes y paisanajes le influenciaron de tal manera como para escribir la obra “Campos de Nijar” o al mismísimo Federico García Lorca en “Bodas de sangre”, ya que creo que la historia de Juanico y sus piedras, bien se merecen un gran relato como homenaje a estas personas, a esas tierras y a nuestro mar Mediterráneo, sin duda alguna, uno de los mares más bellos del mundo.


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69. AZUL DE RECUERDOS

Ya hacía casi ocho años que se sentía así. A veces, en su incesante ir y venir de ideas y despropósitos, se topaba de bruces con la cruda realidad de su soledad. Normalmente pasaban varios días hasta que se daba cuenta de que algo ocurría. Andaba aletargada, medio sonámbula, desvariando consigo misma sobre lo injusto de las circunstancias y entonces, de repente, se daba cuenta de que le faltaba ella, siempre ella. En ocasiones se sonreía porque entonces al menos sabía que lo que le ocurría era “solamente” porque ella no estaba. Solamente por eso… como si no fuera suficiente. Entonces es cuando imagina que, si estuviera, le diría esto o aquello o no le diría nada, pero no se sentiría tan sola porque siempre podría llorar con ella, que para eso están las madres ¿no?.
A veces, cuando alguien le pregunta por su familia, habla de manera natural de sus hermanos, ellos lo son todo para ella, pero no hay más y no siempre es suficiente.
A solas con sus pensamientos, en un vano intento de acallar las voces que torturan su mente, reflexiona sobre todo esto y le escribe largas cartas que nunca envía porque no tiene dirección a donde enviarlas:
“Ellos tienen su vida, mamá, y sus circunstancias y su corazón más o menos ocupado. El mío, esta vacío de ti, y vacío de muchas otras cosas y supongo que es tan grande que hermanos y amigos no consiguen llenarlo, así que lo siento vacío… ¡tan vacío a veces…!”.
“Sigo echándote de menos, tú lo sabes, sigo necesitando que desapruebes cuanto hago para saber qué es lo que tengo que hacer, sigo necesitando que haya alguien en el mundo que sea capaz de perder su sueño por velar el mío, como tú hiciste en más de una ocasión”.
“Te quiero tanto que el dolor de tu ausencia es un callo en mi alma, una dureza insalvable que puede que jamás remita. Me faltas desde hace demasiados años… me faltarás aún más… sólo espero algún día dejar de olvidar que no estás…”.


Ya hacía casi ocho años que una parte de su espíritu había dejado de estar tranquilo. Durante cada día de ocho años sintió en su interior aquel agujero negro de desasosiego, durante cada día, hasta aquella tarde. Aquel día, fue con sus hermanos a probar por primera vez la sensación de respirar bajo el agua. Apenas recuerda si vio vida alguna, quizás un pulpo, quizás algún pececillo de color. Pero sí recuerda la sensación de paz y relajación, la sensación de acogida, de estar a salvo, de protección, de total y absoluta libertad, a pesar de las ataduras de todo aquel entramado de amarres y latiguillos que llevaba colgando.

Aún hoy, dos años después, cada vez que vacía el chaleco para bajar al fondo, es como si volviera con ella, quizás porque imagina que vuelve a su interior y flota de nuevo en el líquido amniótico y respira a través de un tubo como si fuera el cordón umbilical. Durante los 40, 50 o 60 minutos que dura la inmersión olvida que fuera ella ya no está y respira a través de sus recuerdos y flota en su interior, disfrutando del silencio del útero materno, sabiendo que arriba puede estallar una guerra que allí abajo, nada habrá cambiado. A veces, mirando al azul, viendo reflejados los destellos del sol, imagina que es el aura de su madre que aparece para acompañarla y desea con todas sus fuerzas que la narcosis le provoque una alucinación y que, un día, en una de esas inmersiones oscuras y profundas, ella aparezca flotando en un cardumen de roncadores, sonriendo y levitando como sólo puede hacerse en el mar. A veces incluso desea que, en ese momento, se la lleve con ella, que la toxicidad del oxígeno le haga perder el sentido para dejar de oír voces y morir en el único sitio donde se siente feliz; despedirse con el dulce recuerdo de la narcosis e irse aleteando de la mano de su madre hasta lo más profundo, donde deja de haber luz y simplemente hay silencio.

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jueves, 22 de octubre de 2009

68. LA INMERSIÓN MÁS TEK

Llevábamos meses planificando esta inmersión. En principio no cabía el error o el fallo del material una vez supervisado, y las condiciones físicas y anímicas eran las adecuadas para llevarla a cabo.
La idea inicial era bajar 90 metros para localizar un pecio que, por referencias de terceros sabíamos que estaba allí. No conocíamos su estado, ni las dificultades que entrañaría el acceso a su interior.
Teníamos calculado al milímetro el consumo de gas, los tiempos de fondo, las paradas de descompresión a distintas cotas, los protocolos de evacuación y rescate y el material necesario para llegar a buen fin.
Un TX 14/60 sería utilizado como mezcla idónea para gas de fondo.
Nitrox 50% para gas de viaje, y O2 para descompresión a -6m.
El equipo por duplicado nos daba una segunda oportunidad. Y en el peor de los casos, la ayuda del compañero sería crucial para salir vivos.
Iniciamos el descenso hacia las oscuras aguas dejándonos caer durante al menos 5 minutos.
Cuando la penumbra de esa profundidad lo invadía todo, la silueta fantasmagórica del pecio parecía querer avisarnos de lo tenebroso de sus entrañas.
El hilo guía del carrete principal, con cordino de tres milímetros, se desenrollaba al ritmo de nuestro avance. De cuando en cuando, y en cada quiebro, una lazada por seno aseguraba a las partes más salientes la línea de vida.
Trazados ya los dos recorridos principales, por los que discurriría nuestra penetración, siempre, eso sí, por el costado derecho de nuestro avance y colocadas algunas flechas de dirección, nos dividimos en grupos de uno marcando con el carrete secundario y la galleta con nuestra clave cada intersección.
Recorrimos algunos camarotes y parte de las inmensas bodegas en un silencio absoluto, respetando la distancia máxima a la que deberíamos separarnos del hilo guía.
Algún ruido bronco retumbaba entre los mamparos rompiendo el silencio que nos mantenía vigilantes y daba paso a otro periodo de excitación por descubrir los entresijos de aquella mole.
El tiempo de fondo se estaba acabando y era hora de retroceder nuestros pasos en busca de la salida al exterior.
De forma pausada y repetitiva, el maneral giraba sobre si mismo engordando a cada vuelta con el hilo fino de mi carrete secundario. Un sonido seco, como el crujir de una rama, seguido de otro ruido ahogado que vibraba en mi estómago me hizo parar de inmediato. Me mantuve en el sitio haciendo cortas apneas para que el ruido de mis burbujas no ocultara los sonidos que, como un pequeño traqueteo, todo lo inundaban.
Recuperé la iniciativa y continué enrollando el carrete, pero algo raro notaba puesto que la tensión del hilo había desaparecido y el mismo se arrastraba por el polvoriento fondo.
Terminé de recoger el carrete a la vez que avanzaba hacia la salida, mientras que el foco principal comenzaba a perder potencia.
Quizá hubiera calculado mal la distancia al penetrar en ese laberinto de compuertas y pasillos, pero el caso es que me parecían excesivos los metros de hilo desenrollados. De todas formas pronto debería ver la luz de la salida, así que, para ver mejor el reflejo apagué por un momento el foco. Como en la dirección que iba no se veía nada, me giré en redondo a oscuras por si me hubiera despistado de rumbo,; pero nada. No quedaba más remedio que orientarme con las referencias que tomé al entrar. ¡! MALDITA SEA!! El foco ya no enciende, estoy seguro de haber cargado la batería al máximo ¿ como puede ser?. Da lo mismo, tengo el foco secundario en el bolsillo del seco. Meto la mano con cuidado en medio de una oscuridad total,…….ya lo tengo. ¡!BRRRUMMMM!!, Una nueva sacudida, esta vez más fuerte hace que me golpee contra algo soltando por inercia el foco de mi mano para intentar cubrirme la cabeza con ella. El zarandeo ha hecho que me desplazara de la posición estable en la que estaba, y ahora sin luz y sin referencia alguna, estoy totalmente perdido. Intento mantenerme tranquilo y me agarro a un saliente a la altura de mi hombro. Doy golpes en los mamparos, emito ruidos guturales por ver si alguien me oye, intento tranquilizarme de nuevo pero ya es imposible. Noto como mi corazón se acelera y los latidos retumban por toda la cavidad, intento buscar la salida pero toco pared por todos lados, ya no sé lo que es arriba o abajo, intento abrir los ojos forzando el entrecejo, mi respiración está acelerada hace un rato y soy incapaz de ver el gas que me queda en las botellas……es el fin.
Solo queda la resignación
Me encorvo hacia delante y ralentizo mi respiración, mientras el regulador me de aire estaré vivo, después………
Doy las bocanadas más lentas, más profundas, y comienzo a notar como vibra la válvula del regulador. Cierro los ojos y me preparo para el final.
Una fortísima sacudida impulsa mi cuerpo sin control hacia delante. Mi regulador ya no da más aire. Hago la última apnea esperando el momento del impacto y los segundos se hacen interminables.
Noto la velocidad del impulso que me mueve como a un pelele y siento un escalofrío en todo mi cuerpo al presentir el desenlace fatal.
No puedo aguantar más y abro la boca en un último suspiro dejando que el aire inunde mis pulmones mientras rompo a llorar……………..; AIRE?, HE DICHO AIRE?
CLARO, QUE VA A SER SINÓ,; ACABO DE NACER
GUAAAAAAAAA---IF, IF, GUAAAAAAA

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miércoles, 21 de octubre de 2009

67. NO HAY JEFES BAJO EL MAR.

Empiezas el día teniendo que hacer cinco recogidas de clientes en cinco hoteles distintos en las cinco esquinas más alejadas entre sí de la comarca. Immediatamente entras en el atasco matutino provocado por el camión de la basura y llegas tarde al primer hotel. El cliente se ha cansado de esperar y se ha vuelto a la habitación. Le llamas, y baja después de 10 minutos. Llegas tarde al segundo, tercero, cuarto y quinto hotel, y los retrasos se van acumulando. Entre el tercero y cuarto cliente/hotel, recibes la primera llamada de tu Jefe preguntándose a ver dónde carajo estás, puesto que hace un largo rato que deberías haber llegado. Por supuesto, indicas que estás a punto de llegar.
Cuarenta y cinco minutos, y cuatro llamadas del Jefe más tarde, cuando finalmente lo logras, los otros quince buceadores, divemasters, instructores, y por supuesto, El Gran Jefe, están esperándote en el barco con cara de mal humor tras el madrugón pertinente. Rápidamente, mientras el jefe te taladra al respecto de tu tardanza, equipas a los rezagados a toda velocidad.
-¡Que monten en el barco!- dice el Jefe- ¡Nos vamos!.
Malas noticias; el Jefe va a llevar el barco esta mañana, y te culpa del horario de recogida de las basuras...
Ya en el barco, te sitúas en la otra punta y comienzas a montar tu equipo. El mar está curioso; olas de metro y medio aparentemente inofensivas, pero suficientes para marear a los no poco buceadores urbanitas que en esta soleada mañana ocupan la embarcación. Te toca montar seis equipos en total en los ocho minutos que hay desde el puerto hasta el sitio de buceo. Con la lengua fuera, llegas al lugar de buceo, y tienes que dejar de montar equipos para cogerte a la boya. Igual sería más fácil si el Jefe dejara de hablar por el móvil, esa prolongación natural de su anatomia, y la única causa de que en ese momento no te esté aún regañando. Una vez amarrado, el Jefe cuelga y retoma el discuso sobre tu ineptitud y lentitud en el montaje de equipos.
-¡Pero si ya están casi todos! – te defiendes inútilmente.
-¿Y este equipo a medio montar, de quien narices es?
Por supuesto es el tuyo. Lo montas en un momento, y te equipas en medio. A la de tres, tú y los cuatro buceadores que vas a guiar, os dejais caer hacia atrás y os reunís en el cabo. El Jefe te arenga desde la borda: sois los últimos en haberos tirado. Su voz chillona desaparece cuando por fin comenzáis el descenso y...

...y comienza el placer, la calma y el sosiego de un fantástico buceo plagado de meros, morenas, pulpos, atunes, anémonas, tortugas y rayas, cangrejos, peces payaso, trompeta, corneta, pipa y demás. Y aunque no vieras ni un animal porque ese día estuvieran de vacaciones, pase lo que pase antes del buceo, la realidad deliciosa para todos es que bajo el mar, los Jefes no existen.

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66. NITRÓGENO.

Aprieto el botón. Mi jacket se desinfla y el agua fría cubre rápidamente mi cabeza. Me pinzo la naríz con los dedos mientras desciendo hacia el fondo. Unas burbujitas salen de mis oídos y suben como setas plateadas a la superficie. Mi amigo Kostas ya está abajo. De rodillas sobre la arena, como si rezara.

*
Kostas vuelve a comprobar mi equipo bajo el agua. Doscientos bares de aire. Todo bien atado. Nadamos lentamente hacia la pared de roca. La pared baja hasta los noventa metros. Bajamos a quince. Me duele la frente, por algún motivo. Kostas me hace señales nerviosas con la mano. Creo que he cometido un error, pero no sé cuál. Quizá tengo demasiados plomos en el cinturón. Bajo cayendo por el muro hacia la oscuridad, como un escalador en caída libre.

*
A cuarenta metros el agua está oscura. Me agarro a una hendidura en la pared. Una mano sale del agujero y me mete dentro de la cueva. ¨Te estaba esperando¨, me dice un hombre con barba blanca. ¨Como es que podemos hablar bajo el agua¨, le pregunto al señor Marx. ¨Quítate las gafas de bucear, no las necesitas¨, dice.
*
Karl me mira con aire serio. ¨Tengo una pregunta¨, me espeta. Le escucho mientras observo la cueva. Está llena de estanterías con libros. Un pulpo se pasea sobre Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado, de Althusser, y una colección de ensayos de Kropotkin.
Un grupo de peces payasos desfila en formación sobre el escritorio. Hay un monstruoso pez de las profundidades escondido entre la Teoría del Psicoanalisis de Freud y los libros de Adorno. El monstruo acecha en espera de pececitos con su lucecita colgando sobre la sonrisa dentada. ¿O será un comisario político?

*
Karl enciende su pipa. Me pregunto que querrá. Pretenderá saber qué pasó con sus sueños. Me debato entre hablar de revolucionarios convertidos a burócratas y policías políticos o cerrar el pico. El tipo parece feliz en la caverna. Debería realmente contarle cosas sobre la globalización, la crisis financiera, el terrorismo internacional, o no? ¿Me creería si le hablo de Obama? China, Dios mío… ¿debería contarle lo de China?

*
Karl exhala una nubecita de humo en el agua y por fin pregunta: ¨¿Me podrías ayudar a arreglar mi conexión a internet? No encuentro un proveedor dispuesto a bajar a hacerlo¨.
Le echo un vistazo a su portátil. ¨Ésta situación contradice todas sus teorías científicas, incluído el materialismo dialéctico¨, le digo algo enojado.

*
¨Los sueños están hechos de agua¨, dice Kostas mientras me pone el regulador amarillo de emergencia en la boca. Luego me sujeta a cinco metros de profundidad para hacer una parada de descompresión de emergencia. Los rayos de sol atraviesan nuestras sombras hacia la oscuridad. Unas burbujas llenas de humo ascienden suavemente desde el fondo.

***

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65. DUELO ENTRE ARRECIFES

Percibí la sombra de su imponente silueta reflejada en la arena detrás del arrecife de barrera ubicado en el borde del primer canto del veril. Con extremo cuidado descendí tres brazas y con la mano izquierda me aseguré de de un coral duro a la entrada de una gruta donde era posible que también hubiera una morena. Desde esa posición no podría percibir mi presencia mediante la línea lateral que le permitía detectar los movimientos y sonidos de baja frecuencia dentro del agua, pues él podía percibir ruidos en el rango de veinticinco a cincuenta hertz.

DUELO ENTRE ARRECIFES
Por mi parte, tenía mejor visibilidad para observar cualquier cambio de actitud y prevenirme de un posible ataque. Fui rodeando lentamente la roca hasta que vi su enorme cabeza detrás de una colonia de abanicos de mar. Conservaba las manchas de sangre de su última víctima y parecía estar acechando la próxima. Mi respiración se detuvo al ver el brillo de sus ojos sobre la mandíbula que dejaba expuesta la feroz dentadura. No cabían dudas de que era él, pues por la comisura de la boca salía un pedazo de la cuerda de mi arpón.
Había transcurrido apenas una semana desde aquel día en que casi me devoró el brazo. Pasé toda la mañana persiguiendo un robalo que había desovado en la zona mareal a la deriva, dejando una imperceptible mancha formada por cerca de tres millones de huevos, que si fuesen debidamente fecundados, darían lugar a la misma cantidad de alevines. Pero por hábitos hereditarios, tanto la hembra como el macho, no le prestan la debida atención a su cría, de la que sólo llegarían a la edad adulta menos del dos por ciento. Libre del peso, nadaba con mayor agilidad, al tiempo que preparaba su nueva emboscada para un ataque efectivo con evidente carga de oportunismo. Su tamaño era muy superior al promedio dentro de la especie, que generalmente no supera los cuarenta centímetros. Aquel se aproximaba al metro y su masa corporal era robusta, cubierta por brillantes escamas de un color gris azulado, llegando a ser blanco con betas plateadas en la mitad inferior del cuerpo cilíndrico. Cuando conseguía aproximarme de él e intentaba apuntar el fusil con las gomas estiradas se escondía entre las raíces de los mangles cerca del cayo, aprovechaba la corriente producida por una ola para huir o entraba en una de las grietas de los irregulares arrecifes. Disparé más de cinco veces sin conseguir acertar el tiro. Pero ya era una cuestión de principios y no me daba por vencido.
Iba y volvía a la superficie para llenar mis pulmones de aire, bajaba hasta seis brazas y registraba una por una las cavidades de las rocas, descansaba un poco flotando en la superficie y respirando por el snorkel, mientras intentaba distinguirlo a lo lejos, hasta que finalmente lo volvía a divisar, escurridizo y arisco, desapareciendo nuevamente entre una mancha de mojarras de aletas amarillas. Parecía como si el maldito pez se estuviera burlando de mí haciéndome perder tiempo en el interminable juego del gato y el ratón. Lo cierto es que nunca había pasado tanto trabajo para capturar un ejemplar como aquel, con el que me encapriché y llegué hasta sentir la segregación de las glándulas salivares al imaginármelo asando en el horno de carbón que mi mujer y mi hija habían improvisado en la arena.
Después de perseguirlo durante más de cuatro horas y a punto de desistir de ensartar la magnífica pieza, vi como entraba en el interior de una cueva cuya abertura era de unos dos metros a la profundidad de cuatro brazas. Con calma fui nadando hasta el lugar, llené bien los pulmones de aire y comencé a realizar la descompresión suavemente, mientras ayudado por el cinturón de plomo me coloqué a la entrada de la caverna. Para no revolver la arena en el interior de la cavidad, con lo que perdería visibilidad y posiblemente lo ahuyentase, me quité las aletas y comencé a entrar sujetándome a los dientes de perro de la pared derecha. Escondido detrás de un grupo de caballitos de mar que danzaban sobre un viejo rascacio estaba el gran depredador avistando algún venerado. No perdí tiempo y realicé el disparo casi a ciegas, solté el fusil sin desprenderme del cordel y fui a calzar las patas de rana. Los fuertes alones eran una evidencia de que lo había atingido y comencé a luchar contra su resistencia. Ya me estaba comenzando a faltar el aire cuando agarré la varilla por las dos puntas y me dispuse a subir. Fue en ese instante en que al virar el cuerpo percibí que el enorme escualo venía en mi dirección. Su gigantesca boca abierta era impresionante y en el brillo de su mirada percibí los instintos asesinos. Sólo tuve tiempo de llevar la mano derecha hasta la vaina del cuchillo en la pierna. Su embestida fue precisa y con una rápida mordida se llevó las tres cuartas partes del robalo, rozando con sus dientes mi antebrazo izquierdo. Movido por un súbito reflejo corté la cuerda para que no me llevara el fusil y la bolla y volví la superficie a punto de ahogarme.
Con el antecedente de aquella peligrosa aventura cualquier ser humano con dos dedos de frente hubiera desistido al menos de facilitar las circunstancias que posibilitaran un nuevo encuentro, pero mi irracional espíritu de venganza me hizo pensar en su captura como el principal objetivo de cada nueva incursión por los mares que rodeaban la costa de la ciudad en que vivía. Inconscientemente dejé de apreciar las infinitas bellezas de la naturaleza submarina, los maravillosos placeres que el mar, con todos sus seres vivos pertenecientes al mundo animal y vegetal, me proporcionaba en los momentos en que sabía valorar los encantos de su misteriosa e incalculable infinidad. Dejé de reconocer que fue allí, entre las moléculas de agua salada que conformaban la inmensa masa que se interponía entre los grandes continentes y rodeaba las islas, donde aparecieron hacía millones de años los primeros síntomas de vida sobre nuestro planeta. Perdí el sentido del equilibrio de la naturaleza que mantenía en un perfecto estado de armonía cada parte del entorno, ya sea en el infinito espacio celestial, en los secretos geológicos de nuestro astro, o en las profundidades de las aguas que rodean las tierras que explotamos cada día con mayor irracionalidad. Me limité a pensar que dentro de las dos cámaras que integraban el corazón hasta donde las venas conducían la sangre oxigenada en las branquias, no podría nunca caber tanto amor propio como dentro del mío, con dos pares de aurículas y ventrículos pertenecientes a una categoría animal superior, muy por encima del nivel de la suya, aunque no fuera muy ético el raciocinio.
De forma que dediqué por entero todo mi tiempo libre a elaborar un minucioso plan para acabar con su maldita existencia. Estuve meses estudiando sus hábitos y características, consultando los más variados y contradictorios textos y contraponiendo los resultados de las investigaciones a las experiencias prácticas de marineros, pescadores, científicos y lobos marinos. Pesquisé los menos concebibles mercados de implementos más bélicos que deportivos que podría utilizar en mi guerra particular.
Porque sabía que ese era el mismo jaquetón toro que con más de tres metros de largo estaba allí detrás de los arrecifes, con un pedazo de mi cordel enredado entre sus varias hileras de incisivos reemplazables en la boca, sus cinco agallas a cada lado de la cabeza y el cuerpo cubierto de dentículos dérmicos. ¿Quién sabría en que lugar habría largado la varilla que con seguridad debía estar toda torcida? Él había robado de mis propias manos con la mayor desfachatez lo que tanto trabajo me había costado conseguir. Pero también me incomodaba que se sintiera el dueño de la región, el rey de aquel imperio existente en las profundidades marinas a las que todos deberíamos tener acceso. Muchas eran las historias de terror contadas por los pescadores sobre aquella ladera del primer veril, en la que siempre aparecía, cuando menos se esperaba y sin ser convidado. Dicen que permanecía por los alrededores a cualquier hora del día y de la noche y que sentía el olor de la carne humana a muchos kilómetros de distancia. Porque aunque no era de los que andaba acompañado, parecía como si tuviera un ejército de informantes localizando a sus víctimas para anunciarle el punto exacto donde se encontraban dentro de aquella comarca bajo su jurisdicción. Pero en realidad eran las ampollas de Lorenzini, esas pequeñas hendiduras en la cabeza, las que le permitían detectar la electricidad, pues sólo él dentro del reino animal tenía esa sensibilidad para percibir las frecuencias eléctricas y utiliza ese sentido con el propósito de encontrar las presas escondidas en la arena de las profundidades. Se sabía que en épocas de apareamiento era uno de los animales con los niveles más altos de testosterona, incluso superiores a los de un elefante africano, lo cual lo hacía un animal extremadamente territorial, pero este excedía los límites imponiendo su asustadora presencia en aquellas costas de la tranquila ciudad. Varios pescadores de superficie desaparecieron misteriosamente de sus pequeñas embarcaciones y los veteranos del mar lo inculpaban por esas pérdidas. También sufrieron ataques nadadores y surfistas que practicaban sus deportes en esa área que comenzaba a ser considerada como altamente peligrosa. A veces algunos pescadores alardosos se aparecían en la playa con un ejemplar de uno o dos metros y gritaban con orgullo que lo habían capturado, pero más tarde era nuevamente visto con su cartilaginoso esqueleto aprovechando la marea baja para demostrar su superioridad de movimiento dentro del mundo del silencio. Los menos realistas juraban haber visto una hermosa sirena sujetada a su aleta dorsal atravesando las encrespadas olas durante los frentes fríos de finales de año, para seducir a los pescadores a afrontar el desafío de la asustadora resaca. Otros daban rienda suelta a la imaginación sin límites contando sus hazañas en supuestas escaramuzas contra el rey de los mares. Y no faltaban los que aseguraban haber visto al escuálido siendo devorado por un siniestro pulpo gigante que se escondía en una de las cavernas de la encuesta submarina. Pero lo cierto era que sin llegar a ser uno de los personajes de Shakespeare, Hemingway o Melville, producía entre los habitantes de la región el mismo pavor de quien leía una de las obras de los grandes maestros. Porque las historias de terror contadas sobre él habían hecho con que los hombres, desde hacía miles de años, lo consideraran también como el Dios de los mares. Así, en Hawai estaba Kamolhoali'i, el Dios Tiburón, hermano de la diosa Pele, quien llegó a las islas en una canoa guiada por Kamolohoali'i y Las culturas indígenas del Pacífico Norte creían que los tiburones eran personas que se aparecían en forma de animal, y tenían una danza dedicada a calmar los ánimos del monstruo carnicero. Porque tanto el libro "Jaws" de Peter Benchley, como la película rodada en 1975 basada en el texto, fueron acusadas de crear mala e inmerecida fama a los pobres escualos, entre los que había muchas especies totalmente inofensivas. Pero gracias al éxito de la ridícula película de Steven Spielberg, también se logró un mayor interés en el estudio de las más de quinientas especies que existen en el planeta y hombres como Benchley fueron sus defensores y activistas combativos por la preservación de la especie.
Aunque lo menos que yo tenía en aquel instante era la conciencia ecológica que me indujera a cometer actos para evidenciar mi dignidad ciudadana. Los instintos eran tal vez más asesinos que los suyos, porque como buen representante de mi especie no podría permitirme el lujo de perdonarle la vida, dejándolo libre y tranquilamente sometido a las leyes del equilibrio natural. Yo quería saciar el voraz apetito de la caza, pues aunque no tuviera ninguna utilidad ya que su carne no contaba entre las que satisfacían mis refinados gustos, me hacía sentirme superior dentro de la escala animal. ¿Cómo dejar que otros mantuvieran el título de mayores depredadores del reino animal cuando poseía la inteligencia para superarlos sin grandes esfuerzos? ¿De qué me valían las conquistas científicas y tecnológicas, los profundos conocimientos sobre la naturaleza y el mundo animal – sobre todo para explotar indiscriminadamente sus riquezas – si no podía vencer la superioridad física del temerario carnívoro que me desafiaba desarmado?
Finalmente llegó el día del encuentro. Lo hallé a unos tres kilómetros de la costa una tarde de cielo nublado. Llené los pulmones de aire y fui a su encuentro a unos ocho metros de profundidad. Estiré las ligas al máximo, tomé el puñal en la mano izquierda y con el fusil apuntando en la derecha me coloqué frente al animal de aquella especie cuyo origen se remontaba a cuatrocientos millones de años. Por unos segundos cruzamos una mirada que parecía revitalizar un legendario conflicto entre la especie agresora y la agredida, entre víctima y victimario, entre verdugo y condenado. Sentí la impresión de que él estaba midiendo mis fuerzas, calculando el instante preciso para emprender la ofensiva, buscando el punto más débil para poderme vencer. No habría testigos, ni padrinos, ni jueces que hicieran respetar las reglas de aquel duelo, que si bien no tenía una causa de peso justificando su ejecución, era inaplazable, al menos para mí, que no conseguía reprimir bajo ningún concepto mi sed de venganza. Percibí que él mantenía la calma porque el agua entraba y salía a un ritmo casi imperceptible por sus coloradas branquias, lo que era una señal evidente de la peligrosidad de un enemigo seguro de sí mismo. Porque el desespero lleva a la desorganización de las fuerzas y a la pérdida de la coherencia en la estrategia de ataque. Esa vieja táctica de guerra era perfectamente aplicable a aquella circunstancia repleta de tensión en la que se decidiría quien sería el vencedor. Entonces intenté relajar mi cuerpo, disminuir la rigidez que me había provocado los primeros calambres en los músculos gastrocnemios de ambas piernas. Él tenía la ventaja de que podía respirar fuerte antes de disponerse a atacar o defenderse, dependiendo de los reflejos de cada cual. El intercambio gaseoso que se producía en la superficie de las ranuras branquiales permitía que la sangre, a su paso por todo el cuerpo, liberara oxígeno y absorbiera el dióxido de carbono de sus músculos y órganos. Sin embargo yo hacía un enorme esfuerzo para adaptarme a su medio y con la respiración contenida tenía que soltar el aire lentamente para no agotar todas las reservar antes de finalizar la batalla. Por un momento llegué a sentir vergüenza de estar armado frente a un rival que me esperaba únicamente convencido del poder de sus fabulosos dientes, los que insistía en mostrar de forma agresiva como para intimidar al adversario. Con cierto egoísmo pensé en mi hija, sin reparar en que también él podría tener descendientes que lamentaran la partida en caso de derrota y se esmeraran en conservar algún resto en un lugar de veneración, en su caso rodeado por caracolas y en el mío por flores. Y tuve que reconocer que era un buen padre porque su especie había optado por una estrategia reproductiva diferente a la del resto de los peces marinos y fecundaba los huevos internamente, con lo que invertía más energía en producir menos crías pero posiblemente más protegidas que las de algunos humanos insensibles. Y tal vez ellos, siguiendo el ejemplo del homo sapiens, conservarían por siglos los sanguinarios instintos de venganza y emprenderían una verdadera ofensiva contra los seres humanos, que nunca sería tan devastadora como la que se mantuvo siempre en sentido inverso.
El cristal de la máscara comenzó a empañarse en el mismo instante en que la tensión llegó a su clímax y en cualquier momento se produciría el dramático desenlace. Un intenso frío invadió mi cuerpo, que comenzó a temblar como nunca lo había hecho antes, ni en los campos de batallas durante las interminables guerras que conspiraban contra continuidad de nuestra propia especie. De repente el ciclópeo animal hizo un giro rápido y sentí mi dedo índice dominado por un reflejo condicionado apretando el gatillo del fusil. Aunque estaba apuntando al centro de la cabeza, entre los dos ojos que me miraban de forma belicosa y provocativa, al mover su cuerpo la varilla fue a atravesar la base de la cola, pero así mismo avanzó unos diez metros en dirección contraria a mi y se detuvo nuevamente a observarme de lejos. ¿Quién sabría cuántos años de angustias y persecuciones sufridas se anteponían a sus indescifrables deliberaciones? Si juzgaba teniendo en cuenta las verdades históricas de las contradicciones entre ambos, él debería estar sintiendo un profundo odio y desprecio por su principal enemigo, por lo que no escatimaría fuerzas para descuartizar mi cuerpo y devorar con soberbia hasta la más fétida de mis tripas. Pero si fuese realmente vengativo y criminal, prolongaría mi sufrimiento arrancando cada parte de una vez, deleitándose al ver mi sangre transformar el color del agua y algunos pedazos disputados por otras especies no menos resentidas por los efectos de la caza indiscriminada. Porque algunas de ellas habían sido extinguidas hasta masivamente por sustancias químicas derramadas, enormes redes que intensifican cada día su captura y hasta por proyectiles bélicos que tanto en la guerra como en la paz continuaban explotando en el fondo de los mares. De forma que si fuera por los motivos sus instintos asesinos cobrarían proporciones titánicas y mi insignificante cuerpo, que ante todo representaba a la especie más perjudicial para el planeta, sería triturado con merecida rabia, ingerido a riesgo de ocasionar otros males, y defecado en cantidades dispersas por las profundidades marítimas para que nunca más nadie pudiera recomponer aquella criatura indigna creada por la misma mano de la naturaleza.
A pesar de la distancia pude distinguir un considerable aumento en el ritmo de su respiración y me pareció sentir la aceleración de sus batimientos cardiacos. Entonces abrió completamente la boca mostrándome su monumental capacidad para arrancar de una mordida la mitad de mi cuerpo y comenzó a colocar las aletas laterales en la posición que le infringían mayor velocidad al cuerpo que parecía más aerodinámico que nunca. Pude percibir perfectamente que con un movimiento violento batió en el agua con su aleta caudal y emprendió una veloz carrera en mi dirección. Apreté el cuchillo con todas mis fuerzas y me dispuse a luchar contra él cuerpo a cuerpo, en una batalla de fieras que sólo terminaría cuando acabaran totalmente las fuerzas de uno de los rivales herido de muerte. Ahora estaba con la ventaja dentro de su medio acuático y me sabía desprovisto de la principal arma, porque la pelea con puñal le daba la posibilidad de una proximidad mayor, en la que contaría con la superioridad por razones obvias. Contra mí conspiraban la falta de un punto de apoyo firme sobre el fondo, pues la masa acuífera me mantenía en suspensión, el fatal hecho de no ser un anfibio capaz de respirar debajo del agua y la falta de condiciones físicas para realizar movimientos rápidos dentro del medio adverso, ajeno al mío natural. Pero no habría razón alguna que me impidiese aceptar el reto después que durante tanto tiempo había soñado con ese instante en que finalmente quedaría decidido cual de los dos disponía de mayores fuerzas. En fracciones de segundo comprendí que la velocidad que había alcanzado era casi supersónica y que me restaban ínfimas posibilidades para reaccionar de forma defensiva, porque él ahora había asumido la iniciativa del ataque. Y como en efecto, no tuve tiempo para nada. Sentí el fuerte impacto en el pecho y di una vuelta de cabeza. Tenía la impresión que había sido golpeado en el centro neurálgico del organismo. Aunque me pareció una eternidad, permanecí apenas unos instantes totalmente tonto entre las algas del fondo, que con incomprensible amabilidad acariciaban mi cuerpo, como queriendo devolverle la vida por compasión, a quien instantes antes de ver la muerte, había recibido una profunda lección de vida. Cuando conseguí salir del aturdimiento y llegar ileso a la superficie, vi entre las olas del mar revuelto la impresionante aleta dorsal del rey de los mares, junto a otra bien menor, alejándose en dirección a las profundidades del océano.


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martes, 20 de octubre de 2009

64. QUIERO SER MAR

Espuma de blanca ola que golpea y calla, remolinos que devuelven lo que a ella se arroja………….quiero ser mar.
Para contar miles de historias de otros tiempos, para narrar las crónicas de tragedias pesqueras………quiero ser mar.
Recorreré todas las costas, todos los fondos abisales en perfecta oscuridad, acunaré entre mis brazos a los hielos infinitos……quiero ser mar.

Un poco más grande, un poco mas cerca, me dijeron en el curso al principio de mi andadura marinera. Todo es frágil, pica o muerde…no se toca. Pero ¿quién se resiste a la tentación de sentir la suavidad de cierta anémona o el áspero tacto de la piel del tiburón?.
También recuerdo el énfasis en la flotabilidad como medida de prevención de posibles barotraumas. Y sin embargo nadie me habló de la increíble sensación de volar que se siente a una cota estable. Cuando el mar te mece y te dejas llevar, cuando alguna corriente pasa ante ti el mejor documental de vida submarina que jamás hayas visto. O tal vez solo viendo las caprichosas formas y volúmenes de las burbujas cuando se elevan hacia la superficie… de eso nadie me habló.
Del binomio en esto del buceo como medida de seguridad, sin explicarme lo que se siente al compartir tu vida en manos del regulador de tu compañero, el que su mirada firme te infunda serenidad en momentos de pánico, en que puedas compartir con él lo vivido ahí abajo….tampoco eso me lo dijeron.
La majestuosidad del tiburón ballena seguro de su enormidad, la desafiante cara de la morena más curiosa que agresiva, el ahínco en defender su parcela del pez ballesta, la sutilidad y elegancia de una medusa al desplazarse………tantas cosas no me contaron.
El mismo sabor salado, distinto color azul, montañas sumergidas, volcanes incandescentes que azufran las profundidades más profundas, arquitectos de islas polinésicas vestidos de coral……..y yo sin saberlo.
Los mitos y leyendas que poblaron Ïtaca.
La Atlántida sumergida en nuestras mentes aventureras.
Guerras vikingas con cien cañones por banda, luchas titánicas con la ballena azul y el kraken de los abismos, barcos insumergibles que yacen derrotados en el fondo marino, historias infantiles de chanquetes y reinas de los mares……..desconocido mar mío.
Mar que acompaña mis soledades, que se ciñe a mi cuerpo cuando buceo. Mar de nubes evaporadas que riega campos y valles, que nos regala el agua que da la vida……… mar del que nacimos.

Pero algo se hace eco en mi cabeza.
Tal vez los vertidos emisarios.
Quizá la negra marea que tiñe el azul marino.
Pudiera ser la abusiva pesca que esquilma caladeros y especies
O tan solo el poco respeto del ser humano hacia su planeta agua.

Sea como fuere, ya no quiero ser mar.

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63. EL ANILLO SUMERGIDO.

Faltaban unas horas para la amanecida cuando en el pueblo se comenzó a escuchar un ronroneo creciente. Era el nuevo de enero de 1959. En poco más de veinte minutos una tromba de millones de metros cúbicos de agua provocó la muerte de casi centenar y medio de personas. La presa de Vega de Tera, situada por encima del lago de Sanabria, en Zamora, se había roto, y sus aguas, desbocadas, bajaron por el cañón del río Tera hasta hacer desaparecer el pueblo de Villadelago.
Fue necesaria la intervención de un grupo especial de submarinismo y buceo para proceder al rescate de los muchos cadáveres que habían quedado atrapados por el fango y los escombros en el fondo del lago de Sanabria, ese grupo se desplazó desde las islas Canarias, y estaba dirigido por Alberto Vázquez Figueroa quien, a bordo del buque escuela Cruz del Sur y a lo largo de dos años, había aprendido de Jacques Cousteau casi todo lo que una persona puede saber acerca de los misterios submarinos.
El agua estaba helada, la visibilidad era nula, los obstáculos infinitos, las corrientes traicioneras, los medios de los que se disponía muy escasos…, aún así, durante las inmersiones del primer día se rescataron catorce cadáveres. Los familiares de los desaparecidos contemplaban las labores de búsqueda desde las laderas que delimitaban las tierras conquistadas por el lago de modo tan violento. El buceador más joven no pudo continuar bajo el agua después de haberse quedado con el brazo de un cadáver medio enterrado entre matorrales al tirar de él. Los cuerpos, por la acción de las bajas temperaturas del agua, se quebraban como el cristal. Ni uno solo de los submarinistas del grupo pudo conciliar el sueño durante las primeras jornadas. El fondo del lago era cambiante porque las aguas todavía buscaban acomodo, lo que incrementaba el peligro del rescate: un mal movimiento y el buceador podía quedar atrapado por una pared que había permanecido en difícil equilibrio y terminaba de derrumbarse. Ginés Ventura, experto submarinista, habría encontrado sepultura bajo aquellas aguas de no haber sido por el acierto de un compañero que desenredó su equipo de buceo enmarañado en las rejas de una ventana huérfanas de fachada. Alonso Cortina a punto estuvo de morir de hipotermia: el hierro de unos escombros rajó su traje y el agua helada no tardó en filtrarse hacia su cuerpo, convirtiendo el equipamiento en una trampa que le impedía ascender hacia la superficie con la rapidez que la situación requería. Alberto Vázquez Figueroa rescató cuatro cadáveres y quedó obsesionado por un quinto que desapareció de su vista como por ensalmo. Se trataba de una chica de larga cabellera; había llegado a agarrarla por la cintura con ambas manos para evitar que el tronco se partiera, pero trastabilló, intentó recuperar el equilibrio batiendo los brazos y fue en ese instante cuando el cadáver se perdió entre el cieno. Alberto anduvo tanteando por los alrededores con sumo cuidado, mas no halló ni rastro de la muchacha. La única razón que pudo dar una vez en la superficie fue que llevaba un anillo enorme y brillante. Ese dato le bastó a uno de los vecinos para quedar convencido de que la desaparecida no era otra que su mujer. El hombre se había librado de la tragedia por su trabajo de pastor, lo que lo mantenía alejado del pueblo, cuidando del rebaño en la majada. El jefe de buceadores, contraviniendo la lógica y la seguridad, conmovido por el llanto y la desesperación del viudo, bajó de nuevo con la esperanza de recuperar el cadáver. Sin éxito. El lugar quedó marcado en su memoria por el curioso repecho que las aguas hacían en la ladera, simulando una ostra.
Cinco años más tarde Alberto regresó a lo que fue Ribadelago. No sabría explicarse qué impulso le hizo volver a aquella ladera en la que apenas se reconocía la forma de una concha. La casualidad hizo que se encontrara con el pastor que, según le confesó, visitaba aquel lugar siempre que podía. Utilizaba el azogue del lago a modo de lápida de una sepultura inmensa. Vázquez Figueroa realizó una inmersión. En un lustro los materiales de buceo habían mejorado de forma ostensible y lo que se encontraría bajo la superficie no sería el espectáculo borroso de años atrás. Con esa esperanza recorrió el fondo que servía de sepultura todavía a tanta gente. Encontró indicios de un socavón en el fondo que había sido recubierto por sedimentos diversos, entre los que no faltaba el eje de una carreta. Su autonomía no era suficiente para aventurarse a remover todo aquello. La hipótesis más plausible decía relación con un torbellino traicionero que había arrastrado el cuerpo de la mujer hacia ese recoveco, el tiempo se había ido encargando de taparlo. Así se lo explicó al buen hombre, que agradeció de corazón el esfuerzo del buceador.
Tras de tiempos vinieron tiempos, y cuatro años más tarde Alberto volvió a encontrarse con el pastor. Recuperar aquel cadáver rayaba la obsesión, y tan pronto las botellas de oxígeno de doble duración dejaron de estar en fase experimental y la calidad de los materiales del traje de buceo aumentó, Vázquez Figueroa quiso probar fortuna de nuevo. Pertrechado de todo lo necesario para resolver la cuestión sin necesidad de prospecciones previas, el submarinista se zambulló ante la atenta mirada del viudo. Una vez en el fondo, con sumo cuidado, fue deshaciendo las capas que le impedían acceder a la hondonada. No resultaba tarea difícil, el problema era que cada vez que conseguía retirar un trozo grande de escombro el agua se enturbiaba durante un buen rato. Eso retrasaba todos los cálculos previstos. El tiempo corría en su contra, y el eje de la carreta, con el que tantas veces había soñado, se resistía a ser retirado. No lo lograría, maldecía. Cinco minutos más y sería peligroso continuar ahí abajo. El hierro no cedía. Tres minutos. Un último esfuerzo. Dos minutos. ¡Por fin! El eje se dejó arrastrar y con él piedras y maderas. Un minuto. Ahora no podía abandonar, el agua todavía estaba turbia, no obstante, si no aguantaba un poco más ya no sería capaz de volver a sumergirse. Cincuenta segundos y la claridad comienza a volver al fondo; cuarenta segundos y Alberto se asoma a la abertura dejada por los últimos escombros retirados. Treinta segundos y puede alcanzar la mano en la que se adivina un enorme anillo cubierto de robín. Lo agarra y está a punto de tirar del cuerpo cuando se da cuenta de que junto a la muchacha momificada hay otro cuerpo de un varón joven agarrado a sus piernas. Ambos están totalmente desnudos. Diez segundos. Alberto toma impulso y sube.
Le entregó el anillo al hombre y le mintió que su mujer había recibido digna sepultura bajo las aguas. Salvo el metal, todo lo demás habría sido descompuesto por las aguas.
El pastor pudo, finalmente, descansar en paz.
Alberto todavía sigue teniendo pesadillas.

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62. INOLVIDABLE INMERSIÓN

Siempre me ha gustado el agua, soy buena nadadora y he crecido y vivido siempre en una ciudad marítima y, por ende, frente a la playa. Pero nunca sentí especiales deseos de sumergirme y bucear más allá de lo necesario para evitar afrontar una ola de gran tamaño cuando el mar está agitado, durante el plácido baño de una jornada playera.

Más como todo en la vida llega en su justo momento, tuve ocasión de hacerlo invitada por un amigo que solía bucear en una zona que conocía perfectamente, y que, como me aseguró, no albergaba ningún peligro. Reconozco que, tras sus muchos intentos para convencerme, su empeño y tesón en hacerlo me acabaron por convencer y finalmente accedí.

Escogimos un precioso día que, aunque nublado, era sereno y no había amenaza de lluvia. Dejamos el coche en lo alto del risco donde terminaba la carretera y bajamos la pendiente que descendía hasta la playa, pertrechados de todo el material necesario. Caminamos un rato entre las rocas hasta que llegamos al lugar desde donde nos zambulliríamos, sin peligro de golpearnos con alguna roca cercana, en una zona con bastante profundidad.

Me enfundé el ajustado traje de neopreno, las aletas, las gafas y, finalmente, cargué a mi espalda la pesada bombona de oxígeno. Y lo mismo hizo Luis. Nos acercamos al borde de la roca y miramos hacia abajo. El mar estaba tranquilo y sus aguas eran limpias y claras.

Tras dirigirnos una mirada de complicidad, nos dejamos caer al agua. Me coloqué el tubo en la boca y me zambullí junto con mi compañero de viaje. Me costó poco tiempo acostumbrarme a la inusual ligereza que me otorgaban las aletas -era la primera vez que las usaba-y comencé a disfrutar de mi propia ingravidez dentro del agua.

Nadamos hacia la profundidad y mis ojos hubieron de adaptarse a la escasez de luz que, poco a poco, a medida que descendíamos, nos iba rodeando. Me quedé maravillada cuando comenzaron a hacerlo, ya que pude comprobar que el colorido y la belleza del fondo marino me eran absolutamente desconocidos, más allá de los preciosos reportajes del mundo submarino que había visto en muchas ocasiones en los documentales de la televisión.

Todo un sinfín de pequeños crustáceos de largas patas pululaba por el fondo rocoso. Luis me señaló una pequeña agrupación de erizos de mar cuyos colores variaban del blanco y verdoso al rojizo o pardo, aunque los que más vi que abundaban, eran de color violeta. Parecían haber excavado una ligera cavidad en la roca donde se encontraban.

Divisé un par de las llamadas liebres, con sus característicos tentáculos en la cabeza. Eran de un color rojizo con manchas blanquecinas y avanzaban por el fondo con sinuosos movimientos, ramoneando sobre un grupo de algas rojas. Entonces, Luis me hizo una seña indicándome que mirara detrás de mí. Lo hice y ví un cachón que venía nadando hacia nosotros, valiéndose de su curioso sistema de propulsión a chorro. Más tarde, ya fuera del agua, me informaría Luis que se trataba de un macho en celo, puesto que su manto presentaba vistosas y coloridas rayas. Pasó tan cerca de mí que hube casi de retirarme, dándome tiempo a observar que, rodeando su boca, tenía unos brazos cortos y otros dos largos que terminaban en una especie de maza con ventosas, que llevaba extendidos hacia el frente. Detrás de los brazos, destacaban sus grandes ojos y me llamó la atención la característica ondulación de su manto al nadar, que se me asemejó a una airosa falda femenina que el viento meciera. Me quedé observándole hasta que lo perdí de vista, mientras se alejaba.

Seguimos nadando sobre un inmenso vergel natural de algas de diversas formas y colores; algunas de ellas eran de color verde oscuro y tallo corto, semejantes a pequeñas lechugas de lozano y esponjoso aspecto, que se extendían ante mi vista, formando una extensa pradera verde. Había otras de tipo filamentoso, con un fronde de lo que parecían mechones de hilos; también vi otras formadas por tiras coriáceas, comprimidas, y con una serie de gruesas vesículas hundidas en las ramas a intervalos más o menos regulares, de color pardo-verdoso, que se movían a nuestro paso con ondulantes y casi sensuales movimientos.

Llegamos a una zona en la que había como una pequeña cueva excavada en la roca y Luis me hizo señas para que mirara atentamente. Pudimos ver un cabracho escondido entre las rocas, semienterrado en el fondo arenoso, confundido con el mismo, pues con su color pardo con zonas más claras y oscuras se mimetizaba con su entorno a la perfección. Así todo, pude distinguir su voluminosa cabeza tortuosamente ornamentada con protuberancias, espinas y papilas, así como sus grandes y saltones ojos, que parecían observarnos desde su escondite, pero no pareció estar muy preocupado por nosotros, pues permaneció inmóvil en su soporífero letargo.

Por delante de nuestros atónitos ojos, pasó un agujón, más vulgarmente llamado trompetero, por la forma de su cara. Su cuerpo era alargado, fino, rígido y duro, como una fusta y su cara se prolongaba hacia delante formando un estrecho y largo tubo, en cuyo extremo se encuentra la boca, que captura sus presas por succión. Se alejó plácidamente, nadando casi a ras de suelo, entre la vegetación, como si de una enorme serpiente se tratara.

Seguimos avanzando y reconocí un colorido grupo de julias, con tonalidades pardo-anaranjadas con tonos amarillos y blanco sucio en los costados, y por debajo, crema-amarillento desde la boca a la cola; había otros pardo rojizos o achocolatados por el dorso, con una mancha blanca en el morro, y el vientre crema blanquecino.

Estaba totalmente alucinada con la variedad de especies y la agitada vida que se encontraba uno allí abajo, disfrutando inmensamente de los intensos coloridos que me rodeaban, cuando nuevamente detuvimos nuestro recorrido para contemplar un hermoso pulpo de gran cuerpo globoso, del que pude contar salían ocho largos brazos con dos filas de blancas ventosas. La superficie de su cuerpo parecía verrugosa y pude ver que sus grandes ojos parecían amarillos. Estaba inmóvil, como si estuviera descansando o a la espera de alguna presa que apareciera nadando y se pusiera a su alcance para atacar, en una oquedad excavada en la arena, rodeado de numerosas conchas y piedras y en uno de sus brazos vimos que retenía una botella de cristal que algún humano debía haber arrojado hacía mucho tiempo, a juzgar por el aspecto de la misma. Al vernos, su estado de ánimo pareció cambiar, puesto que, por un momento, y de forma muy rápida, viró del amarillo a pardo, luego a gris y, finalmente, a verde. Sabiendo que pueden llegar a ser agresivos si se ven amenazados, nos alejamos rápidamente para no provocarle con nuestra prolongada presencia.

Luis miró el reloj que llevaba en su muñeca izquierda y me hizo una seña para indicarme que debíamos regresar, pues nuestra reserva de aire tocaba a su fin. En aquel momento, recuerdo que pensé que se me había pasado el tiempo sin sentir, tan ensimismada como estaba en la contemplación de tanta belleza y observando en vivo y en directo las formas, colores y costumbres de los animales que tantas veces había visto en fotografías de libros o encerrados en la pantalla de televisión.

A nuestro regreso, divisamos un par de centollos, seguramente macho y hembra, de robustas y largas patas, con distintas tonalidades rojas y pardas, con algunas zonas más claras y oscuras, y matices anaranjados. Caminaban trabajosamente por el fondo rocoso, sorteando las numerosas piedras y obstáculos que encontraban en su camino.

Por primera vez vi un pez escorpión, cuya dolorosa picadura pude comprobar hace tiempo, en una playa cercana. Su cuerpo era alargado, sus ojos estaban situados muy juntos hacia la parte superior de la cabeza y su amplia boca, casi en vertical, le daban un aspecto característico. A decir verdad, me pareció bastante feo (si es que este apelativo puede aplicársele a un pez). En la parte superior, dos aletas dorsales, una mucho más corta, de color negro, que es por donde inyecta el veneno cuando se entierra en la arena de la orilla de la playa. Su color era pardo oscuro-verdoso en el dorso, virando a amarillento o castaño claro en los costados, donde destacaban unas líneas azules, amarillas y oscuras, formando finas bandas.

Ya en el momento del ascenso, topamos con un pequeño grupo de mules de lomo azul grisáceo, costados plateados y vientre casi blanco, perfectamente adaptados para encontrarse cerca de la superficie sin llamar mucho la atención de sus posibles depredadores.

Con cierta tristeza, saqué el tubo de mi boca al ascender a la superficie y sacar la cabeza del agua, con mis retinas todavía en estado de shock, impresionada por toda la maravilla submarina que acababa de contemplar.

Visto desde fuera, el mundo submarino nos puede parecer un simple medio de obtener alimento, pero cuando uno se adentra en él, comprende la necesidad de concienciarnos y cuidar de nuestros fondos marinos, cuya riqueza influye decisivamente en el equilibrio biológico de nuestro planeta, siendo la actividad humana el principal elemento causante de las mayores agresiones.

No quisiera que mi deseo de volver a zambullirme en otra ocasión no muy lejana no pudiera llevarse a cabo por haber sido destruido el bellísimo y complejo mundo del fondo oceánico, tan rico y variado como lo es el resto del planeta que habitamos, llamado Tierra.

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61. ENTRE LOS CORALES

Rafael yace en una cama orientada hacia el suroeste, con su ventana mirando al mar. Desde allí tumbado apenas puede otear la inmensidad del Océano, pero solo con ver un resquicio se conforma, pues él mejor que nadie sabe los secretos que allí se esconden.
Hoy está esperando por su sobrina Nuria. Sabe que lo hora de su despedida está cercana y no quiere morir sin contar su secreto, y su sobrina es la única persona en el mundo que tiene suficiente imaginación para entenderlo.
Cuando el sol ya comienza a declinar Nuria llega a la habitación de Rafael y sin saber muy bien por qué, se siente sobrecogida. Tal vez se deba a la cercana presencia de la muerte, o simplemente a la sensación de soledad que percibe en la habitación. Al acercarse a saludar a su tío este le ruega que se siente a su lado y le escuche con atención.

- Mi querida muchacha – empezó a contar el viejo – hace tiempo que quería contar mi secreto, así que espero que puedas entenderme. Mi historia comienza hace más de sesenta años, cuando yo era un mozo joven y fuerte. Vivía en esta misma casa y contemplaba el mismo Océano desde mi ventana, y tal vez por eso siempre sentí que una parte de mi estaba allí. Por aquel entonces yo era un muchacho tan tímido que no me atrevía a hablar con nadie, y apenas tenía amigos. Desde muy niño pasaba todos mis momentos libres en el agua. Había aprendido a bucear y podía sumergirme en la inmensidad de este hermoso mar sin más ayuda que unas aletas y un tubo para respirar. En aquel entonces era lo que había. Lo que verdaderamente quiero contarte ocurrió una tarde de verano. Era un día soleado y decidí coger mi barca de pesca para bucear. Aún no sé como lo hice pero lo cierto es que me despisté un poco y fui a dar a una zona que no conocía. Allí las aguas eran aún más cristalinas y el sol brillaba más intensamente, así que anclé mi barca y empecé a bucear. Apenas llevaba unos minutos cuando sentí una presencia a mis espaldas. Pensé que sería algún pez extraño así que me giré despacio para no asustarlo, pero no vi ningún pez, si no una enorme cola de plateadas escamas desaparecer entre los corales. Intrigado empecé a perseguir a lo que fuere que había visto, pero no daba señales de vida. Tras una larga búsqueda, y cuando estaba ya a punto de desistir vi algo en una cueva que estaba oculta entre los corales y los pececillos de colores. Cuando me acerqué lo suficiente me quedé sin palabras. Nunca en mi vida había visto una cosa así, ni siquiera había soñado con una cosa así. Ante mis ojos tenía el más bello ejemplar de sirena que pudiera imaginar. Sus cabellos eran tan sedosos que no parecía que estuviesen mojados, y sus ojos brillaban tanto que apenas podía sostenerle la mirada. Su cola tenía el plateado más intenso que pueda describir, pero lo que más me impresionó fue que no parecía asustada. No huía de mí, simplemente me miraba, y de vez en cuando sonreía. Como ya llevaba demasiado tiempo en el agua tuve que salir a la superficie para poder respirar. Cuando por fin había recuperado el resuello volví a sumergirme, pero por más que busqué no pude encontrarla. Busqué y busqué hasta que la noche pintó el cielo de negro y las estrellas me guiaron de nuevo a casa. Los días siguientes volví a buscarla pero no era capaz de encontrarla. Ya casi había perdido la esperanza cuando, de nuevo por casualidad la vi. Estaba escondida detrás de unas anémonas y me miraba con curiosidad. Cuando ya no pude aguantar más y subí a respirar sentí con sorpresa que me seguía. Una vez en la superficie ella emergió de las aguas llenando todo mi mundo de gotitas plateadas. Para sorprenderme todavía más, me miró con sus brillantes ojos y me habló.
- Hola, me llamo Lira. ¿Por qué respiras con ese extraño objeto?
- Porque si no me ahogaría – dije perplejo - ¿Vives aquí tú sola?
- No, vivo con mis padres, mis seis hermanos, mis abuelos y mucha más familia, pero ellos jamás van al lugar donde te conocí. Nosotros vivimos en lugar que está mucho más profundo.
Ese día estuvimos hablando hasta que anocheció, y antes de irme le prometí a Lira que al día siguiente iría a verla. Cuando la mañana siguiente fui al lugar donde nos habíamos conocido percibí un destello de plata y supe que me estaba esperando. Poco a poco empezamos a conocernos, y un día nos dimos cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro. El problema era que yo no aguantaba demasiado tiempo dentro del agua y ella tampoco podía estar mucho tiempo fuera así que nuestros encuentros eran todo el tiempo de arriba para abajo en la inmensidad del Océano. Al llegar el invierno la cosa se complicó más. En aquellos tiempos no había trajes de neopreno ni de ningún material que sirviera para protegerme un poco del frío, pero yo me sumergía igual para estar con ella. Aquello era amor, superar cualquier dificultad para estar con alguien. Los meses fueron pasando y después de los meses los años. Yo poco a poco había dejado de relacionarme con los demás, excepto en mis horas de trabajo o con mi familia muy directa. Todo mi tiempo libre lo dedicaba a estar con ella. Todos mis ahorros los invertía en modernos sistemas que me permitieran pasar más tiempo bajo el agua. A pesar de las inconveniencias que teníamos para vernos éramos intensamente felices. Pero Lira tenía un secreto que no había sido capaz de revelarme. Le había faltado valor. Yo me di cuenta el día que supe que no podría conocer a su familia porque era imposible para mi descender al lugar donde vivían. Decepcionado le pregunte si sus padres eran muy mayores, y ella, con un hilo de voz me dijo que no mucho, tenían trescientos años.
Completamente aturdido me di cuenta de que Lira era inmortal. Pero lo más duro para mí no era eso, lo más duro era que mientras yo me marchitaba cada día ella seguía resplandeciendo entre cristales de plata.
A medida que avanzaba el tiempo yo podía estar más tiempo con ella porque tenía botellas de un oxígeno nuevo, nitrox, y otros modernos artilugios que me ayudaban a estar con ella. Pero Lira y yo sabíamos que mi tiempo se acababa, dentro de nada yo no podría ir a su lado y ella no podía salir del agua para estar conmigo. Nuestros últimos instantes juntos fueron tan tristes que ni siquiera quiero recordarlos. Prefiero quedarme con lo bueno, con todos esos años que compartimos en la inmensidad del mar. Ella me juro que cada día, justo antes de la puesta de sol emergería de las aguas y daría un gran salto en el aire para que yo la viera. Esa visión borrosa que espero cada tarde es lo que me mantiene con vida, pero ahora que ya sabes mi secreto, y que el nombre de Lira no morirá conmigo siento que ya puedo irme. Estoy muy cansado pero lo peor de todo es que no puedo esperar que ella se reúna conmigo algún día porque sé que nunca morirá.
Cuando el anciano terminó de hablar tenía los ojos humedecidos por las lágrimas, y su sobrina apenas podía articular palabra pues estaba, sobrecogida por la emoción. En silencio miraron por la ventana, y allá a lo lejos vieron un surtido de reflejos plateados que poco a poco iba tomando forma de sirena. Agitó los brazos en el aire y súbitamente desapareció.

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60. NARCOSIS DE NITRÓGENO

Corazón mío, que procedes de mi madre,
¡que tu testimonio no me sea adverso y no te enfrentes conmigo en el tribunal divino,
que nuestro nombre sea bello y suene bien a quien lo oiga y que agrade al juez!
(Anónimo Egipcio)


Aquí todo parece sonar y verse un poco diferente, las sensaciones son nuevas.

La ingravidez hizo que me imaginara como una astronauta nadando libremente y sin esfuerzo, en todas direcciones.

Bajo el agua, las distancias no son fáciles de medir; es como si viéramos a través de una lupa.

Podía ver peces de colores brillantes, tocarlos con la punta de los dedos. Ellos no rehuían mi contacto y hasta parecían acercarse a propósito para que lo hiciera.

No sólo los peces eran bellísimos; también los corales que crecían de formas y matices desconocidos para mí hasta ese momento. Eran asombrosos. Los había rojos, blancos y grises. Otros, semiesféricos, yacían sobre la arena blanca como pequeños sombreros amarillos.

La luz del sol, filtrada por el agua, iluminaba el paisaje submarino dotándolo de un aura fantástica.

Los sonidos bajo el mar me sorprendieron. Eran de múltiples tonos. Algunos profundos y graves, como ecos lejanos, otros agudos e intermitentes. Era imposible determinar la procedencia exacta de cada uno, excepto el de aquel que producían las burbujas desprendidas de mi regulador. El agua tibia contribuía a magnificar la sensación placentera, reminiscencia, quizás, de la vida antes de la vida. Recorrí ese paisaje increíble, nadando muy despacio, observándolo, disfrutando de un modo nunca antes experimentado.

Controlé el profundímetro, había alcanzado el límite de lo planificado; pero, cegada por la euforia, me sumergí más, decidida a prolongar el paseo. Comencé a sentir dolor en las articulaciones.

Las algas se mecían apacibles al vaivén de la corriente permitiendo ver, por momentos, muchos pequeños seres marinos pululando entre ellas y las ramas de coral.

Quedaban pocos minutos para iniciar el ascenso; no obstante, me acerqué aún más al fondo para observar un extraño escarabajo. De color turquesa intenso y gran tamaño, lo encontré muy parecido a los venerados por los egipcios(*). Se movía lentamente en dirección a una grieta y no pude evitar seguirlo. ¿Escondería algún regalo divino para mí?

¡Punzante dolor!. Una afilada rama de coral que sobresalía por encima de las demás y cuya distancia no había calculado bien, me produjo una herida superficial en el muslo derecho. Una nubecita roja comenzó a fluir en forma constante. No le di importancia y seguí nadando hacia la grieta. Mientras tanto, algunos peces más grandes parecieron interesarse en acompañarme...

Al atravesar la grieta en pos del escarabajo, comencé a sentir dolor en los brazos y en las piernas, pero, absorta ante tanta belleza, apenas le di importancia.

No sé porqué, a veces mi paseo se ve interrumpido por el recuerdo de una lejana conversación entre dos hombres desconocidos que hablan de una mujer desaparecida.


Yo sigo nadando. Aún persigo el escarabajo.


(*)”Escarabajo Egipcio”: El que lo portaba en vida tenía la protección contra el mal, visible o invisible y recibía vida, poder y fuerza diariamente, y el que lo portaba en la muerte, es decir de acuerdo con los ritos funerarios, tenía la posibilidad de resucitar y obtener la vida eterna. Así mismo se empezó a emplear el escarabeo-corazón como un amuleto que se colocaba en la momia, el cual era el que evitaba que durante la ceremonia del pesaje del corazón éste declarara contra su dueño. En la parte de abajo llevaban grabada una fórmula místico-religiosa tomada del libro de los muertos. (Un ejemplo de este tipo de texto, el epígrafe) - Instituto de estudios del antiguo Egipto – Félix Valdéz Corral.

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jueves, 15 de octubre de 2009

Ampliado plazo del Concurso hasta el 31 Diciembre!!

Estamos recibiendo muchos relatos, y a petición de los participantes y dado que la entrega de premios será en Febrero en el salón de Cornellá, SE AMPLÍA EL PLAZA DE RECEPCION DE RELATOS HASTA EL 31 DE DICIEMBRE.

Tienes todo lo que queda de año para escribir y enviar tu relato, recuerda mirar bien las bases para que entre a concurso, y que nos llegue como tope el 31 de diciembre a las 23:59 h. ¡¡Pero no apures tanto, que con las uvas nos despistamos todos y sería una pena que no participaras!


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59. INMERSIÓN DE BAJO RIESGO

Se encontraba sumergido a -5m, en plena etapa de descompresión, colgado del cabo de fondeo y con el cerebro a mil, desesperado por hallar una solución que lo alejase de la muerte inminente que lo aguardaba en la superficie. ¿Cómo había podido llegar un tipo bregado y profesional como él a este punto? Aunque su hermano siempre le decía que él era de aquellos tipos que se sientan en un pajar y se clavan la aguja... para perderla después!
***
Todo había empezado hacía menos de 24 horas con una llamada telefónica, en la que una voz masculina con la típica entonación musical menorquina, le ofrecía un trabajo de localización de un barco que se había hundido recientemente. El menorquín requería sus servicios basándose en la fama que él tenía como buen profesional y experto en estos temas. Se identificó y citó a un amigo común, que lo había recomendado. Ofrecía un buen salario tan sólo por buscar el barco hundido y multiplicaba esta cantidad por cinco si lograba localizarlo.
La llamada le pillaba a finales de junio y con la agenda a tope en su trabajo en la escuela de buceo que regentaba… Le pidió un par de minutos mientras retenía la llamada e intentaba comunicarse con el amigo común. En vano. Su esposa, que respondió a la llamada, le dijo que seguía embarcado y que no lo esperaba hasta finales de mes.
Harto de aquella conversación absurda (¿qué pasa, que no podéis encargarle el trabajo a un buzo local?) le pidió unos honorarios disparatados para sacudírselo de encima. Y la primera sorpresa que recibiría en los próximos días la tuvo cuando el isleño aceptó al momento y le comunicó que en breve recibiría un “courrier” con la cantidad pedida (ni adelantos, ni porcentajes: entera, para que viera que era un asunto absolutamente serio y con la posibilidad de quintuplicar las ganancias) y un billete de ida y vuelta en avión.
Efectivamente, a primera hora de la tarde, recibió un sobre con la “pasta”, el billete de avión, una carta náutica de la zona dónde se suponía el naufragio, unas cuantas líneas dónde se le indicaba la urgencia en recobrar unos documentos que se habían hundido con el barco y la recomendación de no hablar de ello con nadie. La discreción tenía que ser absoluta y se le pagaba generosamente para que asi fuera. También se le indicaba que ponían a su disposición una embarcación rápida, equipada con electrónica moderna y equipo completo de buceo. Y un patrón-ayudante, que le recogería en el aeropuerto.
Nuestro hombre preparó un equipaje ligero al que añadió sus queridos binoculares “Steiner Commander” con compás integrado, su paralex, un compás, escuadra, cartabón y un pequeño GPS portátil, del tamaño de un paquete de cigarrillos. Empaquetó todo y pidió un taxi para el aeropuerto.
A la llegada le esperaba el “patrón-ayudante “, un cruce genético imposible entre Copito de Nieve y Lola Gaos, con una mirada porcina que delataba una nada despreciable inteligencia. Hombre parco en palabras, con un brusco ademán le indicó que le siguiera al interior de un todoterreno aparcado de cualquier manera y partieron de inmediato.
Aprovechó el trayecto para trazar mentalmente un plan inicial de búsqueda en base a la escasa información disponible. El naufragio (por causas que él desconocía) se había producido de madrugada, en un punto indeterminado, al nor-noreste de las islas Addaia que jalonan la entrada al magnífico puerto del mismo nombre, a levante de la isla de Menorca. La luz del ocaso añadía cierta tibieza a la paleta cromática del entorno, donde el verde de los pinares se fundía con los tonos ocres de la caliza, lamida por el añil mediterráneo… El cielo, libre de nubes, auguraba un fin de semana totalmente anticiclónico, típicamente estival, y los grillos empezaban a añadir su música a la de las cigarras… Ideal para unas vacaciones. Pero, lamentablemente, él no estaba ahí para eso.
Cenó frugalmente en compañía del Sr. de Nieve Gaos y acordaron una jornada de trabajo que empezaría a las 5 de la madrugada, bastante antes de la salida del Sol. Fue muy estricto con eso, ya que buena parte del éxito de la búsqueda tenía que ver con ello. Así se lo dijo a su hierático compañero, al que ahora podía poner al día en sus roles como “patrón-ayudante-vigilante nocturno”, pues no le quitaba ojo.
Era noche cerrada aún cuando se pusieron en marcha. Se hizo llevar a la Punta Grossa y esperaron en el interior del Toyota, como dos amantes, iluminados por la rosada luz del alba que precedía al amanecer. Tan pronto hubo algo de luz, nuestro hombre tomó los Steiner y empezó a escudriñar atentamente la superficie del agua, plana como balsa de aceite. Con los primeros rayos de Sol, algo sucedió, ya que, de pronto, su cuerpo adquirió una extraña rigidez, como el sabueso que marca una presa. Al cabo de unos segundos, pegó un brinco y le indicó a Copito que le llevara más al sur, a un pequeño promontorio sobre el mar. Ahí se repitió la misma escena y cambiaron a un tercer lugar, con idéntico protocolo.
Luego le pidió ir a la embarcación y examinar el equipo. Una vez satisfechas su curiosidad y su verificación, nuestro hombre le indicó un rumbo aproximado al patrón, mientras él aprovechaba para equiparse. En un momento dado, tomó otra vez sus queridos Steiner y empezó a escudriñar la costa para desconcierto del pobre Copito, que no entendía por qué se empeñaba en mirar los acantilados si lo que buscaban estaba sumergido. De vez en cuando, le iba dando instrucciones: -“un poco más a estribor”…”asi, manténte así”… “cae un poco más…”- mientras seguía observando la costa cercana.
“-Top!” – gritó de repente para que Copito introdujese el waypoint al equipo del barco (una mezcla de sonda-GPS-Plotter). La sonda indicaba un fondo de roca pequeña y cascajo, a -37m., perfecto para una exploración. Preparó un “perico” (un artefacto compuesto por un peso de unos 4 kgs, sedal y boyarín), para marcar visiblemente el “waypoint” y le indicó a su compañero que mientras él estuviese sumergido, se mantuviera alejado pero atento a la aparición de una boya o algo similar.
El patrón, por primera vez, le deseó “mucha suerte” con una sonrisa de caimán, aunque era su extraña mirada lo que le inquietaba y desazonaba en demasía… Probó un par de veces ambos reguladores, escupió en la máscara, verificó la presión de los tanques y se dejó caer, siguiendo el sedal del boyarín. Empezó el descenso, en un mar planchado todavía, y en un agua con una visibilidad excepcional. Un cardumen de serviolas cruzó su trayectoria, mientras algunas de ellas se interesaban por el penacho de burbujas que marcaba su descenso. Las rocas destacaban oscuras sobre fondo claro y, llegando a los -20m, de repente, la vió.
La embarcación, un llaüt menorquín como los utilizados para la pesca de la langosta, tan abundante en la zona, descansaba sobre el fondo, en posición de marcha. Unos pequeños hilillos de aceite, o combustible, escapaban hacia la superficie… Nuestro hombre sonrió entre las burbujas; era esto precisamente lo que había estado buscando desde su privilegiada atalaya de Punta Grossa: manchas de aceite (el naufragio era reciente) que delataran su presencia. Tan pronto las descubrió, anotó mentalmente el ángulo que le indicaba el compás en los binoculares. Ya tenía la primera demora. Cambió de posición un par de veces más con objeto de establecer otras dos demoras. La intersección de las tres, le daba el punto donde se encontraba la mancha de aceite. Desde el mar, sólo había tenido que restar o agregar 180º a cada una de ellas para obtener el punto dónde echar la sonda, observando los lugares desde donde habían sido tomadas. ¡Este iba a ser el dinero más fácil que hubiera ganado en toda su difícil vida!
Se aproximó para amarrar el “perico” a uno de los pescantes del llaüt cuando los distinguió: decenas de sacos de arpillera llenaban la embarcación, hasta casi la tapa de regala. No necesitaba inspeccionarlos para saber lo que eran y lo que contenían. Los había visto, manejado, pescado, estibado y preparado demasiadas veces en el pasado: resina y polen de hachís, calidad “doble cero”, empaquetado al vacío en plástico de calidad y sellada de modo impermeable, envuelto todo en sacos de arpillera, de unos 28 kgs cada uno. Abrió un tambucho para cerciorarse de que toda la embarcación estaba hasta los topes. Calculó que en total habría unos 3500Kg-3800Kg, demasiado carga para tan poca barca. Y encima se habían olvidado la trapa del vivero de langostas abierta; por eso se había hundido. Lo más probable es que esa embarcación formase parte de un equipo de descarga de un barco nodriza. La pesca de la langosta ya no era lo que fue…Después de la crisis del calzado, mucha gente volvió al negocio tradicional del contrabando, adaptando la carga en función de los tiempos…
En un instante pasaron por su mente decenas de noches, encorvado sobre los mandos de sus queridas Crompton Marine, amurando las olas a más de 50 y más de 60 nudos, sin luces y equipado sólo con el “cíclope”, un intensificador de luz procedente de un equipo militar ruso. EL arco de seguridad de la embarcación aserrado para impedir que el hábil piloto del helicóptero de vigilancia “acogotara” la embarcación con los patines (siempre había admirado la maestría y la habilidad de aquél fulano!). Y detrás, rugiendo, los cuatro, a veces cinco, “cabezones”, tragando casi mil litros de combustible tan sólo en el viaje de vuelta… Los enormes carburadores mecánicos multicuerpo alimentaban sin cesar a los más de mil caballos sedientos, descartados los modernos de gestión electrónica después de que en cierta ocasión un helicóptero, pertrechado con un inhibidor de alta frecuencia, había achicharrado los “chips” y los había dejado ahí, tirados, impotentes, mientras la lancha de Aduanas les daba alcance… Por suerte, habían tenido la precaución de “salar” la carga; una estratagema que habían ideado para salir airosos en trances semejantes: la carga se lastraba con sacos de sal, al que se le añadía un corcho, una antena de coche y una hoja de papel de aluminio. En caso de apuro, se echaba la carga por la borda, que se hundía rápidamente por la sal. Con el tiempo, la sal se disolvía y la carga flotaba de nuevo, con la antena y el papel de aluminio chivando su presencia al radar. Así habían conseguido recuperar la carga en varias ocasiones… Si tenía que abandonar a su querida Crompton, tenía otro invento: una bomba incendiaria de relojería en forma de lata recortada en la que vertía ácido de batería y una generosa ración de gasolina, a la que arrojaba una bola de papel de aluminio que contenía azúcar y un plomo de pesca en su interior. El tiempo que tardaba el ácido en corroer el metal era el tiempo de fuga disponible. Una vez el ácido sulfúrico contactaba con el azúcar, éste se incendiaba, inflamando a su vez el combustible e iniciando una reacción en cadena con los depósitos, los motores y el resto de la embarcación, que quedaba destruida en pocos segundos…
Su vida había sido una auténtica regata, siempre con bruscos cambios de rumbo… Aconsejado por su hermano, se largó lo que hizo falta a Escocia, a Fort Williams, para convertirse, en medio plazo, en un excelente buceador profesional de alto fondo.
Dos años en la “off-shore” de élite, la del Mar del Norte, buena paga, buenas condiciones y patada en el culo pasado el tiempo que ellos consideraban que el cuerpo, maltrecho por el buceo en saturación, ya no rendía como antes. Como siempre le decía su hermano, en ese puto trabajo estás cambiando dinero por salud. Y ellos lo saben mejor que tú. Por eso te echan… El refugio solía ser las plataformas arábigas o rusas, incluso las del gas en Argelia…Si tenías suerte, las de Tarragona o las venezolanas… pero no era fácil entrar si no estabas a buenas con cierta gente… Buenos contactos, malas compañías y otro cambio de rumbo, esta vez en Gibraltar. Era la buena época del tabaco y del licor; de las apuestas en el Bar Manolo, en La Línea, con los “picoletos”, a que no había lo que tenía que haber para pillarle cuando le tocaba ir de “liebre”, según la técnica del Estrecho… Luego llegaron los tiempos del hachís, y con ellos, la llegada de gente del norte, que no entendía de juegos ni de pactos. Y empezaron a tirar cadenas a los rotores del helicóptero, a ir “enfuscados” y al gatillo fácil. Y llegaron las desgracias. Por suerte para él, ya había dado otro cambio de rumbo al timón de su vida. Y a tiempo. Ahora, desde hacía unos pocos años, ayudaba a su hermano a regentar una escuela de buceo en la Costa Brava, a enseñar a la gente que el buceo no tiene edad…
***
Y hacía menos de 24 horas que había vuelto a cambiar el rumbo de su vida, una vez más. Pero ese nuevo rumbo tenía todas las trazas de ser un rumbo de colisión. Como un superpetrolero, que horas antes ya sabe si va a colisionar, sin posibilidad de evadirse, él, desde el descubrimiento del “doble cero”, había comprendido la jugada en su totalidad, encajando las piezas del rompecabezas: el famoso maletín con documentos, que resultaba pesar más de 3 Tm y media… la excelente paga para garantizar su discreción, la urgencia…Incluso la ausencia del “jefe” y la presencia de Copito, que acababa de descubrir en su nuevo rol como futuro e inminente “asesino” a añadir a los de “patrón-ayudante-vigilante”. Porque no había duda de cuál sería su final al llegar a la superficie. Nadie sabía de su presencia en la isla. Nadie le echaría de menos aquí. Nadie los había visto partir. Y nadie, estaba seguro, hablaría…
Terminó la parada de descompresión y añadió tres minutos más, la de seguridad. En su especial situación, no le importaba eliminar nitrógeno sino pensar en un buen plan para intentar salvar el pellejo. ¡Qué paradojas tiene la vida! No es el agua lo que nos daña, sino el aire. El peligro para el submarinista siempre está arriba: las hélices, las orzas, las enfermedades disbáricas… y, en su caso particular, las balas.
La mirada interrogante de Copito fue lo primero que vio al romper la superficie. Sus manos quedaban ocultas pero su actitud era más desenvuelta, menos abúlica.
-“¿Qué?-gritó-“¿lo encontraste?”
-“No. Falsa alarma. Eso va a ser como buscar una aguja en un pajar- respondió, recordando a su hermano- “hay que seguir buscando, tío”- añadió, con cara de circunstancias y procurando aguantar, sin desviarle, la mirada.
Y de este modo empezó todo un teatro con vueltas a tierra, toma de demoras, inmersiones, que les llevaron toda la jornada… Incluso terminaron por transformar un viejo timón en un ala de planeador submarino… Le dijo a Copi que llenara bien los depósitos de combustible de la Predator 92 y encargó también una botella de oxígeno. Con la ayuda de dos trasvasadores, preparó una mezcla de nitrox al 80% y la dejó colgando a cota de descompresión. Necesitaba desnitrogenarse a fondo.
Era su décima inmersión del día cuando regresó a bordo. Justo antes de partir, con los motores en marcha, le dijo al patrón que esperase, que había un cabo colgando en un costado… Cuando Copito se inclinó por la borda para recuperar la botella, aprovechó para golpearle con una pastilla de plomo y lo arrojó por la borda. Dio un golpe de timón hacia el costado por dónde había arrojado al desgraciado al tiempo que empujaba sin contemplaciones las dos palancas gemelas del gas. La Sunseeker saltó hacia adelante y hacia un lado, apartándose las hélices del lugar donde braceaba y blasfemaba el hombre. Dio una vuelta completa para asegurarse de que estaba bien y aprovechó para tirarle un par de defensas, para que pudiera flotar sin cansarse. Consultó el GPS, introdujo un nuevo rumbo y partió hacia el Norte, a mar abierto. La brisa le secaba el agua en la cara y la sal cristalizaba por toda su piel. El aire tenía un nuevo olor, a libertad… Pero nada había terminado aún.
Aunque probablemente Copito estuviera aún mucho tiempo en remojo, no quería correr más riesgos innecesarios. La zona de la caída era de mucho tráfico marítimo o igual la embarcación estaba sometida a vigilancia desde tierra (muy probable), así que suponía que sus queridos amigos habrían imaginado que regresaba por mar, ya que no podía tomar ningún avión después de la paliza de inmersión que llevaba. E igual les daba por organizarle una fiesta de bienvenida. Así que lo más prudente era regresar a la isla y hacer algunas llamadas.
Se separó unas treinta millas de la costa y luego cambió de rumbo (otra vez) hacía el Este y al Sur, venciendo la tentación de navegar hasta la península. Atardecía cuando fondeó en la maravilla natural de Cales Coves, en medio de otras cuatro embarcaciones. Una semanita más y esto estaría a reventar... Bajó a tierra con la pequeña “dhingy” y se dispuso a hacer una pequeña excursión hasta la cercana urbanización de Cala’n Porter, donde suponía que habría cobertura telefónica.
Descolgó al segundo timbrazo. La conversación fue breve:
-“Los documentos perdidos son unos 130 fardos de “doble cero” – continuó –“el engaño supone doblar el precio por saber las coordenadas. Mi silencio está garantizado por mi pasado y por lo que cobraré. Obviamente tengo un paracaídas. Si algo me sucede a mi o a los míos, no tengo necesidad de acudir a la justicia. Mi justicia reside en un par de deudas de honor que cierta gente contrajo conmigo. Toda la información de la que dispongo y una buena cantidad en concepto de molestias creo que serán suficientes como para que nadie tenga ganas de complicarse la vida, ¿no te parece? Mañana volveré a llamar para decirte donde debes enviar esta vez al mensajero. Si todo es correcto te daré las coordenadas exactas y, de propina, dónde recuperar tu preciosa Predator”. Colgó. Ya estaba hecho. Y dicho.
***
Han transcurrido tres semanas desde entonces. La transacción tuvo lugar sin ningún problema. La pregunta del alumno queda por un momento suspendida en el aire:
-“Oye, ¿cómo tipificarías el riesgo de la inmersión recreativa?”
Un breve relámpago cruza la mirada de nuestro hombre antes de responder torciendo el gesto, con su calma y socarronería habituales:
- “Pues como va a ser: de bajo riesgo, hombre, de bajo riesgo…”.

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