jueves, 28 de mayo de 2009

19. MI AMIGO EL CONGRIO.

No era la primera vez, ni mucho menos, que me sumergía en esas aguas. Cientos de veces había recorrido las paredes llenas de pequeñas grietas y agujeros, que suponía habitadas, pero salvo algún ocasional vecino, las mismas, estaban siempre vacías o en el mejor de los casos solo ocupadas por centenares de pequeños peces que iban y venían alocadamente curiosos por mi presencia. Algunos se atrevían, incluso, a desafiar en duelo a las burbujas que mi regulador exhalaba, con poco éxito por cierto ya que, estas, ajenas a toda lucha, ascendían precipitadas hacia la superficie aumentando su volumen y reflejando como un espejo las caritas de los pobres peces que huían despavoridos al ver ante sí semejante espécimen.
En estas estaba cuando a la luz del potente foco que importunaba la intimidad de los pequeños vecinos, ante mí aparecen dos enormes ojos brillantes de azul y gris sobre una poderosa mandíbula. Su gran cabeza mostraba las huellas, en forma de profundas cicatrices, de los embates de otros congrios, en pugna tal vez por una dama o en defensa de su territorio de caza.
El primer acto reflejo fue separarme del agujero apartando la luz que molestaba, para, a renglón seguido, volver a iluminar de nuevo al “bicho”, esta vez con más cautela.
Me propuse no hablar de ello con nadie, ya que esta zona estaba frecuentemente visitada por los ansiosos pescasub, habidos de una buena captura.
Así pasaron los meses de verano que me permitieron cierta confianza a la hora de acercarme casi a diario a la gatera del congrio. Pero llegó el invierno y las mares arboladas que barren la costa en estas fechas impidió realizar inmersión alguna.
De vez en cuando y si la mar se dejaba, repetía la visita a mi “ya casi amigo” congrio. Hasta que un día desapareció. Por más veces que bajara, por más que husmease por los cientos de agujeros de la zona, me fue imposible localizarle. Definitivamente se había ido.
Después del frío invierno y unos lluviosos meses primaverales, comenzó de nuevo la temporada bonacible para el buceo. Y ahí estaba yo, jugando al gato y al ratón entre las burbujas ascendentes y los pececillos huidizos, cuando a mi lado, y cerca de la gruta que fuera su morada, apareció de nuevo mi “amigo” el congrio. No voy a negar que una mueca de satisfacción dibujara mi cara. Pero esta no era como otras veces, ahora el animal salía de su agujero y se acercaba curioso hacia mí, me rodeaba a la altura de las piernas, dirigía su morro hacia el foco de luz y solo cuando sentía el calor de la lámpara se retiraba con un pequeño giro.
Puede parecer raro, pero no sentía miedo. Sabía que el mordisco de un animal como aquél podría producirme un incidente serio, pero su actitud me tranquilizaba y me mantenía inmóvil, tan solo intentando no perderle la cara, mientras el jugaba conmigo.
Fueron inmersiones alucinantes y en más de una ocasión estuve tentado de bajarle comida e incluso de ponerle nombre. Pero hay que ser sensatos y un animal es tan solo eso, un animal, más cuando no se le podría calificar como doméstico (aunque algunos acepten al pulpo como animal de compañía).
Bueno, decía que solo fueron vagas intenciones que nunca llevé a cabo, y el pobre se quedó sin nombre y sin comida. De todas formas no creo que le importase mucho.
Llegó a tal punto la simbiosis entre ambos que, aunque estuviera bastante alejado de su cueva y como si el percibiera que yo ya estaba en el agua, daba largos paseos hasta que me veía y entonces se acercaba raudo a mi vera acompañándome a lo largo de toda la inmersión.
Durante tres años coincidimos ambos en lo que más nos gustaba, bucear a mí y jugar a él. Pero un día al acercarme a la zona de inmersión mis peores presagios se cumplieron, en superficie había una boya de pesca, y de cuando en cuando veía aparecer las negras aletas de apnea que, a golpe de riñón, enfilaban hacia el fondo precedidas como era evidente de la mortal arma de un humano sin escrúpulos.
No volví a ver a mi amigo el congrio y no repetí jamás esa inmersión. A veces los intereses de unos priman ante la plácida contemplación de un animal hermoso.
Ahora, cada vez que paseo por un mercado y veo el mostrador de cualquier pescadería busco la banasta de los congrios imaginando que él es uno de ellos, y sonrío y me giro ante ellos y las caras alucinadas de los dependientes, como si el juego no hubiese terminado. Solo me falta hacer pompitas ante la cesta de las anchoas para terminar en un psiquiátrico.
Pero es lo que tiene la frágil línea de lo real y lo irreal, que se puede traspasar en un momento de igual manera que traspasamos la línea que nos separa de la superficie al mundo marino.
Adiós congrio, mi buen amigo.