martes, 6 de octubre de 2009

54.LA PROFUNDIDAD QUEDO ATRÁS

Por un momento el calor me invadió y la luz cegó mis ojos: la profundidad había quedado atrás.

Recuerdo que de pequeña sentía temor al mar. Me estremecía su inmensidad y ese color azul oscuro que parecía advertir del abismo de su entraña, dándole una apariencia inescrutable.
Sólo de la mano del abuelo logré aventurarme a acariciar su orilla, donde ante la suavidad de las olas que rompían, lo sentía menos inquietante. Con los pies bañados por el vaivén del agua, supe que cerca de la superficie viven solo animalitos microscópicos. Él se reía tanto de mis fantasías y me contaba las absurdas historias que la gente creía, como los peces de dos cabezas, los pulpos cuyos grandes tentáculos atrapaban barcos o las enormes serpientes que habitaban en las profundidades.
Una tarde me hizo llevar a la playa una botella vacía, caminamos hasta el agua, se inclinó y la llenó. Para mi sorpresa descubrí que era totalmente transparente. Después nos sentamos sobre las rocas frente al mar hasta que nos sorprendió el atardecer, mientras me explicaba el por qué de sus tonalidades. Supe también que, gracias a la erosión de su eterno ir y venir, es que existía esa playa donde tanto me gustaba jugar.
Antes de morir me regaló mi primer libro: Veinte mil leguas de viaje submarino. La descripción de los paisajes logró mi total fascinación, por lo que no tardé muchos años en decidir aproximarme. Tras un mes de curso estuve preparada para sumergirme en las profundidades.
Por fin estaba ahí. Cuando la embarcación paró, me incorporé para alistar el equipo. Con el tanque de aire a mi espalda sujeté el visor y con un solo paso dejé el barco para caer al agua. Ahora flotaba en la superficie junto con el grupo y a la señal del instructor empezamos el descenso. Mientras las burbujas subían frente a mis ojos, en mi mente aparecieron las imágenes de mis pequeños pies parados a la orilla del mar, la cara de mi abuelo sonriendo, la botella vacía y el atardecer desde las rocas en la playa. Poco a poco sentí disminuir la luz y la temperatura pero pronto mi cuerpo se ajustó al cambio, mientras mis ojos fijos en el paisaje se vanagloriaban de estar ahí. Pronto me rodearon peces de colores que no parecían notar mi presencia. Yo los veía descender hasta un punto en que me fue imposible seguirlos. Estaba completamente abstraída, tanto que bajé más de lo que debía y pronto tuve que corregirlo. Fue una sensación de completa libertad, de caída en el vacío con absoluta confianza escuchando solo el ritmo de mi respiración. Entonces pude conocer su lado vulnerable por la libertad de penetrarlo.
Nos dieron la señal para comenzar el ascenso. Había sido tan corto, aún quería estar ahí, pero debía seguir al grupo. Pronto sentí una luz intensa que ofuscó mi vista y un calor ardiente. .. La profundidad había quedado atrás.