jueves, 29 de octubre de 2009

77. PRESENTE DE SAL

El barco se había detenido cerca de una isla deshabitada, y un par de tripulantes echaban el ancla. El viento movía el mar, que movía la embarcación, que movía la docena de turistas vestidos con trajes de neoprene y, especialmente, hacía ondular el cabello suelto y lacio de una de las pasajeras. Dos instructores de buceo organizaban los tubos de oxígeno, los chalecos, las patas de rana, y ponían el lastre en la cintura de quienes ya estaban a punto de entrar al agua. Algunos metros hacia abajo pasó un cardumen plateado y, por unos segundos, su recorrido coincidió exactamente con los pasos de la mujer de cabello lacio y largo. Sin embargo, ni el cardumen en el agua ni la mujer en la cubierta se enteraron de esa sincronía.

Los peces rápidamente estaban lejos; la mujer, hablaba: -Uno diría que ya se está "en el mar" desde que salimos del puerto, pero en realidad sólo nos encontraremos "en el mar" en un rato. Ahora estamos suspendidos sobre él, casi en él, cerca, pero no "en". ¿Entendés lo que te digo? -Lo que yo creo es que el agua debe estar helada y que estos trajes no nos van a servir de gran cosa- dijo su amiga, que ya traía el pelo bien atado, lo que impedía deducir cuán largo era. -¡Pero si son gruesísimos, casi no puedo moverme!- respondió la del pelo aún suelto, haciendo una mueca exagerada con su cuerpo como si quisiera desperezarse sin conseguirlo. -¿Ves? ¡Si esto no nos protege del frío…! -Lo que sea. Estoy medio mareada. Este barco se tambalea mucho. -Cuando finalmente estemos "en el mar" te vas a olvidar del mareo, el agua fría te cura todo. -¿Viste que vos también pensás en el agua fría? ¡Nos vamos a congelar! La del pelo todavía suelto, dijo: -Pero no, Marti, qué quisquillosa que estás hoy, vas a ver que va a salir todo bien. Cuando estemos allá abajo no vas a poder creer lo lindo que es. -Mientras no me olvide de que hay que respirar por la boca… -Senhorita -llamó el instructor- vamos colocar os dois quilos na sua cintura, ok? Assim você poderá ir mais facilmente ao fundo, se não vai ficar boiando na superfície, lembra do que a gente explicou ontem, não é? -Ah, sí, gracias.-respondió Sara, que así se llamaba la mujer que finalmente se estaba atando el pelo, mientras levantaba los brazos para que le ajustaran el lastre. -¿Qué loco, no? Es el único lugar en el mundo donde uno podría pretender pesar más. -Aquí y en la luna- agregó Martina, mientras a ella también le ponían el cinturón de plomo. -Bueno, amiga, ¡allá vamos! ¿Chicos, están listos?- A pesar de ser la primera vez desde que habían subido al barco que alguna de ellas se dirigía a los hombres, estaban muy presentes en la charla. Les divertía su verborragia, o a veces se abstraían por completo. -Sí- fue todo lo que respondió Tomás, acompañado de un beso en el cuello descubierto de Martina. -Vamos- agregó Pedro, tomando de la mano a Sara, que trataba de demostrar que ella siempre sería liviana, incluso con lastre y tubo de oxígeno. Los cuerpos atravesaron la línea divisoria entre un mundo y otro. Ahora, a su alrededor, en vez de aire para poblar con frases había un entorno más lento y añejo que no admitía palabras. Bajaban dejando tras de sí un rastro de bolitas de oxígeno, como cuatro visitantes que ingresaran juntos en un sueño y quisieran marcar, por las dudas, el camino de regreso. Las amigas pensaron en Hansel y Gretel, se miraron para comentarlo entre ellas como hacían con todo y, simultáneamente, se percataron de que no podrían decir nada al respecto. Enseguida notaron que la coloración de sus rostros iba volviéndose fantasmagóricamente blanca. Sara, emocionada con el descubrimiento, hubiera querido describir cómo los labios rosados de Martina contrastaban contra la piel clara como si tuviera un rouge espontáneo. Parecía una geisha. Martina, quien solía criticar a Sara por broncearse tanto, trató de mostrarle que bajo el agua, de tan blanca, tenía un aire de princesa antigua. Y si un ojo detallista se hubiera sumergido tras los cuatro, podría haberse fascinado con otros contrastes: alrededor de las cabezas femeninas, el agua hacía micro remolinos provocados por la superposición de pensamientos que rebasaban hacia el mar. Por el contrario, en torno de los hombres la corriente fluía sin obstáculos. Tomás y Pedro nadaban unos metros más hacia abajo. Desde donde ellas estaban, podían contemplar sus cabellos cortos flotando en el agua como plantas marinas. Martina se dejó envolver en las burbujas de oxígeno que Tomás iba exhalando al sumergirse. Ante la imposibilidad de respirarlas, imaginó su perfume. ¿Olerían tan bien como la piel de Tomás? Sara al ver a su amiga danzando entre las burbujas tuvo el impulso de ir a abrazar a Pedro, aunque se preguntó si, vestida de esa forma, lo lograría. Pedro se detuvo como si intuyera su proximidad, giró y la miró a través de las antiparras. Buscaba sus ojos, quería transmitirle la felicidad por estar en el océano y en su compañía. No pretendía usar palabras, sólo compartir el momento. Y entonces ocurrió: Sara no pensó en qué habría en las profundidades, ni en los demás turistas que buceaban a escasos metros, ni en las pieles pálidas, ni en los peces coloridos que pasaban a su alrededor o el barco que había quedado esperando allá arriba. Mucho menos en el mundo terrestre. Milagrosamente no agrupó palabras en su mente. Apenas lo miró a Pedro y por un instante, bajo el mar, reinó el presente. Durante aquella fracción de tiempo fue como si ambos hubieran pasado a otra dimensión, a un anexo del momento. Para el resto de la humanidad, aquel segundo duró eso mismo; para Pedro y Sara, sus miradas se mantuvieron lo suficiente como para ir hasta el fondo del océano y volver en cámara lenta. Pero enseguida, una estrella de mar llamó la atención de Sara. Recordó otras estrellas (las del cielo) e hizo grandes gestos hacia su amiga para mostrarle ésta, tan pequeña y alcanzable. Un pensamiento llevó a otro y, como siempre que la mente entra en actividad, huyó definitivamente del presente y pasó a ocuparse de otras cosas. Mientras tanto, Tomás y Pedro continuaban nadando hacia aguas más profundas donde el sol y las palabras casi nunca llegan.